LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN(VI): Anatomía y Fisiología de la sexualidad

Julián  Fernández de Quero

LA ENERGÍA VITAL: FUENTE DE SEXUALIDAD

La base biológica de la sexualidad es la energía vital producida por la oxidación que las células realizan de los componentes químicos que les llegan del exterior en forma de alimentos. Es el principio de la vida de todos los seres orgánicos.

Las células se agrupan en órganos y sistemas con funciones específicas, como la de hacer acopio de sustancias externas que, previamente digeridas y metabolizadas, son asimiladas por las células para producir energía. Si los alimentos que se ingieren producen menos energía de la que se gasta en obtenerlos, el individuo muere; en cambio, si los alimentos ingeridos producen igual cantidad de energía que la que se gasta en obtenerlas, el individuo sobrevive, ya que logra el proceso de reposición, pero, al carecer de energía excedente, no se reproduce y, por tanto, se extingue como especie. Sólo cuando la energía aportada por los alimentos es superior a la que se gasta en obtenerlos, es decir, cuando las necesidades primarias están cubiertas, es cuando se produce una cantidad de energía excedente que el individuo (en el caso de las especies animales) dedica a dos funciones: curiosear para hallar nuevas fuentes de alimentos y reproducirse para sobrevivir como especie.

Los estudios etológicos y biológicos (según Lorenz y Cordón) han comprobado fehacientemente este proceso.  Hay una relación de causa- efecto entre la reserva de grasa y las épocas de celo. En todas las especies animales, el celo suele coincidir con las estaciones del año en las que abunda la comida. Los seres humanos somos omnívoros, es decir, comemos de todo. Esta variedad de fuentes alimenticias nos permite mantener una reserva de energía excedente constante y, por ello, nuestro celo es permanente: nuestra energía sexual dedicada a desarrollar actividades placenteras de curiosidad y de reproducción es inagotable.

Los productos de la energía excedente

La creatividad surge de la curiosidad, y de aquélla, la cultura y la civilización. De la reproducción permanente derivan la explosión demográfica, el hacinamiento, el agotamiento de los recursos alimenticios, los conflictos derivados de su apropiación, las guerras y las clases sociales. Como muy bien ha analizado Marvin Harris, los principales problemas con que se ha enfrentado la humanidad, desde tiempos prehistóricos, han sido la reproducción incontrolada y los modos y maneras de controlarla. Esta labor, constante durante milenios, de control de la natalidad, por un lado ha permitido desarrollar ritos y costumbres sociales represores de la actividad sexual (como los tabúes, la virginidad, el celibato, el voto de castidad, la infibulación) y, por otro, ha generado conductas y fines sexuales independientes de la reproducción, convirtiendo la sexualidad humana en una capacidad polimorfa y plurifuncional.

Así pues, la base biológica de la sexualidad es la energía excedente. Una primera conclusión que se extrae de lo dicho para nuestra salud sexual es la importancia de estar bien alimentados tanto cualitativa como cuantitativamente. La alimentación es el elemento básico para desarrollar el sexo. Por otro lado, el sexo es un componente esencial para la salud general del individuo, en la medida en que su práctica permite descargar la energía excedente. Seguramente alguna vez nos hemos sentido, después de una práctica sexual, relajados, tranquilos, con una gran sensación de bienestar y placidez. En esos momentos nos reconciliamos con la humanidad y el mundo nos parece más hermoso, hasta pacífico.

Wilhelm Reich consideró que cuando el sexo es reprimido, la energía se contiene y se transforma en una agresividad que puede dirigirse hacia uno mismo o hacia los demás. La sabiduría popular ha intuido bien esta relación cuando le atribuye a alguien un carácter «avinagrado y hosco» y le recomienda «hacer el amor más a menudo».

La descarga energética sexual favorece el sistema físico general, tonifica los músculos, facilita la circulación sanguínea, la oxigenación del cerebro, la respiración y el equilibrio hormonal. Muchas mujeres saben que la práctica sexual alivia los dolores premenstruales, combate las migrañas y facilita el desarrollo del embarazo.

