LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (XI): Los objetos sexuales fantaseados

Julián Fernández de Quero

Los objetos sexuales fantaseados cumplen dos funciones: por un lado, sirven como repertorio para seleccionar los objetos sexuales reales que se pretenden conseguir, escogiendo, entre todos, aquellos que, o bien conocemos como más satisfactorios por experiencias propias anteriores, o bien creemos que lo son porque nos lo han dicho los otros.

Por otro lado, sirven como estímulos para acrecentar el deseo. Las fantasías sexuales tienen una capacidad estimulante tan poderosa que pueden conseguir la plena satisfacción del deseo sexual sin necesidad de que se posean los objetos reales. Lo podemos comprobar en las poluciones nocturnas de los adolescentes, que llegan al orgasmos con el estímulo de los sueños sexuales. También hay personas que se masturban utilizando exclusivamente la fantasía, sin necesidad de tocarse. Esta capacidad es una arma de doble filo, pues, por una parte, nos ayuda a desarrollar nuestra respuesta sexual y a enriquecer nuestra erótica, convirtiéndola en erotismo, pero, por otro lado, puede contribuir a fortalecer las neurosis de aquellas personas que tienen dificultades para relacionarse con los otros, alejándolas del mundo real y encerrándolas en un mundo de fantasías que las convierten en enfermos psicógenos de mayor o menor gravedad, desde la simple personalidad  tímida hasta la psicótica.

La función selectiva del fetichismo

La capacidad de atribuir una simbolización erótica a los objetos recibe el nombre de fetichismo. En las demás especies animales, los fetiches eróticos están establecidos instintivamente y regulados por circuitos hormonales y sensoriales.

Se puede descubrir una línea evolutiva aplicando el criterio de mayor o menor precisión y complejidad de elementos que intervienen en la selección fetichista. Por ejemplo, los escarabajos tienen una capacidad de selección fetichista tan rudimentaria (su elemento de atracción es una imagen visual de un objeto redondo y negro) que en su época de celo se posan sobre todos los objetos que tengan estas dos características: forma redondeada y color negro. Podemos imaginar la cantidad tan impresionante de intentos fallidos de cópula que realizan hasta que encuentran el objeto adecuado.

Por el contrario, la hembra del tigre en celo tiene que recorrer decenas de kilómetros para buscar a un macho al que no conoce de nada, al que no ha visto ni olido nunca. La única referencia fetichista que posee de él es la imagen visual de la forma y colores de la piel de su madre, que recibió cuando estuvo con ella siendo una cría, pues ésa es la única etapa de su vida en la que convivió con algunos congéneres suyos (su madre y sus hermanos). Después, al llegar a adultos, los tigres se separan y viven el resto de su vida en la más absoluta soledad. Controlan un territorio de caza de varios kilómetros y no dejan entrar en él a ningún competidor. Solamente cuando llega el celo, y después de un laborioso ritual de cortejo para inhibir su agresividad defensiva, el macho permite que la hembra entre en su territorio para efectuar la cópula. Su modo de reconocerse es a través de la imagen materna.

En los primates, parientes nuestros, la finura en la selección fetichista y los elementos que entran en juego son tales que tanto los machos como las hembras tienen la capacidad de discriminar entre varios objetos sexuales del mismo grupo, eligiendo a unos y rechazando a otros como parejas sexuales.

Los fetiches eróticos humanos

Es en los humanos donde la finura selectiva y los elementos en juego alcanzan su más alto grado de especialización. Las culturas moldean la erótica de los individuos siguiendo valores de homogeneización, mientras que las propias experiencias infantiles, a través de mecanismos aún no demasiado conocidos, introducen tantas variaciones como individuos. Así, nos encontramos fetiches erótico-sociales creados y fomentados a través de las modas. Tomemos, por ejemplo, los senos femeninos: para los norteamericanos, el canon de seno erótico es el grande; para los franceses, el pequeño; y para algunos pueblos de Africa central, el colgante (por lo que las adolescentes se los fajan fuertemente en cuanto les comienzan a crecer). La comparación de culturas diversas pone de manifiesto que hay pocos patrones universales de atracción sexual.

