SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (V): El erotismo de nuestros mayores

Julián  Fernández de Quero

A partir de los cincuenta años, los varones españoles suelen reflejar en su comportamiento sexual las secuelas de modelos en vías de desaparición. Se trata de personas con una infancia y una juventud malogradas por las condiciones históricas que les tocó vivir (economía rural, valores puritanos, educación sexista, franquismo, etc.); personas que reflejan en sus conductas y actitudes todos los mitos y prejuicios heredados de una España oscurantista y analfabeta, es decir, tercermundista. De los cambios sociales habidos durante los últimos veinte años, han asumido algunas cosas, aquéllas que podían tomar sin demasiado esfuerzo psíquico; pero la mayoría de las respuestas suponen un claro cambio de signo en relación con las de las generaciones posteriores.

Un perfil tradicional

Así, en cuanto a la imagen que tienen de ellos mismos, en general no se sienten atractivos ni creen que los demás les vean con mejores ojos. Sin embargo, dicen sentirse seguros con la imagen de su cuerpo, tanto vestidos como desnudos, lo que seguramente significa que los factores atractivos que ellos consideran no son físicos, sino de otro tipo. Se dividen en casi tres tercios en cuanto a la vergüenza que pueden sentir al desnudarse delante de alguien: un tercio la siente incluso delante de un familiar; otro tercio delante sólo de una persona des­conocida; y el último tercio, en ningún caso.

Sobre su cuidado personal las respuestas coinciden más con los otros tramos de edad, aunque en este caso se acercan las mayorías y las minorías. Un 57 por ciento dice prestar mucha atención a su cuidado personal, y un 41 por ciento no se la presta nada o casi nada. Para ellos, la higiene es el elemento más importante en este cuidado, y mientras un 48 por ciento considera que ofrece una imagen muy cuidada a los demás, el 43 por ciento la considera sólo medianamente cuidada. Las partes del propio cuerpo que más gustan son la cara, el pecho y, en tercer lugar, los genitales (a los que dan más importancia que las generaciones más jóvenes); las que menos, el culo y las extremidades. De las mujeres, las zonas que les resultan más atractivas son el pecho, la cara, el culo y las caderas, por este orden. En cuanto al grado de sensibilidad de la piel, vuelven a repartirse en tres tercios, según lo consideren alto, medio o bajo.

Es decir, que los varones mayores de cincuenta años, se sienten poco atractivos y piensan que los demás también los ven así. Entre ellos es mayor el porcentaje de los que prestan poca o ninguna atención a su cuidado personal, y centran éste fundamentalmente en la higiene, despreciando el atuendo y el ejercicio físico. Dan, por lo general, más importancia a sus genitales como elemento atractivo, y de las mujeres valoran los culos y las tetas, por encima de cualquier otra consideración. Es un perfil claramente tradicional.

El varón activo

Las actividades sexuales autoeróticas de los adultos se iniciaron también mayoritariamente en la adolescencia, pero aumenta el porcentaje de los que las iniciaron en la adultez (hasta un 23 por ciento). Asimismo son mayoría los que declaran que su frecuencia masturbatoria inicial no pasaba de las dos o tres veces a la semana y en la actualidad no se masturban, aunque hay un 34 por ciento que dice hacerlo entre tres veces y menos de una vez al mes.                 Ante la cuestión de si la masturbación debe cesar cuando hay relaciones de pareja, se reparten en tres tercios: los que consideran que sí, los que consideran que no y los que se muestran indiferentes al tema. Se mantiene la mayoría de los que dicen haberse sentido culpables por sus prácticas masturbatorias, y desciende el porcentaje de los que dicen que no, mientras que está de acuerdo con que la masturbación es sana un 52 por ciento.

