LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XVII): La nueva erótica del varón

Julián Fernández de Quero

La nueva erótica masculina afronta la relación sexual como una relación entre iguales. El placer de la compañera es responsabilidad de ella, como el propio placer es responsabilidad propia. La complementariedad de ambos intereses surge de la comunicación sincera y mutua de los deseos y de la reciprocidad en la relación. Los cuernos no se viven como un castigo, sino como la ruptura de un contrato de lealtades mutuas, en el caso de que se hubiera establecido dicho contrato; o bien, como el derecho de la compañera a tener otro tipo de experiencias sexuales igual que el varón, si así se ha acordado previamente; o, en el peor de los casos, como síntoma de que sus relaciones no funcionan y llamada de atención para plantearse una puesta al día de la misma o una ruptura de mutuo acuerdo.  La superación del troquelado social de estas emociones negativas trae como consecuencia un reequilibrio de sus tendencias. El nuevo varón sexuado aprende el placer de actuar con estrategias masoquistas o, dicho de otra manera, aprende el placer de la pasividad, tal como hemos analizado en el apartado anterior. Ya no se siente impelido a adoptar un papel exclusivamente activo durante la relación sexual, sino que disfruta asumiendo el de objeto sexual y concentrándose en sus sensaciones y fantasías, mientras se deja acariciar, besar, chupar y manosear sin ningún reparo.

 

El goce de un erotismo difuso

Lo importante no es ya descargar la tensión libidinal en una eyaculación rápida, sino repartir esa tensión por todo el cuerpo, sentirse erotizado desde la punta de los cabellos hasta las uñas de los pies, gozar de ese erotismo difuso que ya posee su compañera, prolongar la excitación controlando el proceso de su respuesta sexual en función de su placer. De esta manera, los hombres aprenden a utilizar su tendencia sádica sólo cuando es necesario para el logro de sus deseos, y cultivan las conductas propias de su tendencia masoquista cuando la situación lo requiere, gozando con el hecho de sentirse sujeto y objeto sexual a la vez. La relación erótica con la mujer se hace más igualitaria, más lúdica, y el encuentro se convierte en un juego divertido, sin el carácter serio y responsable con el que solía revestirse anteriormente.

El viejo macho está acostumbrado a actuar en función de normas. Tiene un modelo ideal de virilidad que le obliga a ser fuerte, agresivo, autoritario y competitivo. Sus deseos biológicos son reprimidos en tanto no responden a estas normas ideales que, muchas veces, le exigen actuar en situaciones que le provocan sensaciones molestas, desagradables e, incluso, dolorosas. Sentirse macho y actuar en consecuencia no resulta fácil en la mayor parte de las ocasiones.

El varón ahora puede aprender a quererse a sí mismo, no tanto en ese papel de macho que la sociedad le exige, sino en función de su propio placer y bienestar. Mima su cuerpo, lo cuida, toma conciencia de sus emociones y las cultiva; se adorna y se vuelve coqueto; exhibe sus cualidades con placer y busca que los demás le devuelvan el espejo positivo de sí mismo, más por la vía de la afectividad y de las sensaciones que por la de la fuerza y la imposición; solicita más la admiración y el cariño que la sumisión y el halago servil.

 

El final del mito falocéntrico

La nueva erótica masculina elimina otro estereotipo también muy importante: el del falocentrismo, que tiene que ver con la pulsión copulatoria. El nuevo varón descarga a su pene de la responsabilidad erógena que poseía, integrándolo en la actividad sexual como un órgano anatómico más, con la misma capacidad erótica que pueden tener los dedos, las manos, el pecho, la boca, etc. Ya no es especialmente importante obtener los orgasmos, de él y de su compañera, mediante el coito, sino que se pueden lograr con otras técnicas sexuales, como la masturbación mutua, los contactos bucogenitales, el coito anal, la caricia de los senos o del clítoris, etc.

La erótica se generaliza a todo el cuerpo y se hace difusa, posibilitando el juego de la fantasía y la creatividad en la relación, convirtiéndose en un arte lúdico de sentir y gozar. Es decir, la erótica se transforma en erotismo, lo que constituye a fin de cuentas una humanización de la conducta sexual estereotipada de los animales. Cuando se vive la experiencia de que el orgasmo se puede obtener por otras vías, la coital pierde la centralidad que tiene en los modelos tradicionales y el pene interviene en la relación sin agobios ni exigencias. También se acaban las angustias por la eyaculación precoz.

Este es un mito falocéntrico especialmente grave en sus influencias por lo extendido que se encuentra entre los varones. En el consultorio telefónico Sex-Inform y en los estudios realizados (Informe Sexpol), aparece como la principal causa de las angustias eróticas de los varones jóvenes. Merece la pena, por tanto, que dediquemos un poco más de atención a analizar este aspecto del falocentrismo.

 

El final del miedo a la eyaculación precoz

Los estudios etológicos y biológicos han comprobado que los machos de todas las especies animales sexuadas (sobre todo, de los primates) eyaculan muy rápido. El macho humano lo hace entre treinta segundos y dos minutos a partir del inicio de la cópula. Esta rapidez eyaculatoria ha sido considerada por los etólogos como una ventaja biológica, una conducta adaptativa exitosa, ya que cuanto más rápido se eyacula más eficacia reproductora se alcanza, tanto por el número de eyaculaciones que se pueden realizar, como por el número de hembras que se pueden fecundar en menos tiempo. Es decir, desde el exclusivo criterio de su finalidad reproductora (la única que tiene para la mayor parte de las especies animales) la rapidez en la eyacula­ción aumenta sus posibilidades y garantiza la supervivencia de la especie.

