LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XV): El machismo tradicional como expresión de nuestra herencia animal

Julián Fernández de Quero

Los historiadores de la sexología sitúan la aparición del amor en la alta Edad Media occidental,  con el surgimiento de los trovadores y los romances provenzales. Freud estableció una frontera entre el comportamiento sexual humano de los tiempos antiguos y el de los tiempos modernos. Antes, decía, la relación sexual que los hombres mantenían con las mujeres era de posesión de objeto: la mujer era una vagina donde introducir un pene. Su grado de selección era tan tosco que no hacían demasiadas distinciones entre unas mujeres y otras. La pulsión copulatoria los llevaba a convertir a las mujeres en botín de guerra, en objeto de rapiña, y la mayor parte de las relaciones sexuales tenían las características que actualmente posee la conducta delictiva de la violación. En cambio, según Freud, el descubrimiento del amor hace que la actitud del hombre hacia la mujer deje de ser tan posesiva y utilitaria y que la relación se convierta en un acto de donación y entrega. La mujer pasa a ser también sujeto, y no sólo objeto, sexual.

En efecto, el sentimiento amoroso, tal como lo entendemos ahora, no existe en el comportamiento animal. En los animales, los individuos sienten la necesidad instintiva de atraerse, de aproximarse, de inhibirse y de copular. No hay expresión de amor o ternura, pese a que muchas personas creen verla en algunas conductas animales, haciendo una errónea proyección antropomórfica sobre ellos.

Durante milenios, el comportamiento sexual humano fue muy similar al de los demás animales, dominado por la pulsión copulatoria. Los antropólogos han dejado claro que la aparición de la familia y del matrimonio se produjo por elementos (económicos, reproductores, políticos, etc.) entre los que no se hallaban ni los sentimientos ni la sexualidad. El hombre ha reducido durante siglos la obtención de su placer sexual a los estímulos sensoriales provenientes de su pene (órgano reproductor por excelencia, conformado anatómicamente para poder introducirse en la vagina femenina y depositar su semen en el interior de la misma), condicionando su respuesta orgásmica a las sensaciones producidas por la eyaculación.

Si a este hecho añadimos el proceso de adaptación del cuerpo del varón a su papel de guerrero, que le exigía fortaleza física, rudeza emocional y conductas agresivas, tendremos el retrato robot del hombre antiguo, que separaba su físico y su psique en dos grandes zonas: los genitales, como zona hipersensible, fuente de placer, desprotegida y débil, Y el resto del cuerpo, zona asexuada, sensitivamente atrofiada, sentimentalmente ruda y agresiva. Esta situación no preocupó al varón durante siglos, porque tenía la idea de que el acto sexual consistía en descargar la tensión libidinal (además del semen) en la vagina femenina mediante el coito. La mujer le preocupaba como objeto sexual, como fuente de estímulos eróticos que desencadenaba su pulsión copulatoria, pero no como sujeto sexuado por el que tuviera que mostrar alguna consideración. Así que, bien fuera como botín de guerra, bien como esclava o concubina, bien como esposa, lo único que le pedía a la mujer es que se abriera de piernas para realizar el coito.

 

MODELOS DE CONDUCTA SEXUAL EN ESPAÑA

Este machismo tradicional, elaborado a partir de la influencia de nuestra herencia animal, ha llegado hasta nuestros días, configurándose como un modelo de socialización de la conducta sexual al cual se ciñen todavía determinados grupos de hombres y mujeres de nuestro país. Quizás la época que más reglamentó esta forma de entender la sexualidad en nuestra cultura occidental fue el siglo pasado. Un estudioso actual de las relaciones humanas, Josep Vicent Marqués, desarrolló en 1980 las características de los tres modelos de socialización de la conducta sexual vigentes en nuestro país. Para ello, estableció diez variables:

El presupuesto ideológico.

El tono del discurso acerca de la sexualidad.

La imagen sexual del varón.

La imagen sexual de la mujer.

La actividad sexual típica.

El comportamiento sexual considerado perverso.

