LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (VII): Los mujeriegos ya no son lo que eran por Julián Fernández de Quero

Uno de los  estereotipos  más difundidos por la Cultura de los Géneros es la innata tendencia a la poligamia  -entendida como promiscuidad- de los hombres frente a la monogamia  de las mujeres.  Incluso desde el ámbito científico,  numerosas obras publicadas en las últimas décadas, influidas por la sociobiología  -una disciplina que tiene como axioma la naturalización de todo el comportamiento humano a partir de la consideración de que los genes son los que determinan nuestra vida, siendo el cuerpo una mera estructura habitacional donde ellos se mantienen y reproducen-  intentan  justificar  dicho prejuicio a partir de las necesidades reproductoras de los organismos vivos.  Así,  el mandato genético induciría a los machos a las relaciones sexuales poligámicas  para aumentar la eficacia reproductora de la especie,  consiguiendo que un solo macho deje preñadas a un mayor número de hembras,  mientras que las hembras, más vulnerables y dependientes de la crianza,  trazarían estrategias de fidelización monogámica captando al macho más fuerte  para, por un lado,  asegurarse una prole genéticamente más sana y con más probabilidades de sobrevivir y, por otro,  asegurar la protección y la provisión alimenticia  necesarias para la supervivencia de la hembra y sus crías. Con estas afirmaciones, la sociobiología  “naturaliza”  la familia nuclear burguesa,  la división del trabajo entre hombres  -provisión, protección y procreación, las famosas “3P” de David Gilmore-  y mujeres  -reproducción, crianza y cuidados-  construida por el Patriarcado y  el falocrático dominio de los hombres sobre las mujeres.

 

Sin ninguna pretensión de  “deconstruir”  con detalle las teorías  pseudocientíficas de la sociobiología, algo que ya han llevado a cabo otros/as  autores/as,  me permito recordar algunas de las consideraciones que permiten superar dicha concepción ideológica revestida de cientificidad:

 

–        No hay ningún estudio que demuestre  la existencia de la familia nuclear desde los orígenes de la especie humana. Por el contrario, numerosos estudios demuestran que durante muchos miles de años,  los grupos humanos estuvieron conformados por clanes familiares nómadas de relaciones endogámicas y promiscuas, hábitos alimenticios carroñeros y comportamientos intercambiables entre hombres y mujeres.  Era el grupo como conjunto solidario el que se encargaba de la búsqueda de comida, del cuidado de las crías y demás tareas de supervivencia. No había división sexual del trabajo ni comportamientos sexuales diferentes entre hombres y mujeres.

–        La evolución matriarcal posterior en numerosos grupos que dejaron de ser nómadas  para  fijar y estabilizar su residencia,  inventando la agricultura y la domesticación de los animales, trajo como consecuencia  la expansión del tabú del incesto y otras normas sociales de convivencia,  transformando las relaciones de endogámicas en exogámicas, es decir, que los hombres  en edad reproductora eran acogidos como huéspedes por los grupos matriarcales durante un corto tiempo  -generalmente, durante las fiestas de la fertilidad y otros rituales-  para que dejaran embarazas a las mujeres y luego, se volvían a sus grupos de origen, mientras que las mujeres parían y criaban a sus hijos con la protección y los cuidados de todo su  clan materno. No había  familia nuclear, ni maridos, ni esposas, ni padres.  Los primeros linajes eran matrilineales y los lazos sociales se organizaban en torno a la autoridad de las madres.

–        La invención del patriarcado y de la propiedad privada  trae como consecuencia la división sexual del trabajo, el empoderamiento del hombre como género, una de cuyas principales manifestaciones es la elevación del pene  a la categoría de falo,  la  esclavización de la mujer convertida en objeto de propiedad masculina y el matrimonio como legitimación de la compra  que un hombre hace de una mujer  para dedicarla  a fines reproductores y de crianza que garanticen su linaje y la transmisión de su herencia.  Como estudió Claude Levy Strauss, el patriarcado revierte el significado de los tabúes y normas sociales heredadas del matriarcado en beneficio de los varones y en detrimento de las mujeres, entre otras, la exogamia se convierte en un pacto entre familias por el cual, la mujer pasa del sometimiento del padre al del marido, unidos en matrimonio por intereses familiares que nada tienen que ver con la sexualidad y el afecto. El varón adquiere la titularidad de  “pater familias” con poder de vida y muerte sobre los demás miembros de la misma.  Al estar el poder y la riqueza  basados en la propiedad de la tierra,  los clanes familiares se convierten en familias extensas que compiten,  pactan y  guerrean entre ellas para alcanzar el poder supremo.

