LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XXXII): Los miedos técnicos

Julián Fernández de Quero

LOS  MIEDOS TÉCNICOS

En el marco de actitudes competitivas que plantea el modelo capitalista-permisivo, resulta muy importante la percepción que se tiene de la otra persona, puesto que ella es el banco de pruebas en el que se van a comprobar nuestras capacidades. De cómo la otra valore el examen depende nada menos que nuestra identidad sexual. Entre el sobresaliente (“ha sido fabuloso”) y el suspenso (“los hay mejores, pero no te preocupes”) pende el hilo de nuestro éxito o fracaso: el reconocimiento de nuestro esfuerzo técnico y de nuestra cualificación o el de nuestra incompetencia. Terrible dilema que convierte el juego erótico en un trabajo de ejecutivos agresivos o en un deporte olímpico.

A ello ha contribuido, seguramente sin intención alguna, la divulgación de los conocimientos sexológicos. Los investigadores del sexo suelen presentar las conclusiones de sus estudios con cierta dosis de relativismo y dentro del amplio marco de sus hipótesis; pero la divulgación de sus trabajos a menudo genera estereotipos que contribuyen a reforzar modelos negativos más que al bienestar de las personas. Así, la constatación científica de la capacidad multiorgásmica femenina, realizada por Masters y Johnson, ha creado el estereotipo de que toda mujer lo es y, si no, es que algo no funciona. La mujer se preocupa por no tener varios orgasmos en una relación (examen de su propia cualificación erótica) y de que el hombre no sea capaz de estimularla adecuadamente para conseguirlos (examen de la cualificación erótica del otro). Por su parte, el hombre desarrolla el mismo proceso, pero a la inversa, y así tenemos una pareja invadida por el miedo, que genera angustia, la cual, a su vez, provoca la disfunción sexual correspondiente.

El reto de la potencia y la técnica

La implantación en la sociedad española del nuevo modelo sexual supone un cambio de actitudes que, en general, podemos calificar de positivo, sobre todo si lo comparamos con los modelos anteriores: liberación de la mujer, reconocimiento de la sexualidad femenina, aceptación de los sentimientos masculinos, planificación familiar, paternidad responsable, y un largo etcétera. Pero, por otro lado, origina estos nuevos miedos técnicos. Al hacer recaer en el varón la responsabilidad del placer femenino, sin poner en cuestión la centralidad de la pulsión copulatoria, se le obliga a asumir un reto doble: el de su potencia y el de su técnica. En cuanto a la mujer, al ser su orgasmo el premio de reconocimiento de la potencia y la técnica varonil, también asume el reto de responder adecuadamente al esfuerzo del compañero. Los miedos técnicos se concretan en el hombre en el miedo a la ausencia de erección o a la erección in­suficiente y el miedo a la eyaculación precoz o retardada; en la mujer, en el miedo a no tener deseos sexuales y el miedo a no llegar al orgasmo o a no tenerlo múltiple; en ambos, en el miedo a no poder practicar el coito o no llegar al orgasmo simultáneo. Son los miedos técnicos que llenan los consultorios sexológicos y los despachos de los terapeutas sexuales.

El Informe Sexpol nos proporciona el dato de que un 44 por ciento de los varones españoles, entre los veinte y los cincuenta y nueve años, confiesa haber tenido problemas sexuales en algún momento de su vida. De éstos, un 24 por ciento ha tenido eyaculación precoz; un 9 por ciento, disfunción erectiva; un 8 por ciento, falta de deseo, y un 6 por ciento, anorgasmia. Por tramos de edad, se mantienen los porcentajes, de manera que la eyaculación precoz es el principal problema en todas las edades, y el segundo la disfunción erectiva. Por otra parte, a la pregunta de si tienen algún problema sexual en estos momentos, un 12 por ciento de varones declara tenerlos.

