LA PARADOJA DE SUECIA

Suecia: ¿paraíso de la igualdad?

Silvia Blanco

10 MIN.

Los suecos llevan décadas experimentando políticas para reducir la brecha de género. Tienen un Gobierno feminista y el esfuerzo por la equidad se extiende por escuelas, casas y oficinas. Pero el país nórdico encierra una paradoja: presenta una de las mayores tasas de violencia machista de la Unión Europea.

DOMINGO 05 DE MARZO DE 2017

ES MEDIODÍA y Linus Lindberg, abogado de 33 años, ya ha hecho todas las tareas: ha recogido la casa, ha jugado con su hijo Henri, de 13 meses, le ha dado de comer y ha fregado los platos. Luego irá a comprar y cocinará la cena para él y su pareja, una psiquiatra de 35 años que vuelve a las seis a casa. El piso que comparten, en un silencioso barrio de bloques y parques a las afueras de Estocolmo, lo limpian entre los dos. Ella estuvo de baja los primeros meses. Él ha terminado unas prácticas pagadas de dos años y ahora, durante seis meses, pasa el día con el niño y cobra del Estado una asignación proporcional a sus ingresos. “Compartir nuestro tiempo con Henri es la única opción que contemplamos. Sería muy raro que solo ella se quedara en casa”, dice mientras toma en brazos al bebé.

En Suecia, los permisos no son por paternidad ni por maternidad. Son parentales: 480 días para repartir de manera flexible entre ambos, de los cuales 90 son exclusivos para la madre, y otros tantos, para el padre. Si uno de los dos no se los toma, los pierde. Es la forma que tiene el país de garantizar que el cuidado de los hijos no recaiga solo en ellas y es una de las medidas que muestran por qué es uno de los más igualitarios del mundo. Aquí las políticas para corregir la brecha de género no dependen de la voluntad de un Gobierno más o menos progresista ni son un accesorio del Estado de bienestar, sino que son una parte estratégica de su construcción desde hace décadas. La conciencia de género está incrustada en los símbolos del poder político –el Ejecutivo, integrado por socialdemócratas y verdes, se define como feminista– y flota en las oficinas, en las escuelas y en los salones de las casas. Hay, sin embargo, un agujero negro: las elevadas tasas de violencia machista.

James Pearse, de 41 años, no conoce a ningún padre que no se haya cogido la baja por cuestiones laborales o por temor a lo que piensen en su empresa. “Si vas por la calle cualquier lunes por la mañana, ves a muchísimos hombres con niños”, asegura. Él es británico, tiene un negocio de publicidad y trabaja fuera de casa dos días a la semana. El resto del tiempo cuida de Dylan, de año y medio, y de Lily, de cinco. “En este país la familia es siempre más importante que el trabajo”, cuenta en el barrio donde vive con su pareja, Jessica Engstrom, de 39. Ella también es publicista y asegura que en las grandes compañías suecas, como el banco para el que trabaja, hay incentivos para que los empleados cuiden de sus hijos. “Completan con un 10% más la asignación que da el Estado cuando estás de baja. Así cobras el 90% del sueldo”, explica.

EN SUECIA, EL GOBIERNO ES PARITARIO Y EL 44 POR CIENTO DEL PARLAMENTO ES FEMENINO. TIENE LA TASA DE EMPLEO DE MUJERES MÁS ALTA Y UNA ARZOBISPA COMO PRIMADA

Pese a que el sistema sueco empuja a los hombres a compartir la crianza, todavía son las mujeres las que utilizan el 74% de los días de baja frente al 26% que emplean ellos. Por eso el Gobierno introdujo en 2016 la medida correctora de los 90 días intransferibles, en vez de los 60 de años anteriores. “En un mundo ideal”, dice James, “cogería los mismos días que Jessica, pero siendo autónomo, si me tomo un año entero, perdería a mis clientes. Necesito un mínimo contacto con ellos”, cuenta. No es perfecto, pero es mejor que, por ejemplo, en España, donde han vivido un tiempo. Aquí los padres hasta ahora solo han tenido dos semanas y a partir de este año son cuatro; en Suecia se introdujo el concepto en 1974. “¡La diferencia es como entre la noche y el día!”, exclama ella. James lo compara con Reino Unido, donde ausentarse de una reunión porque el hijo está enfermo o tomarse el resto del día para ir a cuidarlo es todavía extraño. Para los suecos es todo lo contrario.

