LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (III): La sexualidad y el erotismo del varón español actual

por Julián Fernández de Quero

Después de la aproximación a la sexualidad en ge­neral que hemos realizado, pasaremos a lo particular, con el fin de conocer cómo es concretamente la sexuali­dad masculina de los españoles de ahora. El marco glo­bal de referencia nos ayudará a comprender por qué los varones españoles actúan eróticamente de una manera y no de otra cualquiera. Estas generalizaciones permiten explicar los orígenes, las grandes causas y las escalas de valores que están influyendo en los comportamientos in­dividuales. Sin embargo, las generalizaciones tienden por definición a suprimir los matices y las diferencias: por tanto, no sirven para el conocimiento de la realidad  concreta.

A pesar de las grandes influencias de los modelos sociales y de la herencia filogenética, que aportan el factor homogeneizador del comportamiento individual, la sexualidad, como rasgo de Ia personalidad, está tan de­terminada por la historia personal de cada uno que po­dríamos hablar de cuarenta millones de comportamien­tos sexuales, parecidos pero distintos, uno por cada individuo que habita en nuestro país. Sin llegar a esto, un estudio estadístico que quisiera conocer el comporta­miento sexual de los varones españoles de la forma más rigurosa y concreta posible tendría que tener en cuenta variables como la edad, la clase social, el nivel económi­co, la posición social, el nivel cultural, el núcleo familiar de origen, los modelos de socialización, el tipo de edu­cación, las experiencias vividas, el estado civil, el grado de salud biográfica, etc. Dicho estudio no existe: no se ha realizado nunca, ni en nuestro país ni en ninguna parte. Las correlaciones serian tan complejas y las con­clusiones tan diversificadas que, al final, tanto esfuerzo serviría para muy poco.

Por tanto. la propia estadística está concebida como la forma de agrupar diferencias para establecer generali­dades (llamadas medias y modas, respectivamente) que intentan aproximarse en lo posible a la realidad plural que estudian. El mayor esfuerzo de conocimiento esta­dístico sobre el comportamiento sexual humano que se conoce lo constituyen los Informes Kinsev, que no dejan de ser, pues, tributarios de esta enorme dificultad. En España los estudios que se han realizado resultan todavía mucho más parciales y menos ambiciosos. El clásico estudio de Ramón Serrano Vicens, que en su momento se comparó con el de Alfred Kinsey, tenía como objeto la sexualidad femenina. Después, numero­so estudios elaborados sobre todo en las décadas de los años setenta y ochenta siguen siendo parciales en cuan­to al ámbito de población estudiada (mujeres, estudian­tes universitarios, jóvenes), en cuanto al ámbito geográ­fico (universitario, municipal, provincial, autonómico), en cuanto a los temas (comportamiento contraceptivo, relaciones heterosexuales coitales, prevención de Enfer­medades de Transmisión Sexual -ETS-, etc.) o en cuanto a las variables incluidas en el estudio (general­mente: edad, clase social, nivel de estudios. sexo, estado civil y adscripción ideológica religiosa y política). Sólo hay dos investigaciones actuales que abarcan el ámbito estatal y recogen casi todos los temas sexuales, aunque también sean muy relativas por sus variables y el tamaño de las encuestas: La Conducta Sexual de  Carlos Malo de Molina y el Informe Sexpol de la Sociedad Sexologica de Madrid.

Para conocer cómo es la sexualidad masculina espa­ñola en estos momentos, vamos a utilizar los datos que se extraen de estos estudios y de otros parciales  del Instituto de la Juventud, de la Dirección Ge­neral de la Juventud de Andalucía y de la Dirección Ge­neral de la Salud de Madrid. En aras de la claridad, y con el fin de evitar lo farragoso de las explicaciones es­tadísticas, voy a utilizar la edad como criterio diferencial único, estableciendo apartados para analizar el compor­tamiento sexual masculino en la infancia (hasta los trece años), adolescencia (de los catorce él los diecinueve años), adultez (de los veinte a los cuarenta y nueve años) y madurez (desde los cincuenta años). Por supues­to, también tendré en cuenta los datos cualitativos que se extraen de la propia experiencia educativa y clínica, que no dejan de ser claros ejemplos individuales de un comportamiento más general. Espero que, con este mé­todo, los lectores varones vean reflejados sus comporta­mientos sexuales en estas páginas con un grado de apro­ximación aceptable, aunque siempre relativo por las dificultades ya analizadas.

