LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (IV): La sexualidad de los adultos

Julián Fernández de Quero

     Si la etapa de la adolescencia es la de las iniciacio­nes, la etapa adulta es la de la consolidación del com­portamiento sexual, tanto por el número y variedad de experiencias eróticas como por la creación de parejas es­tables y la consolidación de aquéllas que comenzaron en la etapa anterior. Incluso, en la primera mitad de esta etapa es cuando se llevan a la práctica la mayor parte de los proyectos de formación de familias, con los consi­guientes rituales nupciales, etc.

     Según los estudios en los cuales nos estamos apo­yando, los adultos españoles, en su mayoría, se sienten atractivos, creen que lo son para los demás, y se encuen­tran seguros con la imagen que tienen de su cuerpo, tanto vestidos como desnudos. Aunque, por lo general, sentirían vergüenza de mostrarse desnudos delante de algún familiar y de algún desconocido, una importante minoría no tendría ningún pudor por exhibir su desnu­dez ante quien fuera. Las partes de su cuerpo que más les gustan son la cara, los brazos, las piernas y el pecho y sólo un 12 por ciento menciona expresamente los ge­nitales. En cambio, las zonas que menos les gustan de sí mismos son el culo y las caderas.

     Este evidente y sano narcisismo desmiente el tradi­cional desapego que los hombres han tenido por su be­lleza personal. Aquello de “El hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso” ya no tiene muchos seguidores entre los adultos, que se preocupan por hacer ejercicio físico, vestirse a la moda y cuidar de su aspecto perso­nal, con la indudable intención de sentirse atractivos y seductores. Tanto es así, que ante la pregunta de si prestan atención a su cuidado y arreglo personal, res­ponden que mucha, y consideran que las cosas más im­portantes de los mismos son la higiene, el atuendo y el ejercicio físico. Además, la mayoría piensa que los otros ven su aspecto personal muy o medianamente cuidado, y sólo un 10 por ciento cree que ofrece una imagen poco cuidada.

     Esta atención hacia la propia estética es uno de los más claros exponentes de la evolución masculina a acti­tudes más andróginas, que antes eran del dominio casi exclusivo de las mujeres y de las elites dominantes. La estética es un elemento más de lo que, en términos mo­dernos, se llama calidad de vida, y a lo largo de la histo­ria la mayor parte de los hombres han desarrollado ac­tividades centradas en valores de fuerza, rudeza y supervivencia, en condiciones poco aptas para dedicar tiempo al cuidado y aseo personal. Sólo las mujeres (obligadas por el carácter privilegiado que la belleza físi­ca tenía en ellas como medio de promoción social) y los hombres poderosos y acomodados (que disponían de tiempo y recursos) han cultivado su estética a través de los tiempos

       Lo que se produce ahora en las sociedades desa­rrolladas es lo que bien podemos llamar la democrati­zación de la estética. Las necesidades del mercado, por un lado, y un nivel de vida más elevado para el con­junto de la población de estas sociedades, por otro, junto con el cambio de las actividades masculinas, que ya no están centradas en el esfuerzo físico ni en los lí­mites de la supervivencia, han generado una socializa­ción de los valores estéticos, tal como nos presentan los estudios, cuyo máximo exponente son las modas juveniles. Aunque la moda unisex no se haya implan­tado de forma permanente y global, sí ha influido en multitud de aspectos, como el cuidado del cabello, la cosmética, el predominio del disfraz sobre el uniforme en la vestimenta, la profusión de abalorios y el cuida­do del cuerpo.

     La cara negativa de esta preocupación por la estéti­ca es que también genera complejos cuando los varones creen que no responden al modelo que la sociedad pro­pone. Así, tenemos una minoría muy abultada de varo­nes que no se encuentran atractivos o que piensan que no lo son para los demás, que se sienten poco seguros de la imagen que tienen de su cuerpo y que consideran que prestan poca o ninguna atención a su cuidado y arreglo personal.

