NI PUTAS NI SUMISAS de Beatriz Gimeno

Ni putas ni sumisas es el título de un libro de la francesa-argelina Fadela Amara que se convirtió en un fenómeno social que dio lugar a un grupo feminista con el mismo nombre. Un nombre perfectamente adecuado; las mujeres siempre nos encontramos en esas, entre putas y sumisas. Y si hay quien cree que eso está superado que lea los periódicos de estas dos últimas semanas en las que nos hemos visto entre el libroCásate y sé sumisa y el manifiesto francés No toques a mi puta, de los autodenominados 343 cabrones.

En cuanto al primero, reconozco que no he pasado del título, ni falta que me hace. Reconozco que cuando me llegaron los ecos de un título semejante lo primero que pensé es que se trataba de una secuela de Las 50 tonterías de Grey, algo tipo sadomaso light. Luego me enteré de que era una cosa escrita por una escritora católica y que edita un señor arzobispo que gusta de vestirse con faldas y puntillas y no de cuero, como sería lo esperable. Estoy convencida de que fue ver la palabra “sumisa” en el título y el arzobispo corrió a editar el libro en cuestión. ¡No nos vamos a asustar ahora de las cosas que le gustan a los sacerdotes en cuestiones sexuales, por favor, si llevamos siglos sufriéndolo! La Iglesia católica parece un club de señores con gustos sexuales digamos… no mayoritarios y que llevan varios siglos intentando arrancar de sus placeres a la gente, aunque nunca han renunciado a darse gusto ellos mismos.

Yo le diría al arzobispo que debería tratar de superar sus obsesiones, hasta el Papa lo ha dicho. A los hombres de la Iglesia católica está claro que les gustan las mujeres sumisas, aunque me temo que sus mentes complicadas las imaginan poderosas y dominantes, razón de que finalmente hayan encontrado mucho gusto en quemarlas.

La literatura eclesiástica al respeto no deja lugar a dudas. Comenzamos por San Pablo, primer obsesionado con la sumisión femenina. Seguimos con el medieval Malleus Maleficarum, ese bonito manual de torturas que a la iglesia le sirvió para quemar y torturar a miles de mujeres en unos juicios sado-sexuales en los que se contabilizaba cada orgasmo que ellas hubieran tenido con diferentes demonios; en los que se narraban con detalle las posturas y los placeres y en los que, al final en todo caso, ellas –participantes sin consentimiento de la orgía– eran castigadas con la hoguera, casi siempre por el mayor delito que consistía, ¡ay amigos!, en “enfriar” el pene; lo peor, ya lo sabemos.

El Maleficarum funcionó un par de siglos hasta que fue modernizado en el XVII por cualquiera de los libros que el clérigo Ludovico Sinistrari dedicó a narrar con todo lujo de detalles la manera de buscar las marcas del diablo que, qué casualidad, se esconden en los genitales de las mujeres. Sinistrari nos ilustra acerca de la manera de rebuscar cuidadosa, lenta y detenidamente en esos genitales en los que la marca demoníaca puede encontrarse si se busca bien. No nos vayamos a creer que ese rebuscar cuidadoso tenía nada de placentero para ellas, ya que se hacía con hierros candentes y tenazas varias. Además, el final es conocido: a ellas se las quema. Lo malo de las relaciones entre mujeres y demonios, tan completas y variadas que hacen empalidecer al Kama Sutra, es que siempre acaban con la mujer quemada. Siglos y miles de mujeres quemadas es el resultado de la obsesión de la iglesia con la sumisión femenina y el pene frío.

Pasado un tiempo, la Iglesia dejó de quemar a las mujeres y se conformó con las confesiones, de las que también existen buenos manuales muy explícitos. Preguntar a las feligresas por la calidad y cantidad de los tocamientos o por los detalles exactos de sus sueños húmedos, que son, naturalmente, los sueños de los propios sacerdotes, es un clásico cinematográfico y literario bien conocido. Lo bueno de esto es que al final ya no se quemaba a nadie, bastaba con unos avemarías. Un avance, sin duda.

Así que los hombres nos quieren sumisas pero nos imaginan poderosas, cosa que les llena de miedo. Además, las sumisas resultan finalmente muy aburridas. De modo que, para combatir el aburrimiento que les producen las sumisas y casadas, los hombres siempre pueden recurrir a las otras mujeres, a esas que imaginan transgresoras y divertidas, a las putas. Y a éstas está dedicado el manifiesto de los 343 imbéciles.

Más allá de lo evidente, es decir, más allá de la cuestión de la prostitución, el manifiesto trata con su título de mofarse de dos luchas históricas a favor de los derechos humanos. El título de este manifiesto imbécil hace referencia a ese otro manifiesto que en los años 80 publicó SOS Racisme con el lema ‘¡No toques a mi amigo!’ y en el que se denunciaba la represión contra los inmigrantes ilegales y el racismo. También se supone que quiere burlarse del manifiesto feminista que 343 intelectuales francesas firmaron en 1971 declarando haber abortado, algo por entonces ilegal. Esa fue una manifestación responsable y comprometida en la lucha por un derecho humano básico de las mujeres, el derecho al aborto. Está claro que la lucha por los derechos humanos pone de los nervios a estos imbéciles que ven amenazados sus privilegios de señoritos de clase alta con trabajos en los que se gana mucha pasta.

El manifiesto de los imbéciles no es un manifiesto a favor de las prostitutas, faltaría más. Véase la diferencia entre “No toques a las putas” y “No toques a mi puta”. Yo firmaría un manifiesto que llevara por título la primera frase. Lo dirigiría a las autoridades que han decidido combatir, no la prostitución, sino su visibilidad. Y con tal objetivo, se dedican a multar a mujeres que hacen lo que pueden para escapar de la pobreza y a las que pretenden poner a disposición no sólo de los puteros, sino también de los proxenetas; a estos no se les multa, sino que se les ofrecen todo tipo de facilidades para que abran sus “negocios”. Pero esa es otra cuestión.

“No toques a mi puta” no dice nada más que eso: no toques lo que es mío, no toques mi derecho; el de los hombres a tener una puta, se entiende. ¿Y ellas? A ellas también les gusta, dice el texto del manifiesto. Claro que sí, tiene que gustarles; gustarles ser putas, gustarles ser sumisas, porque sobre ese imaginar que nos gusta han construido ellos la única masculinidad que conocen, esa que no es capaz de disfrutar con una mujer libre e igual que ellos. Van a tener que ir acostumbrándose.

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