LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (XI) : La importancia del hombre que cuida

por JULIAN FERNANDEZ DE QUERO

La característica principal del perfil del hombre de género es la competitividad. Desde la más tierna infancia, a los varones nos van troquelando para convertirnos en los duros y agresivos conquistadores del mundo que debemos ser cuando seamos mayores.  Se nos enseña que la sociedad es una selva repleta de depredadores que te plantean la crucial opción de “comer o ser comidos”. En esta “lucha por la vida”, en esta esforzada tarea de ocupar “un lugar al sol”, en esta deportiva competición vital en la que siempre lo único importante es “ganar”, “llegar el primero”, “batir el récord”, hay que estar preparado con las mejores habilidades del espíritu: Dureza, valentía, liderazgo, iniciativa, agresividad, autoridad y disciplina. Así nos dibujan al hombre masculino “cien por cien”.

En las épocas premodernas, las de la hegemonía del Patriarcado puro y duro, esta competitividad se expresaba a través de la fuerza física. La fuerza otorgaba el poder.  Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, El Cid Campeador, y tantos otros, eran héroes de referencia porque habían sabido conquistar reinos y países, crear imperios, derrotar a los enemigos, lograr el poder por la fuerza de las armas.  Eran los ídolos de los hombres de género porque realizaron la más sublime de las funciones masculinas: Conquistar el poder mediante el uso de la inteligencia al servicio de la fuerza o la fuerza al servicio de la inteligencia, daba igual. Cuando la fuerza bruta no bastaba (como en el caso de Aquiles en el asedio a Troya) se podía echar mano de la astucia para vencer (Ulises y su caballo de madera) El hombre de género no sólo debía ser fuerte y un punto temerario (“alea iacta est” de Julio César pasando el Rubicón) sino también astuto, hábil en la conspiración y las trampas para vencer a los rivales. Los arquetipos del Héroe, el Patriarca y el Monstruo para los hombres de género, son detalladamente analizados por Enrique Gil Calvo en su obra “Las Máscaras Masculinas”.

A partir de la Modernidad, el patriarcado comenzó a evolucionar urgido por las presiones de nuevas realidades y aunque siempre se ha mantenido la figura del héroe bélico como icono de socialización masculina (ahí están Napoleón, Rommel, Mc Arthur, etc.) las guerras se van convirtiendo en cuestión de estrategia militar, de alta tecnología, y de tropas anónimas que mueren y matan mientras los generales dirigen desde la retaguardia el tablero de ajedrez en que se convierte la contienda.  La necesidad de mantener el espíritu guerrero como referente de socialización del hombre de género se traslada a la propaganda, los cómics y el cine.  Ahora los héroes son de ficción (Superman, Batman, Rambo, Terminator) pero sirven para alimentar en los niños la necesidad de adquirir las mismas habilidades masculinas que ahora se desplegarán en al ámbito de la economía. Competir para subir en el escalafón laboral y profesional, luchar y conspirar para alcanzar el poder económico y político sigue siendo los deberes de la masculinidad. Hasta tal punto está asumida la competitividad en el imaginario colectivo que, por ejemplo, en Estados Unidos a los pobres no se les llama así, sino perdedores (loosers). Forman el batallón de los que no han sabido estar a la altura, por no ser lo suficiente masculinos como el canon les exige.

Mientras tanto, en la división del trabajo que plantea el Patriarcado, a las mujeres les toca las tareas de la reproducción y los cuidados. Funciones desvalorizadas porque el perfil femenino es el reverso del masculino, no son habilidades para optar al poder y la conquista, sino al reposo del guerrero, a la crianza de su linaje y al mantenimiento del hogar como patrimonio del pater familias.  A lo largo de la historia del Patriarcado, el sistema de cuidados era consustancial a la naturaleza femenina y las niñas eran socializadas para desarrollar las habilidades requeridas para esta función.  La modernidad no aportó nada nuevo en este aspecto y las mujeres siguieron desempeñando sus tareas de crianza y cuidados con la misma dedicación y sigilo que imponía la privacidad del hogar.