LA ERÓTICA DE LOS NIÑOS

A las dificultades expuestas con anterioridad hay que añadir una más para este tramo de edad, pues los estudios estadísticos sobre comportamiento sexual no suelen bajar de los trece o catorce años de edad. A la in­fancia no se le pregunta acerca de casi nada, pero me­nos aún sobre su sexualidad. Los estudios que existen suelen ser de tipo cualitativo, realizado a partir de la observación y el análisis de casos de psicólogos y psi­quiatras infantiles, pedagogos y maestros. También  nos  van  a  ayudar las respuestas y actitudes declaradas de los adultos en relación a la infancia (Informe Sexpol), de  las  que podemos inferir cómo puede ser la sexualidad de los niños españoles de ahora.

Una sexualidad desatendida

Desde Freud hasta hoy ya sabemos que los huma­nos venimos al mundo con las bases anatómica’ y fisio­lógicas sexuales necesarias para desarrollar nuestro comportamiento erótico  y que dicho comportamiento se va formando durante la infancia por la vía del aprendizaje vicario (la identificación y la imitación que realizan los niños de las conductas de los adultos), por la vía del aprendizaje cognitivo (memorización de la in­formación y traducción de ésta en conductas) y por la vía de la propia experiencia (con su cuerpo y con el de los demás). Este desarrollo psicosexual se expresa en los niños por medio de conductas reflejas de erección y de orgasmo desde que tienen días, en conductas placenteras de chupeteo del pezón materno o de sus dedos, en la curiosidad satisfecha de la autocaricia exploratoria y en la masturbación genital de la primera infancia. Des­pués descubrirán con gran gozo el placer de acariciar otros cuerpos y de recibir caricias, Aprenderán el placer de abrazar, de besar, de juntar piel con piel y de culti­var sus sentidos mediante los juegos.

El conocimiento de la existencia de una erótica in­fantil se encuentra claramente generalizado entre la po­blación española adulta, tal como revelan los estudios mencionados. Así, un 92 por ciento de los españoles en­tre los veinte y los sesenta años responde que sí hay que dar educación sexual, mientras que sólo un 1 por ciento dice que no hay que darla y un 7 por ciento no saben qué hacer. Es decir: hay un clarísimo cambio de actitu­des en relación a la sexualidad infantil. Los padres de hoy se manifiestan rotundamente a favor de la educa­ción sexual para sus hijos y casi el 50 por ciento se mues­tran partidarios de que la educación sexual se imparta desde el nacimiento. Algo menos de una cuarta parte de los padres sitúan el comienzo de la educación sexual en el momento en que el niño o la niña entran en el sistema es­colar, y sólo una quinta parte la retrasan al final de la in­fancia, partiendo, seguramente, del erróneo criterio de que la infancia es asexuada. Este grupo es el de los que unen sexualidad con reproducción: piensan que la sexua­lidad se despierta en los chicos cuando tienen su primera eyaculación, y en las chicas cuando tienen su primera mens­truación.

La rotundidad de estos datos puede llevar a la opti­mista conclusión de que los niños actuales tienen un de­sarrollo psicosexual estupendo, sin represiones ni corta­pisas, dentro de los límites que siempre plantea la educación. Sin embargo, esto no es así, como los pro­pios estudios demuestran. Los adultos viven la contra­dicción entre lo que consideran mejor para sus hijos y la propia educación recibida. Por eso, aunque la mayoría responde que los principales agentes educadores de sus hijos deben ser los padres (porcentaje que se eleva al 79 por ciento en el tramo que va de los veinte a los veinti­nueve años), sólo un 13 por ciento considera que el fac­tor educativo más importante son las caricias y la visión del cuerpo desnudo, mientras que para la mayoría basta con responder verbalmente a sus preguntas, y un 19 por ciento se conforma con que los profesores les hablen de su sexualidad en clase. Esta última respuesta elimina en la práctica la posibilidad de educar durante la primera infancia (hasta los cinco años), ya que en esta etapa los niños no han entrado todavía en el sistema escolar. Por otro lado, considerando la opinión de la mayoría, hay que tener en cuenta que la comunicación verbal no tie­ne la misma importancia que el aprendizaje vicario y la propia experiencia.

