SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (VIII): Conductas reflejas: La permanencia del instinto

Julián Fernández de Quero

El tercer gran elemento del sexo biológico son las conductas reflejas, el origen de nuestra conducta social. Pero, ¿qué es un reflejo?

El conductismo de Watson y la reflexología de Paulov lo explicaron claramente: es la respuesta inmediata y automática a un determinado estímulo. El médico golpea con su martillo en la rodilla del paciente e, involuntariamente, éste extiende la pierna; le pellizca en la parte interior de los muslos, y los testículos se mueven hacia arriba. Acercamos la mano al fuego y, al quemarnos, la retiramos. Nuestro cuerpo tiene un sistema neurovegetativo muy complejo que nos permite captar los estímulos y dar respuestas automáticas e involuntarias, que sirven para protegernos y sobrevivir. Para la mayor parte de los seres vivos, estas conductas reflejas son hereditarias. Las crías suelen nacer con el sistema nervioso completo y esos reflejos les permiten realizar una serie de conductas inmediatas que les confieren gran autonomía. Nada más nacer, por ejemplo, las crías de caballo se ponen de pie y caminan; esto les permite tomar la iniciativa de acercarse a la madre para succionar el alimento. Desde que nacen las crías del mono se agarran al pelo de su madre y escalan por su cuerpo hasta llegar a las mamas.

Las crías del ser humano, por el contrario, nacen muy inmaduras. Su sistema nervioso no es completo hasta los dos años. Apenas vienen al mundo con unos cuantos reflejos, como el de succión, el de prensión y el de caminar, entre otros, y la mayoría los pierden en los primeros días y tienen que volver a aprenderlos, como ocurre, por ejemplo, con el de caminar. Esta inmadurez de la cría humana le confiere una plasticidad tan grande que puede aprenderlo todo. Paradójicamente, su falta de especialización en conductas reflejas será el caldo de cultivo que le permita adquirir habilidades que ningún otro ser vivo tiene.

De los pocos reflejos innatos en el bebé, uno es el de su respuesta al dolor y otro el de su respuesta al placer. Estas dos conductas reflejas son fundamentales para su supervivencia. Incapaz de moverse, el niño moriría inevitablemente si, cuando sintiera hambre, sed o el timbre de alarma de una enfermedad, no pudiera articular gestos, llantos o balbuceos que llamaran la atención de los adultos para hacerles acudir en su ayuda. De la misma manera, sus respuestas involuntarias a las sensaciones de placer articulan una serie de gestos y expresiones a partir de las cuales se desarrollarán las conductas aprendidas de toda su vida.

Desde el nacimiento

La respuesta sexual humana es completa desde el nacimiento. Se ha observado a niños de algunas semanas con erecciones completas del pene, a niñas de tres meses realizando todas las conductas propias de la obtención de un orgasmo: enrojecimiento de la piel, movimientos involuntarios, tensión muscular, mirada vidriosa y fija, respiración jadeante y, posteriormente, distensión muscular, respiración normal, relajación corporal y sueño.

Las afirmaciones freudianas de que la sexualidad se tiene desde el nacimiento hasta la muerte y de que los niños tienen prácticas sexuales hace ya tiempo que dejaron de ser una mera especulación para convertirse en hechos comprobados y observados en multitud de niños. Desde la más temprana infancia, los niños y las niñas desean, se excitan y tienen orgasmos. Practican las caricias en su propio cuerpo y en el de los demás, se tocan, se besan, se chupan, se abrazan. A partir de los tres o cuatro años se masturban, y lo seguirían haciendo toda su vida si no fuera por los adultos, que intervienen para reprimir estas conductas y cambiarlas por otras.

El conjunto de conductas reflejas que conforman el proceso reproductor de los animales y que son la base a partir de la cual se ha desarrollado la erótica humana es lo que llamamos la pulsión copulatoria. Muy bien estudiadas por Masters y Johnson y felizmente matizadas por Hellen Singer Kaplan, estas conductas se pueden agrupar en cuatro fases: deseo, excitación, orgasmo y resolución.