EL MIEDO A EYACULAR DEPRISA

La ansiedad induce a los movimientos rápidos y enérgicos de descarga. El varón actual, temeroso de cumplir bien con la tarea de despertar la sexualidad de la mujer de forma adecuada y dejarla satisfecha, a ser posible, con varios orgasmos, se arriesga a la angustia de no poder aguantarse lo suficiente para llevar su tarea a buen puerto. Piensa que se va a correr enseguida e intenta no hacerlo, pero no sabe cómo. Las adrenalinas provocan movimientos rápidos y enérgicos externos, pero, sobre todo, internos. La tensión disminuye las cavidades musculares, que acogen menor cantidad de sangre, y la respuesta refleja de la eyaculación sobreviene inesperadamente, contra su voluntad, mientras su compañera aún se encuentra en la fase de excitación. Las adrenalinas le han jugado una mala pasada, según cree. La consecuencia es el reproche de la compañera y el aumento del temor a fracasar en la próxima ocasión. Su propio miedo garantiza la repetición del fracaso.

Darío es un joven de 22 años que acude a la consulta alegando que es «un eyaculador precoz». Sale con una chica desde hace tres años, y siempre que han intentado tener relaciones sexuales, él se corre muy deprisa y ella se queda «a medias». Esto ha provocado disputas y tensiones en la relación de pareja, algo que quiere evitar como sea, pues está muy enamorado de su compañera. A la pregunta de cuánto calcula que tarda en eyacular, responde que, al principio, cree que tardaba uno o dos minutos, pero que, luego, ha ido empeorando y, ahora, no debe de llegar al medio minuto. El terapeuta le explica detenidamente que la eyaculación precoz no es un problema, ya que todos los machos animales, incluidos los humanos, eyaculamos muy deprisa, y que esa rapidez es una ventaja biológica.

A Darío la explicación le abre los ojos a otra manera de ver las cosas; pero sigue sin saber cómo evitar no eyacular antes de que su compañera tenga el orgasmo. El terapeuta le plantea que, tanto él como su compañera, conciban las relaciones sexuales de otra manera, con otra actitud; que piensen que la relación sexual es un juego divertido con muchas posibilidades, en el que los dos han de ser activos y pasivos alternativamente; que se olviden del coito como técnica central y necesaria para obtener el orgasmo. También le explica que después de su eyaculación pueden seguir con la relación, y él tendrá una segunda erección, lo que evitará que la rapidez eyaculatoria se convierta en un obstáculo para su placer y el de su compañera.

A Darío le ha cambiado el brillo de los ojos mientras escucha. Es indudable que el miedo ha desaparecido y que un gran alivio le invade. Ahora sabe que él no es responsable del placer de ella, sino que tienen que aprender a jugar juntos.

Este caso explica el mito que más dolores de cabeza crea a los varones españoles, según veíamos en las encuestas, y también la forma correcta de superarlo. Es el principal miedo técnico, por lo extendido que está entre la población, y por tanto merece que le dediquemos una atención especial. Así pues, subrayemos dos elementos importantes:

  1. La mujer no es más lenta que el varón. Fisiológicamente, la fase de excitación femenina es exactamente igual que la masculina, y tanto la mujer como el varón pueden tener orgasmos más o menos rápidos dependiendo de las circunstancias, entre las cuales las más importantes son las más importantes son las culturales.
  2. El coito es la técnica más inadecuada para gozar de la relación sexual; por un lado, por la rapidez eyaculatoria del varón y, por otro, por la insensibilidad vaginal de la mujer. Por tanto, utilicemos otras técnicas que, además de resultar más eficaces para el placer, tienen la ventaja de ser estériles.

 

EL MIEDO A LA ANORGASMIA O EYACULACIÓN RETARDADA

Un estado permanente de temor influye también en la generación de otras emociones sociales negativas, como la hostilidad, el rencor o la envidia. El temor a todo lo que nos rodea nos lleva a considerar al medio como hostil. Sentir miedo es sentirse acosado por enemigos reales o ficticios.

Los mecanismos de rechazo a la mujer

El varón de hoy, responsable absoluto del placer femenino, puede sentirse agobiado por la pesada carga que han puesto sobre sus hombros y sentir envidia de las mujeres, que no tienen que preocuparse de nada. La envidia viene asociada al rencor: «¿Por qué tengo que preocuparme de cómo hacerlo y ella no?» Por otro lado, el varón de hoy puede sentir temor ante las contradicciones que le crea el nuevo papel de la mujer liberada. Se siente desconcertado, sin saber cómo actuar ni qué hacer. Todos sus principios están puestos en tela de juicio y las culpables son «ellas». La hostilidad aflora sin que lo pretenda. Estas situaciones pueden llevar a un mecanismo inconsciente de rechazo a la mujer que biológicamente se concreta en una inhibición del reflejo eyaculatorio. La ansiedad, en vez de estimular la eyaculación, en estos casos la inhibe. Es como un acto simbólico de castigo a la mujer, de agresión: no se le da lo que espera.