Fue el movimiento feminista el que, desde sus inicios, comenzó a poner en cuestión este orden patriarcal y a plantear que “otro mundo era posible”, otra sociedad donde las mujeres tuvieran los mismos derechos que los hombres y aprendieran habilidades para competir en la esfera pública con los varones con el fin de  tener las mismas opciones al poder.  Al principio, el feminismo liberal (compuesto por mujeres de clase burguesa que habían delegado sus funciones de crianza y cuidados en otras mujeres y hombres a su servicio)  puso el acento en el empoderamiento de las mujeres, su derecho al sufragio, a ejercer profesiones públicas, a ser titulares de patrimonio, a entrar en los consejos de administración de las empresas, a convertirse en dirigentes políticas.  Esta lucha continúa abierta en la sociedad como lo demuestra la última Ley de Igualdad en España.  No se cuestiona el perfil masculino necesario para competir por el poder ni se cuestiona el contexto económico y político en que se ha de ejercer la competitividad, sino que se exige que las mujeres puedan competir en ese contexto en igualdad de condiciones para lo que es necesario que la socialización de las niñas sea la misma que la de los niños. Se necesitan mujeres duras, agresivas, con liderazgo, iniciativa, autoridad y disciplina. Es decir, se necesita que el género femenino se masculinice. Sólo desde el feminismo de la diferencia se critica este enfoque emancipador de las mujeres, presentando como alternativa “el poder de lo femenino”, cuyas virtudes y habilidades son alabadas y exaltadas como un contrapoder a lo masculino, visto como lo negativo y despreciable. También desde el feminismo de izquierdas, en la medida que cuestionan el sistema capitalista y luchan por la superación de las  clases sociales, se cuestiona la competitividad como habilidad social necesaria y se propone la cooperación y la solidaridad como alternativas.

Las luchas del movimiento feminista por acceder a la igualdad con los hombres en la sociedad, encuentran su “techo de cristal” en las tareas tradicionalmente asignadas a ellas. La sociedad comienza a concederles derechos civiles y sociales, pero sin cuestionar que sigan ocupándose de la crianza de la infancia y de los cuidados domésticos.  Surge así la lamentable y dramática figura de la “superwoman” ,  la mujer de la doble jornada, que además de trabajar en la calle, debe ocuparse de las tareas domésticas, de la crianza de la infancia, de la atención a la ancianidad y, por si fuera poco, debe mantenerse atractiva y sexy para cuando llegue el varón a casa. El experimento alcanzó niveles de pandemia y las personas dedicadas a la psicología y la psiquiatría vieron incrementadas sus listas de espera de mujeres estresadas, enloquecidas y desesperadas.  Es entonces cuando las mujeres volvieron la mirada hacia otro sitio y comenzaron a reivindicar el reparto de las tareas domésticas, de la crianza y de los cuidados. Actualmente, éste se ha convertido en el frente de lucha más importante (o por lo menos, con tanta importancia como otros) del cuadro reivindicativo feminista.

Pero, claro, esta reivindicación tropieza con grandes dificultades. La primera es que los varones no han aprendido las habilidades y capacidades necesarias para la crianza y los cuidados. Durante milenios, las propias mujeres han sido y siguen siendo cómplices  (como madres y profesoras) en la socialización masculina de los varones.  En algunos hogares, las madres comienzan a troquelar el perfil de sus hijos e hijas para que ambos sepan criar y cuidar y en algunos centros escolares aplican la coeducación como método para nivelar los perfiles de chicos y chicas.  Sin embargo, en la mayoría de los hogares y centros escolares se siguen educando, bien en el enfoque tradicional de desarrollar perfiles masculinos para los varones y femeninos para las mujeres, bien en el enfoque de desarrollar un perfil masculino “neutro” para chicos y chicas con la finalidad de que ellas también puedan competir con ellos en el ámbito público en igualdad de condiciones. Desde este enfoque, ya no sólo son los varones los que no aprenden a criar y cuidar sino que tampoco aprenden las mujeres, que delegan tales tareas en las mujeres de generaciones anteriores (madre y abuelas) o convierten las tareas domésticas en profesiones remuneradas, contratando criadas, costureras, cuidadoras de ancianos, cocineras, etc., convirtiendo lo que era una discriminación de género en una discriminación de clase social.

.Es en este contexto social en el que merece prestar atención a recientes aportaciones teóricas que analizan el sistema de cuidados elevándolos desde la anécdota a la categoría, es decir, planteando el sistema de cuidados como un vertebrador social y un eje de transformación que permite seguir soñando con que “otro mundo es posible”.  Así, Feliciano Mayorga Tarriño, profesor de filosofía, en su obra “La Fórmula del Bien: Manual de justicia para ciudadanos del mundo” (Eride ediciones, Madrid, 2009), plantea el sistema de cuidados como la expresión de la actitud que, junto al respeto, deben cultivar y desarrollar las personas para responder a los dos  fundamentos del ser, la libertad y la vulnerabilidad, es decir,  el ejercicio de mi libertad implica el respeto a la libertad de los demás y la conciencia de mi vulnerabilidad conlleva el ejercicio de los cuidados, tanto hacia mí como hacia los demás.  Al hablar de los cuidados, parte del hecho objetivo de la vulnerabilidad del ser humano, ser finito, limitado en su mismo nacimiento y expuesto a lo largo de su vida a toda suerte de enfermedades, accidentes, mutaciones genéticas y percances que convierten su existencia en un devenir azaroso y precario. Precisamente, la organización social y económica basada en la feroz competitividad masculina ha sido una fuente no pequeña de amenazas a la integridad y seguridad de los seres humanos. Creo que no es necesario aportar datos estadísticos para demostrar la evidencia de esta afirmación, porque seguro que todas tenemos en la mente dichos datos.  A lo largo de la evolución de la especie humana, los individuos y colectivos han intentado defenderse de ese sentimiento angustioso de vulnerabilidad, recurriendo a soluciones ficticias forzadas por la ignorancia y la ilusión. Así, se han inventado dioses protectores que les daban seguridad a cambio de pleitesía. Han inventado la existencia indemostrable de un alma inmortal que les permitía superar la angustia de la muerte.

