SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (II): La complejidad del ser humano

Julián Fernández de Quero

Para hablar de la sexualidad masculina con cierto ri­gor hay que excluir primero los tópicos y los estereoti­pos que suelen escucharse en la calle, en las reuniones sociales o en los medios de comunicación. La sexualidad posee mucha más riqueza y complejidad por el simple hecho de que es una capacidad de un ser tan rico y complejo como el ser humano.

El hombre tridimensional

La OMS define al ser humano como tridimensional: contempla su personalidad como el resultado de la inter­relación de tres dimensiones: la biológica, la psicológica y la social, Uno de los primeros científicos que utilizaron el término biopsicosocial fue Wilhelm Reich, aproxima­damente allá  por los años treinta. En la actualidad no hay ningún estudioso o institución de las ciencias huma­nas que no considere este concepto el básico para cual­quier acercamiento comprensivo al ser humano.

Tenemos un cuerpo físico delimitado y autónomo, separado, pero no aislado, de otros cuerpos y objetos fí­sicos, con los cuales hemos establecido relaciones dialéc­ticas de estímulo y respuesta. Relaciones complejas, con significados cooperativos unas veces, y conflictivos otras. Un cuerpo tan inmaduro como el de la cría humana –que, en palabras de Rof Carballo, necesita un segundo útero social en el que terminar de hacerse-, al entrar en relación con ese medio social, genera y desarrolla unas capacidades desconocidas en las demás especies animales: consciencia,  abstracción, voluntad electiva, ló­gica anticipativa. Es lo que se ha dado en llamar psi­que.

La capacidad creativa y modificadora del ser huma­no es de tal categoría que hemos subvertido todas las leyes de la naturaleza convirtiendo el medio natural en medio social. Por tanto, la dimensión psicológica huma­na se construye a partir de las relaciones dialécticas que se establecen entre la dimensión biológica (el cuerpo) y la dimensión social (que cada vez es menos natural y más cultural). Un ejemplo muy actual de lo que estamos diciendo se encuentra en la cuarta revisión del DSM, la llamada «biblia de las patologías psiquiátricas», elabora­da por la Asociación de Psiquiatría Americana (APA). En esta última versión, la APA, superando la anticuada discusión entre biologicistas y cultura- listas, reconoce que las causas que provocan las enfermedades mentales son biopsicosociales, y que resulta erróneo buscar una sola dimensión causal excluyendo las otras.

La tridimensionalidad de la personalidad humana se expresa en todos sus comportamientos y capacidades; también en la sexualidad. Así. la dimensión biológica se­xual corresponde a nuestro sexo físico, cuyos elementos (energía, hormonas, emociones básicas, conductas refle­jas) responden a la pregunta «¿Cómo somos?» Desde el punto de vista biológico, somos seres sexuados desde la concepción hasta la muerte  y desde el punto de vista anatómico estamos conformados en machos y hembras para ejercer la función reproductora heterogámica.

La dimensión psicológica sexual corresponde a nuestra sexualidad psíquica, cuyos elementos (emocio­nes sociales, pensamientos, fantasía, tendencias y actitu­des), responden a la pregunta «¿Cómo nos sentimos?» Nos sentimos bien o mal, con nosotros mismos o con los demás. Por último, la dimensión social sexual correspon­de a nuestra erótica cuyos elementos (conductas apren­didas, ritos y costumbres) responden a la pregunta “¿Cómo actuarnos?” Actuamos según los modelos se­xuales que la cultura (con minúscula, es decir, aquella en la que nacemos y crecemos) nos enseña y nos impone mediante el proceso de socialización.

Por ello, durante milenios, los humanos hemos desarrollado múltiples sociedades y culturas con modelos sexuales muy diferentes (1). Pero, actualmente, asistimos a un proceso de homogenización cultural mundial, bajo la égida   de la cultura occidental, lo que explica que los modelos sexuales se estén universalizando cada vez más.

