LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XXXI): Los miedos sexuales del varón

Julián Fernández de Quero

LA CULTURA DEL MIEDO Y LA VIOLENCIA

Vivimos inmersos en la cultura del miedo. Una sociedad estructurada sobre la explotación del hombre por el hombre, es decir, sobre la desigualdad social, es el mejor caldo de cultivo para crear personas inseguras, desconfiadas y competitivas.

En el plano de la sexualidad, la represión y la comercialización de la misma influyen para que las personas nos desarrollemos de manera unidimensional, castrados en nuestras posibilidades, acomplejados por los ideales que nos propone la sociedad, dominados por nuestras emociones sociales negativas, con tendencias fijadas por la hostilidad hacia todo y hacia todos y con el miedo metido en la médula de los huesos.

Los medios de comunicación social ilustran con su labor diaria esta reflexión: en los noticiarios, reportajes, películas y series televisivas hay un predominio absoluto de la violencia y el miedo, bien en su versión física (guerras, criminalidad, violaciones, etc.), bien en su versión emocional (desamores, desarraigos, rivalidades, conflictos). Las imágenes de más éxito son las relativas a las luchas: contra la droga, contra la delin­cuencia; contra los malos, cada uno en su especificidad. Vivimos en una sociedad de buenos y malos, sean del signo que sean, y cada cual orienta su vida más preocupado por cómo se defiende de los otros que por cómo ser feliz y solidario.

Así se explica que los dirigentes de todo tipo vivan rodeados de guardaespaldas, y que las industrias más florecientes sean las de seguridad: vigilantes armados en negocios, bancos y urbanizaciones; policías en las calles e instituciones; puertas blindadas, sistemas de alarma, cajas fuertes, toda la parafernalia para defendernos del miedo, para darnos seguridad y confianza.

Pero el miedo lo llevamos dentro, y para defendernos de él necesitamos sentirnos poderosos. Durante siglos, al hombre se le ha educado para que forje su identidad masculina a partir de su fuerza física, de su recia voluntad, de su dureza de corazón. Su objetivo esencial era conseguir algún tipo de poder: político, militar, económico y, en última instancia, sexual (la potencia sexual como rasgo de la identidad viril).

EL MIEDO A LA ESTERILIDAD

La imposibilidad de acceder al poder de la fecundidad ha sido uno de los miedos más ancestrales y persistentes de los varones, y permanece en nuestros días. La sabiduría popular lo refleja con sentencias como «Un matrimonio sin hijos es como un jardín sin flores», o “Para llegar a la madurez, has de plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo”.

Antonio y Marisa vienen a la consulta alegando vaginismo de ella. Llevan casados siete años y se definen como una pareja sin problemas, salvo el que les trae a la consulta. Su convivencia es excelente: tienen una gran comunicación entre ellos, están muy enamorados y carecen de problemas económicos o familiares.

“Ya desde sus primeras relaciones sexuales se dieron cuenta de que ella tenía un problema en el momento de realizar el coito. Nunca consiguieron la penetración. Al principio, lo intentaron varias veces, pero como el resto de las relaciones eran plenamente satisfactorias para ambos, decidieron olvidarse del coito y no planteárselo como problema. Así han estado durante seis años, con relaciones sexuales no coitales muy frecuentes y satisfactorias. Ambos declaran tener un alto grado de deseo sexual y ser muy creativos y juguetones en la cama.

Sin embargo, desde hace un año, se ha vuelto a plantear el tema porque los dos desean tener un hijo. Al preguntarles de dónde les viene ese deseo, contestan que por muchas razones: «Las familias respectivas no dejan de darnos la tabarra, incluso con bromas e indirectas de mal gusto … Lo mismo pasa con los compañeros de trabajo, con los ami­gos … , en fin, con todo el mundo … Además, ya va siendo hora; si no, nos vamos haciendo mayores y no vamos a tenerlos … Todo el mundo termina teniendo hijos alguna vez ¿no?»