Pero el recurso realmente eficaz para combatir la vulnerabilidad ontológica del ser humano, ha sido el sistema de cuidados. La especie humana, desde sus orígenes, ha sido capaz de desarrollar capacidad y aptitudes para el cuidado de sus crías y de sus personas ancianas, enfermas y desvalidas, para practicar la cooperación, la ayuda mutua, la solidaridad, reforzadas por sentimientos de empatía, compasión, amor y protección.  La división de funciones creadas por el Patriarcado, al delegar el sistema de cuidados en las mujeres, hizo invisibles estas tareas y las devaluó socialmente, pero siempre han estado presentes como la base de la recuperación frente a los desastres producidos por la competitividad feroz y sangrienta.  Lo que el autor mencionado plantea es la imperiosa necesidad de elevar el sistema de cuidados a la categoría de eje vertebrador de la sociedad y de referente ético para la humanización de las relaciones sociales. Para ello, define la vulnerabilidad “tanto como el riesgo de ser dañado física o moralmente, como la susceptibilidad de un sujeto a padecer interferencia en su poder de acción, deliberación y decisión por causas ajenas a su voluntad, ya sean de origen natural, como una enfermedad, social, como una agresión, o por debilidad del propio carácter, como una adicción”. “La vulnerabilidad se refiere a todo lo que no depende de nosotros y, sin embargo, nos afecta. Se hace cargo de nuestra radical insuficiencia ontológica, de la incapacidad de alumbrar, conquistar y preservar nuestra libertad e integridad por nosotros mismos”.

La radical vulnerabilidad del ser humano ha motivado la creación del sistema de cuidados que se ha expresado de muy diversas maneras a lo largo de la historia.  Pero, fue al finalizar la II Guerra Mundial, cuando en Bretton Woods se reúnen las delegaciones norteamericana e inglesa para analizar las causas de la misma y se propone  refundar el capitalismo para evitar otro desastre parecido o peor, que surge el llamado “Estado del Bienestar” como una forma de elevar la capacidad adquisitiva de los trabajadores para que participen en el crecimiento de la economía mediante el consumo. Esta reestructuración se articula, fundamentalmente, a través del llamado “salario diferido”, es decir, la creación de servicios públicos de ayuda a toda la población, mantenidos con los presupuestos de los estados, para liberar a los trabajadores de unos costes necesarios y orientar sus ingresos directos al consumo.  Este es el origen de los Servicios Públicos de Educación, Sanidad y Servicios Sociales, que son la seña de identidad del Estado del Bienestar. Así se inaugura la elevación del sistema de cuidados a la categoría de política de estado. Incluso Keynes (que participaba en dicha reunión) fue más lejos, al proponer  la creación de un banco global que llamó la Unión Internacional de Compensación. Este banco emitiría su propia moneda y regularía el comercio mundial de forma que las naciones con excedentes gastarían su dinero en las naciones deficitarias, creando una compensación de riqueza que nivelaría la riqueza mundial a cero, en vez de aumentar las deudas de manera indefinida para las naciones pobres y enriquecer desorbitadamente a las naciones ricas. Lamentablemente, Keynes vio rechazada su propuesta y la delegación norteamericana se salió con la suya, que supuso la creación del FMI y del Banco Mundial, con las nefastas consecuencia que todas conocemos.

