LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (XII): La conquista de la pasividad masculina

Julián Fernández de Quero

Los tres modelos sexuales de socialización de la conducta humana que el patriarcado ha ido generando para adaptarse a la evolución de las sociedades en sus aspectos económicos y culturales y que Josep Vicent Marqués analizó y etiquetó con los nombres de Clerical-Represivo,  Burgués-Tradicional y  Capitalista-Permisivo, mantienen algunas similitudes entre ellos. Por un lado, se construyen desde presupuestos machistas, con el varón como centro de la actividad sexual, con un discurso netamente masculino, que no cuestiona la pulsión copulatoria y que sigue siendo el eje que vertebra la relación sexual, tanto por la importancia que se le da al pene como órgano anatómico fundamental para obtener los orgasmos (falocratismo) como por la idea del coito como la técnica sexual por antonomasia.

 

Por otro lado, los tres siguen alimentando discursos sobre la sexualidad separados del lenguaje cotidiano, siguen concibiéndola como una actividad que rompe con la normalidad de la actividad humana; los tres tienden a conservarla en el ámbito de lo privado e íntimo, deserotizando lo social, e incluso lo personal en aquella parte que más relación tiene con lo colectivo. Todos tienden también a avergonzar y culpabilizar al sujeto, ya sea desde valoraciones morales o desde valoraciones técnicas. Ninguno de los tres plantea la perspectiva de una erótica igualitaria para hombres y mujeres, en la que la iniciativa sea libre, la responsabilidad compartida y la actividad egoístamente solidaria. Vamos a ver algunos de los estereotipos que siguen dificultando que los hombres adquieran esta nueva perspectiva erótica, ya practicada por minorías concienciadas, que puede llegar a ser el nuevo modelo sexual de socialización en un futuro más civilizado.

 

   Estereotipos de los modelos sexuales machistas

El primer estereotipo que comentaremos es la consideración del papel activo del hombre en las relaciones sexuales. Tanto si persigue el fin de traer hijos al mundo como si persigue su propio placer o el placer de su compañera, el hombre considera que es él quien toma la iniciativa, el que da el primer paso, el que hace las cosas; mientras que la mujer es la seducida, la que se deja hacer, en definitiva: la que tiene el papel pasivo en la relación.
El gran logro de la nueva sexualidad masculina es la conquista de la pasividad. Ser pasivo, dejarse seducir, o mostrarse dulce o suplicante eran antes sinónimos de poca virilidad y de afeminamiento. Aunque muchas veces a los hombres les apeteciera tumbarse y dejar que la mujer les hiciera caricias, se reprimían para no cuestionar un modelo de «ser hombres» que no les permitía estas «debilidades». El viejo macho reproductor estaba siempre en una actitud activa: él era el violador, el penetrador, el engendrador. Si la emoción troquelada de la vergüenza no era suficiente para evitar tales actitudes, venía después la culpa para castigarlo con todo tipo de complejos, remordimientos y depresiones.

 

Cuando con el ascenso de la burguesía anticlerical los varones burgueses descubrieron que su sexualidad no era una tara instintiva de su carne pecadora, sino una facultad de su personalidad que resultaba divertida y placentera, continuaron con sus vivencias sádicas, con sus actitudes activas, y siguieron considerando a la mujer como mero objeto sexual. Pero cambiaron arrebato por competitividad. Ya no se trataba de dejarse arrastrar por la necesidad de descargar la tensión sexual, el instinto de la carne, sino de competir con los demás hombres en la cantidad de su actividad sexual. Lo importante era presumir del número de eyaculaciones tenidas en una sola relación, o del número de mujeres seducidas. El mayor placer no estaba en la propia relación sexual, sino en poder contarlo después a los competidores para que se murieran de envidia.

