LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (XV): Cambiar las “3P” por las “3c”, una forma de empezar

Julián Fernández de Quero

Permitidme que, antes de desarrollar el contenido de este capítulo, subraye un aspecto que me parece  de gran importancia para lo que viene después:  La Cultura de los Géneros, como expresión ideológica del Modo de Producción y Reproducción Patriarcal, afecta  negativamente a todas las personas, hombres y mujeres. Por lo tanto, el cambio necesario para superar las lacras de dicha Cultura,  viene motivado no sólo por la solidaridad justificada de los hombres hacia las mujeres, que han sufrido las peores consecuencias, sino por el interés personal de cada hombre de dejar de ser víctima, a su vez,  de la Mística de la Masculinidad y mejorar su propia calidad de vida.  Esta es la tesis principal de mi libro  “Hombres sin temor al cambio”, en  el que creo dar suficientes argumentos concretos para justificarla. El machismo perjudica seriamente la salud de las personas, hombres y mujeres,  y de ahí se deriva la necesidad de analizar críticamente,  desde una perspectiva integral de género, que incluya a todas las personas perjudicadas por  la Cultura de los Géneros, y   del cambio necesario para todas y cada una de ellas. El cambio se puede concretar en múltiples comportamientos personales y colectivos, desde la forma de afrontar la vida doméstica y laboral hasta el apoyo a la discriminación positiva para que la democracia sea paritaria. Pero, para que realmente los cambios sean eficaces, deben estar orientados por un cambio de actitudes que se conviertan en referentes ideológicos de los mismos. Refiriéndome exclusivamente al ámbito de la masculinidad, propongo que el cambio de actitudes se oriente a la renuncia de tres actitudes de género masculinas y su sustitución por tres actitudes humanizadoras.  Sería cambiar las “3P”  (Poder, Posesión y Pulsión copulatoria) por las “3C”  (Cooperación, Comunidad de especie y Crecimiento erótico).

  1. PODER VERSUS COOPERACION:

 El primer cambio de actitud supone para los varones la renuncia a cualquier tipo de poder, entendiendo éste como toda relación entre personas que lleve implícita la subordinación y que suponga la aplicación del binomio “Dominación-Sumisión”. Desde la renuncia al poder marital o paternal que implica la subordinación de las mujeres o de los hijos e hijas, hasta la renuncia al poder empresarial, que implica la subordinación de las personas trabajadoras o al poder político, que implica la subordinación de las ciudadanas.  La renuncia al poder no implica que tengan que dejar de existir las funciones de crianza, las empresas y las instituciones políticas, necesarias para el progreso de la Humanización de la especie. Tampoco implica que en determinados contextos (laborales, militares, políticos, administrativos, etc.) sea necesaria una jerarquización técnica que aumenta la eficiencia en la consecución de los objetivos.  Significa el cambio de actitud para llenarlas de otros contenidos y otras relaciones.  CAMBIAR LA ACTITUD DE PODER POR LA ACTITUD DE COOPERACION. Siguiendo con los mismos ejemplos utilizados, el padre no tiene poder sobre sus hijos e hijas, sino que coopera con ellos y ellas en la tarea de asegurar una crianza de calidad humana. Los padres y  madres conscientes del compromiso que adquieren en la crianza de sus criaturas, saben que el objetivo de dicha crianza es ayudarles a llegar a ser personas adultas maduras, capaces de desplegar la autonomía necesaria para evitar dependencias tóxicas y adicciones neuróticas en las relaciones con los demás; cultivar la autoestima precisa para sentirse feliz, puesto que hay que quererse a una misma para poder querer a las demás, dado que nadie puede dar de lo que no tiene, así que una persona acomplejada, que no se quiere a sí misma, malamente puede dar amor a las demás; y desarrollar la creatividad que todo ser humano trae al mundo, que le  permite “hacer realidad a partir de una irrealidad”, como dice José Antonio Marina en su obra “Teoría de la Inteligencia Creadora”.  El empresario no tiene poder sobre las personas que trabajan en la empresa, sino que coopera con ellas por la buena marcha de la misma en beneficio de todas las personas implicadas. Esta cooperación significa que las relaciones entre el empresario y los trabajadores deben basarse en la confianza, la sinceridad, la igualdad de trato y la ausencia de discriminaciones de género y de explotaciones abusivas.  El político no tiene poder sobre la ciudadanía, sino que es un representante de ellas y sabe que presta un servicio  en la buena administración de los asuntos públicos con el fin de  aumentar los niveles de bienestar personal y colectivo. El cambio de actitud se refleja claramente en comportamientos concretos que son fácilmente identificables. Que un padre ejerza su función con poder se nota en que actúa con autoritarismo y no dialoga con sus criaturas, sino que manda, premia o castiga, según el comportamiento de ellas. Una madre ejerce su función con poder cuando considera que sus criaturas son de ellas y de nadie más, es decir tiene un sentimiento de posesión que le impide concebir a sus criaturas como adultos emancipados y libres. Cuando un empresario ejerce su función con poder su relación con los trabajadores es despótica o paternalista, pero siempre deja claro que el propietario de la empresa es él y quien puede despedir es él, mientras que los trabajadores no pueden hacer nada contra él. En cuanto al político ejercerá  su función con poder y se delatará  hasta en su forma de vestir y de comportarse. El político con poder suele realizar un cambio diferente al que aquí estamos  proponiendo, aunque coincida en la denominación: En la década de los ochenta se denominó como el de las “3C”: Desde el momento que asume el poder,  cambia de coche, de casa y de cónyuge. Y esto es debido a que la política, bajo las premisas del capitalismo avanzado, se organiza como una carrera de méritos personal, según la cual,  cualquier persona con astucia y habilidades suficientes para entrar en la cúpula dirigente de un partido, puede ser elegido cargo público e iniciar un ascenso hacia cargos públicos superiores que implican mayores sueldos, dietas y gastos de representación y, cuando lo deja, pensiones vitalicias suculentas y otras regalías. Sin olvidar que este sistema fomenta la corrupción generalizada y el enriquecimiento más o menos ilícito. Ello lleva a la formación de la “clase política” o “casta política” que hace que la ciudadanía hable de ellos como “que todos son iguales”.  Estos ejemplos los pueden hacer extensivos a cualquier ámbito de la actividad humana y en todas encontrarán  comportamientos de poder o de cooperación.

