LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (XVII) : La igualdad como valor universal y constituyente

Julián Fernández de Quero

La irrupción de la Modernidad se debió a la confluencia de  tres revoluciones que cambiaron el mundo:  La revolución industrial que desplazó la producción de riqueza del  campo a las fábricas, la revolución política que trastocó  el poder emanado de  Dios  en forma de monarquía absoluta por el poder emanado del pueblo en forma de democracia y la revolución cultural que cambio  la escala de valores centrados en la  familia, el linaje y la sangre, por el reconocimiento del individuo como sujeto de derechos.  El lema de la Revolución Francesa,  “Liberté, Egalité et Fraternité” se convirtieron en los valores y principios de referencia para todos los movimientos que lucharon por mejorar  las condiciones de la democracia y los derechos del individuo,  nacidos con todo tipo de limitaciones y restricciones: Los pueblos sometidos y las clases explotadas  izaron la bandera de la libertad como banderín de enganche de sus alzamientos y revoluciones.  El movimiento feminista y las minorías sexuales  pusieron por delante la pancarta de la igualdad  como ideal que conquistar.  Y todos los movimientos enarbolaron la solidaridad y la fraternidad como cemento que uniera  a todos los  desvalidos del sistema.

Estos principios han sido tan fructíferos que, cuando  los poderes conservadores y reaccionarios se dieron cuenta de su potencial,  intentaron apropiárselos  para  confundir al personal y manipular sus creencias y sentimientos.  Así,  los grupos económicos cuya  razón de ser  emana de la explotación de los demás,  se llamaron  liberales o neoliberales (¡¡cómo si la libertad tuviera algo que ver con ellos!!).  Las asociaciones  de hombres patriarcales  y neomachistas que defienden la permanencia de relaciones patriarcales de dominación de los hombres sobre las mujeres,  se apropian de la igualdad  para  justificar sus reivindicaciones.  Y los poderes políticos elaboran discursos repletos de palabras como solidaridad, fraternidad,  ayuda mutua, cooperación, mientras dictan leyes y normas  basadas en el individualismo feroz, en la competitividad salvaje,  en la depredación cruel de vidas y  haciendas y en la justificación de guerras crueles.

Esta pugna  por  apropiarse de los valores que han servido de guía a las mejores conquistas sociales, culturales  y políticas, amplificada por los medios de socialización de masas, han llevado a un desgaste y  pérdida de sentido  de los conceptos tan abrumador que, actualmente, cuando nombras estos valores las personas  sonríen desconfiadas, ironizan con el sentido que se les quiere dar a los mismos,  se manifiestan incrédulos de su importancia y dudan que sirvan para algo más que para ocultar las verdaderas intenciones de los que las pronuncian, que entienden que siempre serán torticeras y  malintencionadas.

Por eso, desde el movimiento feminista y desde el movimiento de hombres igualitarios,  no podemos quedarnos tranquilos con la utilización de estos conceptos como simples banderines de enganche o como referentes sociales que justifiquen nuestra acción.  Debemos hacer un esfuerzo intelectual  para entender y hacer entender a los demás, la  fundamentación ética universal que convierten a estos valores  en el  centro de la humanización de la especie  y en la garantía de un futuro  superador de todas las discriminaciones, explotaciones y sometimientos  que históricamente nos han agobiado y  horrorizado. Para conseguir  dicha  validación ética hay que echar mano de la filosofía.  Feliciano Mayorga Tarriño, en su obra  “La Fórmula del Bien: Manual de justicia para ciudadanos del mundo”  (Eride Ediciones, Madrid, 2009) cita a Jean Paul Sartre para explicar que la libertad es consustancial con nuestra naturaleza humana, “El ser humano está irremediablemente condenado a ser libre”. Y José Antonio Marina dice que la inteligencia humana es “la inteligencia animal  transfigurada por la libertad”.  Este salto evolutivo en la especie humana se debe al desarrollo progresivo de una capacidad mental: La Reflexividad, es decir, la capacidad de pensarnos a nosotros mismos, de elegir proyectos de acción y de evaluarlos.  Nuestra indeterminación biopsicológica nos ha liberado de la  predeterminación de las conductas animales  pero  nos fuerza a buscarle un sentido a nuestras acciones. El humano es el único  “animal que juzga” si lo que hace él o los demás es correcto o incorrecto, bueno o malo,  beneficioso o perjudicial.  Nos pasamos la vida emitiendo juicios sobre todo.  Anthony Giddens dice que el reconocimiento de la individualidad y de sus derechos por parte de la Modernidad,  hace que el ser humano cobre conciencia de “ser propietario de sí mismo” y democratiza un “proceso reflexivo del Yo”  que antes estaba monopolizado por unas élites minoritarias.  Actualmente  la mayor parte de las personas  tienen clara conciencia de la diferencia entre ser libre y no serlo, aunque, a veces, no tengan tan claro el contenido real de la libertad.