 

El troquelado de las emociones seguía funcionando, pero se habían aumentado las causas. Ahora no sólo era vergonzoso sentirse o mostrarse débil o pasivo, sino también ser incompetente para seducir a las mujeres o no tener la potencia suficiente como para «llegar al quinto polvo sin sacarla». La culpa castigaba también esta nueva incompetencia, cuya máxima expresión era que otro hombre sedujera a la propia mujer y le condenara a «llevar la frente adornada con dos cuernos», tanto más agobiantes cuanto que eran el símbolo de su fracaso. El cambio de estas actitudes machistas comienza a surgir con la aparición de la nueva sexualidad femenina y sus exigencias. La nueva mujer sexuada, activa y exigente, al abordar a los hombres de tú a tú, produce en ellos un elevado grado de confusión y anonadamiento. Según estudios realizados en Estados Unidos, existe una correlación entre el aumento de las disfunciones en la erección masculina y el auge de la liberación de la mujer. Hombres que presumían de potencia sexual y de seductores promiscuos se sienten incapaces de aceptar una proposición erótica realizada directamente por una mujer, les desconcierta sentirse objetos sexuales o que el papel dominante en las relaciones se les escape de las manos. La primera reacción ante estos hechos es de rechazo y de búsqueda de otras mujeres que sigan actuando según los modelos anteriores. Con ellas se sienten cómodos, el mundo se ordena, con cada uno en su sitio. Muchas mujeres liberadas se quejan de la dificultad de encontrar hombres con los que poder mantener relaciones eróticas en un plano de igualdad. Más difícil lo tienen cuando se trata de expresar afecto y placer entre hombres. El fantasma de la homosexualidad produce escalofríos dorsales; convierte los cuerpos de estos hombres en témpanos de hielo y sus posturas en rígidos envaramientos. El miedo se trasluce en los fuertes apretones de mano y en las sonoras palmadas en la espalda. Salvo estas dos conductas de saludo y camaradería, ningún otro contacto está permitido entre ellos. Sus relaciones son siempre verbales y a distancia, para evitar equívocos y malentendidos.

 

La lenta decadencia del machismo

 

Poco a poco algunos hombres se han ido planteando la justeza de las nuevas actitudes femeninas, los aspectos negativos que conlleva mantenerse en actitudes machistas y las ventajas que podrían obtener con el cambio que se les proponía. Desde el punto de vista psíquico, la nueva sexualidad masculina supone cambiar el troquelado emocional y equilibrar sus tendencias. La su-peración de la vergüenza ante determinadas conductas sexuales relacionadas con la competitividad entre varones y con la potencia y función de su pene ya es un gran paso adelante. Prejuicios corno los de la importancia del tamaño del pene, de la duración de la erección o de la rapidez de la eyaculación son descartados por una actitud más lúdica y desdramatizada de la relación sexual. El sentido cuantitativo de la actividad sexual se sustituye por un criterio más cualitativo de la misma: lo importante no es el número de coitos o de mujeres seducidas, sino la calidad sensorial y afectiva de la relación. El orgullo herido, como otra forma de la vergüenza, que sitúa al varón en condiciones de acomplejamiento, hostilidad y envidia, se sustituye por la no competencia, la búsqueda del propio bienestar y el placer al margen de lo que los demás varones realicen. La responsabilidad de ser el proveedor de los orgasmos de la compañera, tal como exige el nuevo machismo del tercer modelo, desencadena un círculo de angustia cuyas consecuencias explican el aumento considerable de consultas de terapia sexual. Con la nueva sexualidad masculina el hombre integra mejor sus tendencias cerebral y animal. Sus deseos biológicos se incorporan al modelo ideal, y ya no le resulta difícil elaborar comportamientos pasivos, infantiles y femeninos, y sentirse bien con ellos, porque no chocan con las normas que se ha impuesto a partir de su propia experiencia. Es posible para él esperar a que sea la mujer la que tome la iniciativa; vivir el placer de sentirse solicitado y seducido; cerrar los ojos plácidamente y concentrarse en las sensaciones que le provocan las caricias activas de su compañera; tumbarse en la cama y dejarse «montar» por ella mientras disfruta viendo su cuerpo moverse encima, en esa especie de danza del vientre que ella ejecuta con la pelvis; sentir la ternura de abrazarla cuando ella se abandona al orgasmo, y esa sensación especial de tiempo detenido que procura la emoción amorosa de la satisfacción sexual cumplida.