En todas las culturas las modas de la vestimenta y suntuarias han desempeñado también una función de realce de los fetiches eróticos; cada una resalta partes del cuerpo diferentes e, incluso, dentro de la misma cultura, van variando las modas a través del tiempo. Asimismo influye la socialización en la creación fetichista por géneros: en nuestra cultura, los hombres tienen más facilidad para elaborar fetiches físicos que las mujeres, cuya educación ha hecho hincapié en los sentimientos y en otros símbolos abstractos distintos del físico. Así, en una investigación desarrollada en Estados Unidos, colocaron unas gafas especiales a un grupo de mujeres y hombres con un pretexto ficticio y les dijeron que las llevaran puestas durante una fiesta. Las gafas estaban conectadas a un monitor en el que se reflejaba con un punto de luz la zona del cuerpo de la pareja a la que es­pontáneamente miraban unos y otras. Mientras los hombres, en su gran mayoría, dirigían la vista hacia los senos y el culo de las mujeres, con preferencia a cualquier otra zona del cuerpo, a las mujeres la vista se les iba hacia el rostro y los hombros. La casuística terapéutica demuestra que son más las mujeres con escasa imaginación erótica que los hombres, y éste es uno de los síntomas presentes en los problemas de deseo sexual inhibido.

La elaboración individual de fetiches

Pero, además de la influencia de las distintas culturas en el desarrollo de los fetiches eróticos, también se sabe que los individuos elaboran sus propios fetiches durante la infancia, aunque los mecanismos psicológicos no estén claramente determinados. Es la línea de investigación desarrollada por Konrad Lorenz sobre la imprimación afectiva: los estudios sobre los procesos de identificación e imitación, el aprendizaje vicario y la elección de objeto sexual.

En esta línea está la explicación de cómo se elabora el objeto edípico, compuesto por elementos físicos y psíquicos diversos -recogidos de los adultos que rodean al niño-que se han convertido en fetiches eróticos. Esta capacidad de imprimir atractivo erótico al cuerpo de los otros durante la infancia explica que las variaciones fetichistas individuales sean tantas como sujetos, a pesar de los procesos culturales de homogeneización de los fetiches eróticos. Si los hombres sólo se sintieran atraídos por las mujeres cuyas característi­cas correspondieran al modelo erótico creado por la cultura, la mayor parte de ellos tendría auténticas dificultades para establecer relaciones sexuales, ya que por lo general las mujeres no se ajustan a ese modelo. Lo mismo les ocurriría a las mujeres en relación a sus fetiches masculinos.

También gracias a la imprimación afectiva de la infancia se explica que la elección del objeto sexual sea un proceso abierto a múltiples influencias, hasta el punto de superar la rigidez heterosexual que predomina en las demás especies animales. En los humanos, esta elección puede ser heterosexual, homosexual, bisexual, e incluso -como ocurre en los casos de fetichismo parafílico- estar fijada patológicamente en una determinada zona corporal humana, animal o artificial. Así ocurre con las personas cuya atracción erótica se fija sobre una determinada prenda de vestir (medias, zapatos, ropa interior, etc.) o sobre un determinado Iugar que reúna unas características concretas (lugares públicos, ascensores, probadores de ropa, etc.). Uno de los elementos que componen la pulsión copulatoria es la fetichización de la vulva femenina. El irresistible atractivo que para los hombres tiene esta zona corporal de la mujer es posiblemente uno de los rasgos filogenéticos más arcaicos que permanecen en el comportamiento heterosexual masculino, y responde a la necesidad de asegurar la continuidad de la especie.

Lo mismo ocurre con las estrategias de conducta que, al ser placenteras en sí mismas, pueden convertirse en fuertes estimulantes del deseo sexual. Por supuesto, los objetos sexuales reales también ejercen esta función estimulante.

Todos somos fetichistas ya que todos elegimos los objetos sexuales mediante una serie de preferencias. Nadie es neutro o absolutamente indiferente, y si en alguien se diera tal indiferencia, ése sería un síntoma de anormalidad.

Las fantasías sexuales y los sueños eróticos

Cuando la vergüenza nos impide satisfacer nuestros deseos sexuales con objetos reales, las fantasías nos ayudan a satisfacerlos viviendo relaciones placenteras ficticias con ellos. Vamos por la calle y nos imaginamos que tocamos ese culo prohibido o esas tetas inalcanzables. Estamos en el cine y nos ponemos emocionalmente en el lugar del, o de la, protagonista para hacer el amor con Kim Basinguer o sentirnos abrazados por Robert Redford.