Sin embargo, lo dicho no debe inducirnos a creer que el sexo es imprescindible. Las necesidades primarias como comer, dormir o recibir calor deben ser satisfechas obligatoriamente. Son cuestiones de vida o muerte, ya que responden a carencias energéticas. Pero el sexo, como ya hemos visto, no responde a carencias, sino que utiliza energías excedentes y es, pues, un lujo de la naturaleza, algo gratuito y superfluo.

La energía excedente, en tanto que no es necesaria, puede emplearse en múltiples actividades placenteras. Freud acuñó el concepto de sublimación, entendiendo por tal cuando la energía excedente se expresa en una actividad distinta de la sexual. Así, hay personas que gozan tanto con su trabajo, con la cultura, con la política, o con cualquier otra actividad, que prescinden del sexo sin que ello conlleve ningún perjuicio grave para su salud.

 «Siempre volando»

Antonio y Luisa vienen a la consulta preocupados porque la frecuencia de sus relaciones sexuales ha descendido paulatinamente hasta el momento actual, en que ha quedado reducida a una vez al mes o cada quince días. Pero lo que más les preocupa es que ambos son conscientes de que no sienten deseo de provocarlas, de tal manera que las últimas que han mantenido se han producido más por autoimposición que por deseo. No entienden cómo les ocurre esto cuando llevan sólo cuatro años de casados, se quieren muchísimo y, además, son jóvenes y no padecen ninguna enfermedad reconocida. Al pasar sus historias psicosociales, al terapeuta le llama la atención el ritmo de vida que llevan. Antonio, de veintiocho años, trabaja en una sucursal bancaria de administrativo desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. Come fuera de casa y por la tarde lleva dos contabilidades de empresas pequeñas. Vuelve a casa sobre las ocho de la noche y prepara la cena mientras llega su mujer. Luisa, de veintiséis años, trabaja de manceba en una farmacia, en jornada partida: de diez a dos por la mañana, y de cinco a nueve por la tarde. Come en casa y aprovecha ese tiempo intermedio para las tareas domésticas, «siempre volando», como confiesa ella. A las nueve regresa a casa, cena con su compañero y aprovecha la sobremesa para descansar un poco mientras ven la televisión. Ambos se encuentran insatisfechos con su cualificación profesional. Tienen grandes aspiraciones sociales, y pretenden mejorar su posición y su nivel de vida, «aunque –dicen- ahora ganamos lo suficiente para vivir desahogados, pero no es por el dinero». Para ello, se han marcado como objetivo estudiar una carrera universitaria, y están preparándose para hacer el examen de ingreso para mayores de veinticinco años. Han emprendido esta labor con entusiasmo y, ya que durante el día no tienen tiempo, estudian por la noche, metidos en la cama, hasta que el sueño los rinde. Mu­chas noches se quedan dormidos con los libros abiertos y la luz encendida. A la vista de estos datos, el terapeuta les plantea la posibilidad de que su falta de deseo sexual sea debida al cansancio producido por su intensa activi­dad laboral y al gasto de energía que efectúan en los es­tudios. Les sugiere que modifiquen sus hábitos, que se organicen de forma que tengan más tiempo libre para descansar y disfrutar, aunque eso suponga una renuncia parcial a su nivel de vida y una razonada postergación de sus aspiraciones sociales.

Como Antonio y Luisa, hay millones de personas en nuestra sociedad que gastan su energía excedente en com­petir y consumir para satisfacer deseos secundarios artifi­cialmente creados por la sociedad. Sobre todo, los varones están sobre-estimulados para caer en el pluriempleo, en las jornadas agotadoras o en los trabajos altamente motivan­tes que requieren toda su energía. Como enuncia el Prin­cipio de Peter (6), esta sociedad, jerarquizada verticalmente, predispone a los hombres a consumir mucha energía en competir con sus iguales, con el objetivo de dejar de serlo y con la permanente frustración de que, después de cada batalla ganada, siempre haya alguien por encima. Por ello, la actividad sexual que muchas de estas personas realizan, la viven más como un acto de desahogo de tensiones, de cumplimiento de su pulsión copulatoria, que como una realización de sus verdaderos deseos de gozar.

