LA SEXUALIDAD MASCULINA A EXAMEN (I): De qué hablamos cuando hablamos de sexualidad

Julián Fernández de Quero

No se puede hablar de la sexualidad masculina sin primero sentar las bases de la sexualidad humana gene­ral, entre otras razones, porque entre la sexualidad mas­culina y la femenina hay muchas más similitudes que di­ferencias, como ya descubrieron Masters y Johnson. Para ello, la primera dificultad que se nos plantea es la de es­tablecer un código lingüístico común, ya que no siempre queremos decir lo mismo aunque empleemos las mismas palabras. En mi ya larga experiencia como educador y terapeuta sexual, he comprobado la disparidad de signi­ficados que se le asignan a los conceptos sexológicos y las confusiones que se pueden crear cuando no se acla­ran previamente. Pongamos un ejemplo:

        Nos encontramos en una charla de educación sexual en un colegio de EGB, con treinta y cinco alumnos de séptimo curso, entre los doce y cator­ce años. Nada más empezar, se realiza una en­cuesta informal entre ellos, para saber qué en­tienden por sexualidad. Entre la vergüenza y el descaro, las respuestas son: «hacer el amor”, “fo­llar”, «echar un polvo», «lo que hay que hacer para tener un hijo», «la jodienda que no tiene enmienda», «cuando un hombre y una mujer hacen “chupi-chusqui”, «lo que me gustaría hacer con ésta, pero ella no se deja», “lo que hacen las parejas cuando se quieren», “la manera de tener una familia», etc.

Si realizamos un somero análisis de las respuestas, veremos que los chicos y las chicas suelen entender por sexualidad dos cosas básicamente: la mayoría, copular; el resto, reproducirse; es decir, unos confunden el origen con un medio, y los otros, con un fin, Definen el todo con una parte, y además, reducidísima.

Así pues, lo más conveniente es comenzar por acla­rar a qué nos referimos cuando hablamos de sexualidad. Lo primero que hay que decir, en contra de estas opi­niones tan extendidas, es que ni el medio es el mensaje, ni el fin el origen. Copular es una conducta que puede ser sexual o reproductora, o ambas cosas, según el fin que se pretenda conseguir con ella, pero es sólo una de las múltiples conductas sexuales con las que podemos expresarnos. Una entre muchas.

Por tanto, la reproducción puede ser uno de los fi­nes de la actividad sexual, pero no el único y tampoco el origen de la misma. La definición más completa de se­xualidad que hemos encontrado es la realizada por la OMS:

“Salud sexual es la integración de los elemen­tos somáticos, emocionales, intelectuales y sociales del ser sexual, por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien la personalidad, la comunicación y el amor”

Es evidente que esta definición no se cumple con la idea de hacer el amor una vez a la semana o con la de engendrar dos hijos en los setenta años que, como me­dia, dura nuestra existencia. ¿Y los que no copulan o no tienen hijos carecen de sexualidad?

Sexualidad y minusvalía

En 1992, el doctor Emmanuel Chigier, profesor del hospital de Tel Aviv (Israel), impartió una serie de con­ferencias en España, invitado por el Real Patronato de Ayuda a los Minusválidos y por la Sociedad Sexológica de Madrid, sobre la sexualidad de los discapacitados. En ellas, mostró un vídeo testimonial en el cual se recogían las opiniones y las actividades sexuales de varias parejas en las que uno o los dos componentes padecían algún tipo de minusvalía. Se veía a una auxiliar sanitaria que ayudaba a una pareja de parapléjicos severos a desnu­darse  y tenderse en la cama. Luego, la sanitaria se mar­chaba y ellos jugaban a ese juego tan divertido de acari­ciarse y pasárselo bien expresando su sexualidad. Por supuesto, no había coito en el juego erótico, Salió tam­bién otra pareja formada por una mujer sana y un hom­bre parapléjico. Ella llevaba la parte más activa de la re­lación, y ambos disfrutaban mucho de sus prácticas eróticas, Después, hablaban de su vida, de cómo se co­nocieron y se enamoraron, de las dificultades cotidianas que tenían que afrontar y del alto grado de bienestar y placer que experimentaban gracias a la posibilidad que tienen de expresar su sexualidad.