SEXO, SEXUALIDAD  y  ERÓTICA

El enfoque tridimensional del eros humano resulta de capital importancia para entender la sexualidad mas­culina. Para ello hay que partir del hecho de que las in­terrelaciones que se producen entre las tres dimensione están determinadas por múltiples factores que pueden convertirlas en conflictivas, Muchos interrogantes sexo­lógicos quedan desvelados cuando observamos los fenó­menos con este enfoque tridimensional.

Alberto acude a la consulta sexológica real­mente desesperado. Tiene treinta y cuatro años; vi­ve en un pueblo de Jaén, casado y con dos hijos. Moreno, un metro y setenta centímetros de estatu­ra, posee una complexión atlética y rasgos viriles. Manifiesta que, desde que recuerda se ha sentido mujer, algo que le ha hecho sufrir lo indecible, pues ha llegado a considerarse un ser anormal. Siempre ha intentado luchar contra esta sensación, tratando de reprimir sus deseos y sus conductas, esforzándose en aparentar tanta masculinidad como los demás. Esto le llevó a tratar de casarse joven y crear una familia, con la esperanza de que así se le olvidarían sus tendencias «anormales». Pero todo ha sido inútil. Desde hace años lleva una doble vida: en su pueblo le consideran un hombre cabal, un marido ideal y un buen padre. Sin embargo, con cualquier excusa se desplaza a Madrid para relacionarse sexualmente con hom­bres, vestirse de mujer y dar rienda suelta a sus de­seos femeninos. Al decir esto, se levanta del asien­to, se desabrocha la camisa, se baja el pantalón y muestra al terapeuta las bragas de puntillas de co­lor rojo, la minifalda blanca y el sostén también rojo que lleva puestos debajo de la ropa masculi­na. Dice vivir en un estado permanente de angustia por no ser capaz de reprimir sus impulsos,  por el miedo a ser descubierto  en  su  pueblo, por la an­siedad que le crea su doble vida, por tener que fin­gir y mentir. El terapeuta le realiza varias pruebas de diagnóstico para confirmar si, en efecto, se trata de un caso de transexualidad. Después, le explica en qué consiste dicho fenómeno y le orienta sobre la posi­ble solución, que, básicamente, consiste en asumir su transexualidad, iniciar un proceso de modifica­ción de su anatomía para adaptarla a su psique fe­menina (algo que desde hace años se puede hacer mediante operaciones quirúrgicas) y comenzar una nueva vida en un lugar distinto a su pueblo.

Este es un ejemplo típico de de equilibrio en las re­laciones entre las tres dimensiones que conforman el eros humano: Alberto, como otros hombres, tenía un sexo de varón, una sexualidad de mujer y una erótica aparentemente masculina, producto de la autorrepresión ejercida sobre sí mismo. Su cuerpo no estaba en sintonía con su psique y eso le empujaba a desarrollar una con­ducta neurótica. Hasta los años sesenta los profesionales psicólogos y psiquiatras se  empeñaron en buscarle una solución a este desequilibrio tratando de adaptar la psi­que al cuerpo. Se inventaron métodos de modificación de conducta: métodos implosivos (2) de modificación del objeto erótico, para que el varón que se sentía mujer pa­sara a sentirse varón. Los mismos intentos se realizaron con  homosexuales, con la pretensión de convertirlos en heterosexuales. El fracaso fue de lo más rotundo: ni las inyecciones de testosterona, ni los condicionamientos aversivos, ni los implosivos, lograron que quien se sentía mujer dejara de  sentirse así, aunque su cuerpo fuera de hombre.

