LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (XIV): Los cuerpos construidos por la cultura

Julián Fernández de Quero 

En la sociedad  circula un prejuicio muy extendido y arraigado que considera a la cultura como el aspecto humano modificable, relativo y  cambiable, mientras que la biología la conciben como algo universal, permanente e incambiable. Hasta en sectores tan avanzados como el feminismo, se solía contraponer el género, como producto de la cultura, al sexo, como producto de la biología. Sin embargo, estas erróneas concepciones entran en franca contradicción con el principio mismo de la selección natural que establece que la biología evoluciona mediante pequeñas y grandes mutaciones que sufren los cuerpos por la presión de los ecosistemas a los que intentan adaptarse.  Esto explica que la especie humana, viniendo del tronco común de un grupo de individuos, en su posterior dispersión y adaptación a diversos ecosistemas hayan modificado sus cuerpos con diferentes pigmentaciones de la piel, cambios en la estatura, grosor, musculatura, etc.  como se puede observar claramente si comparamos a un watusi  con un esquimal, por poner dos ejemplos de radical diferenciación.

Que la biología se ve influenciada por la cultura y que actualmente los cuerpos son construidos culturalmente se argumenta fácilmente echando mano de varios ejemplos de rabiosa actualidad.  La anorexia y la bulimia son dos trastornos psicosomáticos creados en las sociedades desarrolladas por la influencia de los ideales corporales  que la cultura propone a las mujeres.  Que más del cincuenta por ciento de los niños y niñas norteamericanos estén declarados como obesos procede  de la comida basura que el mercado publicita para el consumo en función del beneficio de los macdonalds,  burguer king  y demás cadenas multinacionales.  Que los cuerpos se modifiquen en función del ejercicio físico excesivo y la ingesta de anabolizantes para construir una masa de músculos  responde a las expectativas creadas por los deportes de alta competición y el ideal corporal propuesto culturalmente para los hombres y mujeres. Y si hablamos de cirugía estética la cosa queda subrayada suficientemente. No queda parte del cuerpo que no pueda ser modificada por la cirugía: Desde las cejas,  nariz y labios, hasta las nalgas, michelines y  estómago,  todo el cuerpo puede ser cambiado en función de modelos culturales que siguen los valores de género.  Modelo femenino y modelo masculino de género  matizado por los nuevos valores del capitalismo de consumo.

Así,  el  perfil de la mujer  tradicional de género correspondía a sus funciones reproductivas: anchas caderas,  grasa acumulada,  senos generosos,  los requisitos necesarios para un  buen embarazo y una buena lactancia. Además,  cara de muñeca,  ojos grandes, nariz pequeña y labios carnosos,  rasgos de persona infantil, inmadura, que necesita depender de un marido que le apoye económicamente para llevar a cabo su exclusiva y excluyente crianza.  Perfil  del varón tradicional de género:  Musculoso,  rudo y temerario,  rasgos que denotan su fuerza física y su propensión a usarla aunque no corresponda.  Trabajador incansable,  sabe que tiene que cumplir con los objetivos de las  “3P”  (según  D. D. Gilmore) :  Proveer,  Proteger  y  Procrear, es decir,  alimentar a su familia,  protegerla de los posibles peligros y ejercer las funciones inseminadoras para fundar la familia y aumentarla  lo más posible.  Aunque no se puede decir que estas funciones sean exclusivamente masculinas, ya que las mujeres también las ejercen, la diferencia sustancial es que las masculinas van asociadas al Poder, mientras que las femeninas carecen de él.  En los hombres de género, proveer a la familia con poder se hace extensivo  a  la  posibilidad de acumular riquezas  mediante la explotación de otros hombres y mujeres;  proteger a la familia con poder implica  la posibilidad de conquistar  violentamente a otras familias y pueblos  mediante la creación de ejércitos imperiales;  procrear con poder significa adquirir  el estatus de  Padre o patriarca para gobernar los asuntos públicos  mediante el acceso al Consejo de Ancianos o  al Senado. Pero estos perfiles tradicionales de género comenzaron a perder eficacia como modelos sociales debido a los nuevos valores planteados por el capitalismo de consumo, necesitado de nuevos cambios que generaran negocios y beneficios.  Además, el movimiento feminista  había conseguido que las mujeres dejaran los hogares por el trabajo remunerado en la sociedad,  se emanciparan económicamente de los hombres y comenzaran a vivir por su cuenta, reivindicando  la igualdad con ellos.