Después de Finlandia, Suecia es el país más igualitario de la UE y el cuarto del mundo tras Islandia, Finlandia y Noruega, según la clasificación anual del Foro Económico Mundial. Si 1 es la igualdad teórica social, Suecia se sitúa en el 0,81 –España, por ejemplo, figura en el puesto 29º de la tabla, con 0,73–. El Ejecutivo es paritario, y el 44% del Parlamento, femenino. El país nórdico posee la tasa de empleo de mujeres más alta de la UE (78%) y hasta la Iglesia sueca (luterana) tiene como primada a una mujer, la arzobispa de Upsala.

Pero estos datos conviven con otro preocupante: Suecia registra uno de los mayores niveles de violencia de género en la UE. Es lo que dos investigadores españoles, el psicólogo social de la Universidad de Valencia Enrique Gracia y el epidemiólogo de la Universidad de Lund Juan Merlo, llaman la paradoja nórdica. En un trabajo publicado en marzo en la revista Social Science and Medicine, utilizan de base una encuesta europea sobre violencia machista de 2014, en la que Dinamarca, Finlandia y Suecia encabezan el porcentaje de agresiones (físicas y sexuales) a mujeres dentro de la pareja, muy por encima de la media europea. Esa encuesta es la primera en ofrecer datos comparables en el ámbito europeo, al emplear la misma metodología y las mismas preguntas, muy específicas, en todos los países.

Asa Regnér, de 52 años, ministra de Igualdad, admite que, pese a la conciencia social y a las medidas correctoras impulsadas por el Estado sueco durante mucho tiempo, la violencia contra las mujeres sigue siendo una lacra. “No somos un paraíso ni hemos alcanzado la igualdad”, afirma en el español que aprendió en Bolivia, donde fue directora de UN Women, la rama de la ONU que trabaja por la equidad de las mujeres. “Los niveles de agresiones no han bajado en la última década. En su expresión más extrema, los asesinatos, las cifras sí están descendiendo, pero tenemos 13 muertes al año en un país de 10 millones de habitantes”. En España, con una población de 46,5 millones, en 2016 fueron asesinadas 44 mujeres.
La ministra de Igualdad descarta que esa violencia tenga que ver con factores culturales o con la sólida tradición de acogida de Suecia, donde el 20% de la población es de origen inmigrante. “Hay que decir que los niveles de igualdad que tenemos los hemos alcanzado con todas las personas que viven aquí”.

Los investigadores plantean varias líneas de trabajo para comprender qué ocurre. La primera hipótesis es que en los países nórdicos las mujeres han logrado más poder y eso suscitaría una reacción violenta del mundo más rígido y machista. La segunda sería que en estos países se denuncia más, pero eso, de ser cierto, no rompería la paradoja. Otra posibilidad tiene que ver con un factor de riesgo que comparten los nórdicos, y consiste en un patrón de consumo de alcohol diferente al de otras regiones. “No tenemos respuesta, hay que investigar”, afirma Gracia.

Asa Regnér cree que una de las herramientas más efectivas para combatir la violencia contra la mujer es la pedagogía. “Hemos presentado una estrategia con mucho énfasis en la prevención, sobre todo para trabajar con los hombres jóvenes, dialogando con ellos sobre alternativas a la violencia”, explica. También acaban de poner en marcha programas de educación en la igualdad que incluyen a los cerca de 200.000 refugiados recién llegados a Suecia.