Como se puede ver, tienen muy bien asumida la necesidad de ser padres. Su pareja funciona estupendamente, su sexualidad se ha desarrollado de forma satisfactoria, pero, en cambio, la sociedad comienza a desvalorizarlos, a restarles identidad. Al no ser padres, no tienen la misma posición que los demás y, por tanto, no pueden ser tratados como iguales. Necesitan asumir el poder paterno para que los demás los reconozcan. Un hombre sin el título de padre es un hombre incompleto, deficiente; algo terrible. Lo mismo le ocurre a la mujer si no puede ejercer el papel materno.”

Afortunadamente, en el caso de Antonio y Marisa, como en el de tantos otros, la solución es fácil. El vaginismo es una contractura refleja de los músculos vaginales que cierran la vagina impidiendo la penetración. Tiene un claro contenido defensivo, y su causa específica es el miedo a ser agredida en dicha zona. La mujer con vaginismo vive la penetración como una agresión: porque podría ser la causa de un embarazo no deseado, porque tiene el recuerdo de una agresión sexual infantil, real o fantaseada, o porque está influida por una educación puritana que la ha prevenido en contra de la actividad sexual como un comportamiento vicioso, pecaminoso o nocivo.

      Una terapia desmitificadora, que aporte los conocimientos científicos sobre la sexualidad y un trabajo de desensibilización sistemática que permita a la mujer vivir la experiencia gratificante de introducirse los dedos en la vagina, para luego, gradualmente, introducirse el pene del compañero, rompe el reflejo de contracción y lo sustituye por una actitud relajada y erótica, ajena al miedo inicial. El hombre tiene un papel importante como colaborador paciente, relajado, tierno, que contribuye a que su mujer viva las relaciones sexuales con ac­titud distendida y placentera.

EL MACHISMO COMO FUENTE DE ANGUSTIA

Los hombres de hoy han superado muchos miedos relacionados con su sexualidad, pero aún persisten otros y, sobre todo, han surgido nuevos miedos con matices y consecuencias diferentes, ligados a otros modelos de socialización.

Quizás hoy sea relativamente difícil encontrar un varón machista en estado puro, con las características con que lo describían algunos autores hace quince años:

  1. Sentido posesivo frente a las mujeres.
  2. Altamente celoso.
  3. Agradable con los de su sexo.
  4. Gesticulante.
  5. Mal hablado, sobre todo en círculos privados de amigos.
  6. Piropeador impenitente.
  7. Agresivo y fanfarrón.
  8. Dominante.
  9. Magnánimo con las peticiones femeninas
  10. Bebedor y pendenciero.

Es evidente que la nueva sexualidad femenina y el papel conquistado por la mujer han contribuido decisivamente a bajarle los humos al machista y le han obligado a adaptarse a las nuevas condiciones. Por otro lado, los cambios educativos y su influencia en las nuevas generaciones también aportan otras actitudes en las relaciones entre el hombre y la mujer.

Sin embargo, el machismo perdura enmascarado en los buenos modales, las pomposas declaraciones de liberalidad y progresismo, los gestos para la galería y las buenas intenciones. Todavía hay muchos varones que siguen convencidos de los siguientes prejuicios machistas, aunque procuren mantener sus convicciones más o menos en secreto por temor a las burlas o iras de las mujeres. Piensan que:

-Las mujeres son inferiores a los hombres.

-Las mujeres son débiles, cursis y lloronas por naturaleza.

-Las tareas domésticas son obligaciones femeninas, aunque su mujer trabaje fuera de casa y ellos ayuden en lo que pueden.

-La mujer tiene instinto maternal.

-La crianza de los hijos corresponde fundamentalmente a la mujer, aunque ellos colaboren.

-El sexo es una cosa y los afectos otra, y conviene no mezclarlos.

-La sexualidad femenina es lenta, pasiva y depende de la experiencia del varón para que funcione adecuadamente

-Cualquier relación sexual que no acaba en coito es una relación incompleta.