Así, pues,  el ser humano  constitutivamente libre y moral, justifica sus acciones y omisiones mediante principios éticos  que él mismo elabora.  Cuando estos principios éticos  son solamente válidos a nivel individual o de un grupo o colectivo determinado, se les llama “morales privadas”  y cuando su validez  es universal, se les llama “ética pública”.  Para validar la universalidad de un juicio moral, según Hare,  “el sujeto que lo emite debe estar dispuesto a asumir las consecuencias que se desprenderían para sus intereses, cuando otros estuvieran dispuestos a actuar de acuerdo con lo prescrito en su enunciado”. No existen, por tanto,  “las excepciones” a favor del que emite el juicio. Por ejemplo,  para saber si “no matarás” es un juicio moral universal, debemos asumir que todo el mundo, incluyendo al emisor del juicio,  debe actuar en función de dicho juicio moral, sin que quepan ningún tipo de excepciones.  Por lo tanto,  si entendemos la libertad  como la capacidad de elegir y decidir mi forma de actuar  sin ninguna coacción o influencia impuesta desde fuera, y pretendemos que sea un principio ético universal, debo asumir  que yo no puedo coaccionar o  imponer a ningún otro ser humano su capacidad de elegir y decidir sobre su forma de actuar, de la misma forma que nadie me la puede imponer a mí, y no caben excepciones.  Es decir, que llamar  liberalismo o neoliberalismo  a la ideología que justifica moralmente  un sistema de relaciones económicas basadas en la coacción e imposición de  unos grupos humanos  sobre otros, impidiendo que cualquiera pueda elegir su forma de actuar,  es una absoluta contradicción.

El mismo proceso reflexivo que hemos realizado para determinar la validez universal del principio ético de la libertad, podemos aplicarlo al principio ético de la igualdad. Según Feliciano Mayorga, en el libro ya citado, considera que  “Todo ser libre se encuentra en una encrucijada entre dos únicas orientaciones o alternativas generales en lo que respecta a la relación de su voluntad con los seres libres y demás entes que habitan el planeta:

  • “Por un lado, la actitud “egoísta” según la cual : “Obraré siempre en función de mis intereses, provecho o bienestar aún cuando el precio sea tratar a los otros como instrumentos o abandonarlos a su suerte ante la desgracia”.
  • Por otro, la actitud “igualitaria” según la cual : “Tomaré en consideración a todos los demás y me haré responsable de sus necesidades auténticas  aunque tuviera que sacrificar, llegado el caso, mi placer y mi bienestar”.
  • Como existen solo estas dos alternativas, la egoísta y la igualitaria, y además son excluyentes, se vuelve necesaria e inexcusable una decisión del sujeto a favor de una u otra. La denominaré “decisión fundamental”.

Para el autor,  la decisión fundamental se puede vivir como encrucijada práctica y racional:

  • “Acción estratégica es aquella en la que el agente, con el fin de optimizar los medios para la consecución de sus fines, decide instrumentalizar a otros sujetos.
  • Acción comunicativa es la interacción entre dos sujetos que entablan una relación interpersonal con el propósito de entenderse y coordinar sus planes de acción.
  • Quien decide optar por la primera alternativa utilizará el modelo de razón instrumental como forma de resolver sus conflictos interpersonales, sea      la manipulación o la violencia, cuando sus pretensiones resulten contradictorias con las de los otros.
  • Quien opta por la segunda alternativa utilizará el modelo de razón discursiva o argumental para resolver sus pretensiones de validez encontradas (diálogo) reconociendo a los otros como interlocutores válidos.”

Por lo tanto,  un sujeto cuya decisión fundamental ha sido escoger la actitud egoísta,  realizará acciones estratégicas  (instrumentalizando a los demás) que intentará justificar con razones instrumentales (mediante manipulación o violencia).

Por el contrario, un sujeto cuya decisión fundamental ha sido escoger la actitud igualitaria, realizará acciones comunicativas (interaccionando con los demás con el propósito de entenderse y coordinar sus planes de acciones) que justificará con  razones argumentales o dialógicas (reconociendo a los demás como interlocutores válidos e iguales)

Vemos, pues, como los humanos  estamos condenados a ser libres, es decir, no tenemos más remedio que elegir entre organizar nuestra existencia de una manera “egoísta” o de manera “igualitaria” y dependiendo de nuestra elección, le daremos un carácter instrumental o dialógico a nuestras relaciones con los demás.  La validación del principio ético de igualdad  viene determinado por  el hecho de que  “debo considerar iguales a mí a todos los seres humanos sin excepción”.  En cuanto me sienta superior o inferior a otros o los otros me consideren como superior o inferior a ellos,  la igualdad deja de existir.  Por ejemplo,  todo planteamiento patriarcal basado en la relación de dominación-sumisión entre hombres y mujeres no puede ser igualitario.  Cuando la igualdad se examina y reflexiona desde la fundamentación ética, resulta relativamente fácil esclarecer qué decisiones y posturas individuales o colectivas  responden al principio ético de igualdad y cuales no.

