LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (VIII): Las raíces del varón prostituyente

El debate eterno sobre la prostitución y la trata de mujeres tiene el gran defecto de centrar su atención casi exclusivamente en las mujeres prostituidas, olvidando que éstas son solamente las víctimas de dicho fenómeno social, y que los verdaderos protagonistas de lo que ocurre, es decir, los responsables directos de la existencia de esta lacra social, son los varones prostituyentes, llamados clientes en los discursos políticamente correctos. En términos de mercado, ellos forman la gran masa de la demanda, que hace posible que exista la oferta y que ésta crezca y se expanda hasta adquirir el volumen de ser el tercer negocio ilícito más rentable del mundo, después del narcotráfico y el tráfico de armas, en dura competencia con ambos. Cualquier economista sabe que la creación, mantenimiento y aumento de la demanda es el principal problema de la economía capitalista. Por ello, tiene tanta importancia la publicidad, cuya misión principal no es informar de la oferta, sino crear y producir demanda. Así, pues, las crisis cíclicas capitalistas son siempre de sobreproducción de la oferta y de restricción de la demanda. Aún más, las salidas de las crisis consisten en estimular la demanda (¡consumid, consumid, malditos!).
Para analizar en profundidad el papel decisivo que el varón prostituyente ejerce en la existencia y crecimiento de la prostitución, debemos comenzar por denunciar uno de los mitos justificativos más usados en el discurso prostituyente: “La prostitución es el oficio más viejo del mundo”. No se explica uno cómo una falacia de tal calibre puede seguir siendo aceptada por la mayoría de la población, a no ser que sea cierta la afirmación de Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, de que “una mentira repetida un millón de veces, se convierte en una verdad”. La prostitución, como fenómeno social de masas, es un invento de la Modernidad. Si, como asevera José Antonio Marina, “la especie humana lleva doscientos mil años saliendo de la selva de la Naturaleza e inventándose a sí misma”, podemos afirmar que durante los primeros 197.000 años, no existió la prostitución tal como la conocemos ahora. Es decir, que sólo en los últimos 3.000 años podemos encontrar rastros de prostitución, en formas muy diferentes a la actual, y únicamente a partir del ascenso de la burguesía al poder, en el siglo XVIII, y el cambio de producción feudal por un sistema capitalista que convierte las relaciones sociales en transacciones monetarias y al dinero en el verdadero fundamento de la riqueza (antes la riqueza se basaba en la propiedad de la tierra) es cuando surge la prostitución como fenómeno social de masas. ¡¡Hace menos de 300 años!!. ¿En qué queda el llamado “oficio más viejo del mundo”? En una mentira repetida un millón de veces para que parezca verdad.
Durante decenas de miles de años, los hombres han intentado mantener relaciones sexuales con las mujeres por la fuerza, pero, fue con la creación del patriarcado que esta pulsión copulatoria adquirió carta de naturaleza legal, convirtiéndose en un derecho masculino. El patriarcado convirtió a las mujeres en sumisas servidoras de los hombres a todos los efectos. Como decía en Grecia, Demóstenes, en su “Carta contra Nerea”, las mujeres se dividen en tres tipos: “Las cortesanas para el placer, las concubinas para los cuidados y las esposas para la estirpe y el orden en el hogar”. Por otro lado, el clasismo  social, expresado en la época antigua por los amos y esclavos, en la época feudal por los señores y siervos de la gleba y en la época moderna por los capitalistas y proletarios, hacía innecesaria la prostitución porque los varones satisfacían sus deseos con las mujeres de la clase sometida, por la fuerza legitimada en forma de ley. Así, los ejércitos de varones de la Antigüedad, al derrotar al enemigo, tenían el derecho de apropiarse de los bienes de los vencidos, entre los cuales se incluían a las mujeres, niños y niñas. Convertidas en esclavas, eran usadas como esclavas sexuales o como esclavas domésticas. En la Edad Media, el matrimonio era una institución de alianzas familiares en el que no solía jugar ningún papel la sexualidad. Los señores aristócratas solían desfogarse con las siervas de la gleba, de las que solían tener numerosos hijos bastardos. También tenían por ley el privilegio de ejercer, si querían, el “derecho de pernada”, consistente en yacer con la novia de un matrimonio entre sus siervos, para desvirgarla antes que el marido. La literatura social y romántica del siglo XIX nos ha dejado numerosos testimonios de los desmanes que los varones burgueses cometían con las mujeres de su servidumbre y con las obreras de sus fábricas y negocios. Por si fuera poco, la Iglesia Católica incluyó en el sacramento del matrimonio, entre los deberes de la esposa hacia su marido el llamado “débito conyugal”, consistente en aceptar las demandas sexuales del marido como un deber que tenía que cumplir. Por lo tanto, durante miles de años, los varones gozaron del privilegio de forzar y violar a las mujeres con el beneplácito de los Estados, Códigos Civiles e Iglesias.
