LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (IX): La psicosexualidad masculina: la humanización del sexo por Julián Fernández de Quero

LAS TRES FASES DEL DESARROLLO SEXUAL

Se puede decir que la psicosexualidad masculina se desarrolla en un proceso que comprende tres grandes fases:

  1. Primera fase. Conductas reflejas, involuntarias.
  2. Segunda fase. Abarca desde la niñez hasta la adolescencia, en la que las conductas reflejas se van enriqueciendo con las voluntarias y aprendidas, motivadas por la pulsión de la curiosidad y la investigación.
  3. Tercera fase. Durante el resto de la vida, con el establecimiento de conductas complejas estructuradas y repetitivas: son hábitos de comportamiento que se convierten en ritos y costumbres sociales.

El sexo se desarrolla de forma saludable, e influye positivamente en la salud general del individuo y de la comunidad cuando todos sus elementos evolucionan de forma adecuada, sin trabas ni impedimentos que los re­priman, los deformen o les den un significado distinto del propio de su función natural.

La educación debe servir para construir los cauces apropiados para el desarrollo de este proceso, con el fin de que su expresión individual se adapte armoniosamente al conjunto de normas, ritos y costumbres de una sociedad. Pero, para ello, la sociedad debe estar estructurada al servicio del progreso sano y civilizado de sus miembros. Cuando no es así, las normas sociales tienden a reprimir el sexo de los individuos, alimentándolos escasamente, lo que influye en su energía excedente, troquelando sus emociones básicas y convirtiéndolos en individuos tímidos, culpables o agresivos, o reprimiendo sus conductas reflejas e imponiendo otras conductas que poco ayudan a la salud. Prevenir la salud es posibilitar el desarrollo natural del sexo, creando las condiciones materiales adecuadas para su integración social.

LAS EMOCIONES SOCIALES: PRINCIPAL COMPONENTE DEL PSIQUISMO

Ya hemos hablado del elemento biológico a partir del cual se desarrolla el psiquismo sexual. Las emociones básicas ayudan a fijar las conductas exitosas, a superar las dificultades, a elaborar estrategias adecuadas y a huir de los peligros. La intensidad con la que se graba la información en la memoria favorece el desarrollo de la voluntad, de la consciencia y la imaginación.

En la medida en que somos más conscientes de nuestro cuerpo, de nuestras sensaciones y emociones, reconocemos nuestro sexo, nos sentimos a gusto con él y tratamos de aprender y crear conductas voluntarias que favorezcan su expresión. Se establece entonces una coherencia entre cómo somos sexualmente y qué sentimos emocionalmente. Así, se va configurando nuestra identidad sexual, que no es otra cosa que la imagen que tenemos de nosotros mismos como seres sexuados.

A partir de las emociones básicas, el niño, mediante la relación que va estableciendo con la sociedad a través de los adultos que le rodean, desarrolla sus emociones sociales. Si la influencia de los adultos es coherente con su evolución biológica, las emociones sociales serán positivas, pues enriquecerán las funciones de las emociones básicas, de la misma forma que una sinfonía enriquece los sonidos a base de combinar las notas del pentagrama.

Los afectos: emociones, sentimientos, pasiones

Los estudios clásicos de psicología clasifican los afectos en tres grandes grupos, en función de su intensi­dad y duración: las emociones, los sentimientos y las pa­siones. Según estos estudios, las emociones consisten en descargas sensibles de alta intensidad y corta duración. Seguro que las hemos experimentado ante una puesta de sol, un cuadro, una persona o una escena cinemato­gráfica o teatral. Las emociones del orgasmo, de un beso fugaz o de una caricia por sorpresa también están den­tro de este grupo. El objeto resulta altamente estimulan­te, pero su impacto desaparece pronto.

Los sentimientos son emociones de baja intensidad y de larga duración. Ocurren siempre que la posesión del objeto se convierte en estable y duradera. Es como si la emoción se volviera hábito. Si nos preguntaran si quere­mos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros amigos de toda la vida o al compañero o compañera se­xual con quien compartimos nuestra vida desde hace años, seguro que responderíamos que sí. Pero ese cariño no nos mantiene en un estado emocional especialmente intenso; es la alegría de lo seguro, de lo sabido, de lo co­tidiano. Muchas veces ocurre que este tipo de relaciones habituales se convierten en frías y rutinarias, y ello se debe a la falsa idea de que no hay que alimentar lo se­guro. Como si creyéramos que un fuego puede durar eternamente sin echarle leña cada cierto tiempo; claro, entonces el fuego termina por apagarse; se convierte en ascuas, luego en rescoldo y, finalmente, en cenizas. También los sentimientos son emociones que necesitan renovarse y retroalirnentarse continuamente.