  1. POSESION VERSUS  COMUNIDAD DE ESPECIE:

El segundo cambio de actitud supone la renuncia a la actitud de posesión, entendida ésta como el afán de poseer por poseer, por aparecer por encima de los demás, por figurar en un estatus superior. Como ya sabemos desde hace siglos, la posesión y el poder van unidos ineludiblemente y la renuncia a una supone la renuncia al otro.  Supone cambiar el valor de cambio por el valor de uso, el consumismo por la vida simple. Algún ejemplo para ilustrar esta propuesta:  Poseer  una vivienda por encima de las necesidades reales de su uso, implica la contratación de un servicio doméstico, generalmente una o varias mujeres, cuya tarea consiste en limpiar lo que el dueño de la vivienda ensucia, por la tercera parte o menos del salario que gana el dueño y con el doble de trabajo.  El sentimiento  de posesión deriva del invento de la propiedad privada de los medios de producción, que no hay que confundir con el derecho a la propiedad de los bienes de uso que cada ser humano necesita para su bienestar personal. No es lo mismo ser dueño de tu cepillo de dientes que de la fábrica donde trabajan equis obreros en condiciones de desigualdad. Este sentimiento de posesión deriva siempre en la explotación de otro ser humano, que trae como consecuencia la formación de las clases sociales, de colectivos de estatus diferenciados. La renuncia a la actitud de posesión y su sustitución por una actitud de comunidad de especie, implica la superación de términos como “los otros”,  “extranjeros inmigrantes”,  “clase alta o baja”,  “somos distintos de la chusma”,  etc. Ya sabemos que las peculiares condiciones de expansión y aislamiento en nichos ecológicos de la evolución interna de la especie humana,  generó durante miles de años  subgrupos raciales (blancos, negros, amarillos, etc.),  étnicos (españoles, franceses, chinos, marroquíes, etc.),  locales (los de mi pueblo y los de los otros),  familiares (los Sánchez y los Pérez).  Pero, estas divisiones no pudieron abolir la específica unidad de todos los humanos. Pertenecemos a la misma especie animal. Actualmente, en la cada vez más precisa “Aldea Global”, estas tradicionales divisiones por razas, etnias, nacionalidades y familias, se están quedando obsoletas, perdiendo su significado, tanto real como simbólico. Cuando a Edgar Morin le encarga la UNESCO que realice un estudio de las necesidades pedagógicas mundiales, uno de sus argumentos es la necesidad de crear  “conciencia de especie”,  para que todos nos sintamos parte de un proyecto común que es la Humanidad. En  la medida que se reconoce la centralidad del ser humano como sujeto de derechos, las fronteras de todo tipo se diluyen y aparecen como rémoras del pasado. La actitud de posesión implica todas estas diferenciaciones sociales,  comenzando por la básica, entre el que posee y el que no posee, siguiendo por el estatus, las clases sociales,  étnicas, raciales, etc.  La actitud de comunidad de especie implica la consideración de que todas las personas somos diferentes como individuos, pero iguales como especie, con los mismos derechos.  Esta actitud se traduce en comportamientos de reparto de los recursos materiales para que todas las personas tengan lo que necesitan y usan, sin afán de atesorar y enriquecerse.  “Pensar en global y actuar en local”,  es el lema del movimiento alterglobalización, que podemos hacer nuestro perfectamente. Pensemos que somos miembros de la especie humana, sintamos fraternalmente las carencias que sufren muchos humanos que son iguales que nosotros y que no cubren las necesidades para vivir con dignidad, y actuemos en consecuencia, personalmente, en cada comportamiento concreto. CAMBIEMOS EL TENER POR EL SER y estaremos fomentando la libertad, la igualdad y la fraternidad.