Es con la Modernidad y sus Constituciones políticas, en las que se reconoce “que todas las personas son iguales ante la ley” que todas las normativas legales antiguas caen en desuso o son abolidas, algo que para los varones supone impedimentos para seguir ejerciendo el uso de la fuerza física como forma de acceder sexualmente a las mujeres. Dejan de formar parte del botín de guerra, ya no son propiedad de los señores feudales, se rebelan frente al derecho de pernada, conquistan el acceso a la propiedad, a la herencia, a participar en la democracia representativa. Se inicia así un proceso de liberación de la mujer que se desarrolla a través de los tres últimos siglos hasta nuestros días. Sin embargo, la permanencia de la socialización de género y sus prejuicios, hace que elementos como el sentimiento de propiedad de la mujer, el falocratismo en las relaciones sexuales, la naturalización del deseo sexual en forma de “necesidades fisiológicas” y otras falacias machistas, sigan influyendo en la conformación de la identidad masculina y en sus resistencias a asumir la igualdad de trato y la dignidad de las mujeres. Así, nos encontramos en pleno siglo XXI con hechos terribles como que cada tres minutos se cometa una violación en el mundo, que la treintena de conflictos bélicos vigentes en el mundo, vayan acompañados de la violación sistemática de las mujeres de los enemigos, utilizadas como armas de guerra (Bosnia, Congo, Colombia, etc.), que la violencia de género se cobre más víctimas que el terrorismo y que la trata de mujeres y la prostitución se hayan convertido en el infame pero lucrativo negocio que resulta ser.

Actualmente, en las sociedades modernas, el uso de la fuerza física para obligar a las mujeres a mantener relaciones sexuales se ha convertido en delito y es perseguido por la justicia, por lo que la vía sustitutoria más aceptable es convertir la fuerza física en la fuerza simbólica del dinero. En una sociedad de mercado, donde cualquier cosa puede convertirse en mercancía, donde todo se puede comprar y vender, no resulta escandaloso que los varones machistas gasten su dinero en comprar servicios sexuales a mujeres en situaciones de necesidad económica y social. Crece la demanda prostituyente, alimentada por todos los medios de persuasión cultural, principalmente el cine y la televisión, cuyos contenidos siguen reflejando los principios y valores patriarcales y machistas, demanda creciente que necesita de una oferta que los mercados nacionales se ven incapacitados de cubrir, por lo que surgen las mafias de varones ambiciosos y sin escrúpulos, verdaderas multinacionales organizadas en la captura y traslado de mujeres, niños y niñas de países subdesarrollados a los países del primer mundo para, mediante engaños, amenazas, chantajes y otras brutalidades, dedicarlas a la prostitución forzosa. Así ocurre a nivel mundial y en nuestro país, en el que, de las aproximadamente trescientas mil mujeres prostituidas, el noventa y cinco por ciento son mujeres inmigrantes introducidas en nuestro país ilegalmente, controladas por las mafias de la trata de mujeres.
Es pues, la demanda de servicios sexuales por parte de los varones prostituyentes la que mantiene y acrecienta una oferta que no encuentra dificultades en traspasar fronteras, crear redes de prostíbulos por toda la geografía nacional y traficar con mujeres sometidas a todo tipo de abusos, malostratos y sevicias. El varón prostituyente es el verdadero responsable de este execrable negocio que, en pleno siglo XXI, sigue tratando a las mujeres como esclavas de su propiedad. Ahora bien, ¿qué prejuicios concretos forman parte de las actitudes de estos varones para que sigan utilizando la prostitución como algo normal, sin ningún tipo de remordimientos ni sentimientos de culpa? Sin ánimo de ser exhaustivos, vamos a elaborar una lista con algunos de ellos:
1. La consideración de que la prostitución ha existido siempre (“el oficio más viejo del mundo”) es una forma de “naturalizarlo”, es decir, en convertirlo en algo que no depende de la voluntad o intencionalidad humana, sino en un producto de la biología, transmitido por los genes. Es el mismo recurso ideológico que se utiliza para justificar que “siempre ha habido ricos y pobres” o que “las mujeres y los hombres somos diferentes por naturaleza”. Es una forma de eximirse de cualquier tipo de culpa, ya que lo que hacen viene dictado por la naturaleza.