Pero si la censura es tan poderosa que ni tan siquiera nos permite fantasear, entonces nuestra sexualidad se manifiesta a través de los sueños, y en ellos gozamos con todos los fetiches prohibidos con los que, en la realidad, nunca disfrutaremos. En los sueños y fantasías decimos las palabras obscenas, groseras o atrevidas que nunca saldrán de nuestros labios, damos curso a los pensamientos cuya manifestación reprimimos, imaginamos las figuras, los gestos y las situaciones deseados, pero prohibidos.

¿Quiere esto decir que una persona equilibrada, que tenga desarrolladas sus tendencias de forma placentera, no tiene sueños ni fantasías? Nada de eso. Todos los tenemos. Pero en una persona equilibrada son instrumentos para conseguir sus objetos reales: las fantasías eróticas, vividas con placer y sin vergüenza ni culpa, le estimularán sus deseos, aumentando la intensidad de éstos, poniendo en marcha la respuesta sexual de su cuerpo, incrementando su excitación y potenciando su orgasmo. La vivencia psíquica del placer se enriquece con ello. Eso lo saben por experiencia propia las personas que se masturban con fantasías excitantes o aquéllas otras que se sirven de las fantasías para incrementar el placer de sus relaciones sexuales o afectivas. Por otro lado, el cultivo de las fantasías amplía la gama de objetos sexuales fantaseados, de fetiches, haciendo más rica y creativa la relación con los objetos reales, evitando la rutina, la descarga mecanicista y la fijación parafílica. El sexo deseador se enriquece y se hace más humano con los estímulos provenientes de una sexualidad psíquica creativa que cultiva las emociones positivas, las fantasías y los pensamientos sexuales. Todo ello se pone al servicio de una erótica realizada placenteramente.

LAS ESTRATEGIAS DE LA ERÓTICA

Desde el punto de vista sexual, nuestras conductas también tienen dos funciones: por un lado, nos permiten conseguir los objetos reales deseados; por otro, sirven de estímulo para acrecentar el propio deseo y fijarlo. Si deseamos una relación sexual con una amiga que está en la discoteca, no la conseguiremos quedándonos en casa, pensando en ella o fantaseando la relación. Tendremos que ir a la discoteca, encontrarnos con ella, bailar y conversar, seducirla de mil maneras para conseguir que a ella le apetezca lo mismo que a nosotros. Todas esas conductas son placenteras por sí mismas, y aunque, al final, no consigamos la relación sexual que deseábamos, habrá resultado divertido y querremos repetirlas. Cuando al día siguiente recordemos esa música estupenda, esos cuerpos moviéndose rítmicamente, esas miradas cargadas de intención, esa amena conversación, nuestro deseo se incrementará y nos excitará maravillosamente.

El equilibrio creativo

Una persona equilibrada sabe utilizar las conductas propias de cada tendencia en los momentos oportunos, de forma flexible, gozando de todas ellas. Pero si la vergüenza o la culpa reprimen algunas de nuestras tendencias, nos impedirán hacer lo conveniente en cada momento y nuestro deseo se frustrará. Además, procuraremos no recordar esas conductas vergonzosas que tanta ansiedad nos crean y evitaremos las fantasías que podrían excitar nuestro deseo. Nos convertiremos en personas con un bajo deseo, una fantasía pobre y escaso placer.

Las actitudes equilibradas, manifestadas en conductas eróticas, han creado productos humanos tan importantes como la literatura erótica, la danza del vientre, la pintura de desnudos, los escotes y la minifalda, la ropa interior transparente y la cosmética, entre otros muchos. Todos ellos son elementos que la humanidad ha ideado para excitar el deseo sexual, hecho universal que nos iguala, por encima de las diferencias culturales, raciales o de cualquier otro tipo. Los modelos eróticos cambian con los modos y las culturas. El rostro perfecto de Elizabeth Taylor o Gina Lollobrigida, los senos abundantes de Marilyn Monroe o Raquel Welch, la virilidad física de Burt Lancaster o Marlon Brando, el carácter duro de Bogart, la adolescencia atormentada de James Dean o la belleza de Rock Hudson. Las rubias y los rubios nórdicos de ojos azules, o las morenas y los morenos sureños de ojos negros. Los blancos de ojos grandes o los amarillos de ojos rasgados o los negros de labios gruesos; todos tienen un atractivo para alguien, porque nuestra energía sexual necesita objetos sexuales, y nuestro deseo requiere conductas eróticas para manifestarse.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s