 

La conquista de la pasividad abre nuevos horizontes y posibilidades de bienestar al varón que su tendencia sádica desorbitada anterior le impedía disfrutar. Asumir esa parte femenina que todos los varones llevan dentro e integrarla en su erótica le permite romper la dependencia hormonal de la pulsión copulatoria, dejar de comportarse como cualquier macho animal ciegamente lanzado a la cópula por los ya nombrados MID (Mecanismos Innatos de Desencadenamiento), avanzar un grado más en la humanización de su comportamiento sexual; algo que a la mujer le fue dado por necesidades evolutivas y que los varones pueden lograr de manera libre y consciente. Es el principal logro de la nueva sexualidad masculina.

 

LA NUEVA EROTICA DEL VARON

 

La nueva erótica masculina afronta la relación sexual como una relación entre iguales. El placer de la compañera es responsabilidad de ella, como el propio placer es responsabilidad propia. La complementariedad de ambos intereses surge de la comunicación sincera y mutua de los deseos y de la reciprocidad en la relación. Los cuernos no se viven como un castigo, sino como la ruptura de un contrato de lealtades mutuas, en el caso de que se hubiera establecido dicho contrato; o bien, como el derecho de la compañera a tener otro tipo de experiencias sexuales igual que el varón, si así se ha acordado previamente; o, en el peor de los casos, como síntoma de que sus relaciones no funcionan y llamada de atención para plantearse una puesta al día de la mis¬ma o una ruptura de mutuo acuerdo. La superación del troquelado social de estas emociones negativas trae como consecuencia un reequilibrio de sus tendencias. El nuevo varón sexuado aprende el placer de actuar con estrategias masoquistas o, dicho de otra manera, aprende el placer de la pasividad, tal como hemos analizado en el apartado anterior. Ya no se siente impelido a adoptar un papel exclusivamente activo durante la relación sexual, sino que disfruta asumiendo el de objeto sexual y concentrándose en sus sensaciones y fantasías, mientras se deja acariciar, besar, chupar y manosear sin ningún reparo.

 

El goce de un erotismo difuso

 

Lo importante no es ya descargar la tensión libidinal en una eyaculación rápida, sino repartir esa tensión por todo el cuerpo, sentirse erotizado desde la punta de los cabellos hasta las uñas de los pies, gozar de ese erotismo difuso que ya posee su compañera, prolongar la excitación controlando el proceso de su respuesta sexual en función de su placer. De esta manera, los hombres aprenden a utilizar su tendencia sádica sólo cuando es necesario para el logro de sus deseos, y cultivan las conductas propias de su tendencia masoquista cuando la situación lo requiere, gozando con el hecho de sentirse sujeto y objeto sexual a la vez. La relación erótica con la mujer se hace más igualitaria, más lúdica, y el encuentro se convierte en un juego divertido, sin el carácter serio y responsable con el que solía revestirse anteriormente. El viejo macho está acostumbrado a actuar en función de normas. Tiene un modelo ideal de virilidad que le obliga a ser fuerte, agresivo, autoritario y competitivo. Sus deseos biológicos son reprimidos en tanto no responden a estas normas ideales que, muchas veces, le exigen actuar en situaciones que le provocan sensaciones molestas, desagradables e, incluso, dolorosas. Sentirse macho y actuar en consecuencia no resulta fácil en la mayor parte de las ocasiones. El varón ahora puede aprender a quererse a sí mismo, no tanto en ese papel de macho que la sociedad le exige, sino en función de su propio placer y bienestar. Mima su cuerpo, lo cuida, toma conciencia de sus emociones y las cultiva; se adorna y se vuelve coqueto; exhibe sus cualidades con placer y busca que los demás le devuelvan el espejo positivo de sí mismo, más por la vía de la afectividad y de las sensaciones que por la de la fuerza y la imposición; solicita más la admiración y el cariño que la sumisión y el halago servil.