La pasividad de los padres

Si los niños han de ser educados sexualmente desde el nacimiento, es obvio que la mayor responsabilidad de dicha educación recae sobre los padres, sobre todo en los cinco primeros años de vida de los infantes, periodo de edad que todos los psicólogos están de acuerdo en señalar como fundamental para la conformación de la personalidad. Si los padres han realizado una correcta educación sexual en esos años, creando un hogar en el que la desnudez sea algo cotidiano, facilitando el con­tacto corporal y las caricias, cultivando los sentidos a través del juego y expresando las emociones positivas sin recato, la labor educativa complementaria que pueden realizar después los profesores y especialistas se verá fa­cilitada muchísimo. Pero, si no es así, la educación se­xual en las escuelas se encuentra con grandes dificulta­des que ya muchos profesionales de nuestro país conocen y que, en algunas ocasiones, han sido objeto de atención por parte de los medios de comunicación so­cial.

El problema que plantea la responsabilidad educati­va de los padres es que tienen y quieren educar a sus hijos desde el nacimiento, pero no saben cómo hacerlo, pues ellos no fueron educados de esa manera y se sien­ten emocionalmente perdidos ante sus hijos. El 60 por ciento de los adultos confiesa que su educación sexual  fue mala o inexistente  y sólo un 8 por ciento dice que fue buena  mientras que un 22 por ciento la califica de regular. Es por ello por lo que, ante la vergüenza que les genera la educación sexual de sus niños, recurren a eva­sivas en vez de responder a sus preguntas (cuando pre­guntan) y, sobre todo,  prefieren dejar a los profesores al cargo de tamaña empresa.

De estos datos, unidos a nuestra experiencia clínica y a la observación de lo que ocurre alrededor de noso­tros, se puede inferir que la infancia actual encuentra verdaderos obstáculos para el desarrollo de su sexuali­dad. Es verdad que ya no se reprime la conducta como hace unas décadas, que los varones participan en las ta­reas de crianza de los bebés (bañarlos, cambiarles los pañales, darles la comida, dormirlos, etc.), que el desnu­do y el baño común son más habituales, que se propi­cian más las caricias y la expresión de los  afectos. Pero la fantasía que se maneja con estas conductas es que no son eróticas, sino sentimentales.

Hacer la vista gorda

La actitud general de los padres en relación a la educación sexual de los niños se ha hecho más positiva  porque no reprime, pero se conforma con la pasividad. Su lema es el laisser faire de los franceses. Ni siquiera dejar hacer, dejar pasar, como si la sexualidad infantil no existiera (aunque saben que sí existe). Cuando el niño se toca sus genitales o se masturba claramente, la respuesta es hacer la vista gorda: mientras el niño no pregunte no hay por qué tomar la iniciativa. Estas acti­tudes dejan a los niños el campo abierto a otras influen­cias que siguen reflejando los estereotipos machistas o moralistas. Así, los amigos, las lecturas y la televisión continúan siendo los principales agentes educativos de la sexualidad infantil.

Si a esto añadirnos que, en la escuela, la educación sexual no está generalizada ni formalizada. y que la ma­yor parte de los profesores suelen hacer lo mismo que los padres, es decir, nada, nos encontramos con una in­fancia que, en una primera fase, no encuentra apenas obstáculos para la autoexploración y para el desarrollo psicosexual sobre la base de su propia experiencia. Sin embargo, el aprendizaje vicario que se realiza sigue siendo pobre y confuso, sobre todo porque los modelos que ofrecen los adultos son contradictorios, poco expresivos y dominados por  los estereotipos sociales y por las emociones troqueladas de vergüenza y culpa. En una se­gunda fase, entre los siete y los trece años, si los niños no han aprendido ya que es mejor averiguar ciertas cosas a través de los amigos y de la televisión que pre­guntar a los padres y profesores (porque «cuando no se habla de algo, por alguna razón será»), se encontrarán con que, al llevar a cabo determinadas conductas, los adultos reaccionarán de forma inusitada,  prohibiéndoselas, profiriéndoles una charla magistral sobre el sexo y, en última instancia, castigándoles.