En cuanto a las relaciones sexuales con personas del otro sexo, en su gran mayoría los varones mayores dicen haberlas tenido y haberlas comenzado entre los quince y los diecisiete años. Valora sus primeras experiencias como satisfactorias un 46 por ciento; y como insatisfactorias, un 11 por ciento, que reconoce como causas de la insatisfacción el miedo, la vergüenza y el sentirse violento, por este orden. El papel que adoptan en las relaciones sexuales es mayoritariamente activo; y con respecto a sus compañeras, las opiniones se agrupan de nuevo en tres tercios: el de los que las consideran activas, el de los que las consideran pasivas y el de los que no saben o no contestan. Las relaciones sexuales se dan, según la mayoría, por deseo de ambos, aunque hay un 20 por ciento que declara que sólo cuando le apetece al encuestado. Siempre acceden a los deseos de la compañera, y la frecuencia de las relaciones se sitúa para la mayoría entre tres veces y menos de una vez al mes, lo que significa un claro descenso de la actividad sexual en relación a las generaciones posteriores. En sus relaciones predomina, por lo general, tanto lo afectivo como lo sexual, pese a que hay un aumento considerable de las respuestas que indican un predominio de lo afectivo sobre lo sexual. La mayoría se considera capaz de tener relaciones sexuales sin afecto, aunque un abultado 42 por ciento rechaza esa posibilidad.

La belleza ante todo

Un cambio de signo significativo en el comportamiento sexual de los varones mayores con respecto a las generaciones posteriores se da cuando valoran la belleza física como la cualidad imprescindible que tiene que tener la mujer a la hora de elegir pareja, y sólo en segundo y tercer lugar, respectivamente, los intereses comunes y la simpatía. La inteligencia queda en el último puesto.

Mayoritariamente confiesan que nunca han propuesto relaciones sexuales cuando una persona les ha resultado atractiva, mientras que a su pareja se lo proponen, por lo general, mediante besos y caricias: muy pocos se atreven a plantearlo directamente. Comunican sus deseos a sus parejas durante las relaciones sexuales (siempre u ocasionalmente), con gestos y palabras, aunque hay un 27 por ciento que nunca lo hace. Como las generaciones de varones posteriores, consideran que las cualidades de una buena amante son, en primer lugar, la ternura y la comprensión; pero a continuación de éstas valoran la resistencia física, una cualidad apenas apreciada por los más jóvenes.

En general, se consideran buenos amantes; creen que la responsabilidad del varón en las relaciones sexuales ha aumentado; opinan que su vida sexual actual es igual que en el pasado y, aunque desearían que en el futuro fuera mejor que hoy, la valoran como satisfactoria, con un menor porcentaje de insatisfechos que en las generaciones más jóvenes.

El horario habitual de sus relaciones sexuales suele ser por la noche, aunque desearían no tener ninguno en especial. La duración de sus relaciones va de los diez a los cuarenta minutos, pero es más numeroso el grupo de los que invierte entre diez y veinte minutos. El tiempo empleado la mayoría lo valora como bueno, y casi un tercio dice que es escaso. Todas las técnicas sexuales les gustan, pero se recogen porcentajes muy bajos con respecto a las caricias y la seducción, técnicas que no usan con frecuencia. En las caricias se consideran muy o medianamente hábiles, y practican preferentemente el coito, que una mayoría dice utilizar siempre. Las respuestas se diversifican ante la pregunta de si masturban a su pareja en las relaciones sexuales, con grupos casi iguales entre los que dicen que siempre, a veces y nunca. Prefieren, como postura coital, la tradicional del hombre encima de la mujer.

Fantasías y mitos sexuales de los mayores

La casi totalidad de los varones mayores tiene fantasías sexuales, pero sólo ocasionalmente las llevan a la práctica, y aproximadamente un tercio nunca lo hace. Las respuestas se diversifican también en cuanto a si incluyen a su pareja en las fantasías, y vuelven a ser mayoría los que sí incorporan el coito en ellas. Nunca han sentido angustia ante sus fantasías sexuales; la pornografía les excita y consideran que no debe estar prohibida; han entrado en un sex-shop y les ha gustado; han comprado revistas eróticas; no han tenido experiencias de sexo en grupo y, si les invitaran a tenerlas, las rechazarían.