  1. La fase del deseo: surge de la necesidad creada por la energía excedente e incrementada por los estímulos externos que se van presentando a lo largo de la fase. Para ello, los animales centran la atención de todos sus sentidos en la recepción de dichos estímulos: el olfato, el oído, el gusto y el tacto se afinan en extremo para percibir imágenes, olores, sonidos, sabores y contactos que provienen de los objetos sexuales hacia los que se dirige el deseo. La etología ha sabido descubrir, desvelando incluso su calidad poética, los cantos de las aves, la intensidad de los colores y matices con que se recubren las plumas y pieles de los animales, la importancia de las feromonas (hormonas olorosas sexuales), las danzas y los movimientos rituales de aproximación y de inhibición ante la agresividad del otro; en suma, todo el conjunto de conductas encaminadas hacia un único fin: copular para depositar el semen en el interior de la vagina y así posibilitar la reproducción. Todos estos estímulos ponen en marcha los circuitos internos neurotransmisores y hormonales que desencadenan la pulsión copulatoria. Los centros cerebrales sexuales se conectan con los centros reflejos medulares, a partir de los cuales se desencadenan los cambios genitales que van a permitir el acoplamiento. Las respuestas a los estímulos recibidos, emitidas por los centros cerebrales, son transmitidas por la testosterona y otras hormonas y sustancias, con lo que se provoca la erección genital tanto en los machos como en las hembras, y así se pasa a la segunda fase o de excitación.
  2. La fase de excitación: Se ponen en marcha los centros reflejos de la erección que se encuentran en las zonas sacra y lumbar de la médula espinal. Los cuerpos cavernosos del pene, que se encuentran contraídos y cerrados cuando éste se halla flácido, se dilatan y abren al ser relajados por el óxido nítrico, provocando un efecto de vacío que succiona la sangre de las arterias hasta llenarlos, con el consiguiente aumento de tamaño del pene.

Los mensajeros químicos viajan entonces desde los centros medulares hasta el sistema nervioso periférico a través del nervio pudendo. El llenado de sangre de los músculos genitales y del pene provoca una presión en las paredes venosas que impide que la sangre circule con la misma intensidad hacia el exterior de ellos, facilitando la captación sanguínea hasta que ésta encuentra un límite en la aponeurosis que envuelve el pene, y los demás músculos genitales que consiguen con ello su en­durecimiento final.

La base neurovegetativa de todo este proceso se realiza a través del parasimpático, que, recordemos, está asociado a sensaciones y emociones de placer, relajación y euforia. Una intensa reacción del simpático, corno la que puede provocar la angustia o el miedo, drena de forma instantánea el caudal sanguíneo extra del pene y provoca la pérdida de la erección.

Al mismo tiempo que en el interior se produce este proceso efectivo, en el exterior se ha culminado el ritual de cortejo y se han producido el apareamiento y la cópula. El pene se introduce en el interior de la vagina de la hembra y se frota rítmicamente mediante movimientos pélvicos reflejos que acrecientan la estimulación táctil de la zona genital. Cuando el llenado de sangre se completa, se inicia la fase tercera, la orgásmica y eyaculatoria.

  1. La fase del orgasmo y eyaculación: En ésta los impulsos nerviosos que proceden de los músculos lisos que forman las vainas genitales y peneanas desencadenan el orgasmo, entran en la médula espinal por el nervio pudendo a nivel del sacro, y el flujo nervioso eferente se da desde la undécima vértebra dorsal a la segunda lumbar. En el orgasmo y en la eyaculación no interviene, como en la excitación, el sistema vascular. Ambos consisten, tanto en el hombre como en la mujer, en una serie de contracciones reflejas de los músculos genitales.