En definitiva. los niños actuales viven una situa­ción en relación a su sexualidad que podemos califi­car de conflictiva, no tanto por la represión que expe­rimentan, sino por las contradicciones en que los envuelven los adultos: una mezcla de tolerancia y represión, de permisividad no reflexionada y de pro­hibiciones tampoco suficientemente explicadas, de inhibi­ción paterna y de sermones intempestivos. Los mode­los de identificación de los niños varones siguen sien­do machistas, aunque suavizados por las nuevas rela­ciones impuestas por la liberación de la mujer. Es el modelo capitalista-permisivo, que más adelante vere­mos a fondo, con mayor o menor influencia de otros prejuicios y estereotipos, según el tipo de adultos que los rodeen. Seguramente, tienen asumidas como nor­males las conductas de autoerotismo, y el código eróti­co de chicos y chicas es más común, sin serlo del todo. Pero siguen dominados por la vergüenza y la culpa an­te otras conductas eróticas, como el desnudo y la afec­tividad, y conforme van creciendo, van adoptando los patrones coitocéntricos y genitalistas (4) que ven por todas partes

LA ADOLESCENCIA: EDAD DE LAS INICIACIONES

Como veíamos en el apartado anterior, la sociedad adulta sabe que la infancia tiene sexualidad, pero prefie­re ignorarlo y no actuar en consecuencia. Esta actitud contribuye a que persista el prejuicio de que la adoles­cencia es la edad de la iniciación sexual, a que se man­tenga la idea de que sexualidad es lo mismo que repro­ducción, y conducta sexual lo mismo que coito reproductor.

Así pues, desde el punto de vista fisiológico, la infancia  termina  en el momento en que un niño tiene  sus primeras poluciones y una niña tiene su primera mens­truación: han dejado de ser niños estériles para conver­tirse en adultos fértiles. En las culturas campesinas, estos cambios fisiológicos se hacían coincidir con los llamados ritos de paso, conjunto de costumbres que señalaban so­cialmente la mayoría de edad de los sujetos, Las jóvenes podían ya prepararse para el matrimonio, y los jóvenes pasaban del dominio de la madre (el hogar, lo interior) al dominio del padre (el campo, lo exterior) para reali­zar el aprendizaje de sus tareas de adulto.

Infantilización social y madurez sexual

Sin embargo, en las culturas urbanas actuales, di­chos ritos de paso han desaparecido. Los ritmos labora­les y la necesidad de cualificación técnica para el trabajo hacen que los adolescentes permanezcan en el núcleo familiar durante más tiempo del reconocido para la crianza biológica, que su autonomía se retrase más todavía y que los rasgos de dependencia característicos de la infancia se prolonguen en una adolescencia infan­tilizada, que puede llegar en muchos casos hasta los veinte años, Estos elementos se ven reforzados en la ac­tualidad por la crisis económica, por las dificultades de acceso al mercado de trabajo, a la vivienda. etc. Los no­viazgos se alargan, los matrimonios se hacen más tardíos y oficialmente se establece que la juventud llega hasta los treinta años.

Esta tendencia general de prolongación de la infan­cia y de la juventud choca frontalmente con los proce­sos psicobiológicos de la adolescencia y con la permisi­vidad social en materia sexual. Desde el punto de vista biológico, la buena alimentación y el ejercicio físico equilibrado están produciendo desarrollos púberes más tempranos y en mejores condiciones, Los adolescente españoles, en términos medios, han aumentado de estatura, de peso, de complexión muscular y ósea  y, todo ello, cada vez a edad más temprana. Por otro lado, la instrucción escolar generalizada y los estímulos crecien­tes del medio social los hacen madurar más deprisa, en términos generales y también en el terreno específico de la sexualidad.

Como veremos más adelante, el inicio de las activi­dades sexuales socialmente consideradas como tales, in­cluidas las prácticas coitales, es cada vez más temprano en edad y más extensivo a más adolescentes en número. Es bastante habitual que madres angustiadas y padres confundidos se pregunten qué han hecho mal para que sus niños o niñas de quince, dieciséis o dieciocho años actúen como adultos y mantengan relaciones sexuales, una pregunta que estaría fuera de lugar en una cultura medieval y campesina.

Una consecuencia negativa de esta contradicción en­tre infantilización social y madurez sexual de la adoles­cencia es el aumento de embarazos no deseados y de abortos voluntarios hasta el punto de que las autorida­des sanitarias hayan catalogado a este grupo social como de alto riesgo sanitario. Mientras que el índice de natalidad general, en nuestro país, llega a ser uno de los más bajos del mundo (1,3 por ciento), sigue aumentan­do el índice parcial de natalidad y de interrupciones vo­luntarias del embarazo en adolescentes.