El combate contra el sexismo impregna la vida cotidiana de los suecos, desde la escuela a las empresas. Es una sociedad donde surgen debates como el del mansplaining, esa situación en la que un hombre da una explicación condescendiente y no solicitada a una mujer, a menudo sobre materias en las que ella es experta. La idea de montar una línea de teléfono para denunciar esta práctica en las oficinas, aunque solo durara una semana del pasado noviembre, es un ejemplo del nivel de reflexión sobre género de los suecos. La impulsó uno de los principales sindicatos del país, Unionen. Christina Knight, una publicista especializada en el tema, respondió a decenas de llamadas en tres días. “Muchas mujeres estaban agradecidas de que se hablara de esto. Les aliviaba saber que el mansplaining que habían experimentado una y otra vez no eran imaginaciones o paranoias suyas; también les ocurría a otras”, cuenta. Por ejemplo, recuerda a una treintañera que decía sentirse anulada por sus jefes porque no la escuchaban. Si intentaba expresar sus iniciativas, la neutralizaban dándole explicaciones innecesarias, o bien diciéndole que se calmara. “Mi consejo fue que no abordara el asunto en grupo, sino uno a uno y que les contara cómo se sentía”, explica Knight.

Pero no todo fue tan constructivo en este experimento telefónico. El responsable de políticas de género del sindicato, Peter Tai Christensen, asegura que, en las tres primeras horas de llamadas, todas las que atendió fueron masculinas: “Algunos estaban enfadados con la campaña. Hubo una especie de ataque organizado contra la línea”, cuenta. “Otros decían que ya se había logrado la igualdad, que basta ya de hablar del tema, y hubo varios que nos criticaron porque decían que hay problemas más importantes”. La campaña del sindicato se completa con unos cómics en las redes sociales. Entre el catálogo de situaciones, está la titulada Tú debes de ser la ayudante –un hombre confunde a una mujer con la limpiadora, aunque es la ponente de la conferencia que está a punto de empezar–. “El sexismo se ha vuelto más sutil, y el humor es una forma de ayudar a reconocer los mecanismos que emplea”, explica Christensen. “Nos inspiramos en experiencias personales”, añade la guionista Ana Werkell, de 29 años. “Queríamos subrayar cómo se trata a las mujeres de un modo diferente en el trabajo. Es algo estructural”, cuenta.

LA MINISTRA DE IGUALDAD ADMITE QUE HAY ALGO QUE NO MEJORA: LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES. “LAS AGRESIONES NO HAN BAJADO EN LA ÚLTIMA DÉCADA”

En otra parte de la ciudad, la sede de la Fundación Albright está en un lujoso piso con enormes ventanales sobre el mar. Su directora, Amanda Lundeteg, de 32 años, cuenta que empezó a darse cuenta de la brecha de género desde que estudiaba Economía, y decidió hacer algo al respecto. Algo polémico y provocador. Junto a su reducido equipo, se dedica ahora a hacer una lista negra anual. En ella aparecen las empresas que cotizan en Bolsa en las que no hay mujeres en el equipo directivo ni en el consejo de administración. Figurar en esa clasificación no es cómodo en Suecia. “Claramente las empresas notan la presión”, afirma. “Vamos a las universidades y les decimos a los estudiantes: ‘Eh, mirad, estas son las compañías en las que no querréis trabajar’. Eso enfada a los empresarios, que nos llaman para convencernos de que les quitemos de la lista, porque invierten mucho dinero en promocionarse como empleadores. Empezamos hace cinco años con 100 compañías en la lista negra y ahora son 77 de un grupo mayor de empresas analizadas”, explica. En el país nórdico, el 20% de los equipos directivos y el 32% de los consejos de administración incluyen a mujeres. “A este ritmo, no habrá paridad en los puestos ejecutivos hasta 2040. Pero por ejemplo en Alemania, donde acabamos de abrir una delegación, están en el 6%. Suecia le saca 10 años”, asegura.

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