LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (X) : El Esquema Básico de Conducta Sexual

Julián Fernández de Quero

EL ESQUEMA BÁSICO DE CONDUCTA SEXUAL

En los artículos anteriores hemos explicado cuál es el esquema básico de conducta general, punto de partida de la organización de nuestro comportamiento. Ahora vamos a detenernos en las peculiaridades que contiene cada elemento del mismo, importantes para entender por qué nuestro eros tridimensional funciona como funciona.

El deseo sexual

El deseo es una de las primeras fases de nuestra conducta. Es la pulsión originada por las necesidades primarias -producidas por carencias energéticas- o por las necesidades secundarias – producidas por excedentes energéticos-, y su función consiste en poner el cuerpo en actitud de búsqueda para encontrar los objetos que satisfagan dichas necesidades.

El deseo sexual surge de una necesidad secundaria y, por tanto, posee tres rasgos muy característicos: el primero, que es superfluo, es decir, nace de una situación de abundancia energética y su disminución o ausencia no pone en peligro la existencia del individuo. Así se explica que, a través de la historia, haya habido muchas personas que han practicado la abstinencia sexual más absoluta sin riesgo de muerte. Incluso se han estructurado religiones (como el catolicismo y el budismo) o filosofías que recomiendan a sus miembros practicar unas reglas de vida que les permitan suprimir todos los deseos, ofreciendo como ideal alcanzar el paraíso, el nirvana o la ataraxia, un estado máximo de equilibrio sin necesidades ni deseos.

El segundo rasgo del deseo sexual lo constituye el placer que se experimenta en todas las fases del proceso. Para conseguir el objeto real que satisfaga el deseo de una necesidad primaria, el hambre, por ejemplo, se pueden elaborar estrategias molestas, incluso dolorosas, como la de desarrollar un trabajo duro y rutinario; el placer se experimenta sólo al final del proceso, cuando se ha conseguido lo deseado. Sin embargo, toda la con­ducta que se pone en práctica para satisfacer el deseo sexual es placentera en sí misma: conseguir el objeto real deseado produce placer, pero también son placenteras las estrategias utilizadas, los objetos fantaseados recordados e, incluso, el propio deseo. Sentimos el grato hormigueo de bailar, de conocer, de tocar; los objetos que aparecen en nuestra imaginación son también tan excitantes que nos ponen en movimiento, para ir a la discoteca, coger un libro, tocar un cuerpo o recibir diversos estímulos a través de nuestros sentidos. Y estas estrategias mantienen o incrementan nuestra excitación hasta que poseemos y consumimos el objeto sexual deseado.

El tercer rasgo del deseo sexual es su plasticidad. De la misma forma en que se puede inhibir o suprimir, se puede incrementar a partir de diversos estímulos. En la medida en que todos los elementos de la conducta sexual son placenteros, cualquiera de ellos puede convertirse en estímulo del deseo sexual. Los objetos fantaseados sexuales pueden ser infinitos, gracias a la capacidad desarrollada por el ser humano de cargar de contenido simbólico a las personas, los animales y las cosas, revis­tiéndolos de intencionalidad erótica. Eso explica que cada sociedad y cultura hayan generado sus propios símbolos eróticos. Lo que para uno puede ser excitante, no tiene por qué serlo para otro; la erótica de un español no coincide necesariamente con la de un japonés.

EL DESEO Y LOS FINES DE LA SEXUALIDAD HUMANA

La reproducción como finalidad de la sexualidad es consecuencia de las regulaciones adaptativas naturales que se producen entre el ecosistema y los seres vivos que se encuentran en él. Un salmón no desova millones de huevos porque pretenda tener muchos hijos, sino porque en el ecosistema en el que se mueve sus depredadores son muchos y muy voraces, y la única manera en que la naturaleza puede garantizar la supervivencia de la especie es produciendo muchas crías para que sobrevivan unas cuantas.

En cuanto al placer y la comunicación que la erótica animal genera se puede decir que son más unos medios que unos fines; sirven sólo como instrumentos para la reproducción. Toda conducta erótica es un instrumento comunicativo para que los individuos se relacionen con placer y la especie se reproduzca.

Es en el ser humano, en cambio, donde tanto el placer como la comunicación se convierten en fines independientes de la reproducción, debido a las capacidades adquiridas por el desarrollo insólito de un cerebro superior o córtex. Esto nos permite realizar conductas eróticas con el único y exclusivo fin de obtener placer o de reproducirnos o de comunicarnos. En algunas ocasiones, podemos perseguir estos tres fines juntos a la vez, pero la mayoría de las veces se dan por separado y otorgamos prioridad a uno de ellos sobre los demás. Así, hay personas que con sus conductas eróticas buscan exclusivamente tener hijos, se prohíben sentir placer por razones morales y no le dan mucha importancia a la comunicación. Era el caso de los matrimonios dinásticos de la nobleza feudal, en los que el objetivo fundamental era encontrar una esposa sana y de buen linaje para que diera herederos, aunque no resultara atractiva y hablara un idioma incomprensible. Los nobles buscaban el placer y la comunicación por otras vías y con otras personas.