Un varón, ante una insinuación femenina, no tiene más remedio que aceptar o, en todo caso, inventarse una excusa, pero nunca confesar que no le apetece.

-Los homosexuales son enfermos o, por lo menos, raritos: mejor mantener las distancias.

-Los niños tienen sexualidad, pero es mejor no hacer nada para estimulársela.

-La fantasía secreta (por la que juegan a la lotería y quieren ser millonarios) consiste en rodearse de mujeres estupendas, seducidas por su dinero, como se ve en las películas.

-Es más grave la infidelidad femenina ( “No tiene perdón”) que la masculina (“el hombre no  puede luchar contra una necesidad natural”).

-Los jóvenes pueden tener relaciones prematrimoniales pero es mejor que los padres no se enteren. Y resulta impensable cederles la casa para que las mantengan cómodamente (sobre todo en el caso de las jóvenes; pues, si son varones, saber de sus aventuras no deja de ser un motivo de orgullo:  (“Este chaval, no puede negar la casta!”).

-Los ancianos han hecho todo en la vida y ahora les toca descansar, también en las prácticas sexuales.

-No está mal que los hombres mantengan económicamente a las mujeres, pero sí lo contrario.

Estos y otros prejuicios machistas chocan con la realidad y generan miedos en los varones, miedos que se manifiestan en los tres niveles de la sexualidad (físico, psíquico y social) a través de síntomas específicos que los llevan, tarde o temprano, a visitar al especialista. 

EL MIEDO A LA HOMOSEXUALIDAD

Mental y emocionalmente, el macho de hoy sigue agobiado por viejos fantasmas. En su interior, continúa rechazando la homosexualidad, aunque se manifieste tolerante y comprensivo con el fenómeno. Esta actitud le crea tensiones en sus relaciones con los otros hombres. El contacto físico le sigue provocando rigideces corporales, por lo que recurre espontáneamente a los saludos enérgicos y a las fuertes palmadas en la espalda. La compañía de homosexuales le pone nervioso, y aunque se esfuerza por comportarse de manera natural, se le nota que está incómodo.

En el consultorio telefónico Sex-Inform se siguen recibiendo muchas llamadas de varones atormentados por su temor a ser homosexuales:

Un joven de 22 años llama muy angustiado para decirnos que, en sus prácticas masturbatorias, ha llegado a acariciarse el ano, lo que le ha producido un gran placer. Desde entonces, no vive pensando que es homosexuaL Se le tranquiliza haciéndole ver que el ano es una zona erógena para todas las personas, hombres y mujeres, y que el coito anal (que es el fantasma que le angustia) no es una técnica sexual exclusiva de los homosexuales, sino que también la practican las parejas heterosexuales, incluso como método anticonceptivo.

Según una encuesta realizada por la Asociación Pro Derechos Humanos en Madrid, en el año 1985, la opinión pública de nuestro país consideraba que la homosexualidad es «antes que nada, un comportamiento sexual como otro cualquiera, elegido libremente» en un 39 por ciento de respuestas. Un 32 por ciento la consideraba «un comportamiento antinatural y un vicio» y un 17 por ciento la consideraba «una enfermedad».

Los hombres toleran mejor la homosexualidad femenina que la masculina, y lo mismo, pero al contrario, les ocurre a las mujeres. «Para muchos hombres, la hornosexualidad femenina es tan sólo un juego erótico, muy morboso si tenemos en cuenta quién es el público ma­yoritario de cierto cine pornográfico. Por eso, la tolerancia hacia algo que se considera sin trascendencia es mayor.» Pero, sobre todo, «está el secreto temor al homosexual, y los demás motivos que señala Weimberg: se prefiere la homosexualidad del sexo que no cuestiona nuestra sexualidad, para demostrar la tolerancia que no se tiene hacia los homosexuales de nuestro propio sexo».

La homosexualidad es, pues, todavía un temor machista que llena de angustia a un porcentaje considerable de la población masculina de nuestro país.