El orgasmo masculino está íntimamente relacionado con el fenómeno de la eyaculación, algo que no ocurre en la mujer; y a pesar de que se puede producir por separado -como pasa en el caso de los niños y en el de los llamados orgasmos secos, producidos por traumatismos orgánicos de la producción de semen o por estimulaciones extra genitales-, en la mayoría de los adultos suelen ir asociados. El proceso eyaculatorio está integrado por dos reflejos independientes, pero  coordinados,  que configuran  las dos subfases del mismo: la emisión y la expulsión. La primera consiste en las contracciones reflejas de los músculos lisos de las paredes de los órganos reproductores internos: túbulos del epidídimo, conductos deferentes, vesículas seminales y glándula prostática. Estas contracciones depositan en la uretra posterior una cantidad de semen que no puede salir porque un esfínter vesical interno cierra el paso. La emisión es un reflejo que no produce sensación de placer, sino una ligera señal fisiológica de apremio que Máster y Johnson llamaron sensación de inevitabilidad eyaculatoria.

La emisión va seguida de la expulsión con una diferencia de una fracción de segundo. Se producen contracciones rítmicas de los músculos estriados de la base del pene (el isquiocavernoso y el bulbo cavernoso) con una duración de ocho décimas de segundo entre cada contracción. La función de estas contracciones es doble: por un lado, oprimen los músculos repletos de sangre en la fase de excitación, impulsando ésta por las venas en cantidad e intensidad suficiente para que aquéllos vuelvan a recuperar su estado normal. Por otro, propulsan el semen fuera del pene, en sucesivos chorros. Las contracciones y el riego sanguíneo extra que se producen por todo el cuerpo son las causas de las sensaciones placenteras del orgasmo. La emisión está regida por el sistema neural simpático, que favorece la estimulación de los receptores adrenérgicos alfa de los músculos lisos genitales, induciéndolos a contraerse. En cambio, la expulsión se rige por los impulsos del parasimpático que provoca un baño de endorfinas por todo el cuerpo con sus efectos sedantes y de saciedad sexual, típicos de la cuarta fase o de resolución.

  1. La fase de resolución: es la de recuperación del estado habitual. La respiración se normaliza, la presión sanguínea recupera su pulso normal, la temperatura desciende a los grados habituales, los músculos recuperan su tamaño y el pene pierde la dureza y el tamaño producidos por la erección y vuelve a contraerse lentamente. Las sensaciones de saciedad sexual y relajación generalizada inducen al macho al abandono de la relación y al sueño.

Esto es algo que no suele ocurrirles a las hembras, cuya fase de resolución es mucho más breve y menos intensa, lo que les permite rápidamente recuperar una nueva respuesta sexual y establecer una nueva cópula con otro macho. En muchas especies animales, esta diferencia de resolución en los machos y en las hembras suele ser especialmente peligrosa para aquéllos, ya que la hembra recupera su sistema de agresión defensiva y se revuelve contra el macho causándole todo tipo de heridas, como ocurre con los felinos, o incluso la muerte, como ocurre con la mantis religiosa.

Las conductas reflejas biológicas de la pulsión copulatoria han sufrido un lento proceso evolutivo de condicionamiento a consecuencia de los cambios habidos en el ecosistema y las relaciones dialécticas establecidas entre el medio y el cuerpo del individuo. Así, desde las especies animales cuya organización celular es más simple (tienen una pulsión copulatoria rígidamente instaurada, regida por la actividad hormonal, y sns conductas reflejas se atienen estrictamente a las pautas instintivas preestablecidas en el código genético), hasta las especies animales de organización celular más compleja, como los monos y los humanos, se han producido una liberación paulatina de la esclavitud hormonal y un aumento de la capacidad de aprendizaje, con la consiguiente modificación de la conducta sexual y reproductiva. De este modo, como han demostrado los ya mencionados experimentos de Harlow y otros con distintas especies de monos, mientras que las conductas internas de la respuesta sexual siguen el patrón filogenético de la pulsión copulatoria, en cambio, las conductas de elección de objeto, de cortejo, de caricias eróticas y de posturas coitales dependen cada vez más de lo aprendido en el grupo de adultos en el que se crece que de lo recibido a través de los patrones instintivos.

 

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