LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (XVI): La guerra de los sexos no es el problema

Julián Fernández de Quero

Entrar en una guerra de sexos es caer en la trampa tendida por los de siempre, o sea, los que han vivido y viven sin trabajar a costa de nuestro trabajo. Estereotipos del corte “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, “el trabajo dignifica”, etc., hay que arrojarlos a la papelera por falaces y peligrosos.Si con los dos modos de producción -patriarcal y clasista- establecéis una cruz de coordenadas, situando el sistema patriarcal en vertical con la división en dos grupos : varones a la izquierda y mujeres a la derecha, y el sistema clasista superpuesto en horizontal con la división en dos grupos: explotadores arriba y explotados abajo, os encontrareis que la especie humana queda dividida en cuatro grandes grupos sociales:

VARONES DOMINANTES  DE                 MUJERES  DOMINADAS  POR

SUS MUJERES   Y  EXPLOTA-                 SUS  MARIDOS  Y  EXPLOTA-

DORES  DE  OTROS  VARO-                      DORAS DE  OTROS VARONES

NES Y  MUJERES                                         Y  MUJERES

 

VARONES  DOMINANTES DE                 MUJERES  DOMINADAS  POR

SUS MUJERES  Y  EXPLOTA-                 SUS VARONES Y  EXPLOTA-

DOS POR OTROS VARONES                     DAS   POR  OTROS  VARONES

Y   MUJERES                                                 Y  MUJERES.

1.-El grupo de los varones explotadores (un 9 %) que, según el sistema patriarcal, dominan a sus mujeres y, según el sistema clasista, explotan a varones y mujeres de las clases inferiores. Los varones de este grupo, además, tienen como característica particular el no sentirse obligados a cumplir con la función proveedora hacia su familia que, en teoría, le exigiría su rol de género, sino que delegan impositivamente dicha función en los varones de las clases inferiores que trabajan más para proveerles a ellos de los bienes que necesitan. Lo mismo les ocurre con la función protectora, que delegan en una legión de guardaespaldas, vigilantes jurados y policías que son los que se encargan de protegerles a riesgo de sus vidas.

2.-El grupo de las mujeres explotadoras (un 11 %) que, según el sistema patriarcal, están sometidas a sus varones pero que, según el sistema clasista, explotan a los varones y mujeres de las clases inferiores. También la característica particular de este grupo es que delegan la mayor parte de sus funciones femeninas (tareas domésticas, cuidados de crianza de los hijos, educación de los mismos, atenciones con el marido) en las mujeres (incluso hombres) de las clases inferiores. Prácticamente, sólo ejercen la función sexual y afectiva con sus maridos, sometiéndose al débito conyugal (no sin cierta rebeldía que recogen las revistas del corazón) y la función de representación social en calidad de dama de compañía o esposa consorte para realzar el estatus del marido.

3.-El grupo de los varones explotados (un 39 %) que, según el sistema patriarcal, dominan a sus mujeres y, según el sistema clasista, son explotados por los varones y mujeres de los dos grupos anteriores.

4.-El grupo de las mujeres explotadas (un 41 %) que, según el sistema patriarcal, son sometidas por sus maridos y, según el sistema clasista, son explotadas por los varones y mujeres de los dos primeros grupos.

Esto quiere decir que la inmensa mayoría de los varones no sólo no salen favorecidos asumiendo los valores machistas sino que, por el contrario, están claramente perjudicados. Salvo el escaso y teórico privilegio de dominar a sus mujeres, teniéndolas de criadas domésticas y esclavas sexuales (algo que ya hemos visto anteriormente que es muy relativo si tenemos en cuenta los cambios producidos en relación al hogar, la crianza y las costumbres sexuales), los varones de las clases inferiores se ven sometidos a la obligación patriarcal de proveer con su trabajo a las necesidades económicas de su familia y, además, a la obligación clasista de proveer a las necesidades económicas de los varones y sus familias de la clase privilegiada. Doble función que se cumple con un trabajo extenuante que apenas le deja tiempo para el ocio y la calidad de vida. Siendo, además, los que se encargan de proteger a las familias de los explotadores a cambio de un salario (sin contar a las tropas de los ejércitos imperiales que invaden, luchan y mueren para conquistar bienes para los poderosos). Así que tenemos una mayoría de hombres necesitados de trabajar menos para aumentar su calidad de vida  frente a una minoría de hombres poderosos que necesitan que los demás hombres trabajen hasta la extenuación para que la productividad aumente y sus beneficios también.  Una contradicción irresoluble  que sólo se acabará cuando  cada hombre  sea  “propietario de su trabajo” y nadie sea propietario del trabajo de los demás.  De la misma forma que tenemos una mayoría de mujeres explotadas por una minoría de mujeres poderosas  que viven bien a costa del trabajo de las otras.  Contradicción similar a la de los hombres y que se resolverá de la misma forma.  La perspectiva integral de género nos permite analizar las contradicciones internas de la especie, evitando las simplificaciones de “todos los hombres son machistas” o  “todas las mujeres son victimas”. En cambio, cruzando todos los clasificadores con el de género,  aparecen una multitud de contradicciones que enriquecen el análisis y  genera una multiplicidad de alternativas.  Con el cruce realizado arriba entre el género y la clase social, podemos cruzarle el de la raza,  mujeres y hombres blancas/os,  negras/os y amarillas/os.  Y después, podemos añadir el cruce de la  orientación sexual,  hetero, homo, trans y bisexuales.  Y así  podríamos seguir con la etnia,  la nacionalidad, la religión y, al final,  nos daríamos cuenta de la complejidad de la realidad y de la necesidad de que los grupos dominados, discriminados, explotados y  segregados,  se unan para emprender batallas pacíficas pero no por eso, menos eficaces,  contra los grupos poderosos que se benefician de esta situación de división y parcelación de la especie, cuando todos somos homo sapiens sapiens.