El temor principal.

La fantasía dominante.

Las realidades que fomenta e ignora a la vez.

Los agentes portavoces del modelo.

La premisa de todos los modelos es que reflejan los criterios de los hombres, ya que  el machismo tradicional impide que las mujeres tengan un discurso propio; su papel queda relegado al de comparsas del discurso masculino.

 

El modelo sexual clerical-represivo

El modelo más antiguo que señala Marqués es el dominante en el siglo XIX, al que da el nombre de clerical-represivo. Sus características son las siguientes:

  1. Presupuesto ideológico. La sexualidad es un instinto pernicioso del que hay que defenderse con todos los medios a nuestro alcance. Sólo está socialmente permitida cuando sirve para la función reproductora, dentro del matrimonio oficial, con o sin afecto.
  2. Tono general del discurso. Negativo, matizado por el silencio. De la sexualidad, o no se habla o se habla para prevenir contra ella, como pecado mortal que es.
  3. Imagen sexual del varón. La de un individuo que sufre el sexo como quien tiene una enfermedad hereditaria. Es un instinto impetuoso y desbordante que le puede inducir a cometer los pecados más terribles. Para evitarlo, necesita fortalecer su voluntad con disciplina de hierro, como los santos de la Iglesia. y si a pesar de eso cae en la tentación, puede confesarse como último recurso.
  4. Imagen sexual de la mujer. No tiene; carece de sexualidad. La mujer ha nacido para ejercer la función sublime de esposa y madre. Sus principales virtudes son la pureza y la castidad, y las relaciones sexuales que se vea obligada a mantener con su marido han de ser por débito conyugal y con la intención de dar hijos a Dios. Las mujeres que demuestran su gusto por el sexo están poseídas por el demonio.
  5. Actividad sexual típica. El débito conyugal, reclamado por el varón y ejercido mediante el coito reproductor.
  6. Comportamientos sexuales considerados perversos. Todos menos el coito reproductor matrimonial. Mirar a la casta esposa con concupiscencia se considera una conducta perversa, igual que tener pensamientos eróticos.
  7. Temores principales. En general, ser víctimas del instinto sexual; pero, en particular, la irredenta conducta masturbatoria (sobre todo de los jóvenes) y la homosexualidad como la perversión mayor de todas.
  8. Fantasías dominantes. En este modelo no se permiten, pues se puede pecar hasta con el pensamiento y la imaginación. Estudiosos actuales han interpretado las fantasías místicas como una forma enmascarada de erotismo.
  9. Realidades que fomenta e ignora a la vez. La masturbación y la prostitución, entendida ésta como válvula de escape para tanto varón agobiado por su instinto sexual.
  10. Agentes portavoces. Los sacerdotes, sean curas católicos, pastores protestantes, miembros de órdenes religiosas, etc.

Este modelo de socialización de la conducta sexual perpetúa el machismo tradicional por tres razones:

-Sigue considerando la sexualidad como un instrumento al servicio de la reproducción.

-Sigue manteniendo la conducta sexual del varón como una pulsión copulatoria instintiva.

-Sigue estableciendo el papel de la mujer como objeto sexual al servicio del varón.

 

El modelo sexual burgués-tradicional

El segundo modelo que delimita Josep Vicent Marqués está menos mediatizado por la moral religiosa; tiene su expresión más típica en los burgueses liberales y anticlericales de finales del siglo pasado y primera mitad de éste, y su influencia hoy permanece sobre todo en las clases medias y bajas de nuestra sociedad. Es lamentable ver cómo muchos trabajadores varones se comportan según los valores de un modelo que surgió de diversas formas de explotación (incluida la sexual) que sufrieron sus antepasados. Por sus orígenes, este modelo se denomina burgués-tradicional, y sus características son las siguientes:

