LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XIX): La evolución de la pareja heterosexual

Julián Fernández de Quero

El modelo de pareja que pretende ser estable (continuado, progresivo y de por vida) y en el que se incluyen las relaciones sexuales es un concepto moderno que ha venido a plantear una alternativa al matrimonio tradicional. Todos los estudiosos están de acuerdo en que el matrimonio tradicional no marcaba la relación entre dos personas heterosexuales, sino entre dos familias, y que la realización del mismo no se daba por motivos afectivos y sexuales personales de los contrayentes, sino por razones económicas, sociales y políticas de los grupos de origen. Con el matrimonio se unían linajes, fortunas, haciendas; se concertaban alianzas de mutua defensa, y se garantizaba la permanencia del grupo a través de la descendencia.

Actualmente, salvo para la clase alta, en la que los motivos matrimoniales aún perduran (linajes, fortunas, alianzas), dichos motivos han dejado de existir, y si todavía permanecen determinados ritos religiosos o laicos es como un resto folclórico del pasado y como consecuencia de la persistencia de las creencias religiosas y morales. Sin embargo, en los países más civilizados la importancia de estos ritos tiende a disminuir progresivamente.

El vacío que deja la institución del matrimonio está siendo ocupado de forma paulatina por la pareja moderna -incorporando o no los rituales matrimoniales-como relación de hecho o de convivencia. Los motivos que llevan a su implantación ya no son familiares, sino personales: dos seres humanos se sienten atraídos mutuamente (“se enamoran”); durante un tiempo de prueba (“noviazgo”), encuentran que la relación les procura seguridad afectiva y sexual, que son compatibles en determinados gustos, aficiones y expectativas de futuro (profesionales, económicas, paternales, etc.), y, por tanto, deciden convivir bajo el mismo techo con el fin de disponer de todo el tiempo para llevar a cabo sus proyectos, realizar sus deseos y buscar seguridades sin la molesta interferencia de sus respectivas familias.

 

Principios de la pareja

Para que la pareja moderna tenga ciertas garantías de estabilidad y de futuro, debe cumplir tres principios básicos:

-Principio de deslinde. La pareja se define desde lo interior y desde lo exterior. Cada uno de los elementos que la integran reconoce que entre ellos se ha establecido un vínculo especial, y los que están fuera también lo admiten. Este reconocimiento se denomina deslinde, es decir, se establecen unos límites que se manifiestan de la siguiente manera: la relación de las dos personas entre sí se diferencia con claridad de toda otra relación con terceros, sea por amistad, trabajo, etc.; la pareja se deslinda respecto a lo exterior a ella, sintiéndose como tal, eligiéndose tiempo y espacio para hacer vida en común. Sin embargo, dentro de la pareja deben continuar respetándose los límites personales. Los límites, tanto entre los componentes de la pareja como con el exterior, han de ser flexibles y claros para impedir que la excesiva rigidez origine incomunicación y aislamiento.

-Principio de intercambio de papeles. Una de las principales funciones de la pareja es la de proporcionar seguridad afectiva a sus miembros. A lo largo de su vida cada uno de los miembros de la pareja pasa por distintas situaciones que le exigen adoptar diferentes papeles, para lo que necesitan que el otro asuma los complementarios a los suyos. Así, por ejemplo, si uno enferma, necesita que el otro asuma el papel protector; si uno está parado, necesita que el otro trabaje. Cuanta mayor capacidad demuestren los miembros de la pareja para asumir diferentes papeles según lo exijan las situaciones diversas por las que pasa su convivencia, intercambiándolos entre ellos sin dificultad, mayor nivel de seguridad afectiva conseguirán y, por tanto, mayor grado de estabilidad. Las personas que asumen rígidamente ciertos papeles suelen crear conflictos en las parejas.

-Principio de igualdad de valor. Los dos miembros de la pareja han de valorarse corno iguales, independientemente de su posición profesional, familiar, económica, intelectual, etc. Han de mantener al mínimo las diferencias de autoestima y la discordancia en la categoría. Cuando uno de los miembros de la pareja se considera inferior o superior al otro, se establecen relaciones de poder aunque no se pretenda conscientemente y eso puede ser fuente de conflictos posteriores.