El perfil de la nueva mujer  era otro distinto del tradicional.  Esbelta,  fuerte sin que se note, bella sobre todo, pero también inteligente,  competitiva y seductora, no se correspondía con el modelo social de género que había sido el ejemplo a imitar por  las muchachas.  Surgen nuevos modelos sociales  también de género,  acentuando los rasgos femeninos y masculinos.  El perfil de ellas  pierde en cuanto a  sus valores reproductivos pero gana en belleza, seducción e inteligencia.  El perfil de ellos sigue manteniendo la fuerza como  rasgo principal, pero ya no es tan rudo,  el varón también ha de ser guapo sin amaneramientos,  cortés y educado. El  capitalismo de consumo ya tiene lo que necesitaba, surgen grandes negocios e industrias para atender la demanda de gimnasios,  cosmética,  modas,  joyerías, dietas y cirugía estética que las nuevas mujeres y los nuevos hombres requieren.  Los valores de género se combinan bien con los valores mercantiles.  La televisión, el cine y las revistas fomentan los modelos sociales de belleza femenina y  fuerza masculina.  Las azafatas y los azafatos de los programas televisivos  muestran sus cualidades para que sean  imitadas por los y las televidentes, buscando obsesivamente parecerse al modelo cultural y acomplejándose por no conseguirlo.

Una psicóloga,  Sandra  Bem,  realiza un estudio y llega a la conclusión de que existen cuatro géneros y no sólo dos:  El  andrógino, el masculino, el femenino y el indiferenciado.  La existencia de cuatro géneros implica su independencia de la biología,  base argumental justificativa del modelo clásico,  según la cual,  la masculinidad y la feminidad eran desarrollos naturales del dimorfismo sexual  que nos hacía venir al mundo como machos y hembras.  Sandra Bem  considera que el paradigma justificativo no es la biología sino la adaptabilidad social.  Así, el género andrógino, al sumar cualidades adaptativas masculinas y femeninas en un mismo individuo, que puede ser un hombre o una mujer,  le convertirán en un triunfador, en una persona con éxito.  El perfil andrógino es el de un hombre o una mujer, fuerte, agresivo, competitivo, con capacidad de liderazgo (cualidades masculinas) pero al mismo tiempo, seductor, guapo, empático (cualidades femeninas),  es el perfil de mayor adaptabilidad social.  Le seguiría el masculino en cuanto a adaptabilidad social,  después el femenino y por último, el indiferenciado sería el modelo del perdedor, el de menor adaptabilidad social.  El error de Sandra Bem fue el de considerar el paradigma de la adaptabilidad  social como un valor (algo que el género y el consumismo necesitan que todo el mundo se  crea)  cuando  el progreso de la sociedad y su evolución cultural requieren de personas que podríamos llamar inadaptadas, en el sentido de que se dedican a lo suyo, es decir, a crear e inventar,  sin dedicar demasiada atención a la adaptación que la sociedad les pide.

Julia Sebastian, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, mediante una investigación para comparar el modelo clásico con el modelo de Sandra Bem, usando el análisis factorial de los cuestionarios y escalas medidoras de los roles de género, llegó a la conclusión de que el nuevo modelo era más eficaz y pertinente que el clásico. Pero, además, llegó a la conclusión de que había tantos modelos como individuos, es decir, que teniendo en cuenta su multidimensionalidad, los modelos de género no servían para crear entes homogéneos porque cada persona tenía su propio modelo. Era la misma tesis que proponían las teóricas queer (Gayle Rubin, Judith Buttler, Eve Kosofsky) de que las identidades colectivas son construcciones producidas por el poder para manipularnos y dividirnos, cuando la única identidad cierta es la individual, que no se genera de una vez sino que está en permanente construcción con las incorporaciones y cambios que producen las experiencias, vivencias e influencias que el individuo va incorporando a lo largo de su vida. Las identidades colectivas (de género, clase social, raza, orientación sexual y nacionalidad) pueden servir para la lucha política contra el poder, pero huyendo del esencialismo identitario, como consideran críticamente que han padecido el feminismo tradicional, el movimiento gay y lésbico y otros colectivos.