  1. Presupuesto ideológico. Una contradicción: la sexualidad es peligrosa para la estructura social (mala para las mujeres, porque las convierte en putas, y para los obreros porque les impide trabajar), pero es divertida para los varones burgueses que se lo pasan estupendamente con su práctica. Es el modelo de la doble moral: «Haz lo que digo y no lo que hago.»
  2. Tono general del discurso. Doble, según para qué ocasión: un discurso negativo oficial en casa, en las reuniones sociales, con los niños, en las instituciones, etc.; un discurso grosero en los círculos exclusivos de varones adultos (casinos, tabernas, burdeles, etc.).
  3. Imagen sexual del varón. Se mide en kilos de potencia. Su deseo sexual es inagotable y su actitud, la del cazador en busca de la presa: lo importante es la cantidad de piezas cobradas y poderlas lucir ante los demás varones para obtener el título de mejor cazador. Es decir, la importancia reside no en cómo hacerlo, sino cuántas veces, y en competir con los demás hombres. Todas las mujeres, menos la madre y las hermanas, son presas en potencia y, por ello, las conductas de seducción cobran una inusitada importancia, incluido el juego sucio (mentir, engañar, comprar, etc.). El 99 por ciento del humor clásico y popular español ha sido generado por este modelo: los chistes y humoradas llamados de sal gorda, típicos del machismo más exacerbado. Por supuesto, se refuerza la importancia del pene como órgano sexual per se, y la fantasía estereotipada es la del pene descomunal, permanentemente erecto e incansable. Los ideales masculinos se reflejan en la literatura libertina y romántica a través de personajes como don Juan Tenorio, Giacomo Casanova, etc.
  4. Imagen sexual de la mujer. Dos grandes grupos: la decente, educada para ser madre y esposa asexuada, que se atiene a los valores del modelo anterior, y la viciosa, que se deja llevar por sus instintos sexuales perversos, se convierte en la presa apetecible para el varón cazador, y socialmente queda relegada a la condición de prostituta, entendiendo por tal no a quien ejercita una profesión por imperativos económicos, sino a quien practica una sexualidad inmoral por apetencia, por «vicio». Es decir, que mientras al hombre se le reconoce su sexualidad como algo positivo y valorable, la mujer debe poseer las características del varón del modelo anterior: se le supone una sexualidad viciosa, instintiva, que tiene que aprender a reprimir mediante la educación moral de su voluntad, con el objetivo de que la sociedad le confiera el título de esposa y madre decente. El varón tiene la prerrogativa de «poner a prueba» la moralidad femenina y, para ello, utilizará todas sus armas de seducción con el fin de hacer caer a la inocente presa en sus garras. Si la mujer cede a la tentación y es seducida, la sociedad la etiquetará inmediatamente de puta, y su puesto social será el de tal en sus diferentes versiones: querida, amante, mantenida, concubina, prostituta, etc. Si, por el contrario, se muestra firme y no caen en la trampa de la seducción, se hará merecedora de un puesto entre las decentes, con aspiraciones al matrimonio y la familia.
  5. Actividad sexual típica del modelo. También doble: dentro del matrimonio oficial y decente, el débito conyugal requerido por el varón y sufrido por la mujer; fuera del matrimonio, en exclusiva para los varones y mujeres viciosas, todas las demás actividades sexuales, vividas como perversiones morbosas y apetecibles, y en su mayoría actividades compradas. Este modelo, por tanto, fomenta la prostitución, que, en función de la capacidad adquisitiva del varón que paga, se diversifica extraordinariamente (amantes con piso puesto, burdeles de lujo, burdeles sórdidos, putas de calle y trabajadoras con sobresueldo).
  6. Comportamiento sexual considerado perverso. Como en el modelo anterior, todos menos el coito reproductor dentro del matrimonio oficial. Pero ahora el comportamiento perverso es deseado y buscado (se le valora), siempre que permanezca en los rígidos límites del submundo social y no se le ocurra competir con el matrimonio decente, hecho que da lugar al escándalo y al castigo consiguiente.
  7. Temores principales de los varones. Determinados por su papel social. En tanto que hombres seductores de mujeres y con una supuesta potencia sexual, el principal temor es la impotencia, es decir, la disfunción erectiva del pene, que deja fuera de la competición al varón y le convierte en el hazmerreír de los demás. En tanto que maridos, el mayor temor lo provocan los cuernos; todo varón teme que su mujer pueda ser seducida por otro más potente que él, pues él mismo suele intentar hacerlo con las mujeres de sus amigos (la consecuencia de este temor es la generación de los celos, que en este modelo pueden alcanzar grados de neurosis). En tanto que padres, su temor es que alguna de sus hijas se quede embarazada antes de tiempo, prueba irrebatible de su condición de viciosa seducida, con el consiguiente baldón para el honor familiar.
  8. Fantasías dominantes. Determinadas por la posición social: para los varones más o menos pudientes la fantasía dominante es el harén moruno, versión idealizada del harén oriental en la que un varón puede disponer de cientos de mujeres para sus inagotables deseos sexuales; para los varones pobres, la fantasía es alcanzar los placeres prohibidos de los ricos, que se les niegan por su falta de dinero suficiente para comprarlo.
  9. Realidades que fomenta e ignora a la vez. Por un lado, la ya comentada frustración de los pobres por no poder aplicar el modelo al cien por cien, y, por otro, la prostitución, rechazada socialmente pero alimentada hasta extremos increíbles. La literatura y el cine nos han aportado abundantes muestras de todo ello.
  10. Portavoces cualificados. Es evidente que los de este modelo son los hombres, en general, aunque sean los ricos, libertinos y seductores los que se erigen en pa­ladines de su difusión y mantenimiento.