Money, un sexólogo estadounidense, fue quien, re­copilando las experiencias e investigaciones propias y de otros colegas, planteó el giro copernicano en el trata­miento profesional de estos casos: si no podemos cam­biar la psique y adaptarla al cuerpo, hagamos al contra­rio: cambiemos el cuerpo y adaptémoslo a la psique. La experiencia ha demostrado que, con todas sus dificulta­des, es más fácil, para que la persona viva acorde con su identidad sexual, cambiar el pene por una vagina artifi­cial y conformar unos senos femeninos (además de cam­biar el nombre y el género social) que tratar de realizar el proceso inverso. Ahora las asociaciones de transexua­les (3) siguen luchando para que la sociedad les facilite sus derechos ciudadanos y no los discrimine. Son autén­ticas mujeres que tienen la desgracia de vivir en un mundo hecho por los hombres.

Pero no es el desequilibrio que se produce entre sexo físico y sexualidad psíquica,  cómo en el caso de los transexuales, el único que se puede producir en las rela­ciones entre las tres dimensiones del eros humano. En una sociedad como la nuestra en la que los comporta­mientos de género están tan rígidamente establecidos, se dan múltiples desequilibrios.

Cuando comienza un curso de educación sexual, el profesor sugiere que se haga una ronda de intervencio­nes en la que cada alumno cuente su biografía sexual. Entre los alumnos hay uno cuyo comportamiento ges­tual es manifiestamente amanerado. Esto ha dado lugar a comentarios entre los demás acerca de la homosexua­lidad de su compañero de clase. Cuál será la sorpresa de todos cuando este hombre relata una biografía sexual de orientación heterosexual. Pero  la  sorpresa  aumenta cuando otro alumno que ha pasado inadvertido porque su comportamiento es masculino, se declara homosexual. El suceso da pie a un debate muy interesante sobre las diferencias entre homosexualidad y amaneramiento.

En este caso el desequilibrio se produce entre la di­mensión erótica y las otras dos dimensiones. En efecto, el primer alumno tenía un sexo físico de varón y una se­xualidad masculina perfectamente acordes. Se sentía hombre en un cuerpo de hombre. Además, la mayor parte de su erótica también estaba acorde con su identi­dad, puesto que su comportamiento era masculino en lodo, salvo en la forma de gesticular con las mano y con la cara, conductas gestuales femeninas que con se­guridad había aprendido a realizar en su infancia. En este caso dicho desequilibrio no era motivo de conflicto para el sujeto, ya que era plenamente consciente de sus gestos, de las confusiones que creaba en los demás, y eso le divertía, incluso lo utilizaba como estrategia de seduc­ción y de provocación. Sin embargo, he conocido casos similares en los que los sujetos intentaban por todo los medios reprimir su amaneramiento, angustiados porque los demás los etiquetaban de homosexuales, error pro­ducido por la ignorancia, ya que un hombre amanerado no tiene por qué ser homosexual, lo mismo que un hombre travestido, al que le gusta ponerse ropas femeni­nas, tampoco tiene por qué serlo.

La erótica masculina también puede verse alterada por desequilibrios con la sexualidad psíquica, como en el caso de las personas tímidas, cuya emoción social de vergüenza les impide desarrollar conductas de seduc­ción y cortejo.

Esto no quiere decir que no se puedan dar combina­ciones varias, como homosexuales que además son ama­nerados, o travestidos que además son homosexuales, de la misma forma que podrían haber sido heterosexuales. Es decir, que la consideración de la tridimensionalidad del eros humano permite delimitar las diversas y plura­les manifestaciones del mismo, así como las estrategias de acercamiento terapéutico o educativo a cada caso.

El contenido biopsicosocial de cualquier manifestación hu­mana nos lleva a ser integradores y evitar los reduccio­nismos. El hecho de que la solución idónea para un transexual ponga el acento en la modificación anatómi­ca de su cuerpo, no quiere decir que no haya que reali­zar un trabajo de apoyo psicológico y de adaptación de la conducta social. Cada vez es más evidente que los equipos terapéuticos han de ser multidisciplinares para que realmente sean efectivos.

 

 

 

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