LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (V): La historia de los medios seres, por Julian Fernández de Quero

Cuenta Platón en “El Banquete” que uno de los comensales relata el origen mítico de la especie humana.  Según el mito, en sus orígenes, los seres humanos eran individuos con cuatro piernas, cuatro brazos, dos caras,  hermafroditas y autosuficientes.  Pero su orgullo molestó a los dioses que enviaron a un semidiós con una espada de fuego y los partió por la mitad, de la cabeza a los pies. Desde entonces, los humanos son medios seres que se pasan la vida buscando su otra mitad y, cuando la encuentran, se funden con ella y  se sienten felices al conseguir la plenitud de su totalidad.  Desgraciadamente, hay muchos que no encuentran a su mitad y vagan tristes y angustiados por vivir una vida a medias. El mito es un fiel reflejo metafórico de la ideología de los géneros implantada por el patriarcado: La teoría de la complementariedad de  los sexos, que tuvo otras producciones literarias en los escritos de Pablo de Hipona al referirse a la unión matrimonial, “dos almas en una sola carne”,  incluso se puede rastrear su influencia en el dogma cristiano de la trinidad,  “Un solo Dios y trino”,  y que encontró un gran auge en la literatura romántica del siglo XIX.  Todavía, en nuestros días, la creencia de la complementariedad de los sexos sigue orientando la vida de muchas personas, convencidas de la necesidad de encontrar a su “media naranja”  para formar la pareja perfecta gracias a la unión de “los complementarios”.

 

Menos mal que los modernos estudios de género desarrollados sobre todo por personas feministas y científicas sociales,  han puesto las cosas en su lugar, desvelando la razón de ser de esta ideología al servicio de un modo de producción patriarcal, que intenta justificar la división social y cultural de la especie humana en dos ámbitos sociales: La Masculinidad, ámbito de actuación de los hombres, y la Feminidad, ámbito de actuación de las mujeres, estableciendo entre ellos y ellas unas relaciones de Dominación-Sumisión, según el cual, las mujeres son seres sometidos al poder exclusivo de los hombres, a quienes deben obediencia, siendo su función la reproducción y el cuidado de las crías, personas enfermas y ancianas, mientras que los hombres se dedican a la producción y la conquista competitivas y el ejercicio del poder público y privado.  Durante siglos, la teoría de la complementariedad no se ha visto encarnada en la realidad social, ya que, para los hombres, las mujeres no es que fueran complementarias, sino meras sirvientas y esclavas a su servicio.  La teoría servía sólo para inspiración de literatos y artistas masculinos.  Con la llegada de la Modernidad y la conquista de los derechos individuales, el patriarcado sintió la necesidad imperiosa de justificar la desigual situación social de las mujeres que contradecía todos sus principios y era  motivo reivindicativo del feminismo, así que retomó la teoría de la complementariedad con energías renovadas y la adornó de una serie de argumentos pseudos científicos con el fin de naturalizarla, usando el “gancho trascendental” (afortunado término inventado por José Antonio Marina) de la Naturaleza como último y definitivo argumento de autoridad.

 

Sin embargo, el conocimiento científico es tozudo y el desarrollo de la antropología, la biología y los estudios psicológicos, neurológicos y anatomofisiológicos, nos ha permitido desvelar el carácter ideológico de la teoría de los complementos y su falsedad científica.  Entre los hombres y las mujeres sólo existe un fenómeno complementario evolutivo reducido a las funciones de reproducción.  El dimorfismo sexual de muchas especies animales, incluida la nuestra, ha desarrollado órganos reproductores diferentes y complementarios en los machos y las hembras, con el fin de garantizar una mayor variabilidad genética que permita un nivel más elevado de supervivencia.  A eso se reduce la complementariedad.  En todo lo demás, cada individuo humano viene al mundo con las mismas capacidades potenciales que luego, las diferencias individuales congénitas y sus distintos aprendizajes, desarrollarán de diversas formas y maneras, logrando que no haya dos seres humanos iguales entre sí.  Con anterioridad al invento del patriarcado,  el nomadismo de los primeros grupos humanos facilitaba la cooperación entre los individuos, realizando básicamente las mismas actividades y funciones, salvo las reproductoras, al margen de si eran machos o hembras.  Esas fueron las conclusiones del estudio de campo realizado por Angel Pestaña y Sacramento Martí con los bosquimanos del desierto de Kalahari.

