LAS RAÍCES DE LA VIOLENCIA (IX): La importancia de la economía en las discriminaciones de género por Julián Fernández de Quero

En algunos ámbitos de estudios de género,  como por ejemplo, las facultades de derecho, tienden a sobrevalorar los aspectos jurídicos de las discriminaciones de género e infravalorar los aspectos económicos de las mismas, llegando incluso, como yo he podido escuchar de labios de una ponente, a decir “que la economía no tiene nada que ver con las discriminaciones de género”. No estoy de acuerdo en absoluto.  La economía ha sido y es la causa principal de la discriminación de género, ya desde sus orígenes. El patriarcado surgió  como respuesta de los varones a la necesidad de transmitir sus bienes privados a sus hijos varones y para ello excluyó a las mujeres del control económico y las sometió a un riguroso código de fidelidad conyugal obligatorio para garantizarse la autenticidad de su linaje. Lean si no, los códigos legislativos y jurídicos desde los griegos hasta nuestros días en la mayor parte de las culturas humanas. En ellos se resalta la figura del varón primogénito  como depositario único del patrimonio del padre,  formando parte de  dicho patrimonio,  la  madre y las hermanas.  En el caso de no haber  varón primogénito, la herencia recae sobre el hermano varón del fallecido, que recibe como parte del lote, a su  cuñada y a sus sobrinas

 

Un ejemplo demoledor de la discriminación económica que produce  el patriarcado hacia las mujeres, lo tenemos en los orígenes de la religión musulmana.  Mahoma que, además de profeta, debería ser un avispado observador de la realidad que le rodeaba,  se dio cuenta del gran número de mujeres  viudas  que vagaban por las ciudades de la península arábiga,  en la más completa miseria, malviviendo de la mendicidad.  En aquellos tiempos feroces,  en los que  los constantes conflictos que surgían entre  tribus se solían resolver  mediante batallas sangrientas,  en luchas cuerpo a cuerpo, con el empleo de lanzas, espadas y cuchillos,  la mortandad  masculina era  muy elevada y , como consecuencia, también era elevado el número de viudas  que, al no poder poseer  bienes propios ni poder recibir en herencia el patrimonio del esposo,  dependían de la benevolencia de su hijo primogénito, para poder  mantenerse. Pero si el hijo no era benevolente o, simplemente, no tenían hijos, su  presente era la miseria y la mendicidad.  Mahoma  percibió esta realidad de su entorno y  al escribir  el Corán, incluyó  una summa  en la que recomendaba a los  varones  que, para ser buenos musulmanes,  procuraran casarse con  todas las mujeres que su  economía  les permitiera,  creando el harén moruno  con una finalidad  social  de  sacar  al máximo número de mujeres de la miseria y no  con las finalidades  sexuales que el calenturiento  prejuicio  de los occidentales le atribuían.   Cuando los jeques árabes viajan siempre llevan consigo a su harén porque la exposición pública del mismo  da fe  de su virtud como buen musulmán y  aumenta su prestigio  como exponente de su alta capacidad  económica.  En el otro lado  del  perfil sociológico  musulmán, están la inmensa mayoría de los árabes pobres que sólo pueden mantener a una  esposa  y  que, por lo tanto,  practican  la monogamia  debido a  sus carencias económicas.

 

Ya no es que, como todo el mundo conoce, en España hasta hace treinta años escasos, las mujeres no pudieran poseer bienes propios, ni firmar contratos, ni hacer transacciones económicas, sin el consentimiento de su padre o marido. Actualmente, cualquier medida contra las discriminaciones que sufren las mujeres está mediatizada y obstaculizada por la economía.  Como dice Enrique Gil Calvo en su libro “La mujer cuarteada”, mientras persista la diferencia salarial que supone que, por el mismo trabajo y categoría laboral, las mujeres ganan entre un 20 a un 40 por ciento menos que los hombres (discriminación económica), las medidas que se puedan tomar en el ámbito doméstico y de crianza se verán sesgadas por este hecho. A título de ejemplo,  si una pareja tiene una cría y aunque exista la posibilidad legal del permiso de maternidad y el de paternidad, ¿quién se quedará a cargo de la cría, el padre que gana una media de treinta por ciento más que la madre o ésta que gana menos?.