–        Durante los miles de años que dura el patriarcado,  los hombres usan del poder y de su fuerza física para  someter a las mujeres,  eliminando por innecesarios los comportamientos característicos del llamado “cortejo animal” heredados filogenéticamente.  Las mujeres son separadas en dos grandes grupos:  Las esclavas sexuales  sometidas a la pulsión copulatoria de los varones,  socialmente degradadas como “animales impúdicos y lujuriosos”  y las esclavas reproductoras  -matronas-  encargadas de la reproducción, crianza de los hijos y cuidados de las personas a su cargo, a las que se les considera asexuadas  -no tienen sexo sino útero-  y que reciben una cierta consideración social  debido a su función.

 

Por lo tanto,  en las épocas premodernas,  el  hombre de género es un mujeriego poderoso que no tiene ninguna necesidad de seducir  para satisfacer  sus instintos sexuales  puesto que  toma a las mujeres de grado o por la fuerza.   El acceso a la modernidad  supone  una variación  que tiene que ver con la clase social.   La aristocracia y la burguesía  reconocen  a las mujeres de su misma clase social como miembros de la especie humana, diferente al hombre,  pero sujeto de consideración y respeto formal.  Las familias que tienen hijas las someten a una estricta educación puritana, ya que la virtud  femenina  -entendida como pureza y virginidad hasta el matrimonio,  pudor y  obediencia al padre y al marido-  elevan sus posibilidades en el mercado matrimonial.  Estas actitudes sociales y familiares convierten a las mujeres decentes  en una pieza apetitosa y rodeada de morbosidad  para los ociosos caballeros que ejercen de depredadores sexuales.

 

A partir del siglo XVIII,  se inventa un “deporte”  masculino entre las clases altas  consistente en  competir entre los varones para ver quien es el que más mujeres virtuosas logra  seducir  como  manifestación de su  potente virilidad y de sus habilidades como seductor. El movimiento de Los Libertinos,  Don Juan Tenorio y Giacomo Casanova se convierten en los modelos ideales de la masculinidad,  tal como han reflejado películas como  “Valmont”  o “Las Relaciones peligrosas”, entre otras muchas.  Los mujeriegos, además de presumir de una vida licenciosa, repleta de juergas y orgías con prostitutas,  queridas y amantes,  todas ellas mujeres socialmente degradadas por su condición inmoral,  presumían sobre todo de su  astucia y habilidad para  utilizar  el engaño y los modales corteses con el único objetivo de vencer las resistencias de las mujeres decentes y  acabar con su virtud puritana.  En todas las cortes europeas se implanta la doble moral de  aparentar una cosa y actuar de otra forma de tapadillo.  Como  argumenta  Anthony  Giddens en su estupendo libro “La Transformación de la Intimidad”  (Ediciones Cátedra, 2006) “Casanova no tendría sitio en las culturas premodernas: es una figura de una sociedad cercana a la modernidad. El no tenía interés en acumular esposas, si tal cosa hubiese sido posible. El sexo era para él una búsqueda nunca acabada, que terminó no por el cumplimiento de una autorrealización o sabiduría, sino sólo por la decrepitud de la edad”  Como el mismo autor analiza,  la sexualidad del mujeriego responde al síndrome de “sexualidad compulsiva”, entendida como una adicción al sexo similar a la que se puede tener con relación a las drogas, el trabajo, y otras actividades humanas.  “Tradicionalmente, el seductor era un aventurero genuino, que desafiaba no sólo a cada mujer, sino a todo el sistema de normativa sexual. Era un subversor de la virtud y luchaba contra otros molinos de viento también, porque la seducción también implicaba desafiar el orden masculino de protección sexual y control”..

