LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (IV) : La competitividad tiene nombre de varón de Julián Fernández de Quero

La Historia de las sociedades patriarcales es la historia de las competitividades masculinas. Mientras que las mujeres fomentaban la solidaridad, la ayuda mutua y la cooperación entre ellas como una manera de hacer más llevadero el sometimiento brutal al que las tenía destinadas la Cultura de los Géneros, los hombres aprendían desde pequeños que lo suyo era competir entre ellos para ser más fuertes, más poderosos, más ricos y más famosos que los demás. Así que todos los libros de Historia  (escritos por los vencedores y sus acólitos)  recogen con esmero las múltiples hazañas competitivas llevadas a cabo por varones mediante el esforzado entrenamiento en ganar batallas,  conquistar pueblos,  masacrar  a hombres, mujeres e infancia, esclavizar a todas las personas sometidas y un sinfín de tropelías más.  No hay la menor duda de que la competitividad a lo largo de la Historia tiene nombre de varón.

 

Actualmente, seguimos en la misma tónica (no hay más ver la prensa y los telediarios, para enterarnos de la treintena de conflictos bélicos activos,  de las brutalidades cometidas por los servicios secretos y agencias como la CIA  en   Guantánamo y otras cárceles secretas repartidas por el mundo),  la Cultura de los Géneros sigue  sometiendo a millones de mujeres y sigue planteando a los varones que se eduquen para la competitividad.  Sin embargo,  como hoy las batallas más importantes se realizan en despachos y salones,  en las sedes de las Bolsas y en las altas instancias económicas y políticas,  la ideología neoliberal  que alimenta y, al mismo tiempo, justifica  “los modos civilizados”  de ser competitivo, intenta  suavizar  la crudeza del significado del concepto mediante la asimilación a conceptos más  humanistas, como la libertad,  la responsabilidad y la competencia.  Nos intentan convencer que competitividad y competencia son conceptos sinónimos y, por ejemplo, cuando se oponen a medidas de discriminación positiva, como la paridad,  atacan con el argumento de que ellos “creen más justo que las mujeres alcancen la cima por sus propios méritos y no por el hecho de ser mujer”.  Otro ejemplo, si alguien se hace rico es por el despliegue de sus propias capacidades, de sus méritos, “el hombre se hace a sí mismo”, por lo tanto, los pobres son pobres por su ignorancia, su pereza,  su falta de destrezas y de espíritu competitivo.  Esta argumentación ideológica  oculta interesadamente la situación de discriminación de las mujeres como grupo social,  el hecho de que tienen que competir con los hombres en desigualdad de condiciones y que el mérito femenino tiene un currículo oculto muy distinto del masculino, como muy bien ha analizado Enrique Gil Calvo en sus obras “El nuevo sexo débil”  y “La Mujer Cuarteada”. También oculta la existencia de clases sociales que condicionan la igualdad de oportunidades para todas las personas  y convierten el acceso al poder, la riqueza o la fama en una cuestión de herencia familiar o de privilegio de clase.

 

Sin embargo,  lo que llama más la atención es la desfachatez con la que intentan presentarnos a los lobos disfrazados de corderos. En general, una cosa es ser un triunfador competitivo y otra distinta es ser una persona  competente, aunque, a veces,  ambos fenómenos pueden ir unidos en la misma persona.  Competir es un verbo transitivo,  siempre se compite con otras personas para ganar y quedar por encima de ellas.  En los deportes de alta competición, como los olímpicos,  lo importante es conseguir el oro, levantarse con el santo y la seña.  Saltar más alto o más lejos que nadie,  correr más veloz  que nadie, en definitiva, ser el primero.  Los demás participantes se quedan con la frustración de la derrota, de pertenecer a la lista de los perdedores.  Esa es la esencia de la competitividad: Ganar, ser el primero y si para conseguirlo,  además del esfuerzo de un entrenamiento obsesivo que te ocupa la vida, es necesario usar otros recursos fraudulentos, como anabolizantes,  epos y otros  estimulantes químicos,  pues se usan porque “el fin justifica los medios”.  En el mundo laboral y empresarial,  se hace la pelota,  se extienden rumores, se calumnia, se conspira, cualquier cosa con tal de subir en el escalafón,  conseguir cuota de mercado,  o el contrato del siglo.  Para competir no es necesario ser una persona justa, empática,  igualitaria,  compasiva u otras cualidades que suelen tener desarrolladas las buenas personas.  Basta con ser  una persona agresiva (a eso le llaman tener iniciativa y liderazgo),  con un buen entrenamiento en aspectos específicos  (en el deporte, aspectos físicos; en la economía,  astucia, y en la política,  capacidad conspirativa) y con una  ética lo suficientemente laxa para que se pueda usar cualquier medio con tal de conseguir el fin.  Resulta evidente que los varones patriarcales llevan siglos aprendiendo a ser competitivos.