En cuanto al tema de la fidelidad y la infidelidad los mayores españoles valoran de forma negativa, en un 29 por ciento, que su pareja haya tenido relaciones sexuales antes de conocerlos, aunque la mayoría sigue manifestando que no sabe cómo lo valoraría. Sin embargo, casi el 50 por ciento ha mantenido relaciones fuera de su pareja, surgidas de forma espontánea, por lo general con una amiga, aunque hay un 16 por ciento que acudió a la prostitución. Son mayoría los que aceptarían tener relaciones sexuales fuera de la pareja si se lo propusieran, y los que consideran que, en cuanto a libertad sexual, España es un país corriente, aunque hay un 22 por ciento que piensa que es muy liberal. La mayoría ha pagado por tener relaciones sexuales en algún momento de su vida, y afirma que la prostitución debería estar permitida.

Por último, en relación a los mitos más populares, en los varones mayores españoles hay división de opinión acerca de si las mujeres eligen a los hombres por sus cualidades intelectuales. En cambio, muestran una aceptación mayoritaria del mito según el cual los hombres eligen a las mujeres por sus cualidades físicas. También hay división de opiniones ante la pregunta de si es el hombre o la mujer quien tiene mayor capacidad se­xual. Consideran mayoritariamente que «no hay mujer frígida sino hombre inexperto»: piensan que el tamaño del pene influye decisivamente en el placer de la mujer, y que tener relaciones sexuales durante la regla es perju­dicial; declaran que la homosexualidad es un trastorno de la conducta y, en fin, creen que las relaciones sexua­les entre una mujer mayor y un hombre joven no pue­den ser satisfactorias, pero sí las que se establecen entre un hombre mayor y una mujer joven.

Conclusiones

Los varones españoles mayores de cincuenta años están fundamentalmente influidos en su comportamien­to sexual por el modelo burgués-tradicional, con actitu­des machistas más declaradas y asumidas que las de las generaciones más jóvenes. Contemplan a las mujeres como objetos sexuales, pasivos, cuyas mejores cualida­des son las derivadas de la belleza física y no de la inte­ligencia, que deben permanecer vírgenes hasta el mo­mento del matrimonio, que poseen una capacidad sexual menor que la del hombre y cuyo placer depende de la experiencia del hombre y del tamaño de su pene. Como consecuencia de una socialización moralista y machista y una ausencia de conocimientos científicos se­xológicos, asumen los prejuicios tradicionales en rela­ción a la menstruación, la homosexualidad, la capacidad sexual de la vejez, la masturbación, etc.

Por otro lado, la pulsión copulatoria se manifiesta más arraigada en ellos, tanto por el mayoritario uso de la prostitución como por la importancia que le confie­ren al coito y al pene en las relaciones sexuales. El me­nor tiempo de duración de sus relaciones sexuales tam­bién demuestra que las mismas son pobres en caricias y directamente dirigidas a la cópula. Esta falta de riqueza y variedad erótica en las relaciones influye en la progre­siva disminución de la frecuencia de las mismas, que ya no se mide por el número de veces a la semana, sino al mes. A pesar de ello, al no cuestionarse las normas y los valores del modelo, al tenerlo perfectamente asumido e interiorizado, la mayoría se muestra satisfecha con la vi­da sexual que lleva, y sólo una minoría manifiesta su in­satisfacción.

A MODO DE REFLEXION GENERAL

Los estudios estadísticos nos presentan, en términos generales, una sexualidad masculina positiva, bien desa­rrollada y con un elevado grado de satisfacción. A pe­sar de las circunstancias sociales que los varones espa­ñoles han vivido y de los modelos de socialización que han sufrido, no parece que la influencia puritana y mo­ralizante haya hecho demasiada mella en sus comporta­mientos, algo que es característico de los países medite­rráneos y tropicales, en los que las influencias religiosas no logran profundizar en el troquelado de las conductas y de las actitudes sexuales, sino que son asumidas como un barniz cultural más bien folclórico, bajo cuyas capas se desarrollan los deseos vitales del goce de vivir, algo de lo que la literatura autóctona ha dejado sobradas muestras a través de los siglos. La propia Iglesia católica española ha sido mucho más permisiva y tolerante con los pecados de la carne que las puritanas iglesias protes­tantes, con mayor arraigo en los países anglosajones y no demasiado éxito en los mediterráneos.

 

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