2.  La consideración de que el deseo sexual masculino es producto de necesidades fisiológicas que no se pueden reprimir so pena de producir desequilibrios orgánicos que pueden generar enfermedades de mayor o menor gravedad. Dan por supuesto que su deseo sólo tiene una forma de expresarse y satisfacerse, mediante el frotamiento del pene hasta la descarga eyaculatoria, gracias a los estímulos producidos por la boca, el ano o la vagina de una mujer (o de un hombre). Descartan la posibilidad de que la estimulación se produzca  mediante la masturbación, técnica autoerótica que desvalorizan como “cosa de adolescentes inmaduros” o como una necesidad sustitutoria cuando no pueden realizar el coito.
3.  Miles de años de cultura patriarcal machista, impregna sus mentes con el prejuicio de sus genitales como el elemento característico y principal de su masculinidad. El pene revestido de poder falocrático es su órgano más preciado y decisivo para competir con otros hombres y aumentar su autoestima. Expresiones como “con dos cojones”, “esto es cojonudo”, “poner los cojones sobre la mesa”, “echarle dos cojones a la cosa”, “darle por el culo”, así como la competencia traumática entre varones en base al tamaño y el grosor del pene, o la conversión del primer coito en un rito de paso de la juventud a la hombría adulta (algo que con frecuencia se realiza con la visita a un prostíbulo, llevado de la mano del padre, el hermano mayor o el amigo más experimentado) son algunas de las pistas que demuestran la importancia de los genitales masculinos. También la hipersensibilidad con la que cuidan de sus genitales, que no pueden ser tocados por nadie sin su consentimiento, la resistencia a acudir a la consulta del urólogo, el terror que les produce que alguna enfermedad, disfunción o malformación pueda afectar a los órganos depositarios de su virilidad.
4.  Es evidente que en la actitud de los varones prostituyentes hacia las mujeres hay una decisiva influencia del sentimiento de dominación y superioridad que el patriarcado ha transmitido a lo largo de la Historia. Aunque no sea consciente de ello, el varón prostituyente considera razonable que las mujeres son inferiores y diferentes a los hombres, que ellas están “ahí” para cuidarles y satisfacerles, para obedecer sus deseos sin rechistar. Su personalidad egocéntrica y narcisista no les permite aceptar que las mujeres sean iguales que los hombres, que deban ser tratadas con respeto y que puedan contradecirles en sus demandas. Como mucho, aceptan que las mujeres se dividen en dos grupos: Las decentes (sus madres, esposas, hijas y demás familiares) con las que el trato es distinto y se deben tener consideraciones que asumen con falsa resignación, no exenta de rebeldía (de ahí los numerosos chistes que se hacen al respecto de este tipo de relaciones) y las putas, con las que no hace falta guardar las apariencias porque ellas solas se han colocado donde están por su mala cabeza. Este sentimiento inconsciente de dominación se ve, en muchos varones prostituyentes alimentado por sus propios complejos de inferioridad. La fealdad, la timidez, la incultura, la incapacidad de establecer relaciones de igualdad con otras mujeres, les lleva a buscar en la relación prostituyente una forma sublimada de compensación de sus miedos y ansiedades.
5.  La consideración de que el acuerdo entre mujer prostituida y varón prostituyente es una especie de contrato comercial, en el que las dos partes gozan de la misma libertad, voluntad y capacidad de decisión para llegar a ese acuerdo en igualdad de condiciones y sin coacciones de ningún tipo, también es un prejuicio muy arraigado y que deriva del mismo contexto socioeconómico del capitalismo que ha “naturalizado” la relación laboral de tal forma, que muchos hombres y mujeres piensan que cuando firman un contrato laboral en determinadas condiciones, lo hacen con la misma libertad, voluntad y capacidad de decisión que la que tiene el empresario. “Yo no obligo a nadie, si acepta las condiciones, bien y, si no, ahí tiene la puerta”, se suele decir por parte de los empleadores. “Yo he aceptado este trabajo porque me da la gana” dicen muchos empleados. Suele ser el argumento principal de los que defienden la legalización de la prostitución como un trabajo más, partiendo del prejuicio capitalista de que el trabajo por cuenta ajena dignifica, es necesario y es un valor a defender.