 

EL NUEVO MACHISMO: LA EROTICA DE LA RESPONSABILIDAD

El tercer modelo sexual se origina a partir de la finalización de la II Guerra Mundial, con el cambio profundo que sufre el sistema capitalista en sus estructuras internas, que da lugar al conocido estado del bienestar, en Europa, o a la sociedad de consumo norteamericana, según las teorías de Keynes. El ideal económico se desplaza desde la acumulación de riqueza del periodo anterior (que valoraba el ahorro, la austeridad, el trabajo y la moralidad pública), hacia el consumo de la riqueza, en consonancia con los valores nuevos (el tiempo libre, la calidad de vida y el disfrute hedonista de las cosas). Es lo que se llama modelo capitalista permisivo, que tiene las siguientes características:

  1. Presupuesto ideológico. La sexualidad es una capacidad humana positiva, tanto para hombres como para mujeres, sin distinción de clases ni condición social. Esta capacidad humana hay que desarrollarla mediante una educación adecuada para que se convierta en uno de los elementos fundamentales del matrimonio. La perfecta adecuación sexual de los cónyuges es uno de los pilares que garantizan el éxito de la pareja.
  2. Tono general del discurso. La divulgación científica y pornográfica. La sexualidad se convierte en un objeto de consumo más en el que merece la pena invertir, bien en conocimientos, bien en actividades lúdicas eróticas. La sexología alcanza su máxima expresión editorial y se fomentan las más variadas artes eróticas (cine, televisión, literatura, sex-shop, etc.).
  3. Imagen sexual del varón. La potencia conserva la importancia del modelo anterior, pero se cambia cantidad por calidad, o, dicho de otra manera, lo que se valora ahora no es tanto el deseo inagotable de un Casanova sino la habilidad en la forma de hacerlo que tiene un estudioso del Kamasutra. Esta variación se debe a un auténtico giro copernicano en las finalidades: los sujetos de la actividad sexual son los dos miembros de la pareja, pero como el placer de ella depende de la habilidad de él para generarlo, el hombre asume la enorme responsabilidad no sólo de su placer (algo que se da por supuesto), sino del placer de su compañera. Así, la actividad humana más gratuita y hedonista de todas se convierte en algo asimilable al trabajo: el varón debe cualificarse como amante, tiene que demostrar potencia física y competencia técnica en la relación, y el resultado (y, al mismo tiempo, la recompensa) de su productividad es el orgasmo femenino. La erótica humana se convierte en una perfecta relación laboral: la mujer pone el capital (su cuerpo), que es algo inerte y pasivo; el hombre pone su esfuerzo (tanto de mano como de pene de obra), y el resultado es la plusvalía que se lleva ella, en forma de varios orgasmos, y el salario que le deja a él, en forma de orgasmo no precoz y satisfacción por el deber cumplido. El nuevo machismo no es el del amo, sino el del ejecutivo responsable.