Guillermo viene a la consulta por un motivo especial. Tiene treinta años y lleva cinco saliendo con Isabel, con la que mantiene relaciones sexuales, aunque no están casados. Pero es incapaz de eyacular dentro de la vagina. En la recogida de datos se observa que se masturba sin problemas, pero en las relaciones coitales puede estarse horas sin eyacular, hasta que retira el pene de la vagina, momento en que eyacula rápidamente. En general, sus relaciones terminan por iniciativa de ella, que se queja de irritación vaginal, o por iniciativa de él, debido al malhumor que le produce la situación o porque ha perdido la erección sin haber eyaculado.  Últimamente, han optado por retirar el pene de la vagina después de un tiempo y eyacular fuera, aunque esto no le impide sentir la frustración por hacer algo que conside­ra anormal. Una psicoterapia centrada en la disolución de sus emociones negativas mediante el uso de la fantasía, junto a un re-aprendizaje de las relaciones sexuales efectuado por los dos, terminó con el problema de forma satisfactoria.

La anorgasmia o eyaculación retardada como efecto psicosomático de vivencias neuróticas proyectadas en la mujer puede ser debida a otras causas inconscientes, además de la hostilidad o la envidia. También puede provenir del miedo incestuoso a mancillar la figura materna, simbolizada por la compañera, o del miedo a «manchar» con el semen a quien se vive como símbolo de pureza. Hay que decir que estos casos suelen ser raros, tal como veíamos en las encuestas, y atañen a una minoría de los varones.

LA  DISFUNCIÓN  ERECTIVA COMO FRACASO DE LA RESPONSABILIDAD

El varón de hoy tiene, además de la convicción profunda de que es el responsable del placer femenino, la de que ese placer sólo puede procurárselo con el pene. El falo se convierte en la varita mágica que desencadena los orgasmos femeninos. Por tanto, toda su virilidad depende de la potencia y aguante de su pene erecto. Ya no se trata sólo de tener una erección fuerte y duradera para presumir de ser más potente que los demás varones, como ocurría en el modelo burgués tradicional. Ahora, se trata de satisfacer a la compañera de cama, de provocarle múltiples orgasmos superlativos, tal como se ve en las películas pornográficas o como nos cuentan las revistas del corazón que le ocurre a esta o aquella dama famosa. Tamaña responsabilidad no puede por menos de generar temor y preocupación. Otra vez, las adrenalinas entran en juego, la ansiedad aumenta y su efecto inhibe el reflejo de la erección.

Dos negocios: los productos para la erección y las prótesis peneanas

Este temor masculino, que puede afectar a casi dos millones de hombres españoles, según las estadísticas, ha generado dos tipos de negocios diferentes: por un lado, en las revistas eróticas o humorísticas suele aparecer un tipo de publicidad de productos que se venden por correspondencia destinados a lograr las más firmes erecciones, los penes más potentes y las noches más lujuriosas. Por otro, en las sesudas revistas médicas o similares, se nos habla de expertos doctores que implantan prótesis peneanas, de manejo manual o hidráulico, que garantizan una erección suficiente para lograr la penetración. También recurren a inyecciones de papaverina o prostaglandinas o a aparatos creadores de vacío. Toda esta parafernalia tecnológica se halla al servicio de una fantasía de potencia masculina. Los resultados suelen ser más bien mediocres y la relación entre el coste y el beneficio está claramente desequilibrada a favor del primero en la mayoría de las soluciones que se proponen.

Es mucho menos costoso y tiene mejores resultados cambiar de actitud y asumir que la sexualidad la podemos disfrutar con todo el cuerpo, que cada uno y cada una es responsable de su propio placer y que para disfrutar realmente de la sexualidad hay que vivirla como un juego y no como un examen. El sexo, como se ha dicho, lo tenemos en el cerebro y no en los genitales; por tanto, lo que hay que modificar son los esquemas mentales y no los cuerpos cavernosos.