EL  Miedo   A LOS CUERNOS

La infidelidad conyugal es otro viejo fantasma no superado. Ante la influencia e igualdad reivindicada por la mujer, el varón intenta adoptar una postura liberal y moderna, pero su corazón traiciona a su mente. En el fondo, desea que la liberación femenina sirva para tener más accesibilidad sexual a las mujeres, que resulten más “fáciles” de conquistar, pero rechaza que su propia mujer pueda hacer uso de esa disponibilidad.

El macho de hoy continúa sintiéndose cazador de hembras y le molesta sentirse pieza de caza. A cambio de su exigencia de fidelidad conyugal, acepta a regañadientes ser fiel y procura aprovechar las ocasiones que se le brindan, utilizando todo tipo de engaños, excusas y pretextos. Si la pareja se entera de sus infidelidades, procura quitar hierro al asunto mediante el uso de razonamientos liberales y progresistas; pero, por el contrario, si su mujer le es infiel, se siente dolido y traicionado, aunque sus reacciones externas sean civilizadas y dialogantes. Digamos que sigue aplicando dos medidas diferentes para valorar el mismo hecho.

El caso del artista espontáneo

“Viene a la consulta Luis, de ,34 años, delgado, con aspecto juvenil y nervioso. Tiene acento ligeramente canario y parece buscar la complicidad del terapeuta. Alega como motivo de la consulta que su mujer, con la que lleva diecisiete años casado, no se entera de nada y no desea tener relaciones sexuales con él. Su mujer es secretaria ejecutiva y él pintor. Tienen un niño de diez años y la familia vive del sueldo de ella y de los extras importantes de él cuando vende cuadros en alguna exposición, cosa que ocurre de tarde en tarde.

Luis se define como un artista al que le gustan la espontaneidad y el libre albedrío. Su historia está plagada de infidelidades conyugales, que su mujer ha combatido con rupturas temporales de la relación, pero que al final ha perdonado ante la vuelta al hogar del compañero arrepentido. Las reconciliaciones siempre han sido apasionadas, y el grado de satisfacción sexual manifestado por ambos, bueno.

Pero, después de la última reconciliación, ocurrida hace un mes, Luis manifiesta que las cosas no funcionan como en ocasiones anteriores, que no existe la misma pasión y que encuentra a su mujer fría y distante, algo que le preocupa y por lo que ha decidido venir a la consulta. El terapeuta le pide que hable con ella y le plantee la necesidad de acudir a la consulta.

Carmen se muestra dispuesta a resolver el problema, y en la entrevista individual con el terapeuta, confiesa hallarse confusa y desorientada, pues, a raíz de la última «escapada» de Luis a Canarias, en donde se lió con otra mujer, ella se planteó la separación como algo definitivo. Me quedé sola y lo pasé muy mal, pero conocí a un compañero de trabajo encantador, muy comprensivo y amable, casado, con el que mantengo una relación amorosa estupenda.» Esta relación hizo que Carmen se comportase de manera diferente a otras veces. En vez de perseguir a Luis con cartas, reproches y viajes, se olvidó de él. Luis sospechó que algo nuevo había, y fue él quien comenzó a llamarla y escribirle, hasta que hace un mes se presentó en casa, con cara de no haber roto un plato, pidiendo perdón y dispuesto a la reconciliación.

Carmen manifiesta que quiere salvar su matrimonio y que está dispuesta a buscar una solución que mejore su relación con Luis; pero confiesa que la experiencia vivida con su compañero de trabajo le hace enfrentarse a la situación de otra manera. Aunque ha dado por finalizada dicha relación, la reconciliación con su marido no ha sido buena y, muchas veces, añora al otro. Luis sospecha algo porque se muestra muy celoso, la agobia con preguntas y controla su conducta en todo momento, tanto en la calle como en la cama.