(6) Principio de Peter. En una sociedad jerarquizada verticalmente cada individuo va subiendo en el escalafón profesional hasta llegar al nivel de su  incompetencia y en este nivel se queda.

 

CEREBRO  Y HORMONAS: LA ESPECIALIZACIÓN  DE LA RESPUESTA BIOLÓGICA

Los elementos fisiológicos que intervienen en la dis­tribución orgánica de la actividad sexual no están todavía suficientemente estudiados, aunque en las dos últimas décadas se han producido importantes avances y descubrimientos que nos permiten tener una idea bas­tante aproximada de este proceso. Como sabemos, el sentimiento de placer o displacer que puede provocar cualquier actividad está regido por los centros cerebrales del placer y el dolor, situados en el sistema límbico, con importantes núcleos en el hipotála­mo y en la región preóptica.  El sistema límbico está lo­calizado en la periferia del cerebro y es un sistema arcai­co que rige y organiza un tipo de comportamiento que asegura no sólo la supervivencia individual, sino tam­bién la reproducción de la especie. Para el logro de estos fines contiene el aparato neural que genera y regula las emociones y las motivaciones. El científico español José M. R. Delgado, neurofisiólogo de la Universidad de Ya­le, ha descubierto los centros del placer durante su in­vestigación con Macacus rhesus. Así lo cuentan Julius Fast y Meredith Bernstein en su libro  “Química sexual”: “Perforó el cráneo de un macaco e insertó una diminuta sonda en la zona del sistema límbico del cerebro conocida como centro del placer. Lo equipó con un mecanismo que produjo un estímulo en el centro del placer del macaco, en la sede de la satisfacción emocional. Al observar el ingenio del doctor Delgado, vi que el macaco presionaba repetidamente una palanca que enviaba hacia su cerebro un diminuto impulso eléctrico.

-Renunciará a la comida, a la bebida y a todo por mantener ese estímulo emocional -explicó el doctor Delgado. ¡Es capaz de matarse de placer! “

El amor, tributario de los elementos químicos

Los centros cerebrales del placer y el dolor están ampliamente conectados con el resto de circuitos cerebrales e intervienen en todas las actividades de los seres vivos mediante el ejercicio de dos funciones básicas: una de activación y aceptación, y otra de inhibición y rechazo. Para cumplir estas funciones, el sistema neurovegetativo se organiza en dos redes neurales paralelas y complementarias: el simpático y el parasimpático. El primero transmite las conductas reflejas de actividad, motricidad, euforia, alerta, dolor, etc.; el segundo, las de relajación, calma, placer, quietud, etc. Las conexiones que transmiten los mensajes entre unas neuronas y otras se efectúan mediante elementos bioquímicos producidos por ellas mismas. Son los neurotransmisores y las hormonas.

El doctor Michael R. Liebowitz considera que el amor es tributario de unas poderosas perturbaciones de los elementos químicos normales en el cerebro, y señala que existen más de treinta neurotransmisores que establecen puentes en las sinapsis de las células nerviosas. Dos de ellas, la serotonina y la dopamina, afectan a los centros de placer y dolor del cerebro y son directamente responsables de lo que sentimos cuando nos enamoramos: la respiración y el pulso se aceleran, y se experimentan sensaciones de euforia, ganas incontenibles de hablar, osadía para llevar a cabo actividades que en otros momentos no nos atreveríamos a emprender, excitación y bienestar.