       “Los demás sí pueden”

Liberio tiene veintidós años y acude a la consulta con ideas poco claras de lo que le pasa. Afirma que con su pareja actual tiene dificultades en la erección. Es bien parecido, aunqne aparenta inseguridad y tiene dificultades a la hora de expresarse. De la recogida de datos se obtiene que se masturba desde los once años sin ningún tipo de problema. El contenido actual de sus sueños insiste en su frustración: «Intento hacer el amor con una chica, con erección, pero no puedo. La mujer está excitada y me reclama; pero yo, nada.» Se despierta muy frustrado. La primera vez que le ocurrió fue estando con su pareja en casa. Se excitó mucho y de pronto se dio cuenta de que estaba perdiendo la erección y que no podía penetrar. Aunque ella no se lo reprochó, él sí: «No soy un hombre; los demás sí pueden … » Todo esto se ha repetido después, salvo en dos ocasiones.

Se da cuenta de que depende mucho de la situación en que se encuentre, aunque no siempre es así. Su frecuencia en las relaciones sexuales es de dos veces a la semana, más que antes, ya que está pendiente de ver «qué pasa». No se siente muy atractivo para ella, y no tiene asumido su cuerpo. Su ideal de hombre es opuesto a su concepción de sí mismo: «Alguien con más confianza en sí mismo, que sepa hasta dónde puede llegar, que sea menos suspicaz (yo me mosqueo por todo), que pase del rollo masculino »

Liberio está agobiado por su papel masculino, esto es, por los prejuicios del modelo que le inducen a ser responsable y a cumplir con las exigencias del guión. El terapeuta le explica primero cómo funciona fisiológicamente el fenómeno de la erección y cómo interviene el cerebro para inhibirlo. Le deja claro que su problema no es orgánico, puesto que cuando se masturba no le falla la erección (si la causa fuera orgánica la disfunción erectiva aparecería en cualquier actividad sexual). Por último, se le anima a conseguir la colaboración de la compañera para que re-aprendan a tener las relaciones sexuales de manera más juguetona y divertida y menos responsable y esforzada. La disfunción erectiva desaparece al cabo de tres meses.

LAS ETS YA NO SON ENFERMEDADES DIVINAS

Desde el Renacimiento, época en la que se comenzó a hablar del «mal francés» (la sífilis), las enfermedades de transmisión sexual (ETS) han sido un sólido argu­mento utilizado profusamente por los poderes morales para aterrorizar a la población y obligarla a conducirse según normas represivas de la sexualidad,

Cada cierto tiempo, como si de un rito se tratara, aparecen noticias alarmantes sobre el incremento de las ETS y de sus mortales consecuencias, En la actuali­dad, tras la aparición del sida, esta enfermedad está siendo utilizada de la misma forma en que los predica­dores de los siglos anteriores utilizaban la sífilis y la gonorrea: es un azote de Dios, un castigo divino a la lujuria de los humanos, que deben retornar a la absti­nencia sexual si quieren verse librados de sus mortales consecuencias,

La prevención: información sin tapujos y medios gratuitos

Sin embargo, sin querer restarle la importancia sanitaria que merece, hay que desdramatizar el tema y situarlo en su adecuado lugar, que es el de las ciencias de la salud y no en el de la escatología religiosa y moral. En nuestro país, los informes epidemiológicos nos demuestran que las ETS, salvo en el caso del sida por su novedad, no tienen tanta incidencia como nos quieren hacer creer. Los casos son pocos, están bien controlados, hay una adecuada información sobre el tema, hay tratamientos sencillos de indudable eficacia y, en general, el principal problema consiste en la mayor o menor constancia de los poderes públicos en mantener la adecuada política de salud pública preventiva, es decir, la constancia en mantener campañas informativas, extender la educación sanitaria, concienciar a la población desde la familia y la escuela sobre las medidas de higiene y salubridad ciudadana necesarias para erradicarlas, etc.

En relación al sida vale todo lo anteriormente dicho, pero con un mayor énfasis, teniendo en cuenta la gravedad del problema. Todos los expertos lo han afirmado hasta la saciedad: prevención, prevención y prevención. Dicho de otra manera, información sin tapujos, educación sexual y facilitación de medios preventivos; por ejemplo, la gratuidad de los preservativos a cargo de la Seguridad Social.