La postura del misionero

Una historia curiosa es la del origen del nombre que se aplica a la postura coital tradicional en la que el hombre se coloca encima de la mujer para realizar la penetración: la postura del misionero. Tal nombre se origina en las prácticas coitales de los pastores protestantes ingleses recién llegados a las colonias de Nueva Inglaterra (hoy, Estados Unidos). Estos religiosos vivían una gran contradicción entre la necesidad de cumplir el mandato divino “Creced y multiplicaos» -para lo que habían establecido que los pastores, como el resto de los feligreses, debían casarse y formar una familia numerosa-  ­y la obligación de luchar contra el pecado de la carne, reprimiendo todo placer sexual durante la relación. La solución fue realizar el coito vestidos, tanto el hombre como la mujer, con unos camisones de tela basta que les llegaban hasta los pies y que tenían unos agujeros a la altura de los genitales que facilitaban la introducción del pene en la vagina. El coito se realizaba con el hombre encima de la mujer, sosteniendo el peso de su cuerpo con las manos y los pies con el fin de no rozar ni apoyarse en el cuerpo de ella. Ambos realizaban el acto sexual con la mente ocupada en la mayor gloria de Dios y con el único propósito de concebir un hijo, sin ningún asomo de lujuria que pudiera cambiar el acto reproductivo en acto pecaminoso.

También la historia nos da múltiples ejemplos de hombres que en sus relaciones han buscado exclusivamente el placer sin reproducción ni comunicación, como en el caso de las violaciones de mujeres como parte del botín de guerra.

Sin embargo, en nuestra sociedad actual, la mayor parte de las personas realizan conductas eróticas con fines de placer y comunicación conjuntamente en la mayoría de las veces, y sólo en algunas ocasiones a lo largo de la vida incluyen el fin reproductor. En España, el índice de natalidad, establecido en 1,2 hijos, indica que las parejas mantienen relaciones sexuales con el fin de reproducirse dos o tres veces en toda su vida, mientras que el número de relaciones sexuales que mantienen para pasárselo bien y comunicarse suelen ser de varios miles.

La explosión demográfica

Estos fines eróticos, convertidos en individuales por el peculiar desarrollo humano, pueden a veces estar en consonancia con los objetivos naturales de la especie, o no estarlo, como ocurre actualmente con la llamada explosión demográfica. Desde el punto de vista de la especie, parece absurdo que dupliquemos la población en veinticinco años, pasando de los cinco mil millones de personas, en 1985, a los diez mil millones que se prevén para el año 2025. Sin embargo, los hombres seguimos saturando el planeta de crías con las consiguientes lacras de hambrunas, agresiones medioambientales, guerras, extinciones de otras especies vegetales y animales, etc. Esto es debido a que durante milenios, y aun en el presente, los humanos no han sabido modificar su conducta erótica lo suficiente como para impedir que las re laciones sexuales realizadas con fines de placer y comunicación no llevarán aparejadas un fin reproductor no deseado. Se han tenido hijos sin pretenderlo ni desearlo, cuando lo único que se buscaba era gozar y entenderse.

Desde tiempos inmemoriales, los humanos han intentado inventar medios y maneras para evitar la reproducción incontrolada. Actualmente, existen muchos métodos anticonceptivos seguros y eficaces, pero todavía falta que sean asumidos por toda la población mundial, lo que supondría un aumento considerable del nivel de vida económico y cultural. Otra forma más sencilla de controlar la natalidad es la práctica de técnicas sexuales que eviten realizar el coito; pero, desgraciadamente, la pulsión copulatoria está tan arraigada en las personas y las conductas estériles se hallan tan devaluadas en nuestra cultura (se las tacha de inmaduras, perversas, aberrantes, etc.) que incluso actualmente se practican como medios complementarios del coito  (se las llama juegos preliminares), pero no como alternativas válidas a éste.

Los fines y los medios

Sin embargo, desde un criterio didáctico podemos separar perfectamente los distintos fines de la sexualidad y entender que cada uno de ellos tiene asociados sus propios y específicos medios. Cuando el deseo de una pareja es tener un hijo o hija, su finalidad reproductora requiere inevitablemente del coito como medio apropiado para satisfacer su deseo, puesto que el coito es la conducta reproductora por antonomasia. Pero, cuando el deseo es sentirse a gusto con la obtención de placer, el medio más adecuado no es el coito, sino el cultivo de la sensualidad (estímulos eróticos percibidos a través de todos los sentidos) y la afectividad (respuestas emocionales de fusión y apego, lo en lenguaje vulgar se llama “amor”, “ternura”, etc.) Sí, además del placer que se obtiene en la relación, se desea profundizar en la comprensión y la complicidad con el otro o la otra, el medio más adecuado para comunicarse correctamente es el código común del lenguaje verbal y no verbal, es decir, la capacidad de ir construyendo juntos una red compartida de signos con los mismos significados para ambos.

Tener claras estas sencillas ideas evitaría a muchos hombres y mujeres la angustia de vivir su comportamiento sexual como un problema que necesita cura, como ocurre en los casos de vaginismo femenino, que son un obstáculo para tener hijos  (y por este motivo quienes lo padecen suelen acudir a la consulta del terapeuta), pero que no impiden llevar una vida sexual plenamente satisfactoria.  Algo semejante ocurre con esas parejas cuya convivencia se deteriora porque no saben comunicarse con un código común y que culpan del deterioro a sus prácticas sexuales. O con aquellas otras que viven sus relaciones sexuales con miedo a un embarazo no deseado porque no saben poner los medios adecuados para evitar ese miedo.

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