Las células recogen los mensajes a través de puertas químicas, cuyas cerraduras sólo pueden abrir las llaves específicas de cada una. Estas llaves son las hormonas, de las que existen dos grandes grupos, las adrenalinas y las endorfinas, muy importantes en la actividad sexual y reproductora humana. Las adrenalinas están en la base de las conductas activas, enérgicas, agresivas, ansiógenas y del miedo; y las endorfinas se encuentran en la base de las conductas placenteras, relajadas, eufóricas y de alivio del dolor. Son nuestros opiáceos naturales, como la morfina y la heroína, pero con una potencia cientos de veces superior a éstas. Como ellas, crean adicción, y por eso sirven para fijar las conductas positivas que ayudan a sobrevivir: por ejemplo, la conducta de chupar y succionar que realiza el bebé, imprescindible para su alimentación durante los primeros meses de vida. Esta conducta se fija y repite gracias al placer que desarrollan las terminaciones nerviosas sensitivas del niño en contacto con la piel materna, y a las descargas de en­dorfinas que se producen cuando el hambre ha sido calmada. Fueron descubiertas· hace dos décadas, y actualmente se sabe que están presentes en todos los seres vivos, desde los unicelulares, como los protozoos, hasta los más evolucionados, como el ser humano.

Los placeres de alimentarse, de reproducirse o de estar tumbado al sol van asociados a dosis de endorfinas internas. El trauma de una caída, de una enfermedad o de cualquier otra experiencia negativa viene acompañado de bajadas en los niveles de endorfinas. Es lo que los psicólogos llamamos refuerzos positivos y negativos, que, dentro del grupo de las adrenalinas, los andrógenos y lo estrógeno son hormonas que actúan se graban en la memoria y modulan el comportamiento para el futuro. También se sabe que directamente en el funcionamien­to sexual y reproductor.

La testosterona, por ejemplo, interviene sobre todo en el desencadenamiento de las conductas reflejas de la pulsión copulatoria, necesaria para la reproducción. Se produce en las glándulas testiculares y en las cápsulas suprarrenales. y se da en mayor cantidad en los machos, lo que induce a éstos a las conductas de penetración, mientras que dosis menores inducen a las hembras a conductas receptivas.

Las posteriores y más recientes investigaciones han servido para ir reconociendo y nombrando hormonas y neurotransmisores específicos que pertenecen a los grupos genéricos de las adrenalinas y las endorfinas. Así, se sabe que hay una sustancia, la feniletilamina, que se encuentra en la base de las sensaciones orgásmicas y del enamoramiento. Otra hormona, la oxitocina, ha sido llamada la hormona de la satisfacción, pues se ha descubierto que es la única sustancia cuyo nivel en sangre aumenta durante el orgasmo en proporciones altas. La oxitocina es una hormona segregada por la glándula pituitaria cerebral, y desde hace tiempo se conocía su papel en la estimulación muscular pélvica durante el parto; pero ha sido recientemente cuando se la ha asociado con conductas de apareamiento, orgásmicas y de crianza. Asimismo, se ha descubierto un gas natural, fabricado en los centros sexuales y reproductores del cerebro, llamado óxido nítrico, que interviene en el proceso erectivo. El pene, en su estado habitual, se encuentra contraído y tenso para reducir su tamaño, facilitando su protección y la libertad de movimientos. El inicio de la respuesta sexual refleja provoca la producción en pe­queñas dosis de este gas, que es el encargado de relajar los tejidos genitales de manera que se produzca el aporte de sangre suficiente para la erección.

Resumiendo, los neurotransmisores y las hormonas, además de otras sustancias, forman la base biológica de las conductas reflejas sexuales y de las emociones. El cerebro es el auténtico órgano sexual y afectivo. Todos los impulsos se hallan regulados por un doble mecanismo: la búsqueda del placer y la evitación del dolor. De hecho, todo el comportamiento humano se encuentra organizado en torno a la búsqueda del placer y la evitación del dolor. El impulso sexual parece responder más al placer que al dolor de modo que, por un lado, todo el proceso del comportamiento sexual requiere ser placentero, algo que no ocurre para el logro de otros objetivos, y, por otro, la frustración sexual, aunque no sea placentera, no produce la misma intensidad de dolor y sufrimiento que otras conductas negativas. Sin embargo, también existe una conexión entre el impulso sexual y el centro del dolor, ya que está suficientemente demostrado que el dolor y la ansiedad inhibe el deseo sexual.

 

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