6. La sexualidad entendida como “tensión-descarga” es también un prejuicio muy extendido entre los varones prostituyentes. Consideran que su cuerpo se va llenando de tensión sexual que inevitablemente han de descargar para conseguir relajarse. Son ideas acientíficas y simplistas que tienen que ver con el sexo animal y no con la sexualidad humana. Los animales, en la época de celo, suelen desarrollar el proceso siguiente: Los estímulos eróticos de la hembra generan en el macho una tensión que les lleva a buscarla y montarla para efectuar la cópula reproductiva, mediante una descarga eyaculatoria, tras la cual, se produce una relajación. Es una respuesta instintiva, refleja y egocéntrica, en la que no hay afectividad, ni comunicación elaborada entre dos sujetos. En cambio, en la sexualidad humana el proceso es reflexivo, las respuestas son pensadas y, por ello mismo, pueden variarse, modificarse, establecer un diálogo entre sujetos iguales, introducir elementos afectivos y llegar a acuerdos negociados. Incluso es un proceso que se puede frenar, terminar sin llevarlo a su fin y cambiarlo de sentido. Por eso, la sexualidad humana se dice que es plástica (variable y adaptable) y puede experimentarse de múltiples formas y maneras. El varón prostituyente sigue el esquema animal: Estímulo erótico-pulsión copulatoria-coito-descarga relajante.

LO QUE TIENE QUE HACER EL VARÓN PROSTITUYENTE PARA DEJAR DE SERLO

¿Qué necesitaría aprender y cambiar el varón prostituyente para dejar de serlo? Pues conocer los prejuicios machistas que le lleva a comportarse así y aprender a ser persona:
1. El primer cambio procedería de tomar conciencia de la necesidad de comportarse como ciudadano de una democracia, cuyas leyes promulgadas ya crean la obligación de relacionarse con las demás personas (mujeres incluidas) desde el respeto a su dignidad, del reconocimiento de sus derechos y de la igualdad de trato como sujetos libres. Cualquier ciudadano o ciudadana que no cumpla con estas leyes, no se comporta como tal y pierde el derecho a ser tratado de la misma manera. Las leyes ya sancionan al que maltrata, asesina, roba, engaña y estafa. ¿Por qué no sancionar al que humilla a una mujer comprándola por dinero? Es evidente que esta toma de conciencia solo puede provenir de la educación y por eso es tan importante que el profesorado se tome en serio la asignatura de Educación para la Ciudadanía.

2. El segundo cambio procedería del conocimiento de la Historia y de la formación del Patriarcado y de la Cultura de los Géneros, del sistema de valores creado por él, que ha socializado durante miles de años a los varones (y lo sigue haciendo) en prejuicios machistas y sexistas. Saber que sus actitudes son aprendidas y no vienen de la naturaleza, que la biología no justifica ningún comportamiento social. Tener conciencia de que su conducta es fruto del aprendizaje, le puede llevar a relativizar lo que hace, a reflexionar sobre ello y experimentar que lo que ha aprendido lo puede desaprender y volver a aprender comportamientos diferentes y más acordes con su humanidad.
3. El tercer cambio procedería del conocimiento de la Sexología o, por lo menos, de aquellos aspectos que influyen directamente en su conducta. Saber la diferencia entre sexo biológico y sexualidad humana, conocer la construcción social e histórica de la sexualidad, su utilización como tecnología del poder y los modelos de socialización de la conducta sexual, le ayudaría a superar prejuicios como que su deseo procede de necesidades fisiológicas ineludibles, o que el coito es el acto sexual por excelencia, o que para obtener placer necesita meter el pene en algún agujero de otra persona, o que la masturbación es una cosa de jóvenes inmaduros, en fin, tantos datos aportados por la sexología científica que, seguro, modificaría la visión de su sexualidad y de cómo desarrollarla.
Se trata de llevar a cabo una labor educativa, tanto a nivel de la enseñanza reglada obligatoria como en la educación de adultos, influenciando a los medios de comunicación de masas y culturales para que vayan sustituyendo el contenido sexista y machista de sus programas y productos por otros contenidos basados en los derechos humanos, en la dignidad de las personas y en la igualdad de trato. Es una labor educativa cuya importancia y proporciones sólo puede ser asumida por el Estado y las Administraciones Públicas, que deberían sopesar los beneficios de la misma en forma de reducción de la demanda prostituyente, de decrecimiento de la oferta mafiosa de la trata de mujeres, niños y niñas, de la reducción del gasto público en la persecución de estas mafias y en una considerable mejora de la conflictividad social que este repugnante mercado del sexo genera.

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