Las culturas sin género han existido y existen

Que varones y mujeres podemos educarnos para realizar las mismas funciones, desarrollar los mismos comportamientos y colaborar  solidariamente en las mismas tareas con el único objetivo de procurarnos mutuamente bienestar y felicidad, no es una utopía elaborada por un iluminado, sino algo que podemos ver ya en algunas especies animales que, dentro de la clasificación por etapas evolutivas, pertenecen a la cuarta etapa. Muchas especies de aves desarrollan comportamientos reproductivos comunes: Una vez que la hembra ha puesto los huevos, tanto ella como el macho se alternan en la incubación de los mismos y cuando las crías nacen, ambos se alternan en la búsqueda de alimento para darles de comer y, por supuesto, ambos ejercen de protectores ahuyentando a los posibles depredadores o cambiando a las crías de sitio cuando se encuentran amenazados. Suelen establecer relaciones monógamas y un dato curioso es que suelen ser más o menos iguales en corpulencia física y rasgos morfológicos. Un ejemplo paradigmático de comportamientos igualitarios tal como los he descrito son los albatros. Pero, no sólo entre las aves se da este tipo de relaciones macho-hembra. También entre los mamíferos existen especies con este comportamiento, como es el caso del oso polar, el castor europeo y el chacal común. Incluso, entre los primates encontramos al tití y al gibón con relaciones de este tipo.

Dentro ya de la especie humana, también tenemos ejemplos de pueblos en los que la mística de la masculinidad no se ha desarrollado y, por lo tanto, no existe el patriarcado ni el machismo ni la separación de géneros. D.D. Gilmore ha estudiado las costumbres de los habitantes de la isla Tahití y de los semai, un pueblo que habita en la península malaya, como botón de muestra de otros pueblos con parecidos comportamientos y que fueron estudiados por Margaret Mead (15), Bronislaw Malinowski (16) y otros investigadores.  Los tahitianos viven en una isla dela antigua Polinesia francesa y tanto los varones como las mujeres suelen realizar idénticas funciones e intercambiarlas entre sí con absoluta normalidad en función de las circunstancias. En su idioma no existen términos que designen el género, es decir, que no hay roles masculinos o femeninos, no hay pronombres ni artículos que indiquen el sexo del sujeto ni del objeto, hasta el punto, que se puede escuchar a alguien relatando una interacción con otra persona durante mucho tiempo sin poder distinguir si se está refiriendo a un varón o a una mujer. Los nombres de las personas son indistintos y, por lo tanto, hay hombres y mujeres que tienen el mismo nombre.

Los varones tahitianos no hacen ningún esfuerzo por proteger a sus mujeres porque se cuidan ellas solas. Entre ellos no suele haber peleas ni conductas agresivas, ya que éstas son vividas con vergüenza y, cuando comenzaron a llegar los europeos, fueron víctimas de la agresividad masculina europea ante la que su única reacción era la huida al interior de la isla . Poco se les exige a los tahitianos, que no cazan, no tienen tareas peligrosas o agotadoras de las que, por aquí, se llaman masculinas, no hay luchas ni guerras. La tierra es fértil y la laguna local con abundancia de peces. En vez de propiciar la competitividad masculina, la economía local fomenta un extraordinario grado de cooperación y reparto. La gente se reparte la tierra de forma graciable, pescan juntos y recogen las cosechas en común. La ayuda mutua entre las familias es algo cotidiano.Una actitud reacia al esfuerzo y al trabajo se considera un rasgo valorable y típico de los tahitianos, de manera que rechazan a los que vienen de fuera y se muestran excesivamente laboriosos. De los hombres se espera que sean pasivos y complacientes, hasta el punto de que ignoren los agravios. No hay concepto del honor masculino ni venganza que llevar a cabo. Desde pequeños aprenden a sentir vergüenza hacia la violencia. El misionero James Wilson, en 1799, los describía así:”Sus maneras son afables y simpáticas;  su modo de andar es ligero,  firme y gracioso; su conducta es libre y abierta; dan prueba de una generosidad sin límites tanto entre sí como con los extraños; su temperamento es suave, pacífico y sin afectación; cuando se sienten ofendidos, algo que les cuesta mucho, se tranquilizan enseguida y raramente albergan rencor o deseo de venganza, por muy grave que haya sido la ofensa”.