 

Por otra parte, mientras que los gobiernos y los sindicatos no se tomen en serio la promulgación de una ley de reducción de la jornada laboral a treinta horas semanales con el mismo salario y con la prohibición del pluriempleo y las horas extras, para impedir que los hombres sigan dedicando más tiempo a su trabajo que a sus responsabilidades domésticas y sociales, la economía, otra vez representada por las patronales, seguirá dificultando que se desarrollen otras medidas tendentes a la igualdad entre hombres y mujeres.  Los empresarios son reticentes a que sus trabajadores ocupen menos de cincuenta o sesenta horas semanales de su tiempo en la producción de mercancías y servicios, que sumadas al tiempo malgastado en transportes desde el hogar al puesto de trabajo y vuelta, apenas deja tiempo libre para dedicarlo a la crianza, a los cuidados y a las relaciones sociales. Y si tenemos en cuenta los datos sobre los tipos de empleo para las mujeres, el nivel de desempleo y subempleo femenino, además de la ya mencionada desigualdad salarial, es evidente que son la mayoría de los hombres los que ocupan su vida en tareas laborales casi en exclusividad, recayendo sobre las mujeres las tareas domésticas,  los cuidados  del resto de miembros de la familia y las tareas derivadas de la crianza.  Esta realidad fomentó durante el siglo XIX  y primera mitad del XX,  el tipo de familia burguesa, monogámica,  en la que el hombre hacia de padre proveedor de las necesidades familiares y la mujer se ocupaba de sus tareas de esposa y madre y cuidadora del hogar.  A partir de la segunda mitad del siglo XX,  la sociedad de consumo requiere de una mayor implicación de la mujer en el ámbito público, con el fin de que sus ingresos, sumados al de su marido, les permitan  afrontar el nivel de consumo que la economía les exige.  Estas nuevas necesidades  son las que convierten a la mujer en una superwoman estresada y al borde de un ataque de nervios,  porque a sus labores domésticas cotidianas tiene ahora que sumar la jornada laboral remunerada con ese 20 al 40 por ciento de salario menor  que el que recibe el varón por el mismo trabajo.

 

Resulta del todo imposible establecer un nuevo contrato social entre hombres y mujeres para compartir el tiempo y el espacio, mientras no se le meta mano a la economía y se regule con verdaderos criterios de sostenibilidad.  Cuando el entonces ministro de  Economía,  Pedro Solbes, anunciaba a bombo y platillo que seguimos creciendo al 3 por ciento, posiblemente sus anteojeras económicas no le permite darse cuenta de que esa es una muy mala noticia para la mayor parte de la ciudadanía.  El crecimiento insostenible e indefinido supone que una minoría de la población (los bancos y las multinacionales, principalmente) obtienen unos beneficios excesivos y consumen desaforadamente, mientras que el resto de la ciudadanía, para mantener esos niveles de crecimiento, son estimulados a consumir por encima de sus posibilidades y, en consecuencia, a ocupar su tiempo en producir más para tener más ingresos para consumir más.  Es un círculo vicioso e infernal que sólo se puede arreglar con un crecimiento cero, en el que consumo y producción se equilibren y atengan a criterios de sostenibilidad y austeridad.  No hay más que abrir todos los días los periódicos para darse cuenta de las consecuencias terribles del crecimiento indefinido. Las guerras por el control de las materias primas, el cambio climático, los problemas medio ambientales, el descontrol demográfico, la inmigración, el reparto injusto, las desigualdades sociales, el hambre y las enfermedades, todo es responsabilidad de una economía capitalista que fomenta las desigualdades y las discriminaciones.  Pues tenemos que ser conscientes de que otra víctima más de dicho crecimiento capitalista  es la discriminación de género.  No basta con promulgar leyes civiles y medidas favorables a la igualdad entre hombres y mujeres, ni romperse las neuronas para conciliar la vida laboral y familiar, mientras que la economía continúe torpedeando en la línea de flotación el barco de la igualdad y de la justicia.  Otro mundo es posible si democratizamos la economía  para que deje de ser el más importante impedimento para ese nuevo contrato social entre hombres y mujeres.

 

 

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