El pasado sexual de los adultos

       La mayoría de los adultos declara que su primera experiencia sexual la tuvo en la adolescencia, aunque una cuarta parte dice que comenzó en la infancia, y ca­da uno de estos grupos señala como edad de inicio de la masturbación de los doce a los catorce años y de los nueve a los once años, respectivamente. La frecuencia masturbatoria era, al principio, de dos a tres veces a la semana, de una vez al día o más, y de cuatro a cinco ve­ces a la semana, según los grupos de respuesta. En la ac­tualidad no se masturban, lo hacen una vez a la semana o (los porcentajes más numerosos) de dos a tres veces a la semana. La mayoría piensa que la masturbación no tiene por qué cesar cuando se tienen relaciones sexuales con otra persona, y que es una actividad erótica sana. En cuanto a los sentimientos de culpa, hay división de opiniones: la mitad dice no haberse sentido culpable por la práctica de la masturbación, mientras que casi la otra mitad confiesa haberse sentido culpable. Es evidente que la masturbación está perfectamente integrada en el comportamiento sexual de los adultos -algo en lo que difieren poco de otras generaciones- y que se van supe­rando, poco a poco, los viejos prejuicios sobre la insalu­bridad o la perversidad de dicha práctica autoerótica. El hecho de que todavía la mitad de los adultos haya vivi­do sentimientos de culpa nos dice mucho de la ausencia de una auténtica educación sexual en nuestro país y de los criterios morales que han dominado en un todavía reciente pasado.

     En cuanto a las relaciones sexuales con otras perso­nas, los adultos españoles las han tenido en su inmensa mayoría. Comenzaron a tenerlas entre los quince y los diecisiete años. Eran de carácter heterosexual para el 77 por ciento, y homosexual para el 12 por ciento. En gene­ral, las valoran como satisfactorias o algo satisfactorias, y sólo un 4 por ciento declara que fueron insatisfactorias, alegando como causas el miedo, la vergüenza y el sentirse violento durante la relación.

EL IDEAL DE PAREJA Y LAS PRÁCTICAS SEXUALES

     Los datos sobre las relaciones sexuales actuales nos dan un perfil interesante de los varones. Para empezar, la mayoría de ellos considera que los rasgos principales e imprescindibles que debe poseer la otra persona para sentirse atraídos por ella son la simpatía, la inteligencia y los intereses comunes. La belleza física la mencionan en cuarto lugar, y sólo un 18 por ciento. Si tenemos en cuenta que vivimos en la llamada sociedad de la imagen, en la cual los aspectos físicos han cobrado una impor­tancia extraordinaria, esta predilección por cualidades psíquicas, como la simpatía y la inteligencia, o sociales, como los intereses comunes, demuestra un grado de rna­durez estupendo y la gran influencia que están teniendo en las nuevas generaciones las políticas de igualdad en­tre los géneros y el cambio de papel otorgado a las mu­jeres y a los hombres.

     Este cambio de actitudes se refleja, en mayor o me­nor medida, en el resto de los datos. Así, cuando se sienten atraídos por alguien, la posibilidad de proponerle re­laciones sexuales divide a los hombres en tres tercios: los que hacen proposiciones siempre, los que las hacen oca­sionalmente y los que no las hacen nunca. La diversidad de actitudes refleja una ruptura con el estereotipo tradi­cional del macho cazador, que siempre está olfateando la presa y que se siente de alguna manera obligado a se­ducir a toda mujer. Actualmente, los varones revelan una mayor capacidad de selección y de reflexión a la hora de proponer relaciones, que se correlaciona perfec­tamente con las respuestas anteriores sobre los rasgos que consideran imprescindibles.