 

El final del mito falocéntrico

 

La nueva erótica masculina elimina otro estereotipo también muy importante: el del falocentrismo, que tiene que ver con la pulsión copulatoria. El nuevo varón descarga a su pene de la responsabilidad erógena que poseía, integrándolo en la actividad sexual como un órgano anatómico más, con la misma capacidad erótica que pueden tener los dedos, las manos, el pecho, la boca, etc. Ya no es especialmente importante obtener los orgasmos, de él y de su compañera, mediante el coito, sino que se pueden lograr con otras técnicas sexuales, como la masturbación mutua, los contactos bucogenitales, el coito anal, la caricia de los senos o del clítoris, etc. La erótica se generaliza a todo el cuerpo y se hace difusa, posibilitando el juego de la fantasía y la creatividad en la relación, convirtiéndose en un arte lúdico de sentir y gozar. Es decir, la erótica se transforma en erotismo, lo que constituye a fin de cuentas una humanización de la conducta sexual estereotipada de los animales. Cuando se vive la experiencia de que el orgasmo se puede obtener por otras vías, la coital pierde la centralidad que tiene en los modelos tradicionales y el pene interviene en la relación sin agobios ni exigencias. También se acaban las angustias por la eyaculación precoz Este es un mito falocéntrico especialmente grave en sus influencias por lo extendido que se encuentra entre los varones. En el consultorio telefónico Sex-Inform y en los estudios realizados (Informe Sexpol), aparece como la principal causa de las angustias eróticas de los varones jóvenes. Merece la pena, por tanto, que dediquemos un poco más de atención a analizar este aspecto del falocentrismo.

 

El final del miedo a la eyaculación precoz

 

Los estudios etológicos y biológicos han comprobado que los machos de todas las especies animales sexuadas (sobre todo, de los primates) eyaculan muy rápido. El macho humano lo hace entre treinta segundos y dos minutos a partir del inicio de la cópula. Esta rapidez eyaculatoria ha sido considerada por los etólogos como una ventaja biológica, una conducta adaptativa exitosa, ya que cuanto más rápido se eyacula más eficacia reproductora se alcanza, tanto por el número de eyaculaciones que se pueden realizar, como por el número de hembras que se pueden fecundar en menos tiempo. Es decir, desde el exclusivo criterio de su finalidad reproductora (1a única que tiene para la mayor parte de las especies animales) la rapidez en la eyaculación aumenta sus posibilidades y garantiza la supervivencia de la especie. El hecho de que esto se convierta en un problema en la conducta sexual humana se debe a la confusión que se sigue manteniendo entre la función sexual y la función reproductora, sobre todo en los aspectos prácticos que plantea el falocentrismo. En efecto, si bien es cierto que la mayoría de la población asume como positivo que no todo el mundo ejerza la función reproductora, casi todos siguen confundiendo en la práctica erótica técnicas sexuales con técnicas reproductoras: se considera que el placer sexual máximo, tanto en el hombre como en la mujer, se obtiene mediante el coito. Aquí está el error. El coito es una técnica que hay que practicar ineludiblemente para reproducirse; pero no es la más adecuada para obtener orgasmos. Existen otras más ajustadas a la función sexual y con menos inconvenientes. Para que la mujer experimente el orgasmo mediante el coito es necesario que el pene eyacule lo más tarde posible, que se mantenga erecto todo el tiempo que se pueda. Además, como la relación sexual se centra casi exclusivamente en el coito, se pretende también que dure mucho tiempo. Estas dos pretensiones chocan con la realidad biológica de la rapidez eyaculatoria del varón y con la carencia sensitiva vaginal de la mujer, por lo que se crean dos falsos problemas sexuales: la eyaculación precoz en él y la anorgasmia coital en ella. La nueva erótica masculina se desentiende de estas angustias falocéntricas, porque ha aprendido a integrar la rapidez de su eyaculación en el conjunto de una relación sexual más variada y divertida, donde acariciar es juego, no trabajo; donde el orgasmo es fruto espontáneo del deseo compartido, no el producto elaborado de una conducta responsable. Existe la consciencia de que el orgasmo, tanto en el hombre como en la mujer, puede ser estimulado con cualquier parte del cuerpo: dedos, senos, ano, labios, lengua…, incluso sólo con la imaginación. La nueva erótica masculina, por tanto, supera la pulsión copulatoria desde el conocimiento científico de que la sexualidad radica en el cerebro.