Si la sexualidad estuviera reducida al coito, habría millones de personas, como las que muestra el vídeo del doctor Chigier, que estarían condenadas a no disfrutar de ella. Por suerte, no es así. Sin embargo, podemos pre­guntarnos por qué sigue estando tan arraigado en la gente este prejuicio, sobre todo si tenemos en cuenta que hace ya casi un siglo que Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, anunció ante la comunidad científica la tesis del ser humano sexuado desde su nacimiento hasta su muerte.

En la actualidad, gracias a la extraordinaria divulga­ción de los escritos freudianos y de las demás aportacio­nes de la sexología científica, casi nadie niega que la infancia también es sexuada y que  hay una erótica infantil en la que no se contempla el coito. A pesar de ello, los padres siguen acudiendo a la consulta del orientador sexual a exponerle sus angustias porque el niño se mas­turba o porque la niña se acaricia desnuda con un ami­guito de su edad. Todavía hay un abismo entre el cono­cimiento teórico y la práctica educativa familiar y escolar en relación a la sexualidad.

La sexualidad es fuente de placer y salud. Esto pue­de resultar tan sencillo y obvio como decir que comer o dormir son actos saludables. Pero, ¿cuántas personas real­mente se plantean en serio que ejercitar su sexualidad es tan beneficioso para su salud como hacer ejercicio fí­sico, comer una dieta equilibrada o dormir un mínimo de ocho horas al día?

A estas alturas del siglo XXI todavía nos encontramos con muchos hombres que viven su sexualidad como una pasión indeseable que rompe su estabilidad emocional, les llena de problemas y preocupaciones y les induce a realizar actos  que consideran poco honorables e impro­pios de hombres de bien. Del mismo modo, aún nos en­contramos con muchos jóvenes preocupados porque sus prácticas rnasturbatorias pueden acarrearles deficiencias física y psíquicas, como impedirles concentrarse en sus estudios, que les salgan granos en la cara, que se fati­guen en exceso, que no puedan hacer deporte y muchos otros males tremebundos.

La moral, la ciencia y el placer

No hace mucho tiempo era fácil encontrarse en las librerías obras escritas por sesudos profesionales que re­comendaban mil y una preocupaciones frente a los arre­batos sexuales, exponiendo grandes listados de enferme­dades que se podían contraer por realizar actividades eróticas del más variado tipo, casi todas.

Estos doctores se apoyaban en la autoridad de eminentes colegas del siglo pasado y comienzos de éste, como el doctor Tissot, que despotricaba contra los masturbadores diciendo que eran personas “a  las que más que tenerles compasión, hay que despreciar”. O como Richard von Krafft-Ebing, que realizó, en su influyente y aterradora obra, la prime­ra clasificación de las patologías sexuales, en las que incluía todas las conductas eróticas, salvo el coito repro­ductor dentro del matrimonio legítimo. Por no mencio­nar a nuestros insignes doctores Botella Llusiá y López lbor. y así un largo etcétera. Todavía hoy, al calor de las moralistas campañas contra el sida, nos encontramos ca­tedráticos y profesores de nuestras universidades que predican la abstinencia sexual y la fidelidad matrimonial como únicos remedios preventivos contra esta peste mo­derna.

Hemos crecido alimentados culturalmente por una sociedad que le tenía fobia al sexo, al que consideraba fuente de corrupción hereditaria y de degeneración mo­ral. ¿Cómo nos va a extrañar que muchos de nosotros, en algún momento de nuestra vida, hayamos contempla­do la sexualidad como algo enfermizo y morboso?

La sexualidad ha sido y es terreno propicio para eI control social de los poderes políticos, religiosos y eco­nómicos, ningún otro aspecto de la persona humana ha sido objeto de tantos prejuicios, prohibiciones, represio­nes y tabúes, A lo largo de la historia, desde el más an­cestral y extendido tabú del incesto hasta las modernas leyes represivas chinas para controlar la natalidad, o las moralistas campañas occidentales contra el sida, la se­xualidad humana ha sufrido todas las vejaciones y sevi­cias imaginables, que impedían que los seres humanos fueran libres sanos y felices. Las   mixtificaciones,  los pre­juicios y las falacias que confunden y distorsionan el dis­curso sexológico hacen imprescindible un enorme es­fuerzo de objetividad científica para clarificarlo. Este será nuestro empeño a lo largo de las siguientes páginas.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s