LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (VI): El Complejo de Peter Pan

Me he pasado las últimas semanas leyendo las ponencias, artículos y algún libro que otro, fruto de mi participación en jornadas y encuentros acerca del género masculino.  Dentro de la variedad y riqueza de análisis y aportaciones, sobresalen unos cuantos  temas reiterativos y comunes en casi todos los trabajos. Uno de ellos es el de la dureza e inexpresividad emocional del hombre de género, cuyo modelo de socialización masculina no le permite expresar nada más que la alegría y la ira, reprimiéndose la pena y el miedo, además de la ternura y otras emociones que supongan vulnerabilidad o debilidad. 

 

Profundizando en el tema,  tenemos un hombre de género con la mayor parte de sus emociones reprimidas y cuya expresión solamente puede canalizar a través de la ira, el cabreo o la violencia.  Es, pues, un inmaduro emocional.  Walter Riso, en su libro “¿Amar o depender?”  (Ed. Planeta/Zenith, Barcelona, 2008)  dice que “la inmadurez emocional implica una perspectiva ingenua e intolerante hacia ciertas situaciones de la vida, generalmente incómodas o aversivas”.  Una de las causas de la inmadurez emocional  es el incorrecto desarrollo del proceso de desapego que la educación familiar debería facilitar a la cría humana para pasar del estado absoluto de dependencia con el que viene al mundo, debido a la pulsión afectiva del apego,  hacia una madurez adulta centrada en la autonomía y la independencia.

 

Todas las crías animales que nacen vulnerables e indefensas desarrollan esa pulsión instintiva de apego a un ser adulto que les garantice su protección y cuidado y que se expresa en los llamados por Konrad Lorenz  “periodos ventana”. Este autor llamó a este proceso  “imprimación” (imprinting)  y es un elemento afectivo necesario e indispensable para la supervivencia de las crías. Sin embargo, en las crías animales, conforme van creciendo y cobrando autonomía e independencia respecto a sus figuras de apego,  se desapegan naturalmente y prescinden de la  protección y  cuidados recibidos para valerse por sí mismos.

 

La cría humana tiene la peculiaridad de ser la más vulnerable de todas cuando viene al mundo, por lo que la pulsión afectiva del apego funciona con más fuerza y sigue haciéndolo a lo largo de toda su etapa de crianza  (infancia) que es la más larga de todas.  Dependiendo del tipo de relación que se establece entre las figuras de apego y las crías,  los estudiosos han establecido tres estilos de apego que determinan el proceso de construcción de la personalidad de la criatura con mejores o peores consecuencias. Tendríamos el apego seguro, que genera confianza en la figura de apego, necesaria para experimentar y explorar sin miedo, base de la autonomía. El apego temeroso o ambivalente, que genera inseguridad y miedo al abandono y el apego evitativo, que genera rechazo a la figura de apego al mismo tiempo que el obsesivo deseo de recuperarla.  Si los adultos no han sabido educar a la criatura para que aprenda a desapegarse progresivamente, adquiriendo la autonomía e independencia que necesita para convertirse en un adulto maduro,  la inmadurez emocional resultante de los apegos que arrastran desde la infancia, convertidos en apegos adultos,  influirán  negativamente en sus relaciones afectivas.

 

Así, el hombre de género, emocionalmente inmaduro y lastrado por sus apegos adultos,  sufrirá el “complejo de Peter Pan” que le lleva a ser un niño grande que no quiere crecer y que constantemente busca reconstruir  su perdida relación infantil con una Wendy  maternal y cuidadora que le cubra su necesidad de seguridad afectiva,  suficiente para  lanzarse al mundo a vivir aventuras y  encontrar a Campanillas con las que jugar y divertirse.  Este ha sido el modelo relacional creado por la Cultura de los Géneros y que Joseph Vicent Marqués llamó “Burgués Tradicional”,  un modelo que socializa a las mujeres en dos grandes grupos:  Las Wendys destinadas a ser esposas y madres  (aunque por las funciones que se le asignan, se podría decir que, salvo por la función reproductora, son solamente madres de todos los hombres de su entorno, incluido el marido) y las Campanillas,  destinadas a ser  objetos eróticos y compañeras de juegos y aventuras.  O dicho en los términos más crudos y realistas del autor, en las “decentes” y las “putas”.  Esta situación triangular de las relaciones de género se justifican con excusas tan burdas como “la promiscuidad natural del varón”,  “la monogamia natural de la mujer” o las “necesidades fisiológicas masculinas”,  que en realidad ocultan  la inmadurez emocional del hombre de género y su incapacidad para valerse por sí mismo.