Al terminar la consulta con Carmen, llega al despacho Luis, muy excitado y nervioso. Dice que la mujer del amante de Carmen le ha llamado por teléfono y le ha comentado todo el lío que se traían los dos. Se encuentra muy deprimido. Hay un conato de discusión entre los dos, que el terapeuta controla. Lloran juntos y, al final, Luis manifiesta que ama a su mujer y que todo depende de lo que ella quiera hacer. Se muestra derrotado e indefenso. Carmen le aclara que hacía semanas que había dado por finalizada su infidelidad y que ha venido a la consulta precisamente porque quiere la reconciliación, pero sin que se repita la historia de otras veces. Deciden iniciar una terapia de pareja.”

El caso de Luis y Carmen es un claro ejemplo del miedo a los cuernos, pero no siempre resulta tan evidente. Hay muchos varones que fantasean con la infidelidad propia y sin embargo no se atreven a llevarla a la práctica por las consecuencias negativas que les acarrearía. Como demuestran las memorias judiciales sobre separaciones y divorcios, son las mujeres las que toman la iniciativa de la ruptura en la mayoría de los casos, mientras que los varones se muestran más reacios a romper una relación estable.

En el fondo, los varones viven sus propias infidelidades como aventuras sexuales, «canas al aire», mientras que la posible infidelidad femenina la viven como un atentado a su propia identidad machista y un síntoma de abandono. De ahí que los celos más intensos y dramáticos sean peculiares de los varones, algo que la propia literatura ha sabido expresar muy bien con el clásico Othello, y que la realidad misma manifiesta en las crónicas de sucesos con los llamados crímenes pasionales.

DEL MIEDO AL DESEO AL MIEDO A NO DESEAR

Un miedo típico del modelo machista es el referido a la ausencia de deseo, que en el discurso del modelo se llama miedo a la impotencia. Como veíamos en el modelo clerical-represivo, el miedo a la sexualidad, concebida como pecado, vicio o enfermedad, induce a la socialización de conductas reprimidas, con el acento puesto en el fortalecimiento de la voluntad para no dejarse arrastrar por los bajos instintos. El sexo, sinónimo de amor pasional, producía las peores calamidades y, en última instancia, la muerte. Así acaban los amores clandestinos y asociales de Romeo y Julieta, de Tristán e Isolda y de tantos protagonistas de la literatura romántica.

Sin embargo, en el modelo burgués-tradicional, la sexualidad de los varones ya no es vivida como peligro, sino como un privilegio de la naturaleza del hombre. El macho se enorgullece de ser sexualmente potente, y así lo manifiestan Casanova, don Juan Tenorio y tantos otros cuando relatan sus hazañas amatorias. Se pierde, pues, el miedo al deseo sexual y se cambia por el terrible miedo a no desear. Como el varón machista centra exclusivamente su actividad sexual en la realización del coito, la imposibilidad de copular es para él sinónimo de falta de deseo. La ausencia de erección del pene o la pérdida de la misma antes de realizar el coito, y hasta el no mantener dicha erección durante el coito el tiempo suficiente como para poder presumir de durar más que ningún otro varón, tienen para él un nombre, «impotencia» ( sin poder), que le llena de vergüenza, humillación y angustia. La falta de erección ha de llevarse con discreción para que nadie sepa nada, pues hacerla pública supone renunciar a las tertulias de casino (en las que se relatan las hazañas amatorias de cada contertulio), reaviva los celos (pues la mujer puede ser presa fácil de otro varón «mejor dotado») y origina un complejo de inferioridad de terribles consecuencias.

Esta fijación de la idea del pene erecto y del coito como expresión de su deseo sexual lleva al varón machista a conceder una exagerada importancia a lo que le ocurra a sus genitales. En sus relaciones sexuales predomina el sentimiento de «quedar bien» sobre otros posibles, como «quedar a gusto». Un fallo circunstancial, debido al cansancio, al ambiente o al momento, puede convertirse en una disfunción efectiva crónica por el miedo incontrolable que le invade.