 Las condiciones objetivas del medio

Todo un ejemplo para dejar de ser macho y convertirse en persona. Es evidente que los tahitianos desarrollaron esta peculiar personalidad gracias a una serie de condiciones objetivas: Vivir en una isla fértil y rica en recursos alimenticios, con un clima excepcional y a suficiente distancia de otros vecinos más belicosos que impedía las invasiones. Todo ello colaboró a que, durante siglos, los tahitianos, como otros pueblos polinesios, pudieran desarrollar su atractiva y humanizadora cultura, hasta que llegaron los varones europeos y comenzaron a hacerles la vida imposible. Lamentable.

Estas condiciones objetivas sirven para explicar parcialmente el desarrollo de la cultura tahitiana, pero su influencia no es suficiente para comprender todas las causas. Un ejemplo de ello son los semai, otro pueblo de cultura similar a la de los tahitianos que, sin embargo, no han vivido aislados, sino todo lo contrario. Viven en Malasia Central, en las montañas de la península malaya, rodeados de otros pueblos aborígenes y tienen frecuente contacto con extranjeros asiáticos y europeos. Vienen de una cultura más extensa que comprende a camboyanos, vietnamitas y birmanos y su ubicación geográfica actual parece ser consecuencia de su actitud pacífica que les lleva a huir ante las agresiones de los demás, lo que les ha desplazado de sus tierras llanas hacia las montañas. Los semai son uno de los pueblos menos agresivos y más tímidos de la Tierra. Consideran que resistirse a una insinuación o petición, sea sexual o de otro tipo, hecha por otra persona,  es una forma de agresión hacia elotro. Por lo tanto, aceptan de buen grado todas las peticiones sin resistencias, los gestos de rechazo, ruidosos, molestos o agresivos, se consideran “punan” que es la palabra con la que designan la prohibición de actuar incorrectamente. Su actitud les ha llevado a mezclarse con un sin fin de razas y pueblos de tal forma que actualmente los semai no tienen morfología propia y se puede encontrar individuos semai blancos, amarillos, negros, de ojos rasgados, altos y bajos, en fin, la más alta expresión de un mestizaje fruto de su pacifismo y su amabilidad para las relaciones humanas.

Todos estos ejemplos animales y humanos demuestran que cuando se plantea la posibilidad de dejar de comportarse según las normas y valores de la ideología machista y aprender a ser de otra manera diferente, no estamos hablando de una utopía ni expresando un deseo inalcanzable. Tanto en el ámbito de los animales como entre los pueblos humanos tenemos ejemplos de que se puede vivir de otra manera. Nuestro comportamiento no es inmutable ni está fijado por los instintos. Los humanos somos quizás la especie animal más plástica y maleable del planeta. Nuestra personalidad se conforma fundamentalmente a través del aprendizaje manteniendo dicha capacidad de aprender a lo largo de nuestra existencia. Gracias a ello hemos ido evolucionando en el interior de la especie hasta el punto de que una persona actual de un pais desarrollado apenas se puede reconocer en un antepasado de hace tres mil o cien mil años.

Es evidente que para cambiar no sólo se precisa el deseo de hacerlo. También se tienen que dar una serie de condiciones objetivas que faciliten el cambio, incluso que lo induzcan. Tal como veíamos en los tahitianos, las condiciones del medio han de ser favorables para que el cambio se lleve a efecto. Pero es que, precisamente ahora, en nuestras sociedades desarrolladas, dichas condiciones se están dando y sería del género tonto (no ya masculino ni femenino) el dejarlas pasar sin hacer algo por mejorar nuestra existencia.

 

 

 

 

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Una respuesta a “LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (XVI): La guerra de los sexos no es el problema

  1. Excelente la forma en que abordas la situación y los ejemplos que traes para demostrar que no tenemos excusas para ser violentos hacia los demás.

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