LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XVI): La conquista de la pasividad masculina

Julián Fernández de Quero

Los tres modelos sexuales de socialización de la conducta humana anteriormente expuestos mantienen algunas similitudes entre ellos. Por un lado, se construyen desde presupuestos machistas, con el varón como centro de la actividad sexual, con un discurso netamente masculino, que no cuestiona la pulsión copulatoria y que sigue siendo el eje que vertebra la relación sexual, tanto por la importancia que se le da al pene como órgano anatómico fundamental para obtener los orgasmos, como por la idea del coito como la técnica sexual por antonomasia.

Por otro lado, los tres siguen alimentando discursos sobre la sexualidad separados del lenguaje cotidiano, siguen concibiéndola como una actividad que rompe con la normalidad de la actividad humana; los tres tienden a conservarla en el ámbito de lo privado e íntimo, deserotizando lo social, e incluso lo personal en aquella parte que más relación tiene con lo colectivo. Todos tienden,  también, a avergonzar y culpabilizar al sujeto, ya sea desde valoraciones morales o desde valoraciones técnicas.

Ninguno de los tres plantea la perspectiva de una erótica igualitaria para hombres y mujeres, en la que la iniciativa sea libre, la responsabilidad compartida y la actividad egoístamente solidaria. Vamos a ver algunos de los estereotipos que siguen dificultando que los hombres adquieran esta nueva perspectiva erótica, ya practicada por minorías concienciadas, que puede llegar a ser el nuevo modelo sexual de socialización en un futuro más civilizado.

Estereotipos de los modelos sexuales machistas

El primer estereotipo que comentaremos es la consideración del papel activo del hombre en las relaciones sexuales. Tanto si persigue el fin de traer hijos al mundo como si persigue su propio placer o el placer de su compañera, el hombre considera que es él quien toma la iniciativa, el que da el primer paso, el que hace las cosas; mientras que la mujer es la seducida, la que se deja hacer, en definitiva: la que tiene el papel pasivo en la relación.

El gran logro de la nueva sexualidad masculina es la conquista de la pasividad. Ser pasivo, dejarse seducir, o mostrarse dulce o suplicante eran antes sinónimos de poca virilidad y de afeminamiento. Aunque muchas veces a los hombres les apeteciera tumbarse y dejar que la mujer les hiciera caricias, se reprimían para no cuestionar un modelo de «ser hombres» que no les permitía estas «debilidades». El viejo macho reproductor estaba siempre en una actitud activa: él era el violador, el penetrador, el engendrador. Si la emoción troquelada de la vergüenza no era suficiente para evitar tales actitudes, venía después la culpa para castigarlo con todo tipo de complejos, remordimientos y depresiones.

Cuando con el ascenso de la burguesía anticlerical los varones burgueses descubrieron que su sexualidad no era una tara instintiva de su carne pecadora, sino una facultad de su personalidad que resultaba divertida y placentera, continuaron con sus vivencias sádicas, con sus actitudes activas, y siguieron considerando a la mujer como mero objeto sexual. Pero cambiaron arrebato por competitividad. Ya no se trataba de dejarse arrastrar por la necesidad de descargar la tensión sexual, el instinto de la carne, sino de competir con los demás hombres en la cantidad de su actividad sexual. Lo importante era presumir del número de eyaculaciones tenidas en una sola relación, o del número de mujeres seducidas. El mayor placer no estaba en la propia relación sexual, sino en poder contarlo después a los competidores para que se murieran de envidia.

El troquelado de las emociones seguía funcionando, pero se habían aumentado las causas. Ahora no sólo era vergonzoso sentirse o mostrarse débil o pasivo, sino también ser incompetente para seducir a las mujeres o no tener la potencia suficiente como para «llegar al quinto polvo sin sacarla». La culpa castigaba también esta nueva incompetencia, cuya máxima expresión era que otro hombre sedujera a la propia mujer y le condenara a «llevar la frente adornada con dos cuernos», tanto más agobiantes cuanto que eran el símbolo de su fracaso.

