EL HUMANISMO IGUALITARIO de Julian Fernandez de Quero

Hace cuarenta y cuatro años,  Carlos Castilla del Pino impartió una conferencia sobre “el Humanismo imposible” (Taurus Ediciones, 1971).  En ella situaba el surgimiento del Humanismo  en el Renacimiento, como una contracultura de rebelión frente al teocratismo imperante en la sociedad medieval. El pensamiento cristiano es una ideología que implica la servidumbre del ser humano frente a un ser divino todopoderoso, mientras que el humanismo renacentista “es el redescubrimiento del hombre en cuanto hombre y ello, entraña, ciertamente, la desacralización y paganización de la concepción que de ello se deriva”.

El humanismo se ofrece, pues, inicialmente, como un movimiento de apertura del hombre en cuanto ser de posibilidades imprevisibles. El descubrimiento  de Nicolás Copérnico  de que el planeta Tierra no es el centro del Universo (paradigma ptolomeico vigente hasta entonces) sino un objeto más de los muchos que giran en torno al sol (paradigma heliocéntrico) supone un salto científico tan importante que ha quedado acuñada para siempre la expresión “giro copernicano” para referirse a estos saltos cualitativos dialécticos que rompen el devenir lineal social y provocan revolucionarios cambios de estructuras.  Galileo Galilei  confirmo empíricamente el giro copernicano con su “eppur si muove” fruto de sus numerosas observaciones astronómicas y como respuesta a la persecución sufrida por la Inquisición católica.  Las resistencias teocráticas eran tan terribles y obcecadas contra las evidencias de los nuevos descubrimientos científicos (condenando a la tortura y la hoguera a gran números de personas, como el caso de Miguel Servet, descubridor del sistema circulatorio sanguíneo) que los humanistas renacentistas se refugiaron en las artes, redescubriendo la bondad y belleza del mundo clásico grecorromano y trataron de difundir sus ideas, situándolas en futuros imaginarios, como hizo Tomás Moro con su “Utopía”, Antonio Francesco Doni y su “Mondi”, Francesco Patrizi y su “La citá felice”, Tommasso Campanella y su “La citá del sole” y  muchos más.

Castilla del Pino considera que en la evolución histórica del humanismo, hay tres “giros copernicanos” que implican revoluciones teóricas en la manera de sentirse y pensarse el ser humano. Una es la provocada por Charles Darwin que nos hace descender del pedestal divino del teocratismo (el ser humano hecho por Dios a su imagen y semejanza) y nos sitúa en la escala evolutiva animal, emparentados con los  monos. La segunda es la de Sigmund Freud postulando que el ser humano es constitutivamente irracional (animal) pero negador persistente de su propia irracionalidad en cada acto de razón que ha de verificar. Es decir, que somos seres naturales imperfectos que nos construimos y completamos mediante aprendizajes y experiencias filtradas por nuestra conciencia reflexiva. Por último,  los métodos analíticos del materialismo dialéctico e histórico de Karl Marx y Federico Engels que desvelan las estructuras económicas y de poder sociales y sus contradicciones que generan una progresiva emancipación humana.

Considera Castilla del Pino que “el humanismo ha sido siempre el realismo de su momento”. “Todo pensamiento humanista es un pensamiento confiado y confiable en las imprevisibles posibilidades que el ser humano tiene de hacer para sí mismo, merced a la toma de conciencia de su capacidad para domeñar la irracionalidad de la naturaleza, de la cual es él mismo parte y elemento”. “De una vez para siempre, repetimos, para el pensamiento humanista el misterio ha desaparecido, sólo quedan problemas”. Y uno de los principales problemas que denuncia es la desviación del pensamiento humanista realizada por el capitalismo. A partir del reconocimiento de la individualidad que surge con la Modernidad, la burguesía elabora una concepción del mundo a su medida. Así, la sociedad seguiría siendo una “selva” donde los individuos se ven obligados a competir y rivalizar para sobrevivir. Esta “lucha por la vida” daría lugar a dos tipos de humanos: Los triunfadores, que consiguen el éxito en sus pretensiones a costa de los perdedores que fracasarían en sus intentos. La  competencia feroz como regla suprema organizadora de la sociedad genera un individualismo egoísta y narcisista en el que no caben la solidaridad, la empatía, el amor, la cooperación.  Frases como “cada uno que aguante su vela”, que hemos oído recientemente en boca de algunos políticos, “mira por ti y no te preocupes de los demás”, “el hombre de éxito se hace a sí mismo” y otras por el estilo, nos describen un panorama social  en el que las desigualdades y las discriminaciones se asumen como ley natural inmodificable. Como el fin justifica los medios, el capitalismo burgués considera que todo vale, incluso la violencia ejercida en sus variadas formas, para conseguir lo que se pretende. Esta desviación del humanismo es la que justifica el adjetivo calificativo de “imposible” con el que Castilla del Pino completa el título de su conferencia. 

Para evitar y corregir esta desviación perversa del capitalismo, Castilla del Pino habla de las principales características que definen un verdadero humanismo y que sería la “comunitariedad y la altruidad”. Es decir, el ser humano es un animal social, nacido en el seno de una comunidad y son las relaciones altruistas las que le cobijan y le protegen para que crezca y se desarrolle. Sin los cuidados de la comunidad no podría existir. La sociabilidad es condición indispensable para su bienestar, mientras que el individualismo competitivo le condena a la soledad neurótica. Esta forma de entender el humanismo ha sido practicada desde los orígenes de la especie, por esa mitad de la misma que siempre estuvo en la sombra, invisible, postergada, sometida, por un patriarcalismo que las utilizaba sin reconocer su dignidad como ser humano. Han sido las mujeres las que, frente a esta competencia feroz masculina, han cultivado los cuidados, la generosidad y la comunitariedad. Es el cuarto salto cualitativo o “giro copernicano” que a Castilla del Pino se le olvida mencionar. Lo inician Olimpe de Gouges, en Francia, con su “Declaración de los derechos de la Mujer y la Ciudadana” y  Mary Wollstonecraft y su “Vindicación de los Derechos de la Mujer” y va tomando cuerpo a lo largo de más de tres siglos de producción del pensamiento feminista a favor de un humanismo igualitario como alternativa al patriarcado tradicional y al individualismo capitalista que se impone como sustento teórico de las nuevas relaciones de producción burguesas.  Las consecuencias de este humanismo desviado que es el neoliberalismo las estamos sufriendo actualmente con un rigor extremo. Nunca las desigualdades y las atrocidades violentas han alcanzado cotas tan altas como en estos momentos. Y frente a ello, la única alternativa es la cooperación, la igualdad, la solidaridad, los vínculos afectivos positivos.  Aplicar la fórmula del Bien que Feliciano Mayorga describe y fundamenta en su obra.  Fuera las competencias, las envidias, los odios, los egoísmos, los mercados y la economía financiera.  No necesitamos que nos tutelen y nos rescaten. Solamente necesitamos que nos dejen trabajar en paz por el bien común, compartir penas y alegrías, cuidarnos a nosotros mismos y cuidar de los demás para que todo el mundo tenga una vida digna, gozosamente compartida.  El humanismo igualitario propugnado por el feminismo  es la auténtica receta para salvar a este mundo egoísta de su autodestrucción. Es la ideología positiva que nos hace humanos a hombres y a mujeres y sería deseable, por el bien de todas las personas, que una mayoría lo propusiera como alternativa social. De lo contrario, no será el humanismo, sino la vida, que se nos tornará “imposible”.

 

 

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