Sin embargo, lo importante para nuestro tema es que el sistema de cuidados deja de ser una función desvalorizada e invisible del género femenino y se convierte en una política de estado (incluso internacional a través de los organismos de las Naciones Unidas que ayudan a la infancia, a los refugiados, etc.) que, sobre todo, en momentos de crisis (como la que padecemos ahora) adquiere un relieve inusitado.  A pesar de lo dicho, el sistema de cuidados como servicio público, tiene su propio “techo de cristal”  y es su consideración, llamémosla “caritativa” con la que es aplicada por los gobiernos democráticos. El paradigma de la competitividad  (núcleo del funcionamiento de las leyes del mercado, tal como la entienden los economistas liberales) es radicalmente contradictorio con el paradigma del cuidado.  Mientras que la economía mundial y estatal funcione de manera competitiva,  el sistema de cuidados seguirá siendo un recurso para alimentar el consumo y  su calidad dependerá de la mayor o menor cantidad  de presupuesto que los gobiernos estén dispuestos a invertir en él.  Se pueden poner múltiples ejemplos, como el que los Servicios Sociales estén siempre agobiados por la falta de fondos para atender las demandas de la población, que la calidad de la educación pública y la sanidad dependan de los recursos destinados a ellas, dando pie a la privatización de las mismas. O que en plena crisis de desempleo, con cuatro millones de parados, al gobierno sólo  se le ocurra la genial idea de conceder un subsidio de 426 euros mensuales durante seis meses, en vez de crear por ley una Renta Básica Social digna e indefinida.

Esta es la cruel realidad: O competitividad o cooperación, tal como propuso Keynes, como se hartan de proponer los economistas sociales o como practican las instituciones de cuidados (organismos de la ONU, ONGs, movimientos sociales, etc) Como analiza Feliciano Mayorga, en el libro antes citado, “Desde la fábrica hasta el hogar, desde la sociedad civil hasta el Estado, desde la escuela hasta el grupo de afines, el individuo se halla inmerso en un conjunto de interacciones sociales regladas con otros individuos. Esta “autonomía compartida” sólo se adquiere mediante el diálogo y la acción concertada en el seno de una esfera pública abierta a todas, participativa e igualitaria”.  Así, el principio de cooperación se definiría, según este autor, de la siguiente manera:  “Todo individuo tiene el derecho y el deber de participar simétricamente como afectado, en los procesos de deliberación y decisión colectivos que configuran las condiciones y contextos normativos e institucionales en que sus acciones se producen, así como tener la posibilidad de cooperar activa y equitativamente con otros sujetos en cualesquiera ámbitos de intercambio autorregulado, donde se distribuyan bienes sociales con un mínimo de restricción posible”.

Así pues, resulta totalmente imprescindible sustituir el paradigma de la competitividad por el paradigma de la cooperación  para organizar la administración del bien común a todos los niveles (local, autonómico, estatal y mundial). Para ello, teniendo en cuenta que más del ochenta por ciento del poder político y económico se encuentra en manos de hombres de género, resulta de una gran necesidad que los hombres sean socializados y educados en el sistema de cuidados. Aplicando el lema feminista de “lo personal es político”,  la importancia del hombre que cuida no queda restringido solamente al ámbito privado del hogar, a que sea corresponsable de los cuidados domésticos, objetivo cercano que deberían promover y fomentar las familias y los sistemas educativos, sino que, a medio y largo plazo, este aprendizaje debería repercutir  en las estructuras económicas, políticas y culturales, de tal forma que la cooperación, la igualdad, la equidad y la justicia, dejen de ser bellas palabras en discursos vacíos y se conviertan en los ejes vertebradores de la economía mundial, tal como lo soñaba Keynes. Es la única alternativa real para acabar con el hambre, la miseria, las pandemias de enfermedades curables, las discriminaciones y desigualdades de todo tipo que la competitividad feroz genera y alimenta.

Esta es la verdadera dimensión e importancia del hombre que cuida. Si los hombres cuidadores ocuparan la gestión de los asuntos públicos (junto a las mujeres cuidadoras) normas como la de rebajar la jornada laboral para que todo el mundo trabaje y tenga tiempo para cuidar de su familia, además de ser la única solución al drama actual de paro, sería concebida como una norma de fácil aplicación y evidente justicia. Que las leyes mundiales impidieran que la riqueza de las doscientas familias más ricas del mundo equivalga al presupuesto nacional sumado de los catorce países más pobres del planeta o que más de mil millones de personas estén en riesgo de morir de hambre o que el ochenta por ciento de la riqueza del mundo la consuman el veinte por ciento de la población mundial, mientras el resto subsiste con dos dólares al día o menos.  Desde el sistema de cuidados, estas situaciones son inconcebibles para las personas que han desarrollado un mínimo de empatía, solidaridad y sentido de la justicia, que son las que nutren a los movimientos sociales, ongs y organismos internacionales que se afanan por remediar los peores efectos de la competitividad feroz.  Lo dijo Keynes, lo argumenta la filosofía, lo proponen los economistas sociales, lo vemos reflejado en las terribles consecuencias de la crisis actual o del cambio climático o del terremoto de Haití. Junto a las mujeres, los hombres que cuidan no sólo son necesarios, son imprescindibles si queremos conservar al planeta y a la especie humana.

 

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