JUVENTUD Y PROSTITUCION

JUVENTUD Y  PROSTITUCION

 Una  mirada analítica hacia la demanda

Ponente: Julián Fernández de Quero

Jornadas sobre Juventud y Prostitución del Ayuntamiento de Toledo

4 de Mayo de  2017

Buenas tardes a todas las personas presentes,  cuando intentamos abordar la relación entre juventud y  prostitución, lo primero que llama la atención de forma muy destacada, es el rejuvenecimiento de la demanda prostituyente. Hasta finales del siglo XX,  el perfil del varón prostituyente era el de un señor entre 40 y 60 años (una media de 50), casado, con familia, que  acudía a la prostitución principalmente por dos motivos:  Uno, para dar curso a la descarga de sus “necesidades sexuales” pues de no hacerlo, pondría en riesgo su salud, y dos, para satisfacer sus fantasías eróticas, algo que no podía lograr en  sus relaciones matrimoniales con una esposa de moral puritana estricta que solo accedía al débito conyugal para traer hijos al mundo, cumpliendo así con el mandato divino.

La evolución a lo largo de las dos décadas del siglo XXI ha sido más que notable:  El perfil del varón prostituyente actual es el de un joven adulto, entre los 20 y  40 años (una media de 30), con o sin pareja, con o sin hijos,  que incluye la prostitución en un marco de ocio y diversión consumista. Suelen acudir a los clubes de alterne en pandilla, al final de una juerga con motivo de la celebración de una fiesta,  cena de  empresa, despedida de soltero, etc., para poner la guinda a una noche de  alcohol y risas.

Este rejuvenecimiento de la demanda prostituyente viene acompañado de elementos contradictorios y paradójicos que merecen la pena ser pensados con detenimiento.  Según las investigaciones sociológicas recientes realizadas por el Instituto de la Juventud de España,  D. Domingo Comas Arnau, Presidente  de la Fundación Atenea  y  Beatriz Gimeno, entre otras, se detecta una clara diferencia en la forma de afrontar el hecho prostituyente en la adolescencia (14-18 años) y en la juventud adulta (18-24 años).  Durante la adolescencia, el fenómeno social de la prostitución carece de incidencia en el devenir vital de chicos y chicas, prácticamente no existe. Si se tiene conocimiento de su existencia es por los anuncios prostituyentes que aparecen en diarios y revistas que caen en las manos de la adolescencia a partir de los 13 años debido a los trabajos escolares que les mandan hacer el profesorado.  Posteriormente, la casual visión de páginas pornográficas en Internet, programas eróticos de los canales de televisión, o la contemplación de relaciones prostituyentes en determinadas zonas urbanas, son las fuentes que les informan de su existencia.  Pero, la actitud mayoritaria de los y las adolescentes hacia la prostitución y la pornografía es la indiferencia o, incluso, el rechazo, habiendo un grupito muy minoritario que expresa hacerlo por curiosidad.

Estas actitudes  vienen fomentadas   por  una educación sexual, recibida a lo largo de la ESO, que consideran mayoritariamente “buena y útil” (69 %) frente a un 31 %  que la considera “mala e inútil”.  Una mayor tolerancia social hacia las relaciones sexuales, influye en que la juventud acceda a las primeras relaciones coitales a los 16 años (para ambos sexos) y que el clásico “estreno con prostitutas”  haya prácticamente desaparecido, pues hacerlo con las compañeras de la misma edad que son sexualmente activas, es gratis y más accesible.  El  83 % usan anticonceptivos en sus primeras relaciones y, además,  estas relaciones se enmarcan en un proceso de monogamia exclusiva o sucesiva en la que la afectividad tiene una gran importancia y  el valor más aceptado es el de la fidelidad común. A diferencia de los países anglosajones, en los que el ideal juvenil es  “tener sexo como sea” en España, el ideal es “tener novio/a con sexo”.