 

La  superación  del  rol  del  espectador: un egoísmo solidario

 

La actitud de responsabilidad compartida acaba también con otro estereotipo machista: la ansiedad en la ejecución y la asunción del “rol del espectador”, es decir, el olvido que durante la relación hace el varón de sí mismo para concentrar su atención ansiógena en la compañera, lo mismo que un espectador de cine se introduce en lo que pasa en la pantalla luminosa, perdiendo la consciencia de dónde está y de la gente que le rodea. La ansiedad generada por la responsabilidad que pone en el desempeño de sus conductas eróticas es un factor suplementario que agrava las dificultades que tiene para conseguir las metas que se ha propuesto, convirtiendo la relación lúdica y graciable en una especie de competición deportiva o circense, como si lo único importante fuera el «más difícil todavía» o batir un nuevo récord. En la nueva erótica masculina se asume que cada uno, hombre y mujer, se siente al mismo tiempo egoísta y solidario. Saben que el funcionamiento de su sexualidad es cosa propia, depende de sus propias actitudes; y que lo importante es sentirse a gusto, tener consciencia del placer que generan las propias sensaciones, cultivar una fantasía creativa, pedir sin vergüenza al otro que le haga aquello que desea y, como contrapartida, aceptar las solicitudes que vienen de él como colaboración solidaria a su placer. Con estas actitudes pierde importancia si el orgasmo de él llega antes o después que el de ella. No hipotecan su placer a la obtención del orgasmo simultáneo, sino que dejan que sus cuerpos jueguen en libertad a su ritmo, cambian las sensaciones de cada uno, y colaboran recíprocamente eh el placer del otro desde el propio placer.

 

Por otro lado, la actitud relajada, lúdica y graciable con la que se asume la actividad sexual hace que ésta se prolongue en el tiempo, y que los ritmos de ambos se vayan acoplando sin pretenderlo. No se compite, no se demuestra nada, no hay que quedar bien, no hay que ser potentes o viriles, sólo hay que jugar y divertirse. El nuevo varón sexuado se coloca a la misma altura que la mujer, la considera de igual a igual, y desde su equilibrio psíquico, asume indistintamente los papeles activos y pasivos según lo requiera la situación, sin ninguna vergüenza y sin sentirse culpable cuando se equivoca o recibe una negativa que no esperaba. Así, en la erótica del cortejo o aproximación, el varón lo mismo disfruta con la iniciativa de acercarse, invitar a bailar, proponer tema de conversación o dónde ir a cenar, que coquetea impúdicamente con la iniciativa de ella, dejándose querer, retrasando la respuesta, aceptando sus propuestas o permitiendo que ella pague la copa o la cena. Al igual que ocurre con la nueva mujer sexuada, el varón selecciona sus objetos sexuales, aceptando las propuestas que realmente le resultan atractivas y rechazando las que no le dicen nada. El cultivo de su autoerotismo y el cuidado de su cuerpo eliminan la búsqueda ansiógena y frenética de las relaciones sexuales, sean como sean y con quien sean. No necesita inventarse trucos ni mentir con falsas declaraciones afectivas. Por el contrario, su androginia psíquica le permite gozar de las situaciones románticas, viviendo con intensidad las emociones que le despiertan determinadas situaciones en sus marcos adecuados, como las de realizar confidencias a la luz de la luna, reclinar la cabeza en el hombro de ella mientras sus miradas se pierden en la inmensidad del mar o aspirar el aroma de una flor mientras se miran con ternura.