     La manera de seducir y de comunicar a la otra persona que se desea tener relaciones sexuales suele ser por medio de besos y caricias o bien coqueteando e insi­nuándose; sólo una minoría lo propone directamente. Por lo general, se informa a la pareja de los deseos y gustos propios mediante la utilización combinada de gestos y palabras. Es decir, la mayoría de los varones de­muestra un mayor gusto por el placer que se desprende del erotismo de la seducción y del uso, según convenga, del lenguaje verbal y el no verbal, para convertir en coti­diano y aceptable el intercambio de contactos físicos que expresan afectos y sensaciones (besos y caricias), rompiendo así, por un lado, con el tabú de los modelos más tradicionales, que establecían una rígida frontera territorial entre los hombres y las mujeres (cuyo contac­to era mínimo hasta que no se cumplían una serie de ri­tos sociales de aceptación) y, por otro, evitando el mo­delo machista del «Aquí te pillo, aquí te mato», del que se siguen dando múltiples ejemplos en las películas y en otras expresiones audiovisuales

       Los adultos españoles se consideran sensibles de piel y hábiles en acariciar, en las relaciones sexuales adoptan un papel activo, su pareja también es activa y se relacio­nan con ella por el deseo de ambos y accediendo a las peticiones de ella. Aunque consideran que pueden tener relaciones sin sentir afecto por su pareja, en las que mantienen predominan lo afectivo y lo sexual mezcla­dos. Además, piensan que las cualidades principales que adornan a una buena amante son la ternura, la com­prensión, el gusto por experimentar y el entusiasmo.

       Es decir: los hombres han asumido muy bien que las mujeres poseen una sexualidad y tienen derecho a ser activas en las relaciones y a expresar sus deseos, algo que rompe totalmente los estereotipos tradicionales de la mujer pasiva, asexuada y sumisa a sus deseos. Por otro lado, se confirma que su grado de autoestima es bueno, que manifiestan una curiosa contradicción entre la opinión de que pueden tener relaciones sexuales sin afecto y la experiencia real de mantenerlas con él, y que además consideran la ternura y la comprensión como las mejores cualidades de una buena amante.

     Es como si se mantuviera la fantasía del macho ca­zador y promiscuo, que en la realidad no existe. Todos los estudios confirman que los varones suelen tener una conducta sexual monógama sucesiva y son muy pocos los que mantienen relaciones sexuales promiscuas. En el mismo sentido van las respuestas a la pregunta de si han mantenido relaciones sexuales en grupo. La gran mayo­ría dice que no ha tenido esa experiencia sexual, aunque confiesa que si le invitaran a ella, aceptaría. Hay un cla­ro contraste entre el deseo y la realidad.

     En cuanto a la forma de mantener las relaciones se­xuales, la mayoría de los hombres afirma que la frecuen­cia oscila entre una y cinco veces a la semana, y que le gustan todas las fases de la respuesta sexual. Una mino­ría hace especial hincapié en la penetración, aunque ha­ya tenido experiencias eróticas de otro tipo, como la masturbación mutua, las caricias bucogenitales, etc. Siempre masturban a su pareja durante las relaciones; el coito se realiza casi siempre, y de entre las posiciones coitales, aprecian casi por igual la del hombre encima de la mujer que la de la mujer encima del hombre. El horario habitual para las relaciones sexuales es la noche, aunque se preferiría no tener ninguno en especial. La duración de las relaciones va desde los veinte a los se­senta minutos para la mayoría; tiempo que por lo gene­ral se considera adecuado, aunque hay una minoría del 24 por ciento para la que resulta escaso.

       De todo ello podemos concluir que para la mayoría de los hombres su actividad sexual es satisfactoria, que sus actitudes suelen ser bastante igualitarias y que la fre­cuencia y las formas de relación son similares a las que manifiestan los varones adultos de otros países de nues­tro entorno. En conjunto, se trata de una sexualidad lai­ca y hedonista, poco influida por las represiones sexuales de los modelos clericales, pero algo más por los prejuicios modernos.