Para corroborar lo dicho, en el Informe Sexpol se preguntaba a los españoles si habían padecido alguna enfermedad de transmisión sexual. El 76 por ciento declaraba que no había padecido ninguna; un 16 por ciento había tenido parásitos (ladillas); un 3 por ciento, gonorrea, un 2 por ciento, herpes, y un 1 por ciento, sífilis. Datos muy similares a los que ofrecen los informes epidemiológicos elaborados por las instituciones sanitarias. Está muy claro que hay una relación directa entre los ambientes insalubres y carentes de higiene y la frecuencia de las ETS. En una sociedad en la que prolifera la pobreza y la miseria, las ETS son más habituales. Así pues, no es una cuestión de moralidad, sino de justicia económica y social.

Las ETS son unas enfermedades debidas a agentes patógenos físicos, igual que la tuberculosis, el sarampión, la lepra o la viruela, suficientemente conocidos y estudiados (el sida llegará a serlo pronto), que con la vigilancia epidemiológica adecuada y las demás medidas ya mencionadas, no revisten mayor problema. La actividad sexual, las formas que adopta (promiscua o monógama) y su mayor o menor frecuencia, no tienen nada que ver con ellas.

Sin embargo, desde determinados sectores sociales se signe insistiendo en el mensaje religioso o moralizante, que hace que muchos varones conserven ese miedo secular a las enfermedades de transmisión sexual.

A MODO DE RESUMEN

El varón de hoy, que mayoritariamente se adapta al modelo consumista, asume, como ya hemos dicho, la responsabilidad de la sexualidad femenina. El es el experto y los orgasmos de ella son el producto de sus habilidades. Esto le lleva a trasladar las cualidades psicosociales que desarrolla en el trabajo a la cama: eficiencia, seriedad, concentración en lo que hace (no en lo que siente) y atención al objeto para captar los resultados de su labor. Sus miedos enfocan el fracaso como sinónimo de incompetencia. Si su mujer le traiciona es porque ha encontrado otro varón más experto y habilidoso que él, lo que le lleva a sentirse culpable y deprimido.

Este afán de permanente superación competitiva le mantiene en un continuo estado de tensión corporal, con las consecuencias físicas que hemos visto: anestesia sensorial, eyaculación precoz o retardada, disfunción erectiva y falta de deseo son algunos de los efectos que originan los miedos a no ser competente sexualmente.

Las normas ideales del modelo le obligan a desarrollar sus tendencias cerebral, sádica, voyeur y polígama, a veces con exceso, lo que le crea culpabilidades y displaceres que le hacen sentirse desdichado e incomprendido. Por otro lado, su tendencia animal se encuentra reprimida, ya que no escucha sus deseos biológicos, que le piden estar pendiente de su propio placer y no del de su pareja. Sus alegrías son sociales y están ligadas al cumplimiento de la norma: cuando su mujer alcanza el orgasmo, él se siente invadido por el orgullo del triunfador. Siente la necesidad de que le repitan constantemente lo experto que es, y después de cada relación sexual suele preguntar, con mal disimulada ansiedad y temor: «¿Te lo has pasado bien, cariño?» Una respuesta afirmativa lo eleva a las más altas cimas de la felicidad, mientras que la negativa lo hunde en los abismos del miedo.

Por otro lado, el modelo no hace excesivo hincapié en la necesidad de la educación sexual en la infancia, algo que se comprueba revisando la realidad histórica en los diversos países: el retraso, las dificultades y la desigual implantación de la educación sexual en el ámbito escolar corre parejo a las rémoras que se plantean para su implantación en las familias. Como mucho, existe una tolerancia, un dejar hacer, que es caldo de cultivo para que los niños y las niñas sigan aprendiendo a través de los amigos (como siempre), de las revistas y de la televisión, medios que siguen transmitiendo los prejuicios y los estereotipos que ya hemos comentado. Esta permisividad social influye para que aumenten las relaciones sexuales, para que sea más temprana la edad de inicio de las mismas, para que exista más información sobre la existencia de los anticonceptivos y los preservativos, pero no es suficiente para eliminar las conductas incorrectas que provocan el aumento de los embarazos no deseados en adolescentes y la transmisión de enfermedades por vía sexual. Como demuestran los últimos estudios sobre el comportamiento sexual y anticonceptivo de los jóvenes, no hay correlación entre mayor grado de información y conductas preventivas.

