SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XXI): La pareja homosexual: el debate sobre los orígenes

JULIAN FERNANDEZ DE QUERO

Dentro de los múltiples factores que intervienen en el desarrollo y formación de la sexualidad humana, uno de los que han experimentado un notable cambio histórico en poco tiempo, en nuestro país, ha sido el de la homosexualidad. En menos de diez años hemos pasado de ser un país represor absoluto de la misma a la situación actual de permisividad y tolerancia, aunque conviene matizar esta afirmación. En efecto, desde el punto de vista legal, en el pasado reciente, nuestro código penal perseguía con rigor a los homosexuales y los consideraba un peligro social, al mismo nivel que a los vagos y maleantes o delincuentes. Los abusos policiales, los malos tratos y la cárcel eran el pan nuestro de cada día para este sector de ciudadanos, que se veían obligados a mantener su expresión erótica en las miserias psíquicas de la propia represión o en los tenebrosos rituales de la clandestinidad.

La implantación de la democracia política trajo nuevos aires de libertad para los homosexuales. El código penal fue reformado parcialmente, y la práctica homosexual dejó de considerarse un delito. Los homosexuales pudieron expresarse en público, organizar sus asociaciones, presentar sus reivindicaciones y relacionarse abiertamente, sin el temor de ser objeto de denuncias, redadas policiales, sanciones penales y prisión.

En la década actual algunas de sus reivindicaciones han sido paulatinamente atendidas, y se ha creado un marco jurídico y legal de permisividad y tolerancia. Sin embargo, quedan aún reformas legales por hacer para que realmente se pueda considerar que los principios constitucionales que inspiran nuestra convivencia social son aplicados al cien por cien y que los homosexuales no son tratados como ciudadanos de segunda categoría. La Federación Gay y de Lesbianas, junto con otros colectivos sexológicos y progresistas, ha presentado al Parlamento una propuesta de Ley de Regulación de las Parejas de hecho que plantea reformas en el Código Civil, en cuestiones referidas a la adopción, tutela de menores, pensiones de viudedad, herencia y régimen económico de gananciales … , en la misma línea que propone una Recomendación del Consejo de Europa, con el fin de acabar con todo tipo de discriminación ciudadana por razones de orientación sexual.

Pero, si en el plano legal se han producido grandes avances, no podemos decir lo mismo en relación a la aceptación social de la homosexualidad. Los valores morales y los prejuicios sociales en esta materia, como en otras referentes a la sexualidad, son más difíciles de corregir; requieren el transcurso de varias generaciones, y sólo la acción decidida de las instituciones públicas puede influir para acelerar el proceso de cambio. Pero, en este terreno, los políticos son también personas con pre­juicios, como el resto de los ciudadanos, y suelen hacer poco por avanzar.

Una reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas confirmaba el dato de que más del 50 por ciento de la población española rechazaba de alguna manera la homosexualidad. Han crecido los porcentajes de tolerancia a los homosexuales; pero siempre que se encuentren lejos y no afecten al entorno vecinal y familiar del encuestado. Esto quiere decir que todavía persiste la ignorancia y la incomprensión hacia el hecho homosexual.

 

El análisis de la homosexualidad desde falsos presupuestos

Se han proferido las más solemnes tonterías sobre las causas congénitas, cromosómicas o endocrinas de la homosexualidad, en humanos normalmente constituidos. A despecho de las hipótesis de Magnus Hirschfeld, entre los seres humanos no hay más que bisexualidad; no hay un «tercer sexo»; no existe ninguna señal congénita, anatómica o fisiológica, que pueda diferenciar un homosexual de un heterosexual; no se ha descubierto aún el pretendido gen (o virus) de la homosexualidad (y ya se conoce el valor relativo del famoso «gen del crimen»).

Inútil, pues, buscar, en la ascendencia del  “perverso sexual” (como lo hicieron tantas veces los alienistas de antaño), un abuelo desenfrenado, un tío epiléptico, una hermana histérica o un padre sifilítico. No explicarían nada.

Ciertamente, lo mismo que muchos heterosexuales, los homosexuales adoptan algunas veces «el género de sus gustos». Se dan así arquetipos o estereotipos, como se quiera. Pero estos estereotipos están destinados bien a protegerse de las asiduidades del «enemigo de enfrente», bien a captar clientes. La mayor parte de los homosexuales no exhiben signos distintivos, son como todo el mundo, con la misma diversidad de apariencia que las «gentes del común»; no tienen necesidad de bandera para encontrar pareja.