Alternativas sexuales

     Un aspecto importante que redunda en favor de la conclusión anterior lo constituyen las fantasías sexuales. La inmensa mayoría declara tenerlas, aunque no las uti­lice, o sólo en ocasiones, durante la relación sexual, mientras que una minoría afirma usarlas siempre. Tam­bién una mayoría lleva a cabo sus fantasías, siempre u ocasionalmente, incluyendo a su pareja en las mismas, integrando el coito como una actividad dentro de la fan­tasía y sin sentir nunca angustia por tenerlas. Los datos reflejan una realidad muy interesante: las fantasías se­xuales de la mayor parte de los varones no tienen el contenido perverso o neurótico de las que son producto de la represión sexual, sino que proceden del sano culti­vo de ese sexto sentido tan creativo y beneficioso que es la imaginación. La ausencia de emociones de miedo, an­gustia o culpa confirma el carácter hedonista de las fan­tasías sexuales.

     Además, la mayoría declara que la pornografía le excita y piensa que no debiera prohibirse; ha comprado artículos eróticos, preferentemente revistas y películas; ha entrado en un sex-shop y le ha gustado (o no ha en­trado por diversas circunstancias, pero le gustaría visitar alguno). Una minoría insignificante, por el contrario, declara que la pornografía le repugna y que debería estar prohibida, que no ha entrado nunca en un sex­shop o ha entrado y no le gustó. Los porcentajes de este tipo de opinión son mínimos: sólo suben a algo más de un tercio en los que no han comprado nunca artículos eróticos.

     En relación al tema de la fidelidad y la infidelidad, lo primero que resalta entre los hombres es el rechazo a contestar sobre un tema que no tienen claro o conside­ran demasiado íntimo y personal. En los estudios, este capítulo es el que alcanza mayores porcentajes en el apartado de los que no contestan. Guiándonos, pues, por los que sí han respondido, destaca la valoración po­sitiva que hacen del hecho de que su pareja haya tenido relaciones sexuales antes de conocerlos, lo que redunda en la idea de igualdad entre géneros: puesto que nunca se ha cuestionado el necesario aprendizaje sexual de los varones antes del matrimonio (en épocas pretéritas era un deber de los padres o familiares adultos facilitar di­cho aprendizaje llevando al joven al burdel), es lógico que una mayor igualdad lleve al reconocimiento de que la mujer tiene la misma necesidad de aprendizaje.

       La mayoría dice también que no ha mantenido rela­ciones fuera de su pareja, aunque una quinta parte aproximadamente sí las ha tenido. Estos declaran que dichas relaciones han surgido de forma espontánea, o, según algunos, han sido provocadas por problemas con su pareja, por el aburrimiento. La mayor parte de las relaciones fuera de la pareja se han mantenido con ami­gas; en segundo lugar, con desconocidas; y en muy pocos casos, con prostitutas. Ante la pregunta: ¿Qué harías si te surgiera la ocasión de mantener una relación fuera de la pareja?, hay un 50 por ciento que no con­testa, una cuarta parte que dice que la aceptaría y otra cuarta parte afirma que la rechazaría. División, pues, de opiniones, que muestra claramente la actitud diferente de los adultos varones, ya no tan uniformemente ma­chistas como los que tienen más edad.

     La gran mayoría no ha pagado nunca por tener rela­ciones sexuales, lo que indica el fin del tradicional ritual de iniciar a los jóvenes en los burdeles, aunque la mayo­ría piensa que la prostitución no debe ser perseguida ni prohibida. Por otra parte, se considera que, en cuanto a la libertad sexual, España es un país corriente: ni muy li­beral, ni muy estricto.

Mitos y prejuicios sexuales

       Por último, en los estudios se intenta descubrir la opinión que tienen los adultos varones en relación a los mitos y prejuicios sexuales más populares. Uno de los primeros temas que se plantean es el de las causas de la elección de pareja. En este sentido, la opinión de la mayoría de los varones es que tanto hombres como mujeres, a la hora de elegir, tienen muy en cuenta el aspecto físico de sus parejas, y menos sus cualidades intelectuales.

