LAS RAICES DE LA VIOLENCIA (II) la mejor masculinidad es la que no existe

Hay términos que se utilizan de manera abundante y exagerada, llegando al punto de que, de tanto usarlos, tienen tantos significados que terminan por no significar nada. Uno de estos términos es el de masculinidad.  Está en todas partes, para definir los roles de género tradicionales, para plantear alternativas al mismo, en el discurso político, cultural, social, doméstico. Gracias a las conquistas del feminismo, las mujeres han alcanzado grandes cotas de igualdad de derechos y aunque todavía queda mucho por lograr, los roles masculinos tradicionales han sido puestos en cuestión y hay un gran debate social acerca de los mismos. Sin embargo, nunca como ahora, las cualidades de la masculinidad tradicional han sido fomentadas y difundidas en el imaginario colectivo.  Cine, televisión, videojuegos, internet, móviles, publicidad, prensa, en cualquier medio de expresión colectiva, la masculinidad sigue apareciendo como el ideal que los hombres desean ser y las mujeres admiran.  Si echamos mano de la cartelera cinematográfica de cualquier ciudad española, sin importar la que sea, nos encontramos con títulos como John Rambo, Piratas del Caribe, Hacia tierras salvajes, Ahora o Nunca, Aliens vs Predator y cosas así. Los actores más famosos lo son por sus cualidades masculinas: Brad Pitt lo es por el Aquiles violento de Troya, Russell Crowe por el valor temerario del  Gladiator, Mat Damon por el duro superviviente de Burne, y así podríamos citar a Robert de Niro, Al Pacino,  Kirk Douglas,  Michel Douglas y un largo etcétera. Incluso la  sorprendente fama de un actor español como Javier Bardem viene de la mano de representar a un psicópata asesino cuya fuerza física se impone a sus víctimas. No obstante, hay  que tomar nota de una figura de masculinidad, con apariencia de fragilidad, cortesía, sentimentalidad  y  seducción que, al final, oculta la fuerza y  habilidad de un guerrero y que es representada en el cine por Johnny Deep.  Es tan ambigua que no me atrevería a proponerla como un cambio cultural en el arte de masas cinematográfico.

Si dejamos el cine y nos vamos a la televisión, las caricaturas masculinas que aparecen en cualquier serie, española (Los Serranos, Los hombres de Paco) o extranjera (House, JAG,  Bones) despiertan en los televidentes la simpatía y la comprensión.  Pero si en algún medio expresivo los roles de género son llevados a su más exagerada representación es en los videojuegos que ocupan tantas horas de niños, adolescentes y más de un adulto. Las páginas y espacios deportivos nos machacan las neuronas todos los días con las hazañas de los esforzados y sufridos seres duramente entrenados para saltar más alto, lanzar más lejos y correr más rápido, además de meter más goles, sumar más canastas y llegar el primero a la cima de la montaña con una bicicleta.

La masculinidad tradicional con sus rasgos de dureza emocional, valor temerario,  afán competitivo,  respuestas violentas,  dominio de la situación, aguante al sufrimiento, sadismo, bravuconería e irracionalidad,  sigue estando en la primera plana de los medios de comunicación social y cultural de una u otra forma. En esta sociedad mediática y de la imagen, lo que vemos nos dice que la “revolución silenciosa” del feminismo además de silenciosa es lenta y que las feministas tienen que armarse de paciencia y constancia para no desanimarse ante tanta pasarela Cibeles, tantos concursos televisivos de mises, tantas azafatas “glamourosas”, tantas políticas Vogue y tantas reinas y damas de las fiestas de los pueblos de nuestro reino. Va para largo. Claro que peor lo tenemos los pro-feministas o igualitarios, aunque sólo sea porque acabamos de nacer y hasta el discurso lo tenemos confuso. Seguimos abusando del término masculinidad: “Nueva masculinidad”, “Otras masculinidades”, “Reconstruir la masculinidad”. Decía Josep Vicent Marqués en la ponencia que presentó en el Congreso Mundial de Sexología, en Valencia, en 1997, que si pretendemos crear otro modelo de ser masculino,     “No es difícil hacer un boceto de esa nueva identidad masculina. Una selección de virtudes poseídas por  o atribuidas  a los varones, completada por unas cuantas virtudes poseídas por  o atribuidas a  las mujeres pueden dibujar un modelo muy atractivo. EI nuevo varón sería competitivo sin agresividad ni violencia, capaz de expresar sus emociones, de confiarse y pedir ayuda, de interesarse por el cuidado de los niños sin abandonar el compromiso político, de arreglar con flores un centro de mesa sin dejar .de hablar de las hipótesis sobre el Big Bang y de pelear por su independencia sin pisar a nadie. O algo equivalente.” El problema es que las mujeres feministas o liberadas ya hacen lo mismo y en muchas ocasiones, hasta mejor. La dificultad de reconstruir un nuevo modelo de masculinidad es que no existe, tal como lo expresa Josep Vicent Marqués: “Lo que ocurre es que en realidad nada , bueno o malo, es en sí mismo masculino o femenino En realidad ni siquiera es exacto hablar matizadamente de cualidades socialmente masculinas o históricamente masculinas, pues no tenemos base científica para decir que los varones o las mujeres hayan tenido en mayor medida las cualidades que se les atribuyen.”. Así lo demostró D. D. Gilmore en su obra “Hacerse Hombre” cuando, después de una exhaustiva investigación antropológica, llega a la conclusión de que no existen rasgos o cualidades masculinas de carácter universal. Si esta es la evidencia, ¿por qué nos empeñamos con tanto ahinco en seguir apareciendo como masculinos cuando el término es un clasificatorio de género  “per se” que siempre denota una diferenciación, una frontera, que divide a los seres humanos en dos colectivos: “lo femenino” y lo “masculino” con un carácter limitante y excluyente?

Vuelvo a citar a Josep Vicent Marqués al final de su ponencia cuando afirma que “En la cuestión que aquí nos ocupa, buscar la identidad masculina sería caer en la propia trampa que preparó el patriarcado para las mujeres y de la que las mujeres se van liberando. No renuncio a mi identidad de sexo pero no quiero ser un auténtico varón ni un nuevo varón ni un varón renovado sino una persona. Para quien esto le produzca confusión o quiera alguna orientación vital parafraseando la frase de un misógino, no recuerdo ahora si de Saulo de Tarso o Agustín de Hipona que dijo “ama y haz lo que quieras”, esta ponencia propone lo siguiente a los varones : no uses poder contra tu hermana y no te preguntes lo que eres.” Es decir, que en vez de quemarnos  las neuronas en tratar de reconstruir al hombre nuevo que no se parezca al machista tradicional pero que tampoco sea como las mujeres, sería más útil socialmente e individualmente esforzarnos por ser mejores personas, menos competitivas, menos consumistas, menos violentas, y más cooperadoras, más igualitarias, más pacíficas y más justas.  Y todo ello, con la clara conciencia de que la mejor masculinidad es la que no existe.

 

 

 

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