La «primera vez»

Con estos antecedentes de tipo general, podemos preguntarnos: ¿Cómo es la sexualidad masculina de los adolescentes españoles? Según los estudios menciona­dos al comienzo del capítulo, los varones adolescentes «inician» (entre comillas para recordar que hay una se­xualidad infantil que en los estudios no se tiene en cuenta) sus prácticas masturbatorias entre los diez y los quince años, y el porcentaje de varones adolescentes que se masturban es del 91 por ciento.

La frecuencia en la práctica de la masturbación se sitúa entre varias veces al día y una vez a la semana, con una tendencia a dismi­nuir conforme aumenta la edad.  La mayoría dice sentir­se  bien después de masturbarse, frente a una minoría que declara tener sentimientos de culpa por influencias religiosas, educativas, o por la mezcla de ambas.

También se sitúa entre los diez y los quince años la mayoría de los varones adolescentes que ha iniciado las conductas eróticas de besos en la boca y de caricias por encima de la ropa. En cambio, cuando las caricias se re­fieren a zonas corporales cubiertas y, por lo tanto, su práctica requiere un grado mayor o menor de desnudez, la edad de inicio de la mayoría sube a la franja de dieci­séis a diecinueve años. Así ocurre con las caricias en el culo o los senos, las caricias genitales, la masturbación mutua y las caricias bucogenítales. Dentro de este tramo de edad, la mayoría de los adolescentes se inician en estas prácticas eróticas a los dieciséis o diecisiete años, Por otro lado, tenemos que tener en cuenta que los que se inician antes de los quince años constituyen una mi­noría bastante abultada, cuyos porcentajes oscilan entre el 17 Y el 40 por ciento.

En cuanto al inicio de las prácticas coitales, la edad media se sitúa por lo general en los dieciséis años para la mayoría, mientras que una minoría significativa lo hi­zo antes de los quince años. Para la mayoría de los varo­nes adolescentes, el primer coito ocurrió de una manera casual e imprevista, con alguien por quien sentían amor y que era su pareja desde hacía algún tiempo. Por inicia­tiva propia, lo hicieron en una casa (la de sus padres o los de ella, o la de un amigo o amiga) y después en el campo o la playa.

Para la mayoría de los varones adolescentes este pri­mer coito fue satisfactorio, con orgasmo o sin él. Sólo muestra indiferencia o, claramente, desagrado una minoría insignificante. El 90 por ciento de los adolescentes no tuvo en absoluto sentimientos de culpa después del coito.

Relaciones arriesgadas

La frecuencia de la práctica coital es para la mayoría de una o varias veces al mes, aunque varía según la edad: de quince a dieciséis años es de una o más veces al año, y de diecisiete a diecinueve años sube a una o varias al mes. Los riesgos que conllevan las prácticas coitales son asumidos por los varones adolescentes de manera diferente en función de la edad, del grado de conocimiento y de la experiencia propia. Así, en la pri­mera relación coital, la mayoría declara que hizo algo para evitar el embarazo, mientras que una quinta parte no hizo nada, bien porque no pensaron en ello, bien porque no tenían un preservativo a mano o bien porque creían que al ser la primera vez no había riesgo de em­barazo, entre otras causas. De los que sí hicieron algo para evitar el embarazo no deseado, la mayoría usó el preservativo masculino y una minoría usó métodos inefi­caces como la marcha atrás, el método Ogino, etc.

Según los estudios, el nivel de riesgo se sitúa en tor­no al 29 por ciento de los adolescentes en su primera re­lación coital que, como ya hemos dicho, suele darse en torno a los dieciséis años. Este nivel de riesgo baja al 13 por ciento en las relaciones coitales actuales para los que tienen más edad y una práctica coital más frecuente y desde hace más tiempo. A pesar de ello, el nivel de riesgo sigue siendo preocupante si tenemos en cuenta que afecta a varias decenas de miles de personas.

Por otro lado, los varones adolescentes muestran di­visión de opiniones en cuanto a la necesidad de querer a la persona con la que mantienen relaciones sexuales. Además, un 21 por ciento confiesa haber tenido relacio­nes sexuales no deseadas.