 

La socialización por el ejemplo

El cambio de actitudes es producto de la socialización lenta y gradual que se efectúa en la familia y la escuela, principalmente, y en los medios de comunicación. Es más eficaz cuando se realiza a través del aprendizaje vicario (es decir, en los procesos infantiles de identificación e imitación de las conductas de los adultos) que cuando se utiliza casi exclusivamente la transmisión oral de conocimientos. Cuando los niños y las niñas crezcan en un hogar en el cual vean a los adultos usar cotidiana­mente los anticonceptivos y los preservativos, vean cómo sus padres se quieren y lo expresan con caricias de todo tipo, aprendan de ellos a darse masajes, a cuidar de su cuerpo, a cultivar sus sentidos, a desarrollar conductas de higiene como elemento de disfrute y no de sacrificio, a relacionarse con afecto, cuando todo esto ocurra, entonces estará la sociedad creando el modelo que elimine los miedos, las disfunciones sexuales y las enfermedades de transmisión sexual, de la misma forma que ha erradicado totalmente la viruela. Si el ejemplo socializador de esos hogares eróticos se traslada al ámbito escolar y en éste se sigue practicando con el ejemplo, además de con la información, se consolidará el nuevo modelo.

En Mayo de 1988, la revista Papers d’Educació de la Consejería de Educación de la Generalitat Valenciana publicaba un reportaje con fotografías a todo color en el que se daban a la luz pública las experiencias educativas que estaban llevando a cabo en relación a la educación sexual dos colegios de Valencia (“Escuela 2”, de la Cañada y «La Masía», de Museros). El texto, entre otras cosas, decía: «Los niños y niñas se desnudan completamente para que conozcan el propio cuerpo y el de sus compañeros, se dan masajes, juegan y comentan sin ninguna vergüenza los temas relacionados con el sexo … » Veamos la opinión de los propios alumnos que participan en las sesiones: «No estamos reprimidos porque vemos cosas que hablan del sexo, y hacemos lo que nos agrada con nuestro cuerpo. Hablamos entre nosotros de todo lo que hay alrededor del sexo sin problemas.»

Este reportaje levantó un gran revuelo en su momento. Los sectores sociales puritanos pusieron el grito en el cielo y los medios de comunicación acosaron a los dos centros educativos para tratar de aprovechar el morbo del asunto, hasta el punto de que los padres y profesores decidieron no dejar que la prensa amarilla convirtiera en traumática una experiencia que era pedagógica y que, vivida con sencillez, sólo podía reportar salud y bienestar a los alumnos y alumnas. ¿Qué hicieron las autoridades educativas?: echar tierra al asunto, olvidarse de la experiencia y, por supuesto, no extraer de ella ninguna enseñanza que sirviera para extenderla a todo el sistema educativo público. Después de siete años, los alumnos de estos dos centros siguen aprovechando el privilegio de haber tenido unos padres y unos profesores que supieron entender dónde estaba el verdadero instrumento del cambio de actitud: la socialización por el ejemplo. El  resto de los alumnos del país siguen acudiendo a la escuela como el obrero al trabajo, con resignación y sin motivación alguna.

 

El miedo y el raciocinio

Si, además de los hogares y la escuela, los medios de comunicación social y los artistas en general representaran, de vez en cuando, no sólo la realidad dramática que afecta a grandes sectores de población (crímenes, guerras, machismo desaforado, muñecas sexuales, etc.), sino también esa otra realidad que afecta a otros sectores (relaciones humanas cálidas, juegos sociales agradables, conductas eróticas no estereotipadas, uso de los anticonceptivos y los preservativos en las relaciones sexuales, etc.), es indudable que la influencia benéfica sobre la infancia y la juventud sería extraordinaria, tanto como lo es ahora en el fomento de conductas violentas, machistas y temerosas.

Sin embargo, el miedo es una emoción que sólo se puede vencer con el raciocinio. Sentir miedo ante un enemigo real es una positiva señal de alerta para que la razón elabore las adecuadas estrategias defensivas. Ese es el proceder correcto, por ejemplo, ante las enfermedades de transmisión sexual. Pero sentir miedo ante un falso enemigo (los prejuicios culturales, las normas mo­rales, etc.) provoca una negativa señal de alerta que hay que eliminar desmontando los prejuicios, aboliendo las normas represivas y cultivando la confianza en uno mismo y en los conocimientos de la ciencia laica.

 

 

 

 

 

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