  4. Imagen sexual de la mujer. Positiva, puesto que ya es portadora del deseo sexual; pero no es dueña de él. El placer femenino depende de las técnicas masculinas. En los consultorios telefónicos Sex-Inform, algunas de las preguntas más repetidas por los jóvenes y adolescentes son: «¿Qué tengo que hacer para que la mujer disfrute?», «¿Dónde tengo que tocarle para que se corra?», «¿Es verdad que besándoles en la nuca caen en tus brazos?», y otras similares. Todas ellas responden a una única inquietud: «Cómo convertirme en un experto para que las mujeres caigan rendidas a mis pies.» Esto hace que las mujeres de este modelo puedan convertirse en auténticas tiranas de su pareja, a quien castigan, si no se esfuerza como debe, o mantienen en la duda del éxito conseguido para así manipularlo a capricho. Por el contrario, hay mujeres serviciales que fingen tener orgasmos para que su compañero no se deprima ni se enfade, a pesar de que ellas lo están pasando fatal.
  5. Actividades sexuales típicas. Las relaciones pre­matrimoniales, como etapa de aprendizaje para el mejor ajuste futuro de la pareja; la sexualidad vivida con fines de placer y comunicación entre la pareja; la gimnasia sexual (al modo del Kamasutra}, como expresión de las habilidades masculinas, y la anticoncepción, como medio para evitar la reproducción no deseada.
  6. Comportamiento considerado perverso. En teoría, no existe, aunque sigue habiendo cierto rechazo hacia la homosexualidad, que se tolera si está fuera del círculo social propio.
  7. Temores principales. Los relacionados con el fracaso de la actividad sexual entendida como competencia técnica. Así, en los varones es el miedo a padecer disfunción erectiva, eyaculación precoz o retardada o, más general, a no saber ligar; y en las mujeres, la falta de deseo o la anorgasmia como incapacidad para responder al esfuerzo del compañero, y también el vaginismo como imposibilidad de cumplir con la función maternal, aún fuertemente arraigada en ellas. Tanto en ellos como en ellas no se trata de temores morales sino técnicos: temen las disfunciones del mecanismo; cuando ocurren, acuden al sexólogo para que les repare las piezas estropeadas o les enseñe cómo utilizarlas de forma correcta.
  8. Fantasías dominantes. Son dos: el orgasmo simultáneo, como expresión perfecta del correcto ajuste de la pareja, y la cama redonda, versión más actualizada y democrática del harén moruno del modelo anterior.
  9. Realidades que fomenta e ignora a la vez. La prostitución en versión más liberal (se admite que las prostitutas puedan tener su propio sindicato y que no estén perseguidas por la ley), y, por otra parte, la falta de calidad humana de las relaciones sexuales, puesto que las convierte en una actividad mecánica y productiva en la que se deja poco lugar a la expresión de los sentimientos.
  10. Portavoces del modelo. Los técnicos: médicos, psicólogos, y otros profesionales de la sexología, encargados de enseñar las habilidades necesarias para ser un correcto amante y corregir los fallos y disfunciones que se pudieran presentar en el momento de la práctica.

De los tres modelos sexuales enunciados, el primero se encuentra en franca decadencia, y sólo afecta a grupos minoritarios de personas imbuidas de algún tipo de religiosidad. El segundo sigue estando muy arraigado, sobre todo en zonas rurales y entre la clase obrera, y el tercero está convirtiéndose en el hegemónico entre los jóvenes y entre las clases media y alta urbanas. El nuevo machismo practica la erótica de la responsabilidad, en la cual el poder depende no tanto de la potencia sexual cuanto de la capacitación técnica.

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