El hecho de que esto se convierta en un problema en la conducta sexual humana se debe a la confusión que se sigue manteniendo entre la función sexual y la función reproductora, sobre todo en los aspectos prácticos que plantea el falocentrismo. En efecto, si bien es cierto que la mayoría de la población asume como positivo que no todo el mundo ejerza la función reproductora, casi todos siguen confundiendo en la práctica erótica técnicas sexuales con técnicas reproductoras: se considera que el placer sexual máximo, tanto en el hombre como en la mujer, se obtiene mediante el coito. Aquí está el error. El coito es una técnica que hay que practicar ineludiblemente para reproducirse; pero no es la más adecuada para obtener orgasmos. Existen otras más ajustadas a la función sexual y con menos inconvenientes.

Para que la mujer experimente el orgasmo mediante el coito es necesario que el pene eyacule lo más tarde posible, que se mantenga erecto todo el tiempo que se pueda. Además, como la relación sexual se centra casi exclusivamente en el coito, se pretende también que dure mucho tiempo. Estas dos pretensiones chocan con la realidad biológica de la rapidez eyaculatoria del varón y con la carencia sensitiva vaginal de la mujer, por lo que se crean dos falsos problemas sexuales: la eyaculación precoz en él y la anorgasmia coital en ella.

La nueva erótica masculina se desentiende de estas angustias falocéntricas, porque ha aprendido a integrar la rapidez de su eyaculación en el conjunto de una relación sexual más variada y divertida, donde acariciar es juego, no trabajo; donde el orgasmo es fruto espontáneo del deseo compartido, no el producto elaborado de una conducta responsable. Existe la consciencia de que el orgasmo, tanto en el hombre como en la mujer, puede ser estimulado con cualquier parte del cuerpo: dedos, senos, ano, labios, lengua, incluso sólo con la imaginación. La nueva erótica masculina, por tanto, supera la pulsión copulatoria desde el conocimiento científico de que la sexualidad radica en el cerebro.

 

La conquista del papel de espectador: un egoísmo solidario

La actitud de responsabilidad compartida acaba también con otro estereotipo machista: la ansiedad en la ejecución y la asunción del papel de espectador, es decir, el olvido que durante la relación hace el varón de sí mismo para concentrar su atención ansiógena en la compañera, lo mismo que un espectador de cine se introduce en lo que pasa en la pantalla luminosa, perdiendo la consciencia de dónde está y de la gente que le rodea. La ansiedad generada por la responsabilidad que pone en el desempeño de sus conductas eróticas es un factor suplementario que agrava las dificultades que tiene para conseguir las metas que se ha propuesto, convirtiendo la relación lúdica y graciable en una especie de competición deportiva o circense, como si lo único importante fuera el «más difícil todavía» o batir un nuevo récord.

En la nueva erótica masculina se asume que cada uno, hombre y mujer, se siente al mismo tiempo egoísta y solidario. Saben que el funcionamiento de su sexualidad es cosa propia, depende de sus propias actitudes; y que lo importante es sentirse a gusto, tener consciencia del placer que generan las propias sensaciones, cultivar una fantasía creativa, pedir sin vergüenza al otro que le haga aquello que desea y, como contrapartida, aceptar las solicitudes que vienen de él como colaboración soli­daria a su placer. Con estas actitudes pierde importancia si el orgasmo de él llega antes o después que el de ella. No hipotecan su placer a la obtención del orgasmo simultáneo, sino que dejan que sus cuerpos jueguen en libertad a su ritmo, cambian las sensaciones de cada uno, y colaboran recíprocamente eh el placer del otro desde el propio placer.

Por otro lado, la actitud relajada, lúdica y graciable con la que se asume la actividad sexual hace que ésta se prolongue en el tiempo, y que los ritmos de ambos se vayan acoplando sin pretenderlo. No se compite, no se demuestra nada, no hay que quedar bien, no hay que ser potentes o viriles, sólo hay que jugar y divertirse. El nuevo varón sexuado se coloca a la misma altura que la mujer, la considera de igual a igual, y desde su equilibrio psíquico, asume indistintamente los papeles activos y pasivos según lo requiera la situación, sin ninguna vergüenza y sin sentirse culpable cuando se equivoca o recibe una negativa que no esperaba.

Así, en la erótica del cortejo o aproximación, el varón lo mismo disfruta con la iniciativa de acercarse, invitar a bailar, proponer tema de conversación o dónde ir a cenar, que coquetea impúdicamente con la iniciativa de ella, dejándose querer, retrasando la respuesta, aceptando sus propuestas o permitiendo que ella pague la copa o la cena. Al igual que ocurre con la nueva mujer sexuada, el varón selecciona sus objetos sexuales, aceptando las propuestas que realmente le resultan atractivas y rechazando las que no le dicen nada. El cultivo de su autoerotismo y el cuidado de su cuerpo eliminan la búsqueda ansiógena y frenética de las relaciones sexuales, sean como sean y con quien sean. No necesita inventarse trucos ni mentir con falsas declaraciones afectivas. Por el contrario, su androginia psíquica le permite gozar de las situaciones románticas, viviendo con intensidad las emociones que le despiertan determinadas situaciones en sus marcos adecuados, como las de realizar confidencias a la luz de la luna, reclinar la cabeza en el hombro de ella mientras sus miradas se pierden en la in­mensidad del mar o aspirar el aroma de una flor mientras se miran con ternura.

 

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