 

En este punto del análisis, surge una interesante paradoja: Se dice que la masculinidad educa a los hombres para que sean fuertes, independientes, con capacidad  para enfrentarse a los desafíos que le plantea un ámbito público donde tendrán que luchar sin descanso contra los enemigos y competidores que intentarán medrar a su costa.  Pero, por otro lado, este hombre de género crece siendo un inmaduro emocional que necesita obsesivamente del apoyo de una mujer que le cuide sus heridas y le anime para volver a la batalla.  ¿Cómo un hombre puede ser independiente cuando depende tanto de una mujer? ¿Cómo un hombre puede aparentar tanta seguridad y confianza en sí mismo, cuando en su interior bulle la inseguridad y el miedo a no dar la talla? La paradoja  revela una situación esquizofrénica, dual,  entre las exigencias que la cultura genera para los hombres en el ámbito de lo público y las que desarrollan en el ámbito de lo privado.  El hombre de género  presume públicamente de ser libre mientras busca desesperadamente cobijarse  en unos brazos maternales que le cuiden.  Las estadísticas  sobre divorcialidad nos brindan un dato que  confirma lo dicho:  La mayor parte de los hombres cuando toman la iniciativa para divorciarse es porque ya han encontrado una pareja  sustituta  y, si no la tienen,  se lanzan  obsesivamente a buscarla en el menor plazo de tiempo posible.  Sólo una minoría  es capaz de plantearse el vivir solos y cuidarse a ellos mismos, sin necesidad de la presencia femenina. Lo contrario  les ocurre a las mujeres, que la mayoría de las divorciadas, asumen la independencia como liberación y el vivir solas o con sus hijos como ganancia.

 

Tenemos, pues, a un hombre de género, con complejo de Peter Pan,  que se niega a madurar  por miedo al abandono afectivo,  que es incapaz de valerse por sí mismo, de responsabilizarse de su vida en todas sus facetas, que necesita de la prótesis de una mujer para poder andar por la vida con tranquilidad y cuya inmadurez emocional  le convierte en un ser  agresivo, irascible y violento, origen de numerosos conflictos en sus relaciones sociales.  ¿Cómo cambiar esta situación tan poco atractiva?  El autor antes mencionado, Walter Riso,  enuncia tres atributos psicoafectivos que permiten madurar y desapegarse.  Voy a permitirme una extensa cita para  dejar clara su aportación:

 

a)    “La defensa de la territorialidad y la soberanía afectiva:  La territorialidad es el espacio de reserva personal, si alguien lo traspasa, me siento mal, incómodo o amenazado.  Es la soberanía psicológica individual: mi espacio, mis cosas, mis amigos,  mis salidas, mi vocación, mis sueños.  Todo lo que sea “mi” que no necesariamente excluye al “tú”.  Una territorialidad exagerada lleva a la paranoia y si es minúscula, a la inasertividad”. Incluso culturalmente, la territorialidad influye en el mantenimiento de determinadas costumbres y  ritos sociales.  Por ejemplo, en la cultura anglosajona, la territorialidad se expresa en las conductas de saludo. Los anglosajones no se besan en las mejillas ni se abrazan cálidamente, se dan la mano. En cambio, en la cultura eslava, el permiso para entrar en mi territorio es muy laxo, tanto que los hombres se saludan con un beso en la boca.  La cultura árabe tiene muy poca territorialidad, lo que les permite caminar juntos, pegaditos, algo que un occidental no soporta. En la cultura mediterránea europea, se contemplan variables intermedias, de equilibrio. Se saluda con dos besos en las mejillas, que los franceses convierten en tres besos y los turcos en cuatro. “El equilibrio adecuado es aquel donde las demandas de la pareja y las propias necesidades se acoplan respetuosamente. Sin territorialidad no puede haber una buena relación. Las parejas superpuestas en un ciento por ciento, además de disfuncionales, son planas y tediosas. La idea no es andar jugando al escondite, fomentar el libertinaje y eliminar todo rastro de honradez, sino establecer los límites de la propia privacidad.  Y esto no es desamor, sino inteligencia afectiva.  La independencia (territorialidad) sigue siendo la mejor opción para que una pareja perdure y no se consuma. Sin autonomía no hay amor, solo adicción complaciente”.  En  la terapia  de pareja,  la territorialidad  se cambia por el concepto de lo personal.  Toda persona que decide vivir en pareja, debería saber que aportamos a dicha relación nuestra personalidad que nunca será igual a la de la otra persona que forma la relación.  Cada una aporta su biografía, con sus manías, sus fobias y sus filias,  sus vivencias y sus traumas, sus aprendizajes peculiares y sus zonas sin desarrollar.  Una pareja, al comienzo, es la suma de dos biografías distintas y diversas, que comparten algunas cosas, a nivel afectivo, de atracción erótica,  de aficiones e incluso, de proyectos de vida.  Conforme la pareja se va desarrollando,  se perfilan dos ámbitos con sus tiempos respectivos:  el ámbito de lo personal y el ámbito de lo común.  Como pareja comparten cosas y, además, tienden a incrementar  este ámbito con más cosas comunes, pero siempre tendrán comportamientos, aficiones y proyectos  que son del ámbito personal, que no comparten y que, por lo tanto, necesita de su tiempo y su espacio. La salud de la pareja dependerá de la capacidad que demuestren sus dos miembros en cultivar el ámbito común y respetar el ámbito personal, desplegando dos sentimientos afines: El amor por lo que nos une y el respeto por lo que nos separa.

