LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XXVIII): Sexualidad masculina y reproduccion

LA APORTACIÓN CIENTIFICA A LA HUMANIZACIÓN DE LA REPRODUCCIÓN

Julián Fernández de Quero

Las relaciones entre el comportamiento sexual de los hombres y la reproducción siempre han resultado conflictivas y paradójicas. Por un lado, el varón apenas ha tenido implicación directa en el proceso reproductor, salvo la de ser el agente portador del semen y colaborar con la mujer en la cópula para depositarlo dentro de la vagina. A partir de ese momento inicial, las funciones del resto del proceso (concepción, embarazo’ parto y crianza) han sido a lo largo de la historia casi exclusivamente femeninas. Y digo «casi», porque en la última fase del proceso, la crianza, hay una cola­boración masculina en el sostenimiento económico de la familia que siempre se realiza como una actividad necesaria, pero externa a la vinculación que se establece entre la madre y su cría. Ejerciendo su papel de padre, el hombre gira en una órbita exterior al centro nuclear formado por la madre y el hijo, vigilando y protegiendo ese núcleo a distancia, con una especie de temor a inmiscuirse en él.

Sin embargo, esta situación no siempre ha sido así. El papel del hombre en relación a la reproducción, al control de la natalidad y a su función de padre ha sufrido variaciones a lo largo de la historia.

 

El fin de la ancestral crianza socializada

Se sabe que, entre los primeros grupos humanos de cazadores y recolectores, la crianza estaba totalmente socializada, según las pautas de los grupos de primates. N o existían los papeles materno y paterno, tal como los entendemos en la actualidad, sino que todo el grupo se hacía responsable del cuidado y protección de las crías (Martí y Pestaña).

En cambio, en las sociedades agrícolas primitivas, las originarias estructuras matrilocales y matrilineales excluyeron al varón generativo de la crianza. Las costumbres establecían que el varón proviniera de otro grupo ajeno al de la mujer. Después de mantener relaciones sexuales con ella, volvía a su grupo de pertenencia. La crianza quedaba bajo la responsabilidad de las madres, y eran los hermanos de éstas los que ejercían las tareas de protección.

La instauración del patriarcado, con el paso de las sociedades matrilineales a las patrilineales será la que cree la figura del padre como titular de la propiedad de las mujeres y de los hijos. La crianza quedaba a cargo de aquéllas, y los hombres ejercían las tareas de autoridad, protección y sustento económico.

 

EL USO RACIONAL DE LA PLANIFICACION FAMILIAR

En las relaciones entre sexualidad y reproducción la característica más importante de la modernidad racional ha sido, en una primera fase, el desarrollo extraordinario de las ciencias de la salud, que ha reducido la mortalidad global, y la infantil en particular, a cotas impensables en siglos anteriores. Las consecuencias inmediatas de esto son la prolongación de la vida para la inmensa mayoría de la población (la esperanza de vida en los países desarrollados se ha doblado en relación a la de comienzos del siglo XX) y la garantía de supervivencia para la mayor parte de los recién nacidos.

 

El peligro de la presión demográfica

El efecto negativo producido por el desarrollo de las ciencias de la salud ha sido el crecimiento demográfico desmesurado. Hoy nos encontramos inmersos en la explosión demográfica más grande de toda la historia. Como dice Martín Sagrera:

“El mundo tardó más de mil seiscientos cincuenta años, a partir del primero de nuestra era, para pasar de un total aproximado de 250 millones de habitantes a 500 millones. A partir de 1970, tardará menos de treinta años en doblarse: de unos 3.500 millones a 7.500 millones en el año 2000. Se calcula que, al ritmo actual, en el año 2020 puede haber 15.000 millones de habitantes sobre el planeta. La responsabilidad de lo que ocurra no es sólo de los gobiernos y de los organismos internacionales, sino también de cada uno de nosotros.”