El cambio de estas actitudes machistas comienza a surgir con la aparición de la nueva sexualidad femenina y sus exigencias. La nueva mujer sexuada, activa y exigente, al abordar a los hombres de tú a tú, produce en ellos un elevado grado de confusión y anonadamiento. Según estudios realizados en Estados U nidos, existe una correlación entre el aumento de las disfunciones en la erección masculina y el auge de la liberación de la mujer. Hombres que presumían de potencia sexual y de seductores promiscuos se sienten incapaces de aceptar una proposición erótica realizada directamente por una mujer, les desconcierta sentirse objetos sexuales o que el papel dominante en las relaciones se les escape de las manos.

La primera reacción ante estos hechos es de rechazo y de búsqueda de otras mujeres que sigan actuando según los modelos anteriores. Con ellas se sienten cómodos, el mundo se ordena, con cada uno en su sitio. Muchas mujeres liberadas se quejan de la dificultad de encontrar hombres con los que poder mantener relaciones eróticas en un plano de igualdad.

Más difícil lo tienen cuando se trata de expresar afecto y placer entre hombres. El fantasma de la homosexualidad produce escalofríos dorsales; convierte los cuerpos de estos hombres en témpanos de hielo y sus posturas en rígidos envaramientos. El miedo se trasluce en los fuertes apretones de mano y en las sonoras palmadas en la espalda. Salvo estas dos conductas de saludo y camaradería, ningún otro contacto está permitido entre ellos. Sus relaciones son siempre verbales y a distancia, para evitar equívocos y malentendidos.

La lenta decadencia del machismo

Poco a poco algunos hombres se han ido planteando la justeza de las nuevas actitudes femeninas, los aspectos negativos que conlleva mantenerse en actitudes machistas y las ventajas que podrían obtener con el cambio que se les proponía. Desde el punto de vista psíquico, la nueva sexualidad masculina supone cambiar el troquelado emocional y equilibrar sus tendencias. La su­peración de la vergüenza ante determinadas conductas sexuales relacionadas con la competitividad entre varones y con la potencia y función de su pene ya es un gran paso adelante. Prejuicios corno los de la importancia del tamaño del pene, de la duración de la erección o de la rapidez de la eyaculación son descartados por una actitud más lúdica y desdramatizada de la relación sexual. El sentido cuantitativo de la actividad sexual se sustituye por un criterio más cualitativo de la misma: lo importante no es el número de coitos o de mujeres seducidas, sino la calidad sensorial y afectiva de la relación.

El orgullo herido, como otra forma de la vergüenza, que sitúa al varón en condiciones de acomplejamiento, hostilidad y envidia, se sustituye por la no competencia, la búsqueda del propio bienestar y el placer al margen de lo que los demás varones realicen. La responsabilidad de ser el proveedor de los orgasmos de la compañera, tal como exige el nuevo machismo del tercer modelo, desencadena un círculo de angustia cuyas consecuencias explican el aumento considerable de consultas de terapia sexual.

Con la nueva sexualidad masculina el hombre integra mejor sus tendencias cerebral y animal. Sus deseos biológicos se incorporan al modelo ideal, y ya no le resulta difícil elaborar comportamientos pasivos, infantiles y femeninos, y sentirse bien con ellos, porque no chocan con las normas que se ha impuesto a partir de su propia experiencia. Es posible para él esperar a que sea la mujer la que tome la iniciativa; vivir el placer de sentirse solicitado y seducido; cerrar los ojos plácidamente y concentrarse en las sensaciones que le provocan las caricias activas de su compañera; tumbarse en la cama y dejarse «montar» por ella mientras disfruta viendo su cuerpo moverse encima, en esa especie de danza del vientre que ella ejecuta con la pelvis; sentir la ternura de abrazarla cuando ella se abandona al orgasmo, y esa sensación especial de tiempo detenido que procura la emoción amorosa de la satisfacción sexual cumplida.

La conquista de la pasividad abre nuevos horizontes y posibilidades de bienestar al varón que su tendencia sádica desorbitada anterior le impedía disfrutar. Asumir esa parte femenina que todos los varones llevan dentro e integrarla en su erótica le permite romper la dependencia hormonal de la pulsión copulatoria, dejar de comportarse como cualquier macho animal ciegamente lanzado a la cópula por los ya nombrados MID (Mecanismos Innatos de Desencadenamiento), avanzar un grado más en la humanización de su comportamiento sexual; algo que a la mujer le fue dado por necesidades evolutivas y que los varones pueden lograr de manera libre y consciente. Es el principal logro de la nueva sexualidad masculina.

 

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