Sin barreras

De los datos citados, se puede extraer que, desde los primeros años de la etapa (a los doce o trece años), los adolescentes españoles tienen una erótica muy desarro­llada y que se sigue desarrollando y ampliando a todo lo largo de la adolescencia, con una frecuencia alta, sobre todo en la parte referida al autoerotismo, y con una va­riedad de conductas sexuales similar a la de los adultos. Siguen considerando el coito como la actividad sexual por excelencia, e intentan ponerlo en práctica en cuanto tienen la menor ocasión, algo que para ellos no es ni mucho menos excepcional, ya que la barrera o dificul­tad principal que encontraban los adolescentes varones de generaciones anteriores -que residía en la negativa femenina a cualquier tipo de relación coital antes del matrimonio (actitud típica de los modelos tradiciona­les)-, para la nueva generación no existe, En efecto, el modelo moderno de socialización sexual fomenta las re­laciones prematrimoniales como forma de aprendizaje erótico para el deseado ajuste sexual de la pareja matri­monial. Por otro lado, reconoce que la mujer tiene capa­cidad sexual y que es positivo y bueno que la desarrolle y la cultive. Si a ello añadimos las nuevas actitudes fo­mentadas por la liberación de la mujer (tomar la inicia­tiva, tratar a los hombres como iguales, competir con ellos, etc.), nos encontramos con que las posibilidades de accesibilidad a las relaciones coitales para los adoles­centes son mucho mayores actualmente, porque encuen­tran en la compañera una mayor disponibilidad e, inclu­so, una iniciativa que antes no existía,

La influencia de la educación y del entorno

Los modelos juveniles sexuales que se fomentan a través de los medios audiovisuales, a los que los adolescentes son muy receptivos  (por ejemplo, las exitosas se­ries televisivas estudiantiles), contribuyen a la creación de un prototipo de conducta erótica que sigue girando en torno al coito.

La mayoría conocen los riesgos del coito y los méto­dos para evitarlos, pero hay una minoría muy importan­te que, a pesar de conocerlos, no los utiliza, sobre todo las primeras veces, debido fundamentalmente a que estas relaciones se producen de manera casual e impre­vista, muchas veces en condiciones de descontrol mental (por excesos en la bebida u otras drogas) y porque el de­seo sexual suele dominar más que el miedo o la respon­sabilidad ante el riesgo. Es evidente que la ausencia de una educación sexual que conecte la infancia con la adolescencia deja a los chicos en las manos ciegas de la pulsión copulatoria, reforzada por los estereotipos se­xuales de los modelos machistas que ellos ven en el me­dio social (familia, escuela y medios de comunicación).

Por otro lado, viven su sexualidad de manera satis­factoria, sin sentimientos de culpa, sin apenas influen­cias religiosas o moralistas y con un alto grado de fideli­dad a la pareja y de vinculación afectiva, bien sea ésta amorosa o simplemente amistosa. Las variables que in­fluyen en el mayor desarrollo de esta sexualidad mascu­lina descrita suelen ser el mejor nivel de vida (que hace que los varones y mujeres adolescentes sean más andró­ginos (5) en sus comportamientos), haber estudiado en centros escolares de carácter mixto, considerarse ideoló­gicamente de izquierdas y laicos, vivir en poblaciones relativamente grandes, el aumento de la edad y tener pareja estable desde hace algún tiempo,

Por el contrario, la menor edad, el peor nivel de cul­tura, el hecho de estudiar en centros no mixtos o de vivir en poblaciones rurales pequeñas, no tener pareja estable, el ser creyentes e ideológicamente de derechas o de centro, son variables que influyen negativamente en el desarrollo sexual de los adolescentes, según estos es­tudios.

Una variable que merece un comentario aparte es el mejor o peor nivel de cultura de los padres de estos ado­lescentes. Teniendo en cuenta que viven con ellos hasta edades avanzadas, más allá de la adolescencia, los ado­lescentes y jóvenes españoles ven directamente condicio­nada su conducta sexual por esta situación de depen­dencia económica, normativa y de habitamiento con respecto a su familia de origen. Por eso, el mejor o peor nivel de cultura de los padres va a ser determinante para ellos. Elementos como el conocimiento de los métodos anticonceptivos y la facilidad de acceso a los mismos, la posibilidad de encontrar un lugar idóneo para comenzar a mantener relaciones sexuales, la importancia de los afectos y el desarrollo de la sensibilidad, entre otros mu­chos, van a depender en gran medida del tipo de rela­ciones familiares existentes y de las actitudes de los pa­dres hacia ellos.