Con estos argumentos éticos,  tomamos conciencia de que la igualdad no es solamente un referente de lucha o un banderín de enganche, sino algo más sustancial y profundo: Es la orientación que le damos a nuestra existencia como  “egoísta” o “igualitaria”  y que va a condicionar nuestras relaciones con nosotros mismos y con los demás en todos los ámbitos de nuestra vida.  Podemos aspirar a construir  nuestra “burbuja”  de felicidad privada, egoísta, sin preocuparme por nadie más o podemos aspirar a construir un mundo mejor, libre, igualitario y fraterno, es decir, justo, incluyendo mi felicidad privada en la felicidad pública, de todos. En el primer caso,  siendo consecuentes, debemos asumir que si yo utilizo a los demás como instrumentos a mi servicio, ellos pueden hacer lo mismo conmigo y corro el riesgo de ser instrumentalizado por ellos, lo que perjudicaría mis posibilidades de felicidad privada,  y  además, no tendría derecho a quejarme.  En el segundo caso, debemos asumir que, a veces, la felicidad de todos  conlleva responsabilidades y sufrimientos que dificultan mi felicidad privada,  pero que merece la pena  para darle sentido a mi existencia.

¿A qué ahora podemos vislumbrar nuestras decisiones de hombres igualitarios con otra dimensión?  Ser hombre igualitario no puede ser  construir  otra “nueva masculinidad”  que siga diferenciándonos de las mujeres, aunque sea en sentido positivo y amable,  porque,  desde la construcción cultural de nuestras identidades, no hay ninguna diferencia apreciable, somos iguales.  Tenemos diferencias biológicas evidentes en cuanto que somos  animales que nos reproducimos por el método del dimorfismo sexual  y eso nos convierte  en machos y hembras  que desarrollan comportamientos de apareamiento para la supervivencia de la especie.  Pero, a estas alturas del siglo XXI, resulta evidente  que el éxito reproductivo de nuestra especie nos obliga moralmente a limitar el número de nacimientos  y de apareamientos fértiles, con lo que la función reproductiva  queda  reducida a unos instantes  fugaces de nuestras vidas.  La inmensa mayoría del tiempo vital la dedicamos a desarrollar funciones,  elaborar proyectos, aumentar posibilidades  creativas  y  disfrutar de las relaciones sociales,  para las que estamos capacitados de la misma manera y en igualdad de condiciones.  Solamente las específicas condiciones de nuestro desarrollo individual   introducen matices diferenciales que no se pueden generalizar  colectivamente. No hay características masculinas o femeninas diferenciales  que sustenten la existencia de un género masculino y un género femenino, sólo individuos únicos e irrepetibles.  Las diferencias de género que actualmente persisten han sido construidas socialmente por el patriarcado  y fomentadas por  el capitalismo consumista actual.  Como muy bien analiza Pierre Bourdieu,  las  “estrategias de distinción”  entre lo masculino y lo femenino  alimenta un gigantesco mercado de colosales proporciones, contra el que resulta difícil  luchar.  El  multinacional entramado de industrias vestimentarias, cosméticas, farmacéuticas,  audiovisuales, etc.,  son el bosque que nos impide ver el árbol de la igualdad. Hay que  dedicar tiempo a reflexionar,  buscar, profundizar,  para encontrar entre tanta hojarasca y maleza consumista,  la realidad de nuestro ser  igualitario, libre y fraterno. Pero, una vez que hemos tomado conciencia de ello,  el bosque se limpia, el horizonte se despeja y  nos comportamos en cualquier ámbito de nuestra vida con la íntima convicción de saber  que sólo una sociedad de seres libres, iguales y fraternos puede ahorrarnos sufrimientos innecesarios y acabar con las discriminaciones, explotaciones y dominaciones que tantos horrores han deparado a nuestra especie a lo largo de su historia.  La felicidad política  surgida de los principios éticos universales será la garantía de nuestras felicidades privadas y, al fin, el lema surgido en la Revolución Francesa,  “Libertad, Igualdad, Fraternidad” dejarán de ser palabras vacías instrumentalizadas para llenarse plenamente de contenido humano.  Este es el sentido más profundo de la lucha del movimiento feminista y del movimiento de hombres igualitarios.

 

 

 

 

 

 

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