En el consultorio telefónico Sex-Inform se constata que la principal preocupación de los varones mayores de cuarenta años que llaman es la impotencia. Llaman angustiados porque ya no tienen la potencia que tenían antes, porque la erección tarda más en llegar, porque la frecuencia del deseo no es tan alta como cuando tenían veinte o treinta años. Incluso algunos establecen matices de dureza del pene de evidente raíz obsesiva.

«Pegué un gatillazo»

“Pedro tiene cuarenta y cinco años y viene a la consulta por una disfunción erectiva. Nada más comenzar la entrevista, intenta demostrar al terapeuta que él siempre ha sido «un fiera» en cuestiones de sexo. Ha sido «muy ligón», las mujeres se lo han rifado en su juventud; nada más ver «un poco de carne» tenía unas erecciones «tremendas» en cuestión de segundos, y «aguantaba todo lo que quería». Incluso utilizaba trucos para mantener la erección sin eyacular, como pensar en guerras y pellizcarse el culo. Siempre se ha ufanado de ser un «buen gallo de corral».

A los treinta años se casó, pues «estaba ya cansado de correrías y pensé en sentar la cabeza». Su vida conyugal ha sido también muy satisfactoria en el terreno sexual: alta frecuencia de relaciones y nunca había tenido «un susto», hasta hace cosa de dos años, más o menos. «Pegué un gatillazo», afirma. Aquello le dejó preocupado, pero pensó que se le pasaría. Sin embargo, desde entonces han sido muy pocas las veces que ha podido realizar el coito, y cada vez ha ido a peor. En este momento, hace dos meses que tuvo su última relación sexual fracasada: «Sólo de pensar que me va a volver a ocurrir, se me quitan las ganas de intentarlo.» Confiesa hallarse muy angustiado, sin ganas de hacer nada, y piensa que es un inútil. La terapia sexual duró ocho meses, al cabo de los cuales, Pedro volvió a recuperar su erección y las ganas de vivir.”

Aunque en las disfunciones erectivas hay un grupo de causas de tipo orgánico, la mayor parte de ellas, similares al caso que hemos descrito, tienen su origen en los prejuicios del modelo machista y, por tanto, una terapia sexual es suficiente para modificar conductas y actitudes y superar el problema. 

El negocio de las prótesis

El Informe Sexpol sitúa el porcentaje de varones que han sufrido este tipo de disfunción en torno al nueve por ciento, lo que nos daría una cifra aproximada de un millón de hombres; la mitad de la cifra que manejan algunos estudios médicos. Sin embargo, la cantidad es lo suficientemente alta para que algunos profesionales de la medicina hayan percibido un negocio rentable en ella y se hayan lanzado a vender prótesis peneanas como la solución definitiva de estos problemas, provocando, como efecto iatrogénico, el aumento del miedo hasta cotas inadmisibles. Esta publicidad interesada oculta que la mayor parte de estas disfunciones son de origen psicógeno y que las prótesis no solucionan nada, más allá de su efecto placebo en las primeras relaciones, sobre todo en varones que superen los cincuenta años.

La confusión ante la relación que tiene la erección del pene con el coito, por un lado, y con el deseo sexual, por otro (típica del modelo burgués-tradicional), es la principal causa de estos problemas y la fuente del miedo machista a ser un impotente. La terapia consiste básicamente en cambiar las actitudes y conductas sexuales del varón afectado. Enseñarle a mantener relaciones sexuales lúdicas, sin la responsabilidad de quedar bien, sin pretender erecciones fabulosas o que duren horas y ho­ras, sino concentrándose en sus propias sensaciones eróticas, producidas por una compañera activa que le acaricia por todo el cuerpo, que le permite ser egoísta y mantener una actitud relajada y de abandono. Se le explican los inconvenientes del coito para la obtención del placer femenino y se le induce a que pruebe a proporcionar placer a su compañera con otras técnicas sexuales como la heteromasturbación, los placereados, las caricias bucogenitales, etc. Si el hombre es receptivo y asume bien las indicaciones, recobra la erección de forma natural y aprende a enfocar sus relaciones sexuales con un contenido diferente.

 

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