 

TIPOLOGIA DE LA PAREJA HETEROSEXUAL

Sin embargo, no todas las parejas que se han formado en los últimos dos siglos han cumplido con estos tres principios. Las rémoras socializadoras del pasado han estado influyendo en su formación, tergiversando sus relaciones. Sobre todo, el patriarcado y su ideología machista han influido de forma considerable, hasta tal punto que podernos hablar todavía de la existencia de un tipo de pareja patriarcal,que se define porque la mujer se integra en el proyecto de vida del varón y se adapta a él renunciando a su propio proyecto.

 

La pareja patriarcal

En este tipo de parejas el hombre encarna la autori­dad y la norma; es el «cabeza de familia», el titular de la pareja. La mujer queda relegada como un elemento más que, junto con los hijos, se halla sometido a su ley. Estas parejas responden a los modelos sexuales sociales tradi­cionales que antes veíamos. La comunicación entre ellos suele ser muy pobre y básicamente de tipo funcional, pues se intercambian información, órdenes, quejas y pe­ticiones, pero la comunicación afectiva se establece con otras personas: la mujer con sus amigas e hijas; el hom­bre con sus amigos. Las relaciones sexuales suelen ser clásicas: se busca directamente el coito, con pocas cari­cias, sin hablarse y en la «postura del misionero». La mujer suele quedar insatisfecha y, muchas veces, finge el orgasmo para que él termine antes y no se lo recrimine. La vergüenza, disfrazada de pudor, lo invade todo y se considera una virtud. La mujer ha de ser pudorosa, que quiere decir «decente», los hijos han de ser pudorosos, es decir, «bien educados», y el hombre ha de tener ver­güenza, es decir, «orgullo viril» y «dignidad machista».

Adolfo y Concha acuden a la consulta alegando falla de deseo en ella. Las relaciones sexuales que -según dicen- eran muy frecuentes al comienzo de su vida en pareja -«casi a diario»- se han ido dis­tanciando hasta el momento actual, en que tienen una frecuencia de una vez cada quince días o al mes. Llevan diez años casados, según refleja su historia se­xual. Las relaciones sexuales las mantienen siempre a petición de él, en los fines de semana y con la luz apagada  -porque a ella le da «vergüenza»-. Las técnicas son pobres: cuatro caricias y en seguida el coito. El eyacula rápido y después lo dejan. Desde que tuvieron el primer hijo, ella comenzó a poner todo tipo de pretextos para no mantener relaciones sexuales. Al principio, él accedía de mala gana, pensando que era cosa de la crianza; pero al ver qué pasaba el tiempo y la cosa iba a peor fue cuando comenzó a quejarse y a discutir con ella.

En una entrevista en solitario con la mujer, nos cuenta que las relaciones sexuales son para ella un sufrimiento, que no tiene orgasmos y que suele fingirlos para que él termine cuanto antes y la deje en paz. A pesar de ello, cada vez se le hace más cuesta arriba acceder a sus peticiones, aunque ahora está preocupada porque las relaciones entre ellos se hallan muy deterioradas y tiene miedo de que el matrimonio se rompa.

Estos problemas son muy típicos de este tipo de parejas. Adolfo y Concha accedieron a realizar una terapia sexual que consistió en descubrir los defectos del tipo de relación que estaban manteniendo y recibir apoyo para mantener relaciones sexuales más eróticas, creativas y comunicativas. Tuvieron que superar ambos los prejuicios y las vergüenzas a los que asociaban estas prácticas, pero la satisfacción que les procuraron les animó a seguir adelante y cambiar el estilo de pareja que habían mantenido.

 

La pareja dominada por la mujer

En algunas parejas, la personalidad fuerte de la mujer impone una relación inversa a la de tipo patriarcal: es el varón el que se integra en el proyecto de vida de la mujer. Pero este modelo de pareja no está bien visto socialmente, ya que contradice las normas del patriarcado y de los valores machistas, así que la sociedad suele castigarlos con el rechazo, que se manifiesta, por ejemplo, en las expresiones despectivas con que se alude a ellos (“calzonazos”, dirigida al hombre, y «marimacho», dirigida a la mujer).

La comunicación en este tipo de parejas se da igual que en la patriarcal, pero en sentido inverso. Las relaciones sexuales se revisten de un tono sadomasoquista: ella ejerce de sádica, exigiéndole a él que la satisfaga y cumpla como un hombre. La vergüenza aparece como la manifestación de los inconfesables sentimientos de culpa que el rechazo social les genera, y el rencor consiguiente entre ellos y hacia los demás.