     En cuanto a la capacidad sexual, los más jóvenes son de la opinión de que las mujeres la poseen en mayor grado que los hombres, algo que responde al mito moderno, muy divulgado por la sexología clásica, del multiorgasmo femenino, acrecentado aún más por la imaginación pornográfica de la mujer ninfómana. En la misma dirección va el desacuerdo expresado en la frase “No hay mujer frígida, sino hombre inexperto”. Los adultos varones, con muy buen criterio, piensan que las mujeres son dueñas de su propia sexualidad, y que no necesitan un hombre habilidoso para pasárselo bien. Sin embargo, esta buena imagen de la mujer se encuentra exagerada por la influencia de la sexología divulgativa y la deformación pornográfica.

       También muestran un buen grado de información en cuanto a la importancia que pueda tener el tamaño del pene para el logro del placer femenino, ya que la mayoría le niega importancia, algo perfectamente estudiado y corroborado por los sexólogos. La misma opinión informada existe en relación a la posibilidad de que las relaciones sexuales durante la menstruación puedan suponer algún tipo de perjuicio o daño, idea que la mayoría rechaza. Además declaran, en general, que no consideran la homosexualidad como un grave trastorno de la conducta sino como una orientación sexual normal, tal como lo hace el conjunto de la comunidad científica mundial.

     Para terminar, se les pregunta a los hombres sobre algunos prejuicios sexuales relacionados con la tercera edad. Las opiniones aquí se dividen: algo más de un tercio (que formaría el grupo de respuestas mayoritarias) piensa que las relaciones sexuales entre un hombre o una mujer de sesenta años y otra u otro de veinticinco años pueden ser satisfactorias para ellos, la diferencia de edad es una variante que no interviene. Pero un segundo tercio, que forma una minoría abultada, piensa que la edad es un factor a tener en cuenta para que la relación sea o no satisfactoria, mientras que el último tercio prefiere no contestar. Por otro lado, la mayoría considera que en la vejez la sexualidad se ve disminuida.

     Hay, pues, una muestra clara de que la información científica avanza, pero muy despacio: por un lado, no se hace distinción entre géneros para establecer el grado de satisfacción en una relación sexual entre personas de di­ferentes edades, en contra del estereotipo social que acepta que el varón maduro pueda ligar con jóvenes, pero no la mujer madura, más estigmatizada por la opinión pública. Sin embargo, se sigue aceptando la idea de que en la vejez se ve disminuida la sexualidad, lo que revela una concepción de ésta cuantitativa y basada exclusivamente en la relación coitaI, sin tener en cuenta su capacidad de expresarse de múltiples formas, muchas de las cuales (como los afectos y las caricias sensuales no coitales) se ven incrementadas precisamente con la edad.

Conclusiones

     En resumen, los adultos varones españoles parecen más influidos por el modelo capitalista-permisivo y por las nuevas corrientes de la sexología moderna y menos por los mitos y prejuicios puritanos y machistas (aunque estos sigan pesando en algunas valoraciones y conductas y, sobre todo, perduren en minorías de una cierta entidad); se muestran más andróginos en sus actitudes; asumen claramente la sexualidad femenina y la superación de las diferencias de géneros; son más hedonistas y coquetos, pues dan importancia a la estética y al cuidado de su cuerpo; sus vinculaciones afectivas y sexuales son monógamas, y valoran el mantenimiento de la fidelidad como acuerdo contractual entre personas, aunque sigan manteniendo fantasías y deseos promiscuos como secuelas del macho cazador, modelo a través del que fueron socializados por los adultos de su familia.

       Están, por otra parte, mucho más informados que sus mayores, aunque dicha información no sea todavía el resultado de una educación sexual sistematizada (inexistente en nuestro país), sino más bien el producto de la divulgación ejercida por los medios de comunicación y de la influencia de una sociedad más tolerante y permisiva. Hay también una clara tendencia a la desaparición de los sentimientos negativos ligados a la sexualidad (la culpa, la vergüenza y otros) y un mayor enriquecimiento de las relaciones sexuales, entendidas como una actividad lúdica y placentera y no como algo transcendente y dramático. Son unas generaciones de hombres que animan la esperanza de que el ingente trabajo desarrollado por la sexología no ha caído en saco roto ni se ha perdido, sino que comienza a dar sus frutos a pesar de las reticencias planteadas por las generaciones mayores.

 

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