 

En cambio, ser competente es un verbo intransitivo, sólo se puede ser competente con una misma y con nadie más.  Cada persona viene al mundo con unas aptitudes determinadas que luego tiene que desarrollar voluntaria y conscientemente.  Hay personas que, a pesar de poseer determinadas aptitudes, no las desarrolla lo suficiente para sentirse a gusto con ellas  y otras, en cambio,  ponen todo su empeño y disfrute en usarlas cada vez mejor.  Dice José Antonio Marina que el principal objetivo de cualquier ser humano es la  felicidad, la cual se compone de dos elementos:  El bienestar  y el aumento de las posibilidades. Las personas que se empeñan en ser competentes es porque quieren aumentar y mejorar sus posibilidades para sentirse felices. El mundo de la ciencia está repleto de ejemplos de personas competentes y no competitivas.  Personas que pueden pasar la mayor parte de su vida entre las paredes de un laboratorio,  desarrollando las destrezas y aptitudes  que necesita para  encontrar respuestas a las preguntas que le surgen desde su curiosidad por el conocimiento del mundo, de las cosas o de las personas y que les hacen felices.  La inmensa mayoría de estas personas científicas  no buscan el reconocimiento social por lo que hacen, no compiten con otros para adquirir notoriedad, fama o riqueza.  Al contrario, suelen formar equipos colaboradores y cooperadores y  mantienen relaciones con otros equipos por todo el mundo, intercambiándose informaciones y debatiendo hipótesis  para tratar de encontrar respuestas entre todos.  Cuando la sociedad les reconoce su labor con algún premio o medalla, lo aceptan con la humildad y el pudor de quien no cree merecerse tanta amabilidad, y luego vuelven a su laboratorio o despacho a seguir con las rutinas de sus investigaciones, como si tal cosa.  Se podría poner como ejemplo de competencia a muchas personas, pero quizás un ejemplo muy ilustrativo es el de Seymour  Benzer, cuyo trabajo ha sido recogido por Jonathan Weiner en su obra “Tiempo, amor y memoria”.  Benzer se pasó la vida en lo que él y sus estudiantes llamaban “la Habitación de las Moscas” , rodeado de frascos que albergaban a  miles de moscas  con diversas mutaciones genéticas inducidas para observar sus comportamientos.  Cuando junto a Francis Crick y  James Watson, les concedieron el Premio Nobel  por sus investigaciones y descubrimientos sobre el ADN y los genes,  lo  recibió con el agradecimiento de algo inmerecido y luego volvió a  su trabajo cotidiano en la Habitación de las Moscas.

 

En una sociedad  organizada a partir del paradigma de la cooperación y el reparto,  la mayoría de las personas serían competentes  porque aprenderían a desarrollar sus aptitudes desde la infancia con la finalidad de ser felices. En cambio, en nuestra sociedad actual, organizada a partir del paradigma de la competitividad y el lucro,  la mayor parte de las personas  viven frustradas por pertenecer al pelotón de los perdedores,  sufren de envidia  a  las triunfadoras  porque han logrado lo que ellas desean y no pueden alcanzar,  padecen estrés por los esfuerzos extraordinarios que emplean en competir y se acomplejan cuando tiran la toalla y renuncian a sus sueños.  La competitividad  es un virus que  enferma a la sociedad y en un medio social patológico, los individuos  reproducen la enfermedad y la contagian.  Sólo cambiando de paradigma para fomentar la organización y relaciones sociales sobre la base de la cooperación, el reparto y la solidaridad, podremos ser felices a nivel personal y también a nivel social porque la felicidad pública se consigue con el desarrollo de la justicia.  A los hombres nos toca lo más difícil porque tenemos que comenzar por cuestionar los valores en los que nos han educado,  renunciar a la competitividad que forma el sentido de nuestras vidas y  aprender a ser competentes en la búsqueda de la felicidad  y la justicia.

 

 

 

 

 

 

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