Las primeras hormonas sexuales fueron aisladas y sintetizadas a principios de la década de 1930. Cuando la testosterona, la más efectiva de las hormonas «masculinas»., fue aplicada a animales castrados o a hombres cuyos testículos se habían lesionado en los primeros años de vida, los resultados fueron teatrales. Se produjeron inmediatos aumentos de los niveles energéticos, una vitalización del interés sexual y diversas modificaciones corporales en el sentido de una positiva virilización. Los capones rápidamente se convertirían en gallos; los caballos castrados empezaban a actuar como sementales, etc. Por su parte, los varones humanos respondían con un intenso desarrollo de la barba, una redistribución de la grasa corporal y una virilidad enormemente incrementada. Estos experimentos, naturalmente, eran ejemplos de reemplazos en los que los animales y los hombres habían experimentado una disminución de su propia producción de testosterona, que al ser administrada producía la virilización.

Casi inmediatamente, clínicos y endocrinólogos se mostraron interesados en probar los efectos de la testosterona sobre los homosexuales, los afeminados y otros individnos de tendencias similares. Las preguntas que se formulaban resultaban claras: ¿La falta aparente de masculinidad de estos hombres o su orientación sexual refleja una disminución de la hormona sexual masculina? En este caso, ¿cuál sería el efecto de administrarles más cantidad? Estas cuestiones eran tan compatibles con las nociones que imperaban sobre la homosexualidad que estaban destinadas a ser ensayadas, una y otra vez, a lo largo de los años.

Las primeras pruebas llevadas a cabo por los endocrinólogos precisaban muy difíciles determinaciones cuantitativas de esteroides hormonales obtenidos en la orina. Los resultados fueron poco demostrativos, y, por tanto, estadísticamente insignificantes; a través de ellos se pudieron observar incluso niveles de testosterona más altos en sujetos homosexuales que en otros heterosexuales. Recientemente, los endocrinólogos han puesto a punto técnicas más precisas para poder realizar medidas directas de niveles hormonales en la misma circulación sanguínea. Cuando se ha examinado a varones afeminados (heterosexuales u homosexuales) mediante el empleo de estas pruebas, se ha visto que los niveles de hormonas eran enteramente normales. Sin embargo, un gran número de clínicos, a lo largo de los años, se ha dedicado a la realización de sus propias experiencias mediante la administración de testosterona a sujetos afeminados y a homosexuales ordinarios. Los resultados han sido categóricos: cuando se produce alguna alteración en el comportamiento, los sujetos se muestran idénticos a cómo eran antes, con su mismo patrón, pero más intenso que nunca. Sus tendencias sexuales, por lo general, se ven incrementadas, pero no hay nunca un cambio de dirección en sus intereses sexuales.

Partiendo de estos experimentos, formales o informales, resulta perfectamente claro que las hormonas sexuales juegan un papel importante en la potenciación de la sexualidad humana, pero también que no controlan la dirección de la misma.

 

La elección del objeto sexual

La homosexualidad se origina por la interrelación de múltiples factores psicosociales que intervienen en las relaciones del niño o la niña con su medio a lo largo de la infancia. Estos factores son los mismos que intervienen en el origen de la heterosexualidad y de la bisexualidad. Debido a ellos, los niños y las niñas «eligen» de forma inconsciente determinados objetos-personas, a los que simbolizan eróticamente. Estos objetos-personas elegidos son específicos, singulares, y no representan a todo un género. El humano heterosexual no se siente atraído eróticamente por todas las mujeres por el hecho de serlo, sino por unas determinadas mujeres, y se muestra in­diferente hacia la mayoría. Lo mismo ocurre con el humano homosexual, que no se siente atraído por todos los individuos de su mismo género, sino solamente por algunos en concreto, y se muestra indiferente con la mayoría.

Esta elección es involuntaria e impredecible, tanto para los homosexuales como para los hetero y los bisexuales, y es tan natural en unos como en otros, si entendemos que el desarrollo psíquico del ser humano está sujeto a múltiples variaciones producidas por las específicas condiciones de relación de cada individuo concreto con su medio concreto, y que todas ellas son una mezcla de elementos biopsicosociales que el ser humano estructura psíquicamente a través del aprendizaje.

El que la elección de objeto sea una u otra no determina en absoluto el carácter patológico del individuo, que se debe a otros factores que nada tienen que ver con esto; así, nos podemos encontrar neuróticos heterosexuales u homosexuales, igual que hay personas sanas en ambos casos.

Sin embargo, la mayoría de los terapeutas de casi todas las escuelas, y no sólo los psicoanalistas, veían la homosexualidad como una enfermedad. Para la mayor parte de ellos se trataba de una enfermedad especial, que resultaba demasiado inquietante como para observarla en detalle. A diferencia de ciertos sociólogos -por ejemplo, la doctora Evelyn Hooker-, los terapeutas no buscan a homosexuales felices para estudiar su vida. Con la excepción de ocasionales citas de estadísticas tomadas de Kinsey, estos terapeutas se referían escasamente a libros cuyos autores no consideran la homosexualidad una enfermedad. Quizás estas personas creían que estudiar algo que intentaban erradicar equivaldría a perder el tiempo. De todas maneras, el aprendizaje que origina el desarrollo de nuevos métodos de tratamiento virtualmente procede, en su totalidad, del fracaso de los viejos.

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