 

Los mitos de «la media naranja» y de la «pareja abierta»

También los mitos han influido en la conformación de las parejas. El mito clásico de «la media naranja», de origen griego pero socializado sobre todo a partir del auge de la literatura romántica del siglo pasado, crea en las personas el falso ideal de pretender formar parejas complementarias al cien por cien, sin respetar las obligadas diferencias existentes entre ellos, producidas por la peculiar historia personal de cada uno. A partir de la formación de la pareja, cada uno intenta que el otro sienta, piense, guste, desee y haga como él. Se establece una relación de poder que suele acabar mal. La comunicación se caracteriza por el «diálogo de sordos»: cada uno pretende que el otro le comprenda y asuma sus pretensiones, pero no se escuchan. Las relaciones sexuales pueden ser de diverso tipo, tanto en caricias como en posturas, pues depende de los modelos de socialización que cada uno aporta a la pareja. En el caso de no proceder ambos del mismo modelo, las disputas sexuales suelen ser continuas.

Fina y Arcadio son una pareja joven. Acuden a la consulta porque mantienen continuas disensiones y sus relaciones están muy deterioradas a consecuencia de ellas, hasta el punto de que han pensado en la separación, algo que no desean porque se quieren mucho y sólo llevan cuatro años de casados. Ambos trabajan en la misma empresa; salen juntos por la mañana en el único automóvil que poseen; suelen comer juntos en casa de los padres de él, que está cerca del trabajo; vuelven a casa juntos. Las relaciones sexuales son muy positivas para ambos.

El problema radica en el tiempo libre de los fines de semana. Discuten porque él pretende que lo pasen con su familia, que tiene una casa de campo en la que la pandilla formada por sus hermanos y él (son cuatro hermanos) se lo pasa estupendamente. A todos les gusta hacer deporte (montañismo, bicicleta, natación, etc.), y el Iugar es ideal para su práctica. Sin embargo, ella dice tener «empacho de familia»; no le gusta la práctica del deporte, y prefiere quedarse en casa tranquila y relajada. Hasta ahora, la mayor parte de los fines de semana, ella ha cedido, después de disentir, y se han ido al campo con la familia. Pero, a pesar de eso, él le echa en cara que vaya a la fuerza, que se ponga a leer revistas y no participe en los juegos, y dice que los hermanos comentan su actitud de forma negativa, cosa que a él le molesta. Desearía que ella se integrara en la pandilla y fuera una más en los juegos.

Este es un caso típico de pareja influida por el mito de «la media naranja». La pareja no parece tener grandes problemas ni diferencias y, sin embargo, está al borde de la separación por las discrepancias en cómo ocupar el tiempo libre. Arcadio no entiende por qué a Fina, que coincide con él en todo, no le gusta divertirse de la misma manera. Desde su lógica piensa que si ella le quiere, cosa de la que no tiene ninguna duda, le tiene que gustar estar con sus hermanos, hacer deporte y jugar con ellos. Fina piensa igual, pero al revés: si él la quiere, no entiende por qué prefiere irse con sus hermanos a quedarse en casa con ella, los dos solos.

La terapia consistió en hacerles comprender el mito en el que estaban inmersos, hacerles razonar sobre el hecho de que eran dos personas distintas, con muchas cosas en común, pero no todas, y que cada uno debía respetar las diferencias del otro, negociando las soluciones adecuadas para que ninguno se sintiera mal por mantener una lucha de poder. La solución por la que optaron fue la de planificar los fines de semana alternándolas: uno lo pasaban con la familia y otro en casa.

Las relaciones de poder suelen ser las habituales en parejas influidas por el mito de «la media naranja», aunque no siempre se manifiesten de manera tan clara como en el caso de Fina y Arcadio. Hay toda una gama de estrategias sutiles creadas al servicio de esta lucha: ocultaciones, engaños, seducciones, conspiraciones … , todo vale en una guerra sin cuartel, incruenta, que algunas parejas mantienen durante toda su vida, y de la que se vanaglorian con las amistades respectivas cuando el otro o la otra no está presente, como si fuera algo lógico y natural.

En las parejas más progresistas y liberales suele influir el mito de «la pareja abierta», que se define por mantener muy pocas cosas en común y un respeto absoluto a la libertad de cada uno. Este tipo de parejas vive en un estado permanente de inseguridad afectiva, lo que origina conflictos a la larga.

 

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