La presión demográfica ha sido una de las causas, entre otras muchas, de las dos guerras mundiales que hemos vivido en este siglo y de los numerosos conflictos regionales y locales que todavía persisten a lo largo y ancho del globo terráqueo. El hambre y la pobreza castigan a millones de personas sin que los dirigentes nacionales e internacionales sepan qué hacer para combatirlas. Los vaivenes económicos crean nuevas bolsas de paro, marginación y pobreza que afectan, incluso, a los países más ricos del planeta.

 

La búsqueda científica de métodos anticonceptivos

La contemporaneidad de la explosión demográfica y el desarrollo científico produce la segunda característica más importante de las relaciones entre sexualidad y reproducción: numerosos investigadores se preocupan, ante el ingente crecimiento demográfico, por crear métodos científicos anticonceptivos que sean realmente eficaces para controlar la natalidad. Desde el año 1955, en el que el doctor Pinkus inventó la píldora anticonceptiva, se ha producido una auténtica revolución sexual y reproductora. La liberación de la mujer (y, como consecuencia, la del hombre) es hoy, gracias a la ciencia, un hecho fisiológico sin precedentes, y ya sólo falta que tanto las mujeres como los hombres se liberen del pesado lastre de las falsas ideologías, de los valores machistas y de los tabúes morales de etapas anteriores, para que las relaciones entre ellos y con el entorno se planteen en un plano de igualdad y de madurez adulta.

El uso masivo de los anticonceptivos científicos (como los hormonales, los de barrera, los químicos y los quirúrgicos) permite separar la actividad sexual de sus consecuencias reproductoras no deseadas: se establece un control de la natalidad efectivo, voluntario, consciente, racional e incruento, que hace posible la vivencia de una sexualidad libre con fines de placer y de comunicación interpersonal. En las décadas de los sesenta y setenta, los métodos más utilizados recayeron en las mujeres, por sentirse las primeras interesadas en evitar los embarazos no deseados. El uso de las píldoras hormonales, principalmente, y del dispositivo intrauterino en segundo lugar, revolucionaron los comportamientos femeninos y, como consecuencia de ello, los masculinos. La mujer se sintió dueña de su fecundidad y de su sexualidad, capaz de vivir el placer y la comunicación a través de su actividad sexual sin el terrible miedo a una reproducción incontrolada, de la cual era la principal víctima.

A esta utilización masiva de las píldoras hormonales contribuyó en no poca medida la actitud machista de los hombres, mediatizada por la pulsión copulatoria y por el deseo de no sentirse directamente responsables de las consecuencias de la fecundidad no deseada. Sin embargo, en las siguientes décadas, los ochenta y noventa, la aparición del sida como enfermedad de transmisión sexual ha tenido el efecto positivo de la utilización masiva del preservativo masculino, no tanto por la conciencia responsable de evitar embarazos no deseados como por el miedo a contraer la enfermedad. El hecho objetivo es que actualmente el preservativo masculino se ha convertido en el método anticonceptivo más utilizado en todo el mundo.

Todos los métodos anticonceptivos modernos han tenido que vencer las enormes resistencias existentes en la sociedad en contra de su utilización. Los prejuicios y costumbres tradicionales, las contraofensivas puritanas y religiosas siguen intentando poner puertas al campo de la racionalidad. Durante decenas de años, y todavía hoy, no dejan de aparecer falsas noticias sobre las nocivas consecuencias del uso de las píldoras hormonales, los fallos de los DIU o de los preservativos. A pesar de estas resistencias, el sentido común de millones de hombres y mujeres los ha llevado a utilizarlos y a descubrir las ventajas para su bienestar.