 

En cambio,  los mujeriegos actuales se están convirtiendo en dinosaurios de una época pasada que producen más grima que admiración. Como vuelve a decir Anthony Giddens, “Los mujeriegos de hoy son producto de transformaciones en la vida personal que se han producido y se mantienen por la fuerza. Son seductores en una era en que la seducción se ha vuelto obsoleta….. La seducción ha perdido significado en una sociedad en la que las mujeres están más dispuestas para los hombres que nunca, aunque  -y esto es crucial-  sólo apareciendo como iguales a él.”.  “Los mujeriegos actuales pueden parecer fósiles de una edad anterior, acechando a su presa con valor, armados sólo con penicilina, preservativos (se supone) y un bagaje para hacer frente al SIDA…. Son seductores, sí, en la medida en que están preocupados  -sobre todo-  con la conquista sexual y con el ejercicio del poder  que ello implica”.  ¿Pero, qué premio ofrece la victoria cuando la victoria es tan sencilla?.  El autor cita a Graham Hendrick  para afirmar que la igualdad sexual conquistada por la mujer actual “disuelve la división arcaica entre las mujeres virtuosas y la corrompidas o degradadas”.  Ahora, las mujeres se consideran en el mismo plano de igualdad sexual frente a los hombres, reivindican su derecho a tener la iniciativa, a seducir en función de sus intereses,  buscan su propio placer  y  no consideran que tengan que defender  ninguna “virtud” según los cánones de una moral periclitada.  Por lo tanto, “una vez que la “muerte” del seductor depende de la destrucción de la virtud, la persecución pierde su dinámica principal…. El  mujeriego de hoy no es alguien que cultiva el placer sensual, sino un buscador de emociones en un mundo abierto, lleno de oportunidades sexuales.”

 

La figura del mujeriego actual  hace más evidente aún, si cabe,  la dependencia afectiva del hombre de género en relación a la mujer.  Aparentando una autonomía de la que carece, presumiendo de una independencia con tintes de misoginia,  el mujeriego actual expresa con su búsqueda obsesiva de conquistas sexuales, el rechazo a una madre  afectivamente sobreprotectora, para poder construir su  identidad masculina,  con  el obsesivo deseo de una afectividad huérfana.  Como dice Giddens,  “Su dependencia de las mujeres es bastante obvia, tan obvia que se trata de una influencia que controla sus vidas…. El moderno aventurero sexual ha rechazado el amor romántico, o utiliza su lenguaje sólo como retórica persuasiva. Su dependencia de las mujeres, por tanto, sólo puede ser validada a través de la mecánica de la conquista sexual.”.

 

Así pues, el mujeriego actual ya no es lo que era.  Sus frustraciones,  complejos y  disfunciones frente a  una mujer  sexualmente libre,  autónoma en sus decisiones  y con la autoestima suficiente para no depender del hombre,  le convierten en firme candidato a las consultas de la terapia sexual y de la psicología.   Las nuevas condiciones creadas por  las  actitudes de las mujeres actuales, le obligan a un cambio necesario para salvar su integridad.  Giddens  apunta a la construcción de un nuevo tipo de relaciones  que llama  “la pura relación”,  basada en  la superación de la relación  de “sujeto a objeto”  tradicional  y convertida en una relación de  “sujeto a sujeto”, cuyos términos se plantean  en un plano de igualdad y cuyos objetivos deben negociarse y pactarse de mutuo acuerdo. De esa pura relación  derivan  la conductas de una  “sexualidad plástica”,  más personalizada y diversa,  superadora del obsesivo coitocentrismo de épocas pasadas y la posibilidad de un “amor confluente”  fruto de una transformación de la intimidad  que convierte la relación en un  proyecto de vida negociado y consensuado,  cuyas premisas son la honradez sincera de las propuestas,  la expresión  sin vergüenzas de las propias necesidades y vulnerabilidades  y la empatía necesaria para que la búsqueda de la propia felicidad pase por la felicidad de la otra persona.

 

 

 

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