  1. PULSION COPULATORIA VERSUS  CRECIMIENTO EROTICO:

 Los varones mantenemos un retraso evolutivo en nuestra sexualidad, fomentado por el patriarcado y la cultura de género.  La asignación a nuestra función reproductiva de connotaciones de poder patriarcal y de posesión de la infancia y las mujeres,  ha significado, en lo concreto, la permanencia de nuestra sexualidad en los reducidos límites de lo genital reproductivo y en la esclavitud hormonal.  La pulsión copulatoria influye en la configuración de una actitud repleta de estereotipos machistas, como la supuesta poligamia masculina frente a la monogamia femenina, como la importancia de la penetración coital  como cénit  de la experiencia sexual,  como la descarga seminal como necesidad fisiológica, como las expresiones afectivas consideradas síntomas de afeminamiento y homosexualidad.  La actitud generada por la pulsión copulatoria tiene consecuencias indeseables, como el mantenimiento de la prostitución,  el tráfico de mujeres, la explotación sexual de la infancia, el comercio internacional de afrodisíacos y medicamentos, como la Viagra, los delitos contra la libertad sexual, entre otros muchos que podríamos relatar.  En todos estos fenómenos sociales, el varón aparece como agresor de la mujer y pocas veces se le considera como víctima de los mismos. Sin embargo, los varones son víctimas de la ausencia de una educación sexual correcta que les induce a correr riesgos innecesarios para su salud, tanto física como psíquica y social. Renunciar a  la actitud de la pulsión copulatoria y sustituirla por la actitud del crecimiento erótico supondría como efecto beneficioso general para la especie, la abolición de todos los fenómenos sociales anteriormente citados.  Sin clientes masculinos alienados desaparecería la prostitución,  el tráfico de mujeres, la explotación sexual infantil, la pornografía, etc.  Con la actitud del crecimiento erótico se pueden potenciar comportamientos saludables como el uso de la masturbación  para lograr estados de bienestar personal, descarga de tensiones y relajación propiciadora del sueño.  Las relaciones sexuales interpersonales se centrarían en el placer sensorial corporal y en la comunicación afectiva entre sujetos igualmente dignos de respeto, aceptando la diversidad y pluralidad de comportamientos sexuales como un fenómeno bueno y digno de consideración. En palabras de Anthony Giddens, sería aceptar una sexualidad “plástica” que implica respeto a que cada persona construye su sexualidad a su manera.   El despliegue afectivo supondría la abolición de los comportamientos violentos, posesivos y celotípicos y el fomento de comportamientos lúdicos,  pacíficos y dialogantes, con el desarrollo de un amor “confluente”, único posible entre dos sujetos que aman desde su propia autoestima. Por otro lado, ese crecimiento erótico facilita relaciones “puras”, es decir, sin dependencias neuróticas ni adicciones tóxicas.  Lo dice José Antonio Marina en su obra “El rompecabezas de la sexualidad” : “Lo más parecido a una relación sexual humana es  una conversación”.  LA PULSIÓN COPULATORIA  ES SUSTITUIDA POR LA EROTOFILIA,  que necesariamente lleva a la construcción de una cultura de paz, hedonista y democrática. Si los varones somos capaces de cambiar nuestras actitudes de  PODER,  POSESION Y PULSION COPULATORIA  (las 3P)  por las actitudes de COOPERACION, COMUNIDAD DE ESPECIE  Y  CRECIMIENTO EROTICO (las 3C) , estaremos actuando, en primer lugar,  a favor de nuestra propia calidad de vida, de nuestra salud y bienestar personal. Dejaremos de ser los malos de la película,  los agresores de mujeres, los violadores, los suicidas de la velocidad, los adictos a las drogas, los traficantes de personas, los explotadores del trabajo de los demás.  En segundo lugar, actuaremos a  favor de las mujeres y de la infancia, devolviéndoles su dignidad de personas que les hemos arrebatado al convertirlas en víctimas de nuestros desmanes machistas. En tercer lugar, actuaremos a favor de la sociedad humana, regida no por leyes naturales de depredación y  competitividad, sino por criterios de cooperación y reparto,  creadora de una cultura de paz, y dejaremos de ser los protagonistas de las guerras genocidas y de la  estresante competitividad económica. Las metas que proponemos bien merecen el esfuerzo por el cambio. Démonos una oportunidad.    

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