 

El miedo a los métodos anticonceptivos quirúrgicos

Unos de los métodos que más resistencias han encontrado en los individuos, a pesar de la seguridad y comodidad que demuestran ofrecer, han sido los quirúrgicos: la vasectomÍa en el hombre y la ligadura de trompas en la mujer. Sobre todo en el caso de los hombres, la vasectomía se ha encontrado con la enorme difi­cultad de superar el miedo a la castración que todo hombre tiene y el metafísico prejuicio de la trascendencia a través del linaje. Tantos siglos depositando la esencia de la identidad masculina en los genitales, símbolos del poder del macho, han llevado a los varones a sobreproteger dichas zonas corno si en ello les fuera la vida. Por otro lado, la medieval tradición de asegurar la permanencia del linaje familiar a través de la descendencia, corno metáfora de «la victoria sobre la muerte», signe siendo la principal cansa de resistencia al uso de un método anticonceptivo que se ha demostrado barato, có­modo, eficaz al cien por cien y sin ningún tipo de efectos secundarios.

Sin embargo, la paulatina democratización de la sociedad, el auge del laicismo y de la racionalidad en los comportamientos humanos llevan camino de vencer dichas trabas ancestrales. Según Chantal Balayo, el aumento de los hombres y mujeres que eligen la esterilización voluntaria como método anticonceptivo es imparable. Al final del decenio de 1980, la proporción de parejas protegidas por la esterilización voluntaria era en Canadá del 50 por ciento; en Estados Unidos, del 40 por ciento, y por encima del 20 por ciento en el Reino Unido y en los Países Bajos.

La influencia religiosa y los intereses de las elites

El uso racional de los métodos anticonceptivos modernos se ha demostrado como la forma más eficaz, y al mismo tiempo, humana, para acabar con la explosión demográfica y regular la reproducción desde criterios racionales y valores de bienestar de la especie humana. Pero este objetivo está aún lejos de alcanzarse, si tenemos en cuenta que la mayoría de la población se encuentra todavía bajo la influencia directa de los valores de la etapa religiosa. Por otro lado, los intereses políticos, económicos y culturales de las elites mundiales siguen planteando serios obstáculos a la expansión de la planificación familiar y de los valores de la paternidad responsable.

Una manifestación clara de estas resistencias la encontramos  en las dificultades para ampliar la gama de anticonceptivos masculinos. Los laboratorios farmacéuticos hace años que han creado anticonceptivos masculinos como la píldora o la inyección espermicida creada a partir de determinadas sustancias químicas (en China, del gosipol, un derivado de la flor del algodón; en Francia, de enzimas sintéticas que bloquean la producción de espermatozoides). Sin embargo, estos productos nunca han sido comercializados, porque los estudios de mercado realizados por los laboratorios no les garantizaban el éxito de ventas y, por tanto, de beneficios, su principal finalidad. Lo mismo ocurre con el «DIU masculino», un método creado por el doctor Usón Calvo, español, que consiste en taponar los conductos deferentes para impedir el paso de los espermatozoides, y que se puede retirar a voluntad.

No ocurre igual con los anticonceptivos femeninos, que tienen garantizada una clientela gracias al machismo imperante. Así, la expansión del sida ha supuesto no sólo el auge del preservativo masculino, sino la creación del preservativo femenino (Femydon): una funda de poliuretano para revestir la vagina que ha sido rápidamente comercializada.

Resumiendo, la humanidad dispone hoy de los métodos científicos para humanizar la reproducción de manera que deje de ser una conducta involuntaria sujeta al instinto o un instrumento de dominación de las clases dirigentes. Sin embargo, la explosión demográfica producida por el éxito de las ciencias de la salud amenaza con crear unas condiciones de presión demográfica, de escasez de recursos alimenticios y de esquilmación de la naturaleza que puede llevar, a corto plazo, a una situación catastrófica. Sólo una decidida apuesta de todos, gobiernos, instituciones y ciudadanos, por la difusión de la planificación familiar, de los métodos científicos anticonceptivos y abortivos, y de la educación sexual y reproductiva puede impedir el desastre y crear las condiciones para una sociedad de bienestar. Con estos criterios se planteó la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo que, a iniciativa de las Naciones Unidas, se celebró en El Cairo, en septiembre de 1994, a pesar de la dura contestación de las autoridades religiosas y especialmente del Vaticano.

 

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