Podemos construir nuestros propios cuerpos sin guiarnos por modelos culturales externos, que no buscan nuestra felicidad sino el máximo negocio y beneficio, reflexionando y asumiendo criterios de salud, autonomía, relaciones afectivas, autoestima y bienestar. El criterio de salud considera que los excesos y las carencias son patogénicas. Así, un exceso de musculatura o de cirugía estética, pueden resultar insalubres.  El criterio de autonomía implica, en palabras de Anthony Giddens,  que el individuo se haga “propietario de sí mismo”,  protagonista de su vida,  creador de su propia biografía, mediante el “desarrollo reflexivo del Yo”,  y deje de padecer dependencias y adicciones culturales y afectivas que no le hacen ningún bien.  El criterio de las relaciones afectivas supone que el individuo se abra a las posibilidades de amar y ser amado,  como objetivos humanizadores importantes, dejando a un lado  los fines neuróticos de la riqueza, la fama o el poder  y dedicando su tiempo al despliegue de sus afectos positivos.  El criterio de autoestima nos dice que el individuo que no se ama a sí mismo, no puede amar a los demás. Tenemos que querer a nuestro cuerpo, tal como es, es decir, tal como podemos construirlo siguiendo criterios saludables y no de adaptabilidad a una sociedad competitiva y violenta. Por último, el criterio del bienestar  implica hacer aquello que nos genera placer y creatividad,  parte importante de la felicidad que todos perseguimos.

Asumiendo, pues, que los cuerpos están construidos por la cultura, tendremos que decidir  personalmente que influencias acepto como positivas y cuales rechazo por ser negativas para mi salud física y psíquica.  Ahí van algunas propuestas para la reflexión:

 POSITIVAS

1. Hacer ejercicio físico moderado es  bueno  para la salud y el estado de ánimo, te mantiene en forma, activo y creativo.

2. Comer una dieta equilibrada  te mantiene  en forma  y te permite disfrutar  del  sentido del  gusto, de la variedad y la creatividad.

3. Amar tu cuerpo como algo valioso que permite respirar, gozar,  viajar, aprender  y  relacionarte influye en tu autoestima psíquica y en la empatía en tus relaciones sociales.

4. Cuidar tu cuerpo con criterios personales   de salud, genera más placer,  alegría de vivir y  tiempo    de intimidad  sin complejos.

5. Pensar que el amor se consigue  gracias a la concurrencia de varios factores, siendo el atractivo físico uno de los menos importantes, te puede convertir en sujeto amante y amado  a tiempo completo.

6. Ser tú el modelo de tí mismo, aplicando los  criterios de salud, autoestima y bienestar  que tú  elaboras según tus circunstancias, te da  más autonomía, libertad y tiempo para  gozar con actividades creativas y  placenteras.

7. Emplear tu cuerpo  para dar y recibir  afecto  y placer es la mejor forma de compartir  con las demás personas, de establecer vínculos         afectivos y  de aumentar  tu  felicidad.

8.  Construir un cuerpo con amor  y    autonomía  modifica su actividad cerebral, su producción  de endorfinas, su metabolismo e influye en la  conformación de una personalidad relajada, optimista, alegre y  reflexiva.

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NEGATIVAS

1. Hacer ejercicio físico excesivo con criterios competitivos, aumenta el riesgo de accidentes e implica dolor y  tentación de dopaje.

2. La comida basura  y  comer  con exceso genera obesidad y las molestias asociadas   (movilidad, empachos, gastritis, etc.)

3. Odiar tu cuerpo porque no cumple con los cánones sociales de belleza,  te acompleja, te da inseguridad, te genera vergüenza,  te esclaviza y te hace sufrir.

4. Obsesionarte con tu cuerpo según las modas supone asumir dietas forzosas, gasto excesivo de dinero, incluso operaciones  de cirugías dolorosas.

5. Pensar que el amor se consigue gracias al atractivo físico, te  puede convertir en objeto de deseo a tiempo parcial  mientras dura la belleza física  y  en  objeto desechable  cuando ésta declina.

6. Guiarte por los modelos sociales puede perjudicar tu salud, hacerte dependiente de la industria de la moda, del consumismo  y  ocuparte  un tiempo precioso en actividades banales y vacías de sentido

7. Reprimir los deseos de  dar y  recibir  afectos a través de caricias y contactos corporales, siguiendo criterios de género y puritanos,  excluye una gran posibilidad para ser feliz.             .

8. Construir un cuerpo en la competitividad   y    la   comparación esclavizante, modifica su actividad cerebral, produce adrenalina y ansiedad, trastoca el metabolismo e influye en la conformación de una  personalidad hiperactiva, agresiva, pesimista e irreflexiva.

 

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