No obstante, este inicio tan positivo a las experiencias sexuales no tiene la misma continuidad conforme se avanza en edad.  A partir de los 18 años se percibe una continua degradación de las condiciones positivas de la adolescencia y  un crecimiento constante de interés por la pornografía y por la prostitución, hasta convertir a los jóvenes adultos en los principales sujetos de la demanda prostituyente  La pregunta que inevitablemente surge es ¿a qué se debe esta deriva tan negativa?

Una primera respuesta la encontramos en el tipo de educación sexual que reciben durante la adolescencia. A pesar de la positiva valoración que los/as adolescentes hacen de la misma,  nos encontramos con un modelo preventivo sanitario  que les informa de los riesgos que corren practicando el sexo (embarazos no deseados, ITS, sida, etc.) y de las medidas que deben implementar para evitarlos (anticoncepción, aborto, preservativos, etc,), pero no se les educa en cambio de valores, en fomento de la afectividad ni en igualdad de género. Es decir, es una educación sexual práctica y útil que no influye para nada en la socialización patriarcal y machista que subyace en su personalidad desde el nacimiento. Eso explica que en los últimos estudios realizados entre la juventud sobre el tema de la violencia de género, las conclusiones sean de un gran arraigo de los mandatos de género que fomentan las actitudes machistas de control de los chicos sobre las chicas,  de aceptación tanto en ellos como en ellas del fenómeno de los celos, como algo positivo e inevitable, incluso, de tomarse algún tipo de violencia de género como algo natural.

La cosificación de la mujer como un objeto erótico que forma parte de la oferta de ocio y divertimento es la consecuencia lógica de la permanencia de este tipo de socialización, fomentada desde la industria de la moda, cosmética, medios audiovisuales, de entretenimiento, etc.  Esta situación es la que Beatriz Preciado, en su obra “Testo yonqui”  define como “la etapa fármaco-pornográfica” de la evolución histórica de la sexualidad occidental, completando así las anteriores etapas descritas por Michel Foucault en su “Historia de la Sexualidad”.

Ante esta situación analizada de la relación entre juventud y prostitución, la sociedad  y los órganos de gobierno de la misma, deberían tomar una serie de medidas de carácter educativo, judicial y legislativo, como las siguientes:

  1. Implantar paulatinamente en el Sistema de Enseñanza Público el modelo coeducativo, mediante acciones formativas en las facultades universitarias de formación del profesorado y programas experimentales en centros e institutos, cuyos resultados fueran expandidos al conjunto de la enseñanza. Se trata de que la educación en la igualdad y la educación sexual y afectiva formen parte del núcleo central del currículum escolar desde un modelo integral y no meramente preventivo sanitario.
  2. Aprobar leyes y normas que desarrollen de manera completa la protección de los derechos humanos de las mujeres prostituidas, habilitando todo tipo de programas y recursos que les permita salir del circuito prostituyente con facilidad y con alternativas reales y efectivas de inserción social y garantice sus derechos humanos, incluso si optan por seguir ejerciendo la misma en condiciones de libertad e igualdad.
  3. Leyes y normas que penalice la demanda de los varones prostituyentes, a partir de la premisa de que “si no hay demanda, no hay oferta”. Entre otras medidas de carácter educativo dirigidas a los hombres, se  incluirían sanciones económicas a los varones demandantes, que podrían llegar a ser penales en caso de reincidencia,  la prohibición de la publicidad prostituyente en diarios y revistas,  los programas televisivos de incitación a la prostitución y la pornografía  y el control de la misma en Internet.
  4. Modificaciones en el Código Penal que endurezca las penas aplicables en caso de trata de mujeres y de niños y niñas, de manera que dichas medidas adquieran un carácter realmente disuasorio para los proxenetas y traficantes de este terrible negocio ilegal.  Mayor financiación y recursos para la persecución de la trata de personas con cualquier fin.
  5. Financiación y recursos para la implementación de cursos de formación especializada en género y prostitución para los distintos agentes que intervienen en estos casos: Jueces, fiscales, policías, abogados/as, sanitarios/as, profesorado, etc.

 

 

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