 

b)    “Al rescate de la soledad:  Para la psicología, la soledad tiene una faceta buena y otra mala:  Cuando es producto de la elección voluntaria, es saludable y ayuda a limpiar la mente.  Pero si es obligada, puede aniquilar todo vestigio de humanidad rescatable. La soledad impuesta es desolación, la elegida es liberación.  No es lo mismo estar socialmente aislado que estar afectivamente aislado. La carencia afectiva es la que más duele.  Aunque ambas formas de aislamiento generan depresión, la soledad del desamor es la madre de todo apego.  El principio de autonomía lleva irremediablemente al tema de la soledad.  De alguna manera, estar libre es estar solo.  La persona que se hace cargo de sí mismo no requiere de nodrizas ni guardianes porque no le teme a la soledad, la busca.  En cambio para un adicto afectivo el peor castigo es el alejamiento.  La soledad voluntaria trae varias ventajas: Desde el punto de vista cognitivo favorece la autoobservación  y es una oportunidad para conocerse a sí mismo.  Desde el punto de vista emocional posibilita que los métodos de relajación y meditación aumenten su eficacia.  Desde el punto de vista comportamental nos induce a soltar los bastones, a enfrentar los imponderables y a lanzarnos al mundo.  Abrazar la soledad no significa que debas incomunicarte y aislarte de tu pareja. Las soledades de cada uno pueden interconectarse.  Entre dos personas que se aman, el silencio habla hasta por los codos.  Tenemos que ayudarnos  mutuamente a comprender cómo ser en nuestra soledad para poder relacionarnos sin aferrarnos el uno al otro.  Podemos ser interdependientes sin ser dependientes.

c)     La autosuficiencia y la autoeficacia:  Muchas personas dependientes con el tiempo van configurando un cuadro de inutilidad crónica.  De tanto pedir ayuda, pierden autoeficacia. Así, lenta e incisivamente, la inseguridad frente al desempeño va calando y echando raíces. La incapacidad arrasa con todo: La dependencia me vuelve inútil, la inutilidad me hace perder la confianza en mi mismo, entonces busco depender más, lo que incrementa mi sentimiento de inutilidad y así, sucesivamente”.

Los atributos que menciona el autor sirven para aprender a desapegarse, para adquirir autonomía e independencia (algo de lo que las mujeres nos pueden dar maravillosas lecciones) que no están reñidas, ni mucho menos,  con el despliegue de relaciones sociales basadas en la amorosa cooperación y no en la rivalidad competitiva.  Desde la seguridad afectiva que genera el cultivo de la propia autoestima,  los hombres podemos establecer relaciones con las demás personas basadas en la empatía y no en la manipulación.  Podemos darle un sentido de vida  a nuestra existencia,  convirtiendo la felicidad de la otra en un elemento de mi propia felicidad.  La empatía, capacidad de ponerse afectivamente en el lugar de la otra persona, se expresa a través de dos sentimientos:  La congratulación,  que me lleva a alegrarme por las alegrías ajenas, y la compasión, que me lleva a apenarme por las penas ajenas.  Ambas nos conectan y vinculan con las demás personas, no desde la dependencia egoísta, sino desde la cooperación altruista,  es decir, desde el amor.  Cuando amo, no engaño, ni soy deshonesto, ni manipulo las conciencias,  ni  ejerzo poder sobre nadie, por el contrario, cuando amo soy sincero, honesto, solidario e igualitario.  Es decir,  creo el medio idóneo para expresar todas mis emociones  sin complejos ni represiones:  Si  siento miedo, pena, ternura, o lo que sea, lo expreso sin tapujos, porque no dependo de los demás, sino de mí mismo. Además, tengo la confianza plena de que las demás personas de mi entorno, no se van a aprovechar de mi sincera debilidad para atacarme, sino que serán solidarias y compasivas conmigo, o sea, amorosas. Cuando el hombre de género deja de serlo,  y supera su complejo de Peter Pan,  se convierte en una persona que sabe amar y, por ello, es amada. La madurez emocional  tiñe  de colores diversos y necesarios para poder elaborar un proyecto que le de sentido, y no hay mejor proyecto que el de cooperar y repartir.

 

 

 

 

 

 

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