El tercer grupo lo constituyen las pasiones, que se caracterizan por su alta intensidad y larga duración. En nuestra cultura las pasiones gozan de buena prensa, gracias a la excelente literatura creada por los autores románticos y al clima morboso generado por la represión puritana, que estableció una aureola simbiótica entre el amor y la muerte. ¿ Quién no se ha sentido emocionado por las tragedias de Romeo y Julieta, de la Dama de las Camelias o de la reina Ginebra y Lancelot du Lac? Es l’amour fou de los franceses. Sin embargo, las pasiones suelen ser fijaciones neuróticas en objetos inalcanzables. La persona víctima de una pasión no tiene en cuenta el principio de realidad, y de ahí que sus conductas acaben en terribles fracasos. La pasión es una enfermedad emocional que conviene prevenir para que la sexualidad sea saludable.

«Eso no se hace»

Hay otras emociones sociales negativas que suelen ser generadas por los adultos que rodean al niño, cuando su influencia no sólo no es coherente con la evolución biológica, sino que intenta modificarla y adaptarla a la escala de valores y normas de la sociedad. Es lo que se hace al intentar que la vergüenza o la culpa tiñan una determinada conducta que se quiere reprimir.

Veamos esto en un ejemplo: imaginemos un niño que, motivado por su energía excedente y guiado por su curiosidad, explora su cuerpo descubriendo el placer que le produce tocarse en distintas partes, hasta que llega a los genitales. La caricia directa en el pene le produce un gran placer, pero cuando está recreándose en esto, llega la madre y, al verle, se enfada y le da un azote en la mano enérgicamente mientras le llama «cochino» y le dice que «eso no se hace». ¿Qué ha pasado en esta se­cuencia? Sencillamente que la conducta del niño, que seguía su natural desarrollo y que, de haber culminado, le hubiera proporcionado una intensa emoción básica de alegría, se ha visto interrumpida por la intervención materna, que cambia su alegría por la pena del objeto perdido y el miedo al castigo. Después, la repetición de la misma secuencia no impedirá que el niño se mastur­be, pero guiado por la idea aprendida de que es malo tocarse, lo hará a escondidas por vergüenza, con temor al castigo si le descubren y con culpa por haber hecho algo que es «sucio».

Estas influencias de los adultos son las que generan emociones sociales negativas como la vergüenza, el te­mor, la culpa, la envidia, el remordimiento y tantas otras. Todas ellas son emociones sociales nocivas, que dificultan el sano desarrollo de la sexualidad producien­do conflictos con la propia identidad sexual. ¿Cuántas personas se sienten culpables, avergonzadas o acomple­jadas con su sexo? Ello dificulta su natural expresión y las convierte en personas tímidas, hoscas o depresivas.

La configuración de las tendencias

La energía excedente sexual se expresa a través de emociones, pensamientos y conductas. Para ello utiliza­mos los instrumentos biológicos de nuestro cuerpo como los sentidos, la fantasía, el sistema neurovegetativo y otros. Esto supone que en las relaciones que establece­mos con el medio que nos rodea, nuestras necesidades y deseos físicos y psíquicos -es decir, nuestro sexo y nues­tra sexualidad- influyen en la elaboración de conductas intencionadas para el logro de su plena satisfacción. Así es como se configuran las tendencias, que no serían otra cosa que los hábitos de comportamiento que de forma intencionada seleccionamos para lograr determinados fi­nes. Esta selección la realizamos desde una edad muy temprana, de manera que, al devenir en hábito, se convierte en un rasgo de nuestro carácter. Por eso decimos de una persona que tiene un carácter abierto o cerrado; de otra, que lo tiene flexible o rígido; de otra, que es agresiva o tranquila; de otra, que es muy sociable o insoportable. Estos adjetivos se los aplicamos no por lo que sienten o piensan sino por lo que hacen. Pero antes de explicar qué son las estrategias nos vamos a centrar en otros elementos básicos de la psicosexualidad masculina, como el deseo y los objetos fantaseados, que, junto con las emociones sociales, conforman los cimientos psíquicos de la sexualidad  humana.

 

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