 

Asimismo,  el estudio de David Gilmore y otros antropólogos de las sociedades sin género, como los originarios habitantes de la isla de Tahití, merece la pena que las citemos extensamente:  “Los varones no  son más agresivos que las mujeres, ni las mujeres más “tiernas” o “maternales”  que los hombres. Además de tener personalidades similares, los hombres y las mujeres desempeñan papeles parecidos que resultan casi indistinguibles. Ambos hacen más o menos las mismas tareas y no hay ningún trabajo ni ocupación reservados a un solo sexo por dictado cultural. Los hombres cocinan de forma habitual y las mujeres hacen casi todo lo que hacen los hombres fuera de casa. Además, no se insiste en demostrar la virilidad, ni se exige que los varones se diferencien de algún modo de las mujeres y niños. Teri´i Tui  (un informador tahitiano) enseñó el método de alumbramiento tradicional a sus hijos menores, haciendo ver que estaba en estado y sentándose en el suelo en la postura correspondiente. Luego pidió a sus hijos mayores que hicieran ver que le ayudaban en el parto. Otros varones, hablando de los cuidados que hay que prestar a un niño, enseñaban cómo se hacía cogiendo un bebé imaginario y acercándoselo al pecho. Los hombres muy machos se consideran extraños y desagradables, los tahitianos no hacen ningún esfuerzo para proteger a sus mujeres ni para repeler a los intrusos extranjeros. Se espera que los hombres no sólo sean pasivos y complacientes, sino que ignoren los agravios. No hay concepto de honor masculino que defender ni venganza que llevar a cabo”.

 

Por lo tanto,  el “gancho transcendental” de la Naturaleza queda invalidado para justificar lo que fue un invento social y cultural del patriarcado.  Lo que hizo éste, tal como recoge el mito griego, es convertir a los seres humanos en medios seres,  reducidos por imposición social a desarrollar la mitad de las funciones para las cuales estaban capacitados.  Así, convirtió a las mujeres en seres partidos por la mitad,  prohibiéndoles toda actividad y función que tuviera que ver con el poder,  la producción y el aumento de las posibilidades,  como el conocimiento científico, literario y artístico.  Pero también redujo a los hombres a medios seres al prohibirles desarrollar sus capacidades de crianza y cuidados,  a desplegar el abanico sentimental del amor, la ternura, la compasión y la empatía.   Durante miles de años,  el patriarcado ha ejercido su tiranía social produciendo medios seres,  individuos reducidos,  condenados  a no poder desplegar todas las potencialidades de su ser,  inhabilitados culturalmente para poder elegir desde su impronta individual,  los hombres obligados a construir una masculinidad suicida, temeraria y violenta y las mujeres obligadas a construir una feminidad reprimida y neurótica.

 

Es a partir de la Modernidad, con el invento de los derechos individuales, cuando se abre la puerta para que los seres humanos aspiren a su plenitud y su totalidad.  Primero fue el movimiento feminista, con sus luchas y reivindicaciones,  las que salieron del ámbito privado del hogar para desplegar sus capacidades para las actividades y funciones públicas.  Lo personal se hizo político y la revolución silenciosa de las feministas impidió que los lemas de la Revolución Francesa:  Libertad, Igualdad y Fraternidad, pasaran al olvido como ideas brillantes que nunca se encarnaron totalmente.  La reacción del patriarcado y su cultura de los géneros fue terrible.  Basta con leer atentamente la obra de Betty Friedan, “La Mística de la feminidad”  para tomar conciencia de las ingentes dificultades que tuvieron que superar las mujeres  para romper los corsés ideológicos del género, tarea aún no terminada. Como denuncia la autora,  muchos prejuicios y estereotipos de género han sido asimilados por las mujeres en forma de creencias naturalizadas,  costumbres tradicionales y  condicionamientos de la cotidianeidad, que les impide tener conciencia real de su femenina marginación. Las industrias culturales,  vestimentarias,  farmacológicas,  del maquillaje y la cirugía estética,  se encargan eficazmente de mantenerlas en el limbo de la estética y la ética femeninas, presas en las jaulas de oro de la feminidad.