Es claro que la ya mencionada tendencia a la infan­tilización de la adolescencia por parte de los adultos (so­bre todo de las madres) no facilita en absoluto las cosas, sino que las convierte en un motivo de conflicto. No se puede tratar a hombres hechos y derecho como si fue­ran niños, aunque estos hombres tengan aún catorce, quince o dieciocho años y en algunas de sus conductas manifiesten una inmadurez que evoca la tierna infancia.

Además, los adultos que actúan según los modelos tradicionales establecen frontera de edad para la expre­sión de los afectos según los géneros de sus hijos, y en la medida en que los adolescentes aprenden de ellos, tam­bién actúan de la misma forma. Es muy típica la con­ducta del padre que mantiene con su niña, durante toda la infancia de ésta, una relación muy afectiva y expresiva (que incluye las caricias, los abrazos. la costumbre de cogerla en brazos, mecerla, besarla, etc.), y, sin embargo, cuando la niña se convierte en una adolescente seducto­ra y atractiva, deja radicalmente de expresar sus afectos de manera física, porque el contacto con su hija le exci­ta y le provoca fantasmas incestuosos por los que se siente horrorizado. La adolescente no entiende por qué su padre, que antes era tan cariñoso y expresivo, ahora se vuelve, de pronto, seco, distante e inexpresivo. Lo mismo ocurre con los adolescentes varones que apren­den a comportarse de manera seca, inexpresiva y ruda, a partir de la imagen que su padre les ofrece desde el mo­mento en que ellos comienzan a tener vello en la cara. Pero, quizás, el mayor conflicto es para la madre, que no entiende por qué su niño no se deja ahora abrazar, besar y manosear de la misma forma que cuando tenía ocho años, algo que le produce una gran frustración y a lo que se niega a renunciar. Muchos de los conflictos psicológicos de la adolescencia tienen su origen en este tipo de relaciones de dependencia con los padres, lo que ha dado pie a que esta etapa de la vida sea calificada de muy difícil, cuando, en realidad, las dificultades radican en los comportamientos de los adultos y no tanto en el de los jóvenes, que, generalmente, suelen ser las víctimas de aquéllos.

Los casos que, de vez en cuando, aparecen en los medios de comunicación social de relaciones entre pro­fesores o profesoras y alumnas o alumnos y otros simi­lares, son el exponente más escandaloso de esta conflic­tividad. Se hace necesario cambiar el punto de vista: en vez de pensar que los adolescentes son niños con una sexualidad de adultos precozmente desarrollada, sería mejor pensar que son adultos con ciertos rasgos infan­tiles que no han terminado de madurar. La ayuda con­siste no tanto en preservarlos en la inocencia infantil reprimiendo su sexualidad, cuanto en ayudarlos a ser plenamente adultos e independientes. Esto supone  tomar una serie de medidas, algunas impensables para muchos adultos,  como el respeto a la intimidad del adolescente y de su habitación, el derecho a que el adolescente traiga a su compañera a la casa familiar para mantener rela­ciones sexuales con ella, la provisión de medios econó­micos suficientes para que pueda adquirir los preservati­vos que vaya a necesitar, la colaboración en la atención permanente a su salud sexual (chequeos médicos. For­ación psicocorporal, etc.) y, sobre todo, la creación de un clima hogareño afectivo y erótico continuo, que no establezca fronteras ficticias entre la infancia y la adoles­cencia.

Conclusión

Por los datos analizados  resulta evidente que los adolescentes españoles actuales tienen su sexualidad de­sarrollada de manera mucho más positiva y menos re­primida que la de los adolescentes de generaciones ante­riores, así como que sus emociones están menos troqueladas por la vergüenza y la culpa y más por el bie­nestar y el placer. Hay una evolución favorable en cuan­to a su erótica, que, sin embargo, no deja de tener cier­tos problemas e inconvenientes mejorables en un próximo futuro, siempre que las demás circunstancias que rodean el devenir de los seres humanos (economía, trabajo, paz, cultura, etc.) y que tanto afectan a su se­xualidad dejen de sufrir regresiones como las que pade­cen en estos momentos históricos.

 

 

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