 

LA ANDROGINIA: HACIA UN NUEVO MODELO DE SOCIALlZACION ERÓTICA

 

La identidad de género hace referencia a aquellas características que un individuo desarrolla e interioriza en respuesta a los estímulos que son función de su sexo biológico. Una de las investigadoras más especializadas en la psicología del género, Sandra Bem, define la androginia como el género que posee simultáneamente un número igual y amplio de rasgos identificados en nuestra cultura como masculinos y femeninos. Lo más destacable de esta concepción es que conlleva la idea de una independencia entre el sexo biológico y los componentes psicológicos de la identidad de género. Un equipo de investigadores de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid llevó a cabo un estudio en nuestro país, en 1989, para determinar la existencia de papeles de género y su relación con el comportamiento sexual. En la introducción de la investigación se citan varios de los estudios realizados por Sandra Bem y colaboradores, en los que se comprueba que tanto hombres como mujeres podemos desarrollar cuatro tipos de papeles de género: masculino, femenino, andrógino e indiferenciado. Estos estudios perseguían también la comprobación del grado de ajuste adaptativo psicológico que cada género confería al individuo en sus relaciones con la sociedad. La conclusión a la que llegaron es que la androginia era el género que representaba un mayor grado de ajuste adaptativo, seguido de la masculinidad. El equipo español concluía, a su vez, que en relación a ciertos comportamientos sexuales, el género masculino se demostraba más adaptativo, seguido del género andrógino, lo que resulta comprensible si tenemos en cuenta que las características masculinas siguen siendo más valoradas en nuestra sociedad que las femeninas.

 

En general, lo que vienen a confirmar estos estudios es que una persona, independientemente de que sea hombre o mujer, si ha aprendido a utilizar todas las conductas masculinas y femeninas valoradas socialmente, tiene más nivel de ajuste adaptativo y, por consiguiente, un mayor grado de salud mental. En cambio, las personas que en función de su sexo biológico sólo utilizan conductas de género masculino (si son hombres) o de género femenino (si son mujeres) encuentran limitadas sus posibilidades adaptativas, por lo que aumentan sus riesgos de conflictos psíquicos. cómo hemos ido analizando en los apartados anteriores, la nueva erótica masculina y femenina se encuadra dentro del género andrógino, puesto que lleva a integrar en la misma persona las cualidades eróticas que se han demostrado positivas, independientemente de que se las haya considerado masculinas o femeninas, difuminando las diferencias y estableciendo relaciones de igualdad entre estos dos géneros.

 

La superación de los géneros:  hacia una cultura de la igualdad

Sin embargo, no fue el descubrimiento de que el género no procedía  inevitablemente del determinismo biológico, sino que era una construcción social adaptativa a los valores de la sociedad en la que se vive, que puede haber, por tanto,  varios géneros  (en el caso del estudio, cuatro) y que hay un género, el Andrógino,  que es el más adaptable por estar formado por las mejores cualidades femeninas y masculinas en un mismo individuo.  El mayor descubrimiento del estudio de Julia Sebastián y sus colaboradores fue comprobar mediante análisis factorial que había tantos géneros como individuos, es decir, que el concepto género no servía para medir la identidad de un sujeto, algo realmente extraordinario.  Era la superación de los géneros lo que el estudio estaba planteando.  Se podía hablar de una  cultura de la igualdad,  es decir, de que los hombres y las mujeres se comportaran sexualmente en función de las diferencias estrictamente individuales y asumiendo conductas y actitudes igualitarias que no procedían de ningún género, ni del masculino ni del femenino, por ejemplo, que un hombre, antes de besar a una mujer, le pida permiso y si ella se lo deniega,  acepte la negativa con el fair play propio de un ser humano, no es ni masculino ni femenino, es una nueva conducta surgida de las conquistas igualitarias. Que el proceso de cortejo para llegar a una relación se base en la sinceridad y la confianza no suele ser una conducta propia de ningún género que han basado la seducción en el engaño y la mentira.  Por lo tanto,  abrirse a la otra persona, contarle su vida y su situación y el por qué de su iniciativa,  es lo más hermoso que se puede decir de un ser humano y no el fracasado modelo del Don Juan.  En fin, que en el largo camino de humanización que los seres humanos vienen realizando, en sus aspectos sexuales, la conquista de la erótica pasiva por parte de los hombres y la consecuente renuncia a ser activos de manera permanente y agresiva, implica un hito evolutivo que merece la pena destacar.

 

 

 

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