 

Los hombres han tardado más en reaccionar, obnubilados por los consoladores privilegios que les otorga el manejo del poder. Desde hace unas cuantas décadas, el Movimiento de Hombres igualitarios forma la vanguardia minoritaria de los que han tomado conciencia de su situación y se organizan y luchan por una igualdad real. Pero, como sucede con todas las vanguardias, esta minoría es la punta del iceberg de una base más amplia de miles de hombres que, sin tener conciencia de la situación, “sienten” la necesidad de cambiar su identidad reducida de género y aumentar sus posibilidades de plenitud  en ámbitos antes prohibidos. Son legión los hombres jóvenes actuales que comparten con sus parejas la crianza de sus crías y los cuidados a otras personas.  Es un hecho que, a lo largo de la historia, millones de hombres se han ocupado de la crianza y de los cuidados a personas enfermas y ancianas, encontrando en esas tareas el estímulo suficiente para el despliegue de sus capacidades afectivas.  Pero, era algo de lo que no se presumía, se procuraba ocultar  vergonzantemente porque estos comportamientos contravenían los rígidos códigos de la masculinidad. Es ahora cuando se está produciendo un cambio de consecuencias incalculables, porque los hombres, sobre todo, los adultos jóvenes con relaciones de pareja,  salen a la calle con el cochecito de su cría a pasear,  charlan e intercambian informaciones sobre los cuidados, cambian pañales, dan el biberón y acunan a sus bebés.  Se sienten orgullosos y presumen de sus nuevas tareas. No hay vergüenza en sus actitudes ni sienten que sean menos masculinos por hacer lo que hacen. También ésta es una revolución silenciosa como la que llevan haciendo las mujeres desde hace tres siglos.

 

Un paso más muy interesante  implica a los medios culturales que, de momento, siguen fomentando y  transmitiendo los arcaicos prejuicios y estereotipos de la Cultura de los Géneros. En general y salvando honrosas excepciones, el cine y la televisión, principalmente, siguen transmitiendo una imagen de las mujeres centrada en resaltar su belleza física y su atractivo seductor y una imagen de los hombres centrada en resaltar su fuerza física o simbólica, como sujetos de poder.  Ante la nueva realidad de hombres afectuosos y satisfechos de su dedicación a la crianza y los cuidados, la actitud de los medios culturales persiste en presentarlos, o bien como excepciones extraordinarias que atraen las simpatías femeninas por lo insólito de su comportamiento, o bien como personajes ridículos incluidos en guiones de comedia para estimular las carcajadas de la audiencia.  Persiste una interesada (y al parecer rentable) confusión tópica entre estos comportamientos humanos asociados a una idea prejuiciada del afeminamiento y la homosexualidad.

 

Para el movimiento de personas igualitarias y superadoras de los géneros puede ser una tarea importante a desarrollar.  Conseguir que los medios culturales vayan asimilando la realidad de hombres y mujeres plenos en el desarrollo de sus capacidades,  que comparten e intercambian tareas y funciones en la cotidianeidad de sus vidas,  que deciden cómo y de qué manera aumentan las posibilidades para darle sentido a su existencia y  sentirse felices, pasando por encima de prejuicios y estereotipos de masculinidad o feminidad  y que sean capaces de presentarlos tal como son, sin exagerar su excepcionalidad ni intentar ridiculizarlos.  Productos culturales que  ridiculicen el machismo y el hembrismo de la Cultura de los Géneros y  reflejen de manera positiva las nuevas realidades como una forma de contribuir al cambio social y personal.  Resulta evidente que la tarea es ingente, que no hay recetas previas y que las dificultades son enormes, comenzando por la dificultad de que las industrias culturales acepten dejar de ganar dinero manteniendo una imagen de mujer en la que la belleza es más valorada que la inteligencia y una imagen del hombre en la que la fuerza y el poder es más valorado que sus afectos. Pero, mientras este cambio no ocurra,  hombres y mujeres seguiremos siendo y criando medios seres,  coartados en el aumento de las  posibilidades de realización,  neurotizados por  la insatisfacción a que nos condenan los límites del género,  e intentando darle un sentido imposible a nuestra condición dividida y reprimida.

 

De momento, la historia de los medios seres carece de final feliz porque nos encontramos en el camino e ignoramos si nos